
El teclado narrativo del escritor Luis Benítez sigue (ya nadie escribe con cálamos, basta por favor de tanta metonimia plumífera para referirse a la escritura...) deparándonos sorpresas. La primera fue una novela histórica con todas las de su ley sobre la atormentada vida de Camila O’Gorman en El deseo y la furia. En segundo lugar, aparece una obra sarcástica sobre las incausadas costumbres humanas del siglo XXI: El mundo se acaba y nosotros afeitándonos, que vendría a ser una especie de Brueghel narrativo para millennials. Ahora, tres relatos en los que, si bien no son del todo policiales, está en ellos el mundo del hampa, hay delincuentes de guantes blancos y sin guantes, y hay policía rondando las maldades y acometiéndolas, aunque no sin pudor profesional.
En el primero, “El amigo de Paraguay”, consigue que un ex policía, exonerado de la fuerza en el vecino país por haber cumplido puntillosamente su deber (cuando sabemos que toda exageración es un pecado), busque refugio en Buenos Aires, y reciba un “encargo” por parte de un padrino político y mafioso. Si hay algo que envidio de un autor es la facilidad que tienen algunos narradores para imprimir ritmo a un relato, que consiguen que nada trabe las ruedas de ese mecanismo mágico que nos pide inmediatez en la lectura y tensión en la acción.
En “El amigo de Paraguay” —será porque tiene amigos paraguayos— Luis Benítez transfiere esa sucesión imparable de acontecimientos sin causa-efecto que sucede en un campo miserable del interior, en un lodazal y con una lluvia de esas que pondrían al finado Noé a buscar tablas de salvación para su familia y el zoológico que le ordenan embarcar.

Relatos negros
Luis Benítez
Cuentos
Ediciones Diotima
Buenos Aires (Argentina), 2024
ISBN: 978-631-90320-8-6
122 páginas
El segundo relato, “El chico que sabía demasiado”, nos cuenta la seca vida de una pareja madrileña a quien el autor, jugando con nuestra fe lectora, atribuye nombres postizos al solo efecto de facilitarnos su identificación dentro del relato en el que se inmiscuye un hijo clarividente, una tía desafectada, un neurólogo extorsionador y la trama se va complicando, aunque la lectura siga siendo preclara para el lector. Estos juegos de entradas y salidas del autor, lejos de restarle crédito, sirven como curvas de flexión para que el cuento se interne más y más en esa maravilla que se despliega como un mapa, y nos señala descaradamente la realidad de lo que significa ser humanos: una mezcla poco sabia de bestias, travestidas de becerros con cara de inocentes. Es intenso el modo de retratar las pequeñas y grandes miserias humanas al que apuesta el autor. No son simples relatos para “entretener”. Luis Benítez no busca ser animador de fiestas ni showman de varieté; busca, como todo autor, sondear, como lo hace una ecografía con nuestras vísceras, las motivaciones que nos impelen o invitan a realizar prodigios y fechorías. Luis Benítez utiliza un registro de lenguaje (en el vastísimo ámbito del idioma español) para caracterizar geográficamente cada cuento.
Si lo ubica en el mundo marginal de los relatos negros, lo hace porque en la sentina de la sociedad es más fácil hallar la mugre moral. Desde Dante ya sabemos que toda frontera es un espacio sin ley, porque la llama de la justicia no alcanza para iluminar los estragos del Infierno. En breves descripciones, concisas, Luis Benítez —con maestría de poeta— es capaz de configurar el mundo que necesita como escenario. Basta este pequeño ejemplo, extraído al azar del segundo relato, para hacerse una idea de esa capacidad:
El agente encargado de ir tras la anciana informó que el poblado se reducía a unos pocos caserones, muy antiguos y deteriorados, donde la vieja era bien conocida. La anciana se mantenía —para la poca necesidad que representaba su modo de vida— gracias a los alquileres de unos galpones de su propiedad, bastante estropeados y situados en un pueblo vecino. La sospecha de que la pareja que buscábamos se escondía en esas construcciones, desde luego, resultó por completo infundada, como usted comprenderá.
En el último relato, “El infierno bronceado”, el autor allana nuestro asombro (toda buena lectura, como toda buena filosofía, procede por asombro) por medio del recurso del doble registro narrativo. No adelantaré la secuencia de los hechos porque el lector se merece el mismo disfrute de la primera lectura. Hay un delincuente interrogado por la policía mediante “apremios ilegales” en una playa de la costa centroamericana del Pacífico. El delincuente, antes de cometer su fechoría, se había suministrado una fuerte dosis de drogas. Ese acto mínimo del consumo, el corte del polvo narcótico, la inhalación, el primer efecto, la sensación posterior del “ya nada me importa”, va surgiendo claramente, alternando maravillosamente con el “interrogatorio” policial en la escena del crimen. Interrogatorio y consumo se mezclan y se van suplantando de un modo tan natural que debe de ser el mismo modo en el que naturalmente una persona bajo los efectos de las drogas siente la insensibilidad de la maldad como parte de la naturaleza, que alguien ingenuamente describió como “la escritura de Dios”.
La lectura de estas vidas desventuradas y anónimas, alojadas en sitios insólitos, me recuerdan muchas de las narraciones de Marco Denevi, aquellas historias fantásticas de Araminta, o el poder. Esa misma capacidad de extasiarnos tiene la voz narradora de Luis Benítez.
- Alberto Boco: para una poética del desencanto
(sobre su libro Enigmática gracia de las cosas) - sábado 5 de julio de 2025 - Los sueños de la eternidad en el tiempo - jueves 22 de mayo de 2025
- Relatos negros, de Luis Benítez, o el modo de escribir policiales sin que se note - viernes 6 de septiembre de 2024


