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Contra la corriente:
a la deriva en Isla Decepción, de Paulina Flores

miércoles 20 de marzo de 2024
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Paulina Flores
Paulina Flores (Santiago, 1988) debutó en la novela con Isla Decepción. Diego Urbina

A Isla Decepción, la novela debut de la joven y célebre autora chilena Paulina Flores, no le faltan temas: las relaciones de familia, la soledad, el desengaño, el amor, el sexo, la identidad, las condiciones laborales de los barcos pesqueros provenientes de Asia, la colonización y los derechos humanos de los indígenas, el abuso sexual. Es una novela ambiciosa y, de lo mucho que abarca, no todo aprieta. En ese sentido, decepciona. Creo que se trata de algo intencional porque concuerda y refuerza la soledad y la decepción, que son lo primordial del libro.

La novela es más bien convencional en cuanto a estructura. A pesar de la proclamación en la contracarátula en el sentido de que el libro está escrito “con un ritmo cinematográfico del cine coreano” (al que la autora es gran aficionada), no posee nada en particular que lo distinga de una novela común y corriente. El libro se despliega en dos hilos narrativos que se turnan. El primero, que toma lugar en el presente, es la historia de Marcela, una joven aspirante a directora de cine radicada en Santiago, que visita a Miguel, su padre, en Punta Arenas, en el extremo sur de Chile. Hace años que Miguel y la madre de Marcela no viven juntos. Cuando llega, descubre que Miguel está alojando a Lee, un marinero coreano a quien Miguel y unos amigos rescataron cuando flotaba inconsciente en el mar gracias a un chaleco salvavidas. El segundo hilo cuenta el viaje que Lee hizo en el barco pesquero y las circunstancias que lo llevaron a abandonar el mismo, tirándose al mar con dos compañeros que no sobrevivieron.

Esta clase de estructura crea expectativas también convencionales que la novela frustra. Las dos relaciones principales en que se centra (la de Marcela y Miguel, y la de Marcela y Lee) no llegan a ninguna resolución. Marcela visita a su padre porque acaba de dejar un trabajo como programadora que no le gustaba y que no compaginaba con la imagen bohemia que tiene de sí misma. A los veintisiete años, se siente a la deriva. Con su deseo de volverse directora no ha llegado a ninguna parte, y recién ha terminado su relación con Diego, “el amor más importante de su vida” (43). Está harta y decepcionada de su propia vida. No es casual que cuando la encontramos por primera vez Marcela se despierta con resaca y se enfrenta a un espejo roto.

“Isla Decepción”, de Paulina Flores
Isla Decepción, de Paulina Flores (Seix Barral, 2021). Disponible en Amazon

Isla Decepción
Paulina Flores
Novela
Editorial Seix Barral
Barcelona (España), 2021
ISBN: 978-8432237874
360 páginas

Lo que busca de Miguel no encuentra una respuesta o una recompensa adecuada. El hombre parece más interesado en Lee, con quien a duras penas se puede comunicar a través de una imperfecta aplicación de traducción, que en su propia hija. Lo que motiva a Miguel a refugiar a Lee y no entregarlo a las autoridades, como es su deber, es más la terquedad que cualquier sentimiento de piedad o idealismo. Se puede concluir que ve en Lee un sustituto de su propio hijo, Gonzalito, con quien nunca ha podido tener una buena relación. El muchacho quiere hablar de temas “profundos” (173) y el padre no sabe cómo responder. Su hijo lo decepciona. (Me imagino que Gonzalito se siente igual con respecto a su padre.) En cambio, Miguel le dice a Lee: “Contigo es fácil la cosa” (174). Qué conveniente para Miguel: el coreano no puede comunicarse con él, depende totalmente de la buena voluntad del hombre para todas sus necesidades y hasta para su libertad, porque está en el país sin autorización.

Marcela también vuelca su atención en Lee. Como lo hace Miguel, ella le habla a Lee de su vida, de sus propios problemas y enredos, sabiendo que el coreano no entiende ni una palabra de lo que dice. Aun así, o quizá por esa misma razón, se nota que empieza a sentir algo por él. En la víspera de la Navidad, su padre le informa que van a llevar a Lee al pueblo de Temuco, donde la abuela y los tíos de Marcela. Marcela se da cuenta de que Miguel propone el viaje para no verse obligado a entregar a Lee a las autoridades.

Poco después, Marcela y Lee dan una vuelta por Punta Arenas. Pasan por la morgue, donde Lee hace unas reverencias, seguramente, piensa Marcela, en honor a los dos compañeros fallecidos que fueron conducidos allí. (Lee los guía en su caminata; ha usado el computador de Miguel para averiguar dónde queda la morgue.) También dan una vuelta por el cementerio y tropiezan con la lápida del capitán Adolfo Andresen, quien, según reza su epitafio, “hizo flamear en la isla Decepción la bandera chilena en señal de soberanía”. La ironía no se le escapa a Marcela: “‘Isla Decepción…’ —releyó divertida. ‘Ahí deberíamos irnos nosotros’” (213).

Justo cuando empieza a sentir que lo conoce, piensa Marcela, resulta que Lee es otra persona.

Cuando vuelven a la casa de Miguel, Marcela aprovecha que el computador de su padre está prendido para examinar su historial de búsqueda porque algunas cosas acerca de Lee, como por ejemplo su rechazo al uso de la aplicación de Google para traducir su voz, la desconciertan. Ahí descubre que Lee no es quien dice ser: su verdadero nombre es Yu Ji-tae. Justo cuando empieza a sentir que lo conoce, piensa Marcela, resulta que Lee es otra persona.

La estancia donde la abuela Carmen en el campo no es nada agradable, lo cual era totalmente previsible: Miguel odia a su propia madre, y a Marcela tampoco le cae bien. En cuanto a sus tíos, Marcela los desprecia porque…

Todavía trataban a los mapuches de “indiecitos”. Eran ignorantes y flojos, de dientes feos e insensibles con respecto a la naturaleza en la que precisamente vivían. Alcohólicos. Torpes y violentos por defecto; codiciosos, pero no ambiciosos. Serviciales y lastimeros en apariencia, y, para colmo, finalmente del todo serviciales y lastimeros (227).

Su parentesco logra afectarla porque, “pese a las barreras que había construido para forjar una individualidad distinta —y mejor—, siempre encontraba algún hilo que la ataba a ellos” (226).

La visita a la abuela marca una aceleración en la trama, abriendo camino al desenlace de la novela y revelando mucho más del carácter de Marcela de lo que hemos visto hasta este momento. En un breve período de tiempo, Marcela está sometida —y, en parte, se somete— a un vendaval de emociones.

Busca en línea más sobre Lee y descubre que había “una investigación policial que parecía más confundida que ella y que, además, Google se empecinaba en traducir a una especie de poesía vanguardista” (233). Lee (por conveniencia voy a seguir refiriéndome al coreano refugiado como “Lee”) estuvo involucrado en un robo de un karaoke en Corea que terminó con un muerto, pero Marcela no logra entender si el verdadero Lee era la víctima o el victimario.

La mujer confiesa que está embarazada y Marcela, en vez de felicitarla, le dice: “Siempre pasan cosas, ¿no?”.

Luego, como se ha dicho, ventila (aunque sólo mentalmente) su odio a los tíos. Esta animadversión a sus parientes se extiende a su prima Karen. Durante la fiesta de fin de año Marcela reconoce que la está tratando mal. Entre otras cosas, la mujer confiesa que está embarazada y Marcela, en vez de felicitarla, le dice: “Siempre pasan cosas, ¿no?” (240). Por la reacción de Karen, se da cuenta de que su respuesta es grosera e intenta sanear el daño. Admite que no es una cuestión puntual, sino un defecto crónico, “ese saberse injusta, ese creerse la protagonista de la serie, más compleja que el resto de los personajes” (241). Poco después, su tío Mingo remata el punto cuando discute con ella, alegando “que siempre se había creído superior, que los miraba en menos, que pensaba que era más inteligente por titularse de ingeniera” (243).

Al final de la fiesta, cuando sólo quedan Marcela, Miguel y Lee, ella comenta que su madre está “histérica” (245) porque Miguel ha iniciado los trámites para una separación legal. Ahí Miguel revela que se separaron de hecho por las muchas infidelidades de la madre, Carola, una de las cuales resultó en un embarazo. Miguel la obligó a abortar y en la operación Carola perdió su útero. (“Histérica” proviene de la palabra latina para el útero y durante siglos la histeria era tratada como una enfermedad asociada con el útero. Así, sin proponérselo, el comentario de Marcela es tristemente acertado y misógino.) Carola casi muere y después Miguel la odiaba tanto que tenía ganas de matarla y por eso decidió irse solo a Punta Arenas.

Marcela opta por pasar el día siguiente afuera y sale a caminar por el bosque con Lee. Se pone a hablar sobre la flora y esto la lleva a presentar el tema de los mapuches, el pueblo indígena de la zona. Explica que los mapuches estaban allí antes de que llegara la familia de la abuela, antes de los chilenos, antes de los españoles. Los advenedizos “los sacaron, o sea, siguen haciéndolo. Mmm… es algo así como lo que los japoneses les hicieron a los coreanos, la ocupación japonesa, pero totalmente diferente” (252).

A medida que van adentrándose en el bosque (y bebiendo vino), Marcela le cuenta de Diego y el gran amor que siente por él. De ahí empieza a hablar de su desengaño con su propia vida, de cómo “es difícil crecer estando enamorada” (256), que a los veinte años “todo es expectativas y sueños”, y:

La gente a tu alrededor comienza a darse cuenta de que en verdad no eras quien decías ser o que tampoco te alejas tanto de esa que decías que no serías nunca. Sólo eres tú, con tus promesas y odios de siempre, alguien que no ha conseguido mucho (256).

Acto seguido, se contradice, alegando que lo anterior no es verdad, sino que lo que en realidad le pasa es que abandonó su sueño de hacer películas. O sea que llegó a esta situación no por medio de un proceso pasivo, sino por una elección personal. La decisión todavía le duele. De ahí lamenta el amor perdido de Diego. Luego dice que ella y Lee tienen en común el que son isleños porque Corea del Sur tiene el mar a tres costados y Corea del Norte al otro, y Chile está bordeado de mar al sur y al oeste y de la cordillera y del desierto al este y norte, respectivamente. Así, estando Marcela en este estado de labilidad emocional, rebotando entre los desengaños y los remordimientos amorosos y profesionales, hace el amor con el coreano, y luego se duermen.

Los despierta un disparo cuyo origen nunca se aclara. Marcela empieza a contarle a Lee acerca de una vez que, de niña, anduvo en el bosque con su tío Lalo. Está a punto de revelar lo que claramente fue un abuso sexual en su contra, pero resulta incapaz de contárselo.

Esta intimidad, lejos de ser el comienzo de una relación con Lee, es su final.

Esta intimidad, lejos de ser el comienzo de una relación con Lee, es su final. Tampoco logra remiendo alguno en la devastada tela emocional de Marcela. De hecho, es posible que haya sufrido una ruptura mental porque de pronto Lee empieza a hablarle en español. Es un hecho sumamente inquietante; es imposible que en cuestión de semanas el coreano haya adquirido la habilidad de hablar el idioma. Pero nada en el texto, ni tampoco en ese insólito hecho, indica que Marcela haya perdido contacto con la realidad. (Dicho sea de paso, parece que en ocho meses en el barco Lee aprendió a hablar un javanés sofisticado, lo cual resulta inverosímil.)

Buscando el camino de regreso a casa de la abuela, tropiezan con un satún, una ceremonia mapuche de sanación del mal de ojo. Mientras la presencian, escondidos, Marcela le va narrando a Lee el significado de todo lo que pasa. Reconoce a uno de los participantes, un tal Álex, que es medio mapuche y por lo tanto inseguro de su estatus entre los que lo son más a cabalidad. La ceremonia es interrumpida hacia su final por una violenta redada militar con helicópteros y gases lacrimógenos. Los militares apresan a los mapuches y también a Marcela, mientras Lee se da a la fuga.

Por un lado, esta (larga) escena parece una ofrenda a la ideología reinante de izquierda, de reverencia con lo indígena y denuncia del colonialismo. Se puede leer como una pequeña obra de teatro moral, o más bien melodramático, con sus indígenas buenos y sus colonizadores malos. Pero el personaje de Álex complica esta interpretación porque reivindica su derecho de ser reconocido y respetado como mapuche, aunque algunos se lo impugnan porque no habla el idioma y no creció en la comunidad. Como Marcela, tiene problemas de identidad, aunque en este caso, Álex quiere ser parte de algo mientras ella quiere mantenerse apartada aislada de su familia —como una isla— y se da cuenta de que tiene el privilegio de salir del encarcelamiento sin mayores consecuencias, a diferencia de los mapuches. Reconoce que puede optar por solidarizarse con los indígenas, pero no lo hace.

La escena también tiene una función narrativa instrumental: permite que Marcela y Lee se separen. Puesto que está claro que Marcela no tiene cómo recapacitar sobre sus malas costumbres en cuanto a las relaciones de pareja, esto le ahorra a la autora el trabajo de inventar una forma en que Marcela ahuyente a Lee. Dado que se sobreentiende que, siendo esta una novela titulada Isla Decepción, no va a haber un final feliz: los tres personajes principales están destinados a salir tan aislados y decepcionados como lo estaban cuando entraron en escena.

Las malas costumbres de Marcela a las que aludí arriba tienen el mismo origen que las de su madre: la infidelidad. (Miguel también le confiesa a Marcela que le era infiel a Carola.) Mientras Marcela andaba con Diego también sostenía relaciones con otros hombres. Los motivos de sus acciones son dicientes. En una de sus caminatas con Lee en Punta Arenas, le cuenta que le era infiel a Diego porque no podía…

renunciar a conectar con una persona. Cuando conoces a alguien y sientes que conectan de una forma increíble que te da vértigo. Parece que nunca se va a volver a repetir y juras que esa noche va a cambiar tu vida, que esta vez sí es cierto, y hablas sin parar, de absolutamente todo, y sientes como si fueran las únicas dos personas en el mundo, o como si abrieran un portal a otra dimensión que no es real (96).

Pero este romanticismo o egoísmo no es el único motivo. Lo hace también simplemente por la experiencia, para saber cómo siente. Además, es una manera de mudar de identidad porque, según afirma, “podía ser una persona diferente con cada uno” (97).

Después de que Miguel la saca de la cárcel, Marcela quiere que busquen a Lee. Está perdido, dice.

Ya he señalado que la escena del bosque acelera la acción. En cierto sentido, también la acaba, o por lo menos hace esfumar la mayor parte de la tensión dramática. Después de que Miguel la saca de la cárcel, Marcela quiere que busquen a Lee. Está perdido, dice. A su padre no le interesa, alegando que Lee no está perdido, sino que se ha escapado. Marcela no le cree, pero tampoco lo encuentra y termina por volver a Santiago descorazonada a retomar su vida sin amor ni perspectivas profesionales. Miguel retorna a Punta Arenas, igual de solitario como antes de que rescatara a Lee. De Lee no sabemos nada, sólo que andará por América Latina, pues hay una referencia en la novela a que más tarde aprende a hablar español.

Este desenlace es precoz. (También lo es el primero de los dos polvos que Lee se echa con Marcela; no sé si es pura casualidad o un detalle a la vez travieso y astuto por parte de la autora.) La trama, en el presente, termina más o menos cuando faltan más de setenta páginas para que acabe el libro. Lo que queda es mayormente la trama del pasado de Lee en el barco pesquero. Pero a este hilo de la narrativa le falta dramatismo. Ya sabemos su desenlace —Lee y dos compañeros se fugan del barco— y a lo largo de la historia la autora nos ha adelantado los elementos para entender su decisión, los cuales se reducen al malísimo trato, incluso el abuso sexual, que les hacían los capataces a órdenes del capitán.

Hasta los motivos del incidente que llevó a Lee a enrolarse como marinero se tratan someramente. Mido, una mujer que era la pareja del verdadero Lee, fue víctima de acoso sexual por parte del dueño del bar de karaoke en que trabajaba. En represalia, ella, el verdadero Lee y Lee cometieron el robo, pero en el acto resultó muerto el verdadero Lee. Como consecuencia, Lee decidió abandonar el país en el barco, asumiendo la identidad de su difunto amigo.

La novela deja muchos cabos sueltos: la relación entre los tres coreanos apenas se esboza; no se profundiza demasiado en la relación entre Marcela, su abuela y sus tíos; el personaje de Miguel parece demasiado plano como para cargar su parte de la narrativa; de la vida de Lee antes del robo y muerte de su amigo sabemos muy poco. Parecen fallas de novelista principiante.

En cambio, la falta de resolución de la novela —los tres personajes principales no salen de su estado de aislamiento y decepción que llevaron al escenario— es una opción consciente de la autora.

Como ya he indicado, el clímax de la novela llega muy pronto y la resolución es inconclusa. Escribiendo en contravía de la narrativa clásica, la autora nos muestra que la experiencia no necesariamente efectúa un cambio en la gente. Esta afirmación, plasmada en la falta de resolución de la novela, no me satisface como lector, pero como gran verdad la creo innegable.

También ofrecen placer y despiertan admiración ciertas frases que muestran el manejo habilísimo de la autora.

Sin embargo, la novela ofrece otras satisfacciones, y el personaje de Marcela es la principal. Es una mujer, en resumen, horrible: creída, maliciosa, egoísta. Pero es, a la vez, lo suficientemente consciente de sí misma y honesta como para reconocerse como tal, lo cual le quita mucho de la mala espina que de otra forma generaría en este lector. También su vulnerabilidad y receptividad a las experiencias nuevas me desarman. Aplaudo a la autora por haberla dotado de una libido fuerte sin que ello la convirtiera en una maníaca del sexo. Por la misma vía, me quito el sombrero por haberla puesto a masturbarse en un momento, un acto tan común en la vida real como insólito en la literatura.

También ofrecen placer y despiertan admiración ciertas frases que muestran el manejo habilísimo de la autora. Por ejemplo, después de enterarse de por qué sus padres se separaron, Marcela reflexiona: “De verdad no le importaba ni un poco que sus padres hubieran sido infelices juntos, pero era triste darse cuenta de que siempre lo habían sido” (250). Culpa a “la institución del matrimonio” por la situación: “¡Los padres casándose!, más parecía que intentaban ser criminales, que buscaban una forma de ser prófugos, de liberarse de sus vidas mediocres por medio de un delito terrible: el amor” (250-251).

Así es: por lo mucho que Marcela anhela y busca el amor, no lo puede encontrar. Como Miguel y Lee, está condenada por su creadora a padecer de la soledad y la decepción.

Joel Streicker

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