
Hace dos meses salió al mercado, en la colección Debate de RHM, el libro El desdén de los dioses, de Alejandro Gaviria, autor conocido por todos nosotros como académico, ex ministro, columnista y escritor. Texto que leí sin parar un momento, y lo digo de forma inmediata: se trata de una serie de relatos para una deliciosa argumentación sobre lo positivo de la actitud pesimista en estas épocas de final.
Comienza con un texto de Jorge Luis Borges a manera de epígrafe donde éste se pregunta irónicamente: “¿Por qué nos atrae el fin de las cosas? ¿Por qué ya nadie canta la aurora y no hay quien no cante el ocaso?...”; claro, Borges dice que con el Quijote se inaugura una época en donde toda aventura del hombre está destinada al fracaso e irónicamente deja en silencio la respuesta. Con este tono se da inicio a una serie de cuentos y relatos muy autobiográficos, en primera persona, y donde se registra el pensamiento del autor como ese intelectual que cuestiona el papel del hombre en este derrumbe social y de pensamiento en que andamos metidos.
El libro, dice Gaviria, trata del futuro, y por ello, con un tinte distópico y a la vez irónico, plantea los dos temas que son el hilo conductor: los avances tecnológicos (genética e información) y el desastre ambiental. Por esto se remonta, en el primer cuento, “Las estatuas del sur”, a los comienzos, y lo hace con una historia autobiográfica, de infancia, cuando su padre lleva a la familia a pasar un fin de semana visitando las estatuas, viajan en un automóvil, legendario Simca, todos rebosantes de curiosidad. Un padre fumador, optimista, observador de la naturaleza, es la imagen futura de ese jovencito que quiere ser como aquél. El cuento propicia una relación entre las esculturas prehispánicas, el fin de la cultura, la muerte del padre y el presagio del fin.

El desdén de los dioses
Alejandro Gaviria
Cuentos
Editorial Debate
Bogotá (Colombia), 2024
ISBN: 9786287669352
167 páginas
Un avance en el terreno de la distopía, una ilusión de que el mundo pueda alcanzar de nuevo el sabor de antes, es este segundo cuento, en donde se planea el sueño de un viaje en compañía de una amiga oportuna, que se aplaza por una restricción mundial debido a una emergencia ambiental que se prolonga por años. Los viajes en avión se restringen casi en su totalidad, especialmente los que van a Europa, y cuando aprueban el suyo es bajo la restricción de viajar solo. Madrid ha dejado de ser esa ciudad turística y bulliciosa para albergar la desolación y la tristeza que obliga al protagonista a permanecer encerrado en un hotel automatizado, sin servidumbre y sin ningún cliente. El narrador culpa a los dioses, que se han vengado de la ofensa que les hemos hecho y le pide disculpas a su amiga por haber viajado solo; afirma que es mejor la realidad virtual aumentada que esta realidad misma, que es mejor la construcción de “mi jardín propio, inventaré mis delicias cotidianas”, dice entre líneas: es un llamado a la literatura y al trabajo del escritor en la construcción de un imaginario particular, reafirmando que esto que leemos es un cuento literario...
Continúan relatos con un narrador en primera persona quien cuenta, en la primera página, que su hermano muere en un accidente estrellándose con un hipopótamo de una tonelada de peso en la carretera, sí, de esos animales que se multiplicaron a partir de unos pocos que trajo para su zoológico privado el narcotraficante aquel. Pero este hecho se cuenta con un tono de cómica irrealidad y cercanía narrativa que no deja duda de esa posibilidad. Luego el libro avanza con relatos en los que la tecnología, los implantes electrónicos, que sirven para consolidar el control, la restricción, dice el narrador, la prohibición de comer carne para preservar la naturaleza, y se castiga con grandes condenas que recuerdan, por lo estrambótico, la quema de todos los libros en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Los implantes tienen un espacio culminante en un cuento de tan sólo dos páginas, donde te instalan el conocimiento de toda la humanidad...
Los relatos “El neoliberalismo cósmico” y “Las matemáticas y la violencia”, con el simple nombrar un objeto, un lugar, el tema de un discurso, la actitud y el comportamiento aquel, sabemos que sugiere referencia al Presidente, y nos ponemos en guardia pues Gaviria hace que su posición política e ideológica se convierta aquí en un discurso narrativo de tipo literario para hacernos poner una sonrisa de inteligencia en nuestros labios.
¡Ah!, la carta pública de los estudiantes de ciencias sociales en el exterior al Presidente, a raíz de su discurso en Naciones Unidas, toma por excusa una palabra para plantear su admiración en privado, pero no su apoyo explícito. Firman estudiantes y luego dice: siguen más firmas. Con seguridad la de Gaviria, quien generó esta discusión y su redacción está entre las últimas.
En el relato siguiente, el narrador nos cuenta que fue su compañero de bachillerato, y por tanto nos describe su forma de pensar juvenil y de liderazgo, sus sueños de justicia e igualdad. Se distancian al entrar a la universidad, hasta que se encuentra con él años después, realizando actividades secretas, es puesto preso y luego entra al pleno ejercicio político haciendo uso de su capacidad oratoria. El cuento termina en otras vueltas pero en nosotros la misma sonrisa que mencioné.
Uno de los cuentos en los que se toca nuestra realidad científica y el deseo eterno de la humanidad es “Los inmortales”; de nuevo una carta que intenta ser “jofaina” de una científica que descubre el método de reprogramación genética para prolongar la vejez. Ahí con el dedo en la llaga leemos, recordamos a Borges, nos levantamos y damos vuelta a la silla y pensamos en la rotura del espejo.
Creo que El desdén de los dioses es un libro de ensayo, una colección de cuentos, una reflexión del autor sobre las razones de su postura ideológica de estos años, una manera de contarnos el porqué de su ironía. No hay duda de que su lectura nos permitirá también reírnos de nosotros mismos.
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