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Hubo un tiempo en que lo fui todo, de Carlos Manzano

sábado 28 de noviembre de 2020
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“Hubo un tiempo en que lo fui todo”, de Carlos Manzano
Hubo un tiempo en que lo fui todo, de Carlos Manzano (La Fragua del Trovador, 2020). Disponible en la web de la editorial

Hubo un tiempo en que lo fui todo
Carlos Manzano
Cuentos
La Fragua del Trovador
Zaragoza (España), 2020
ISBN: 978-84-17395-22-3
146 páginas

Enfrentarse a un libro de Carlos Manzano (Zaragoza, 1965), autor de las novelas Vivir para nada, Sombras de lo cotidiano, Lo que fue de nosotros, Paisajes en la memoria y La azarosa vida de Idaira Badiero, y de los libros de relatos Estrategias de supervivencia y Lánguidos sueños, es ir sobre seguro, invertir bien el tiempo. El lector que se adentre en su narrativa precisa y rigurosa, profundamente literaria, gozará de unos textos perfectamente armados, además de bien escritos, que tienen la virtud de sacudirlo por la osadía de su temática y por la originalidad de su exposición. La pasión por la literatura del escritor aragonés quedó de manifiesto por los muchos años que estuvo tras la revista electrónica Narrativas, una de las más completas que se editaron en este país.

Los relatos de este último libro de Carlos Manzano, Hubo un tiempo en que lo fui todo (La Fragua del Trovador, 2020), un total de veintiuno, están repletos de giros sorprendentes que dejan descolocado al lector. La elección de textos, algunos largos, otros breves pero igualmente intensos, no podía ser más acertada.

Hay narraciones que tienen que ver con el sexo, como esa “Colección privada”, en donde el fetichista protagonista hace un recorrido por todos los lugares en donde se ha masturbado, traza un recorrido onanista por una serie de escenarios diversos —Fue pensar que aquel baño era el lugar donde esa mujer hacía sus necesidades a diario y donde desnudaba su cuerpo para que el agua lo liberase de sudor e impurezas y acto seguido excitarme como un pervertido.

En “Noches de hospital” el retrato que hace de la decadencia de la carne lo acerca a un cuadro de Lucien Freud —Sin embargo, aún hacen el amor, muy de cuando en cuando, eso sí, y más por insistencia de él que por deseo de ella. Sus cuerpos han envejecido mucho, ambos están gordos y, aunque nunca pudieron presumir de poseer un tipo envidiable, las veces que se encuentran desnudos Nuria prefiere no mirar, no mirarse a sí misma, no mirar a Ramiro, no descubrirse reflejados en el amplio espejo del armario. Ya no le excita el cuerpo desnudo de su marido. Ya no le excitan los cuerpos.

La decadencia física es una de los temas recurrentes que aparecen en este libro espléndido —Es un pene de viejo, flácido, leve, inútil, aunque muy probablemente en otra época se tratara de un órgano vigoroso y potente, enérgico y dominador. Pero todo muere, todo.

En “Cuatro momentos con Gabriel” ahonda en ese desasosiego físico fruto de la edad, el cansancio y la rutina de sus personajes —Ya no quedaba en mí ni pizca de atractivo. Yo era un cuarentón vulgar y fofo, acomodado a una vida hamburguesa que apenas me exigía pero que tampoco me daba. Incluso el sexo con mi mujer se había convertido en una actividad esporádica, casi residual.

La violencia pivota en otros de sus relatos, como en el de ese hijo que recuerda los constantes maltratos que sufrió por parte de su padre en “Fabricado a mano” —No conservaba ningún recuerdo de mi padre, ningún objeto personal que lo identificara o que tuviera alguna significación especial para mí, así que me lo quedé. Sólo me había azotado con él una vez, pero era el cinturón de los castigos, con el que imponía su voluntad sobre Mario. Su cinturón de toda la vida.

En “Los violentos”, casi un micro de una página escasa, su protagonista detesta la violencia —De entre todo el amplio muestrario de tipos infectos que puebla nuestro planeta, a los que menos soporto es a los violentos. No puedo con esa gente, de verdad os lo digo. Es superior a mis fuerzas: si algo no cuadra con su esclerotizada manera de ver las cosas, ¡zas!, puñetazo que te va y hostia que te viene, como si más allá de ellos y de sus supuestos derechos inalienables nadie mereciese la más mínima consideración— pero, paradójicamente, la aplicaría sobre ellos —Si alguien se encargara de liquidarlos, uno a uno, sin piedad, el mundo sería un lugar mucho más bello y apacible en donde vivir.

Un grupo de relatos entran directamente en los parámetros del género negro, como “Pan comido” —Cuando las sombras silentes le dieron alcance, lo primero que notó fue el intenso dolor causado por la navaja al entrar en el abdomen—, y en “La mujer y la risa”, el protagonista es un asesino a sueldo —Al fin y al cabo, su trabajo consistía en descerrajarle un par de tiros en la cabeza. No había necesidad de entablar diálogo alguno— que actúa con enorme frialdad —El disparo atravesó la frente del hombre con total limpieza: el silenciador evitó que el ruido de la descarga traspasara las paredes de la habitación, o al menos que no se percibiera más que como sonido opaco, mate, difícil de identificar— y apenas se altera cuando tiene que asesinar a una mujer, testigo del crimen, aunque sea a su pesar —Abandonó el hotel todavía conmocionado por la belleza inaprensible de la mujer, con su risa cristalina sonando en sus oídos, con aquellos dos hermosos ojos aterrorizados mirándolo como en un último gesto de súplica.

Sobre su pasión por los viajes, porque Carlos Manzano es un infatigable y apasionado viajero, queda constancia en “Viajes interiores” —Hay viajes físicos y viajes mentales, viajes a mundos lejanos y viajes interiores. Viajes que se viven en la piel y viajes que se viven en los intestinos, viajes que te llevan y viajes a donde tú vas. Viajes materiales y viajes inmateriales.

El humor, y la ironía, que es una constante que encontramos en todos sus textos en mayor o menor medida, está muy presente en el desternillante relato titulado “Las tetas de Gloria”, en el que el autor de La azarosa vida de Idaira Badiero, tras una reflexión ácida sobre las amistades que imponen las parejas —Es algo que pocas veces se tiene en cuenta, pero cuando inicias una nueva relación amorosa, además de ensanchar tus vínculos familiares e integrarte, aunque sea de manera superficial, en un clan que no es el tuyo, también te toca asumir como propias las antiguas amistades de tu pareja— nos habla de la obsesión del protagonista por los senos de la susodicha Gloria, que le impresionan en comparación con el pequeño tamaño de los de su pareja —El caso es que, debido a la impresión o a la comparación o a lo que fuera, y por mucho que tratara de no darles más importancia de la que tenían, las tetas de Gloria se me quedaron firmemente grabadas en la cabeza. De verdad que no era mi intención, al fin y al cabo no se trata más que de dos glándulas de grasa diseñadas para amamantar bebés humanos, nada más que eso. Sin embargo, para mi estupefacción, esa misma noche soñé con sus senos.

Una de las virtudes de Carlos Manzano es que en sus relatos puede tratar temas escabrosos, como es el caso de esa violación que, pasados muchos años, le pasa factura a un padre cuya hija es violada en “La confesión”, otro de sus notables relatos, y lo hace sin aspavientos, con una naturalidad pasmosa que tiene el efecto de descolocar y provocar al lector, una de las señas de identidad literaria de este narrador notable que lo sacude.

Lo que hace este autor aragonés, tan brillante como osado, en cada uno de sus libros, sean novelas o colecciones de relatos como este, es literatura con mayúsculas, algo que cada vez es más difícil de encontrar en lo que se publica, y lo hace con una prosa medida y exquisita que depara un enorme placer al que la lee. Hubo un tiempo en que lo fui todo es un menú degustación que no tiene desperdicio.

José Luis Muñoz
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