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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dementia praecox al descender sobre el jardín en Basilea

viernes 8 de octubre de 2021
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—Acerca de un sueño que Carl Jung describe en el Libro Negro, que le permitió embarcarse en una relación con Toni Wolff, una mujer que había conocido tres años antes—

“Sólo en las primeras horas de la noche podré transformarme en un ser humano, mientras el palomo está ocupado con los doce muertos”.
Carl Jung, Liber Novus

Hacia los primeros chapaleos del amanecer yo me vi enfundado, puro huesos y plumas. Conque no sólo me sorprendió verme vencido, sino que el cambio de cuerpo presagiaba ese hermoso mandhala, tridimensional y azulino alucinado en las primeras horas de caída libre, hacia la nueva dimensión del resurgimiento.

Era que sólo advertía el cambio, la mutación sorprendente, el vuelo sugerido, en el sueño controlado de lo que ensalmarse puede desde lo onírico, en teoría inconsciente, me refiero.

Pero mi piel antropofágica, mi pasado evidenciado en un presente que incorpora el codearse con la piel intacta, asentarse deberá sobre el cieno que la memoria imanta como cansinos pasos hacia un pantanoso terreno que sólo el alabeo de los brazos o un ventarrón alado valida, avance estrepitoso, apocalíptico virar, de un mundo dividido.

La flor de lis que acababa de picotear me preparaba en la firmeza que restaría dar la vuelta al mundo y

“sólo en las primeras horas de la noche, poder transformarme en un ser humano, mientras el palomo está ocupado con los doce” muertos.

En la cena con mis cinco hijos, yo me vi en espejo bruñido con la piel del árbol traganiños, que luego de unas décadas, comprendí con precisión, que se trataba de un phallus, pero que más adelante una interpretación sacra me convenció de ser la sangre de Cristo ardiendo en el paso inmemorial de un pasado inmediato.

Pero con todo, el yantar lucía copioso, con la delicada parsimonia de las familias bien acomodadas que, bajo un roble altísimo y agarrotado de las copas, sustentaba un paisaje serreño, de lo más idílico.

¿Abrevar podré de esa garrafa, las delicias del delirio, el elixir de una vida sobrada de intentos vitales que la flor de la preñez lleva contable?

Asido a mis cinco retoños, no pudo haber más dicha que el potaje, que en la cena se prueba con halago, cuando justo y como caído del mismo Espíritu Santo, desciende la garza blanca o la paloma en medio de la mesa, convirtiéndose en una niña de unos ocho años, bellísima, rubicunda, que tan presto regó el cuenco de mermelada de frambuesa, se aprestó a corretear con los niños por el césped y los chopos.

Sabedor de que lo vívido no era más que un reflejo, obliteré las dudas de que esto pudiera trascenderse en inútil realidad y no me di un pellizco para que el goce secreto de durar el mito que dura, permanezca.

Volteo a recoger el balón tras el árbol de carne y resina sangrienta, y me doy con la sorpresa de que la niña me susurra:

Vuelvo al otro lado del mundo, donde me espera mi destino en los pantanos donde abreva la flor de lis el barro negro de la sabiduría; y tan presto me convierta en palomo, vigía seré de los doce muertos, que por descontado repiten el espejo, donde crece la duda de la dicha; es una gloria o la firmeza de que el clan que se repite es el puro reflejo en apariencia, loable por sus mitos enterrados en una caja pragmática a futuro abierta por un náufrago de todos los inventos allegados a la descomposición terrena de lo divino; que por costumbre o hartazgo, siempre troca en degradación, a partir de la limpia creatura, apacentada por el mal, que desde un principio lo habita.

El manto en dos desconocido que al primer alabeo despuntando luz del alba se contrae o constriñe hacia la centuria de un mar dividido, que hacia el tibio atardecer troca en desierto candente, símbolo de la consciencia en copa de oro reverberando en las paredes del seso que todo lo abyecta.

Vuelvo al otro lado del mundo,
y me sé henchido bajo la transmutación de pluma en carne, de carne en desvelo, cuando al posar un huevo sobre el mundo de las transformaciones, símbolo del alma representa, bajo la pura sentencia que alabea una prescrita agonía que posee las artes usurpadoras de una idea inconsciente de que la dementia praecox, hoy llamada esquizofrenia, lleva en la bandera sorpresiva de la imaginación, una pesquisa, acaso, con todas sus abscisas que descompensa el ser en picada, que no es antagónica de una lucidez mental, tanto que en su fuero desconocido se centran las bases creativas, El mundo dividido del que hablaba el gran ser mitológico con alas de Martín pescador, encontrado muerto al otro día en mi jardín de Basilea.

Suerte la mía, volver a mi reino, de escalas reversas y laberínticos miedos lleno; tanto el avance como la forma recurrentes del desvelo precisan una subinterpretación del paso pilífero que liebre alguna da en pos de su escape del halcón que la ha de agarrar por los aires, para ser carne de buitres, en un nido obscuro como blondo el lecho, acogiendo a los pichones.

Ha de ser el lapso ternuroso de un amor filial que el hada serpentaria debidamente cornamentada, alada y leonada, cruzando montañas flotantes, cambió el curso de mi humana apariencia en ave espirituosa.

Ha de ser que mi mundo empieza,
Que mi creencia en todo mentarlo, hace que el mandhala, el gran signo azulino, se presente por la memoria de un cieno, que luego de procrear más y más dichos a la vera de un camino se aproxima, estando en lugar alguno, en tierras desconocidas por el antro de la media pulgada, donde es sabedor de leyes de la viviplexología y la hebdomadaria de míticos infolios de medio octavo, expendidos en sesiones secretas, donde cada ser tunicado recibe instrucción, emprendiendo así, vuelo a su mesa cada uno.

Pero mi mundo velado habría de sucumbir al desvelo.

Y sobre la despensa de los desconocimientos que presta la confusión fanal, en el cambio acelerado troca, cual los misiles una lluvia de estrellas, donde no sólo caerán irremediables meteoros redundantes y hadas informes con la bituminosa inflorescencia de los seres mitológicos a esa hora bellamente pulimentados por el cieno argento como azóguico deplorado por una movida al chocolate sobre el perol, hervidero de supinos brebajes ascendentes de la noble mañana, a un vestal reconociendo el desmedro de lo que podría, como no, según las posibilidades en descenso de aquella desgracia, que rodando cuesta abajo, allega boqueando al borde de la huaca presunta de variabilidades acaecidas,
hacia el sueño descoyunta.

Qué será, pues, si nadie abre despavoridamente las ventanas para codearse con un coleóptero que ha vadeado las esclusas de lo humanamente posible, hasta ser pergeñada la alucinación, el ala continúa trepando el brazo que habrá de accionar el habla, hasta emprender a segundos continuos la nueva mutación a humano, a otro jardín de Basilea, donde humanamente es posible que el desvelo sea la matriz de esa enormidad vigilante, maquinadora de ríspidos velos que se sueñan,
En este mundo dividido.

Jack Farfán Cedrón
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