Servicio de promoción de autores de Letralia Saltar al contenido

Algo es algo: la quimérica sombra de Orión
(sobre La sombra de Orión, de Pablo Montoya)

sábado 16 de diciembre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Pablo Montoya
La sombra de Orión bien podría ser una obra de historia y testimonio. Pero Pablo Montoya decidió tomar los rumbos de la ficción, y esto le genera un problema: no se siente capaz de escribir desde la perspectiva de los involucrados en los hechos.


“La sombra de Orión”, de Pablo Montoya
La sombra de Orión, de Pablo Montoya (Random House, 2021). Disponible en Amazon

La sombra de Orión
Pablo Montoya
Novela
Literatura Random House
Madrid (España), 2021
ISBN: 978-9585581524
420 páginas

La novela La sombra de Orión, de Pablo Montoya, es una quimera. Lo digo en el espíritu de la definición científica de la palabra: una entidad cuyo cuerpo está compuesto de células que son genéticamente distintas. La novela es, en parte, un recuento de la historia de la Comuna 13 de Medellín, un asentamiento de clase popular en la loma occidental de la ciudad. El título se refiere a las secuelas de la violenta toma de la comuna por parte del Ejército y la Policía de Colombia, en colaboración con los paramilitares, en lo que se conoce como Operación Orión (2002). Aunque los grupos de milicianos de izquierda fueron el blanco de la operación, las fuerzas públicas y los paramilitares mataron y desaparecieron a muchos no combatientes.

También la novela es, en parte, un testimonio de la vida de las personas desaparecidas en la operación. El autor dedica veintiséis capítulos a breves retratos de los que nunca se han vuelto a ver (y que seguramente jamás se volverán a ver). Los desaparecidos fueron, según se cree, enterrados bajo los escombros de construcción botados en un sitio de la comuna llamado La Escombrera.

Descrita así, La sombra de Orión bien podría ser una obra de historia y testimonio. Pero Montoya decidió tomar los rumbos de la ficción, y esto le genera un problema: no se siente capaz de escribir desde la perspectiva de los involucrados en los hechos. ¿Cómo lo sabemos? Porque lo dice tal cual el protagonista, Pedro Cadavid. Pedro, un escritor que comparte los datos biográficos del autor, nos cuenta el proceso de escribir la novela que estamos leyendo. Refiriéndose a los pasajes de los desaparecidos, el narrador nos informa que Pedro “se sentía incapaz de metamorfosearse en tantos personajes y carecía del talento para provocar un efecto individual y múltiple, descarriado y consciente de aquel gentío escarnecido” (400). (No cabe duda de que Pedro es el alter ego de Montoya; distinguir entre los dos me parece una tontería.)

Me parece admirable que Montoya reconozca sus propias limitaciones como escritor. Es sorprendentemente modesto y, por lo tanto, un poco insólito, porque el hecho de uno lanzarse a la profesión supone cierta confianza en su derecho y sus habilidades de crear, como Dios, un mundo. Puede entenderse como una renuncia al egoísmo narrativo. Claro que, al mismo tiempo, el autor comete tamaño acto de egoísmo creando una novela basada tan claramente en sus propias experiencias. Pero también este hecho redunda a su favor porque aumenta nuestra confianza en la veracidad —ya no la mera verosimilitud— de lo que narra. (Que ese sendero plantea sus propios riesgos es otro cuento, y no viene al caso aquí.)

La novela comienza con una descripción del inicio de la Operación Orión y, en pocas páginas, se transforma en la historia del retorno de Pedro a Medellín ese mismo año. Pedro ha estado viviendo en París y, al separarse de su pareja, abandona el país (y a su hija de dieciséis años) y vuelve a la ciudad en que creció. Aunque su regreso tiene que ver con la precariedad laboral que ha experimentado como inmigrante, también ha vuelto para buscar el amor.

Pedro es un hombre de izquierda no doctrinario, pero desvinculado de la realidad política de Colombia. Esto le permite hacer un repaso de la historia reciente de Colombia.

Otra razón que aduce es que tiene ganas de escribir una obra en español, que sea leída. Sospecho que este motivo pesa más de lo que la única referencia a él en la novela haría pensar, porque ha armado su libro para un público más amplio que el colombiano. Pedro es un hombre de izquierda no doctrinario, pero desvinculado de la realidad política de Colombia. Esto le permite hacer un repaso de la historia reciente de Colombia —más o menos desde la aparición de Pablo Escobar, pasando por el auge del paramilitarismo en los años 90 y principios del nuevo milenio y su nexo con los narcotraficantes, el Estado y ciertos sectores de la élite política y económica del país—, que no les hace mucha falta a los lectores paisanos. Al mismo tiempo, su crónica del paso de Medellín por las bandas de delincuentes, las milicias de tinte revolucionario y los paramilitares, será, me imagino, esclarecedora hasta para muchos de los que vivían en Medellín en esa época, sobre todo porque presenta cada etapa a través de la trayectoria del líder del grupo armado local más destacado del momento. No hay como la biografía para enseñar historia.

Como la novela se narra desde la perspectiva de Pedro, él mismo sirve como nuestro baquiano del viaje a la comuna. Al principio de la novela, su contacto con ese lugar ha sido escaso porque su familia es de clase media y vive en otro lugar, así que no tenía por qué andar por el sector antes de irse para París y menos después de volver. Es un baquiano que requiere a su propio baquiano. O, en este caso, baquiana. Le llega en la forma de Alma Agudelo, una estudiante de literatura en la universidad donde Pedro es profesor. Allí se conocen y se enamoran de inmediato. Alma reside en un barrio de la comuna y es promotora de lectura de una biblioteca que dirige su madre allí mismo. A través de ella, Pedro empieza a conocer la comuna y su gente, desde la hermana Rafaela, una religiosa que es la voz de la conciencia del sector, y las líderes de las Juntas de Acción Comunal, hasta un grupo de jóvenes que componen canciones, raps y bailes que ofrecen un testimonio de lo que es vivir en la comuna.

Alma, por su parte, es una herramienta narrativa multiusos. Lleva a Pedro a conocer a la gente de la comuna y, como él anda con ella, la gente le cuenta sus historias. Sin ser presentado y acompañado por una persona conocida y respetada, como lo es Alma, es probable que nadie le contara nada a Pedro. Alma complementa esas historias con sus propias explicaciones.

Además, el personaje de Alma le permite al autor regodearse presentando una clase de mujer que, según sostiene, no suele aparecer en novelas de este corte. Pedro (y, por consiguiente, Montoya) casi se disloca un hombro dándose palmaditas en la espalda cuando afirma que la novela que escribe contará con “una muchacha que reuniría las características de Alma. Un personaje que una cierta literatura asociaba siempre con las putas, las viciosas y las asesinas” (236-237). Puede que Montoya acierte, pero la crítica se antoja gratuita.

Finalmente, Alma le brinda a Pedro el amor que él intuía que motivaba su regreso a Medellín, un amor que tanto lo vincula a la ciudad de una manera definitiva como provee la protección que necesita para poder vivir y —esto es clave— escribir sobre la ciudad. Medellín “lo asqueaba hasta la médula”, pero decide que no puede volver a París porque “el amor está aquí” y “el hombre es de donde ama y se siente amado. Así que el hecho de escribir y estar junto a Alma le fue otorgando un equilibrio y una coraza protectora” (222).

Quizá por sus múltiples funciones, el personaje de Alma parece más un dispositivo literario que una mujer de carne y hueso. A decir verdad, Pedro es, como ella, un personaje plano. En los dos prima su utilidad a la trama: sirven como llaves para abrirnos el mundo de la comuna. De pronto, es por eso mismo que carecen de una relación que genere tensión dramática, arco narrativo o calor emocional. De hecho, la novela tiene poco de aquéllos y este último sólo se siente en los capítulos de testimonio de los desaparecidos.

El tratamiento de los desaparecidos es el corazón del libro, o por lo menos la parte que más conmueve.

Los testimonios en sí son contundentes, nos hacen sentir el dolor, la angustia y hasta, a veces, la perplejidad de los seres amados que las víctimas dejaron atrás. El tratamiento de los desaparecidos es el corazón del libro, o por lo menos la parte que más conmueve. Les devuelve la humanidad en toda su especificidad. No es la única estrategia narrativa para manejar el asunto: en 2666, Roberto Bolaño presenta un resumen de feminicidas en la frontera mexicana con Estados Unidos que, por su repetición y hechos escuetos, insensibiliza. (Aunque, dentro del proyecto de Bolaño, esa estrategia es efectiva.)

La novela ofrece unas genialidades notables, como el personaje de Mateo Piedrahíta, a quien Pedro y Alma conocen en sus andanzas. Este músico recorre Medellín captando sus sonidos para un archivo —una sonoteca— que incluye los amaneceres, las voces, la risa, el llanto y hasta los gemidos de placer del sexo (de humanos, gatos, burros, gallinas y perros). Es un personaje simpatiquísimo. Pero lo que más registra son los sonidos de la fosa común que es La Escombrera, donde los victimarios sepultaban a los muertos bajo los escombros. Mateo da por sentado que los cuerpos ya se han vuelto polvo bajo el peso de los deshechos, así que “para poder humanizar, él se conformaba con grabar los rastros sonoros de los desaparecidos. ¡Algo es algo!, exclamaba para consolarse” (290).

Otro personaje curioso que Pedro y Alma conocen en la comuna es Ovario de Jesús Serna.1 Era teniente de un líder derrocado de las milicias izquierdistas de la zona, pero ahora, cuando el protagonista y su novia lo encuentran, está confinado a una silla de ruedas y dedicado a elaborar un mapa de la comuna. Concibe el mapa como una especie de “homenaje”, pues en éste Ovario de Jesús detalla el sitio donde ha caído cada persona asesinada, una labor que le toca actualizar constantemente. Pedro y Alma se quedan admirados por las dimensiones de la obra: aunque su tamaño no se especifica, es grandísimo, como si el cartógrafo pretendiera que fuera del mismo tamaño de la comuna misma. Puede que haya sido inspirado en el cuento “Del rigor en la ciencia” de Borges, en el cual la burocracia de un imperio crea un mapa del mismo tamaño del terreno que pretende representar; entre los libros que Ovario de Jesús tiene en su cuarto hay uno del escritor argentino. (Las numerosas referencias literarias en la novela quizá merecen su propio estudio.)

El cartógrafo, refiriéndose al castigo que Dante describe en El infierno para los que “inflaman los espíritus para conducirlos a la guerra”, dice que, “si existe ese infierno, seré el primero en condenarme” (249). No asume su trabajo de homenajear a los asesinados como una labor que tenga algún impacto positivo. Ovario de Jesús “sentenció que los dibujos, los mapas, los cuentos y las canciones las hacían los ociosos”. El arte que se dirige hacia la violencia no sirve “para nada” (248).

Pedro también duda del efecto de su propia labor artística. Lo asquea, lo agobia, lo angustia la violencia que le han contado en la comuna. Como buen intelectual, también somete su propio sentir a un escrutinio feroz:

¿Cómo podría dolerme el destino de alguien que no conocí? La solidaridad con la tragedia ajena, si en parte no es tramposa, en todo caso es coyuntural, por no decir azarosa. ¿Por qué me pesa a mí, y no a otros, el infortunio de estas gentes de Medellín? ¿Por qué me atañen los ultrajados de aquí y no los de otras latitudes? (354).

El arte no ofrece una salida. Pedro refiere una anécdota de un poeta aborigen de Australia que, de visita en Medellín para un festival de poesía, hace una protesta por la pobreza que descubre en las calles de la ciudad. Pedro se imagina que de pronto el organizador convence al poeta australiano de dejar su protesta, diciéndole:

escribir poesía era un arma y un escudo suficiente. Pero me pregunto si los poetas, no del mundo sino de Medellín, protestaran de igual manera ante los desaparecidos, ¿qué pasaría? Mientras escribo este inventario de quienes podrían estar en La Escombrera, con el expediente de [la desaparecida] Leidy Jenny Martínez sobre mi escritorio, tengo la impresión de que mi gesto, como el de los bardos de aquí y allá, es inútil (355).

Pedro refuerza este sentimiento valiéndose de la voz de una de las desaparecidas que retrata. Aplastada bajo el peso de los escombros, vuelta “tierra y basura”, dice Albertina Estela Gómez: “¿Piensas que algún día me encontrarán? ¿Crees que tu escritura lo hará? ¡Qué iluso eres, Pedro!” (383).

Frente a la magnitud de la violencia que ha sufrido y sigue sufriendo la comuna, no es de extrañarse que Pedro tome esa posición, que, además, coincide con la de Montoya en la vida real. En una entrevista, ha dicho que no sabe “si los libros necesariamente sirvan para transformar el mundo, pero creo que sí transforman al lector”.2

De manera más aguda, afirma en un discurso sobre el arte y la violencia:

El primero intenta conjurar, o enfrentar, o denunciar la segunda, a sabiendas de que la lucha es desigual y que, por lo general, triunfa la barbarie. Se escribe entonces, o al menos yo he tratado de hacerlo así, para enfrentar esta condición de permanente atropello. Es, pues, frente a esa violencia, procedente de oscuros poderes de la política y la economía, que debemos actuar con lucidez y firmeza. Es frente a ella que cada palabra que yo escribo se levanta.3

Aunque escéptico ante las creencias sobrenaturales de cualquier índole, Pedro en su desesperación se deja llevar por el entusiasmo de Alma por una cura con yagé durante un ritual ofrecido por un chamán indígena.

¿Qué hacer entonces? En la novela, la violencia que le cuentan a Pedro le duele físicamente, le roba la tranquilidad, lo inunda de pesadillas y alucinaciones. ¿Cómo conjurar la violencia que tanto lo atormenta? La salida que propone Alma, y que de hecho se efectúa, es individual, no colectiva. Aunque escéptico ante las creencias sobrenaturales de cualquier índole, Pedro en su desesperación se deja llevar por el entusiasmo de Alma por una cura con yagé durante un ritual ofrecido por un chamán indígena. De hecho, tan arraigado en Pedro está el mal que requiere de una segunda ceremonia con un chamán más poderoso que el primero y también con una dosis botánica más fuerte.

Lamento decir que esta sección, que es la última de la novela y que se llama “La cura”, es la más floja. Su primera parte consiste en un detallado recuento de los males físicos de Pedro y los sueños raros y alucinaciones que padece. Son unas veinte páginas de martirio tanto para el protagonista como para este lector. Todo el capital que había ganado Montoya con su negativa a narrar desde la perspectiva de los desaparecidos, lo malgasta en contar las particularidades de las pesadillas y alucinaciones de Pedro.

Igual cosa sucede con la segunda parte de esa sección, que trata de la cura misma. Es mucho pedir que sigamos cada paso de los rituales durante más de veinticinco páginas. Como con las pesadillas y alucinaciones, me habría dado por satisfecho con mucho menos. Es posible que Montoya lo haya concebido como el clímax de la novela, pero es más bien la sección en que la narrativa pierde vuelo.

A través de los rituales, vive la experiencia de sentirse lleno de todos los muertos de Medellín, “el lugar de todas las exhumaciones” (432). Luego se purga de todo eso con unos vómitos tremendos y sale curado. Alma lo acompaña en cada paso, cumpliendo su papel de baquiana (incluso resulta que está entrenando para hacerse chamana) y de ancla de amor que mantiene al barco errante que es Pedro firmemente atado en Medellín. Al final, después del segundo ritual, se reconcilia consigo mismo y con la ciudad. En el pasaje final, de un bello lirismo, él y Alma caminan por una montaña y contemplan a Medellín en la distancia:

Es grande Medellín, dijo Pedro. Y hermosa, contestó Alma. Aquel rumor distante osciló en el viento por unos segundos y acarició sus oídos. Una vez más, las montañas en su trabazón lejana se volvieron interminables. Y contemplaron, hasta que la noche fue decisiva, ese lugar de donde eran y donde acaso habrían de morir (436).

Como dije, no comulgo con esta salida en cuanto a su impacto literario. Tampoco es un sendero que la mayoría de los residentes de Medellín va a querer —o puede— emprender. Una de las definiciones que la Real Academia Española ofrece de quimera es “aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo”. Puede que, en el caso de La sombra de Orión, nos enfrentemos a esta clase de quimera. Sin embargo, admiro el esfuerzo que hizo Montoya para que su protagonista encontrara una manera de animarse a seguir viviendo y escribiendo en Medellín (aunque actualmente el autor resida en El Retiro).

Terminar una novela que encierra tanta injusticia y tanto dolor con una nota de esperanza es digno de respeto. Como dice el músico Mateo Piedrahíta, algo es algo.

Joel Streicker

Notas

  1. Ese nombre tan extraño sí existe. De hecho, un tal Ovario de Jesús Atehortúa Castañeda alega que fue despojado de su vivienda por el Bloque Cacique Nutibara, como consta en un documento de un proceso del Tribunal Superior del Distrito Sala de Conocimiento de Justicia y Paz (Medellín) seguido contra varios sujetos por el delito de “concierto para delinquir y otros”. El documento lleva la fecha del 24 de septiembre de 2015.
  2. Betancur E., Juan Camilo: “Una buena historia no es suficiente para ser un gran libro: entrevista a Pablo Montoya Campuzano”. En: Al Poniente, 30 de junio de 2023.
  3. Montoya, Pablo: “¿Por qué escribir?”. Discurso leído en la ceremonia de otorgamiento del doctorado honoris causa a Pablo Montoya en la Universidad del Valle. En: La Palabra, 1 de junio de 2023.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio