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Tahar Ben Jelloun retrata a Jean Genet

sábado 15 de mayo de 2021
“Jean Genet, mentiroso sublime”, de Tahar Ben Jelloun
Jean Genet, mentiroso sublime, de Tahar Ben Jelloun (Huerga & Fierro, 2021). Disponible en la web de la editorial

Jean Genet, mentiroso sublime
Tahar Ben Jelloun
Ensayo
Huerga & Fierro
Madrid (España), 2021
184 páginas
ISBN: 978-84-122986-0-4

Con este singular ensayo —obra híbrida: una mezcla de recuerdos, anécdotas, reflexiones, fragmentos de diario, carta póstuma, entrevistas, artículos de prensa—, el poeta, narrador y ensayista Tahar Ben Jelloun (Fez, 1944), afincado en París desde finales de 1971 y que se hiciera célebre por La noche sagrada (1987), novela galardonada con el Premio Goncourt, nos ofrece, dejándose llevar por la memoria y su instinto literario, el retrato o boceto de una figura clave, a menudo mal comprendida, de las letras francesas del siglo XX y bestia negra —marginal, asocial, amoral— del Estado y sus instituciones, de la doxa y el pensamiento burgués; el del enigmático y contradictorio Jean Genet, con su humor satírico, su ingenio, su inteligencia, sus incertidumbres, su fogoso impulso, tras doce años de “una amistad exigente, intermitente, próxima y al mismo tiempo con eclipses”.

Ben Jelloun no pretende comprender al personaje social o literario, no es el suyo un retrato analítico a lo Sartre o a lo Bataille, hablando de sí mismo en el otro, sino resucitar, por la escritura, al hombre que admira, que lo fascina (¿de ahí lo de “sublime”?), pero que también lo irrita (¿de ahí lo de “mentiroso”?). No obstante, por encima del sorprendente título, todas las acciones de Genet son sinceras; no hay fraude ni engaño, el engaño no es parte de su naturaleza, son los otros los que se engañan. Genet odia la mentira; además, no puede tener éxito como mentiroso, no sabe mentir. En cuanto a sus exabruptos verbales, son fruto de la más absoluta inocencia, palabras que pronuncia bajo el impulso de su honradez compulsiva. Lo que piensa y siente lo dice de forma casi inmediata, con la franqueza y seriedad de un niño —si quieres la verdad, pregúntale a él. No hay crueldad deliberada en Genet, sino falta de tacto y atolondramiento; puede estallar como un cohete —el mal genio forma parte de su naturaleza— y sacudir a un mundo desprevenido. Genet es un temerario, desdeña el comportamiento convencional, tiene tendencia a salirse por la tangente, sí, pero no hay malas intenciones en él.

El libro está organizado en breves secciones sobre un tema en especial, estructura que proporciona fluidez a su lectura. Se evoca en él a Genet en un período particular de su vida, el que va de 1974 a 1983. Todo comienza, pues, en 1974, cuando Genet se cita con el joven Ben Jelloun para conocerse. Por esa época el autor del Diario del ladrón se halla lejos de aquel escritor-presidiario, en el que ya no se reconoce. Hace tiempo que rompió con quienes lo libraron de la cárcel: Cocteau, Sartre… Y lleva diez años sin escribir ni publicar, desde que en 1964 su gran amor, el joven funambulista Abdallah Bentaga, se quitara la vida, hecho que llevaría a Genet a una tentativa de suicidio en la pequeña ciudad piamontesa de Domodossola, en la primavera de 1967. Ya no le interesa la literatura, “¡Menuda patraña!”, sino denunciar la opresión ejercida por Israel al pueblo palestino, cuyos territorios ocupados viene de visitar. Es un hombre cansado, frágil, enfermo, pero no por ello menos apasionadamente comprometido; con el paso de los años, se ha agudizado en él su rebelión contra la sociedad y sus costumbres. Genet fraternizará al instante con el joven escritor francomarroquí por ese interés común por la causa palestina, que a su vez será el hilo conductor del ensayo.

Lejos del escritor que uno se representa prisionero, contemplamos a un Genet absolutamente libre.

Conformando la imagen de nuestro enfant terrible, veremos desfilar también por las páginas del libro a sus amigos palestinos Azzedine Kalak y Leila Shahid; a Jacques Derrida y a Giacometti; a sus tres últimos amigos-amantes: Jacky, Ahmed y Mohammed Al Katrani, siempre planeando el recuerdo de Abdallah, al que nunca podrá olvidar. Asistiremos asimismo a su linchamiento mediático en 1977, tras la publicación de su explosivo artículo “Violencia y brutalidad” argumentado sobre el terrorismo de la RAF. Y a su viaje al infierno, en 1982, ya gravemente enfermo de cáncer, testigo de excepción de las masacres de los campos palestinos de Sabra y Chatila.

Lejos del escritor que uno se representa prisionero, contemplamos a un Genet absolutamente libre. Su excesivo amor por la libertad le hace vivir como un eterno paria, sin dirección, sin teléfono, sin cuenta bancaria, sin domicilio fijo, de habitación en habitación de hotel, siempre la maleta preparada —¿qué maleta?: el pasaporte, las gafas, un fajo de billetes sujeto con horquillas, una muda y un cuadernillo con direcciones—; Genet no puede estar sentado ni quedarse quieto, es su naturaleza. Y esa pasión extrema por la libertad también lo incita a abrazar, a defender con una fe ciega y esgrimiendo la espada, las grandes causas, particularmente las perdidas —lucha que le permite desarrollar sus fuerzas y poner en práctica su idealismo—, y lo insta a adherirse a los movimientos políticos que reclaman su ayuda: la banda Baader-Meinhof, los Black Panthers, los palestinos. Sus ideas políticas, más pasionales que racionales —Genet piensa con el corazón, no sólo con la cabeza, y no siempre será prudente, a veces demostrará un valor temerario—, y su total compromiso con ellas y con todos los perseguidos, estigmatizados, desheredados, oprimidos, la escoria de la sociedad biempensante, algo propio de un espíritu humanista —él, paradójicamente, tan inhumano, con sus turbadores discursos sobre la traición, la homosexualidad, la criminalidad—, hacen que lo sintamos más próximo, más humano.

Y podemos ver a Genet, al final de sus días, escribiendo su última obra, El cautivo enamorado, su texto más íntimo y subjetivo, donde relata sus dos combates, el que lleva al lado de los palestinos y el que libra contra su propia muerte. Y ver también su secreto y doloroso corazón herido, el del amputado de padre y madre, buscando, en la madre de Hamza, el combatiente palestino, sus propios orígenes.

Pedro Gandía
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