
Pienso en la escritura poética como ese diálogo entre un yo que atisba a decir algo (y que mientras lo hace va traspasando umbrales) y un tú, un ellos, un otro/otre, un nosotros... A partir de esa primera lanza-voz que atraviesa al silencio cuando leo un poema, escucho la conversación trabada entre esas múltiples proyecciones y algo de sentido trato de comprender, algo del aire surcado o de su vibrátil ondular me roza o me hiere. Qué dice esa voz, qué se dice, qué le dice a otro, qué me dice, qué entiendo o creo entender, qué me emplaza.
He leído varias veces este diálogo de Cristina Gálvez Martos con su padre y algo de eso que resuena entre sus nocturnos fragmentos y silencios me interpela. A través de una palabra condolida, atravesada por el luto, Cristina establece un diálogo con su padre que es memoria convocada, figura especular, ausente y presente a la vez. Escucho lo que dice en una travesía íntima sobre el miedo, el reconocimiento de la herencia afectiva y la búsqueda del deseo.
Desde la lectura del título del libro: Padre, tengo miedo y espero el alba, entré en el lugar y el tiempo de la noche, en ese dúctil espacio de la vigilia que invoca a la voz. Leer estos fragmentos me hizo partícipe de una charla íntima en la oscuridad, al tacto, como quien frota cuentas de un rosario, a la escucha de los sonidos mínimos de los insectos, como quien va recuperando sentidos perdidos y desenhebrando finamente el hilo del dolor.

Padre, tengo miedo y espero el alba
Cristina Gálvez Martos
Poesía
Fundación Editorial Tuqueque
Caracas (Venezuela), 2026
ISBN: 978-980-7889-14-8
44 páginas
La poesía y el duelo se relacionan porque ambos trabajan con la ausencia: el duelo la padece y la poesía la nombra. El duelo es un tiempo elástico y fluctuante, el dolor cunde todos los espacios con su capa fina y contundente, pero también irriga la tierra con sus transformaciones. Las ausencias del día se hacen presencia en la noche, la penumbra cruza un portal que te arroja a la noche. Escucho los fraseos del duelo como experiencia íntima, corporal y espiritual. No se trata solamente de la tristeza por la pérdida del padre, sino de un proceso profundo en el que la voz poética vivencia el miedo, la memoria, la desorientación y la reconstrucción. La escritura aparece como una noche interior que espera al alba.
Estos estados de vigilia y advenimiento del fragor tienen indiscutibles precedentes en la tradición lírica universal, y más en la tradición poética venezolana con la obra de Hanni Ossot en Hasta que llegue el día y huyan las sombras y El reino donde la noche se abre. En el texto de Cristina este trecho nocturno es nombrado como un tránsito necesario que no elimina a la noche, la sucede, el duelo aquí se tramita como vigilia prolongada hasta que algo de luz sea posible. “La poesía es decirse la verdad / la poesía es devastadora”. La leo decir(me), la escritura funciona como trabajo de duelo, nombra lo insoportable.
Esto he leído en el lento, fecundo y breve trabajo de este libro: como una floración casi imperceptible, como una marabunta de gusanos nocturnos que arrasan una palma, nacimiento y muerte, noche y luz, enmudecido en una voz muy baja, escucho; poema y diálogo en la sombra, el esplendor.
Poemas de Padre, tengo miedo y espero el alba, de Cristina Gálvez Martos
Miedo, padre,
a la vida que siempre he contenido.
Quizás el alba me abra
como a una caja de música.
Sumerjo mis manos, mis antebrazos
busco elementos en la casa
siembro en mi cuerpo
un ajo que ha echado raíz.
Una salamandra mira fijo
desde la pared.
¿Recuerdas los pequeños peces atrapados en la red?
El plancton luminiscente.
Yo llevaba un espíritu a mi lado, algo elemental
yo era el resplandor.
Quiero pisar estos cristales.
Moler estos huesos
hasta que todo el amor sea arena.
Sentirme pisar una orilla
en el suelo de la casa.
Los frutos nocturnos
se han bebido el sol.
Algo vive en la noche, algo se mueve
.........................todo está despierto.
Cristina Gálvez Martos (Caracas, 1987). Es licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Realizó estudios en Gestión Cultural en Fundación Itaú (Montevideo, Uruguay). En 2017 obtuvo una mención honorífica en el Concurso Internacional de Poesía Castello di Duino. Ha publicado Psicopompa (Monte Ávila Editores, 2015; Premio para Autores Inéditos 2013), Bicorne (Casa de las Letras Andrés Bello, 2016), Fauna de cal (Casa de los Escritores del Uruguay, 2020; premio de poesía Saúl Ibargoyen), Diario del eclipse (plaquette digital, Petalurgia, 2022), El corazón del mar se iba tras de mí (Dospájaros, 2023), Hermana amarga (LP5, 2024), Animal más oscuro (Fundarte, 2025) y Padre, tengo miedo y espero el alba (Fundación Editorial Tuqueque, 2026). Textos suyos han sido incluidos en antologías poéticas de Venezuela, Puerto Rico, Argentina, Reino Unido e Italia. Fotógrafa amateur, ha participado en exposiciones colectivas. Colabora con diferentes portales de cultura y literatura como Revista Philos, Granizo.uy, Clave de Libros y Liberoamérica. Ganadora del XLV Premio Leonor de Poesía (Diputación Provincial de Soria, España, 2026) por su libro Flora encendida.
Padre, tengo miedo y espero el alba, es parte de la colección de poesía “El alba ya no pudo negarme”, de la Fundación Editorial Tuqueque. La colección es coordinada y editada por Ken Pérez Morales y Zorian Ramírez Espinoza, y se realiza en colaboración con el proyecto de archivo anónimo “Residuos del abatimiento”, del artista visual venezolano Leonardo Almao.
- Notas de escucha sobre un duelo
(lectura de Padre, tengo miedo y espero el alba, de Cristina Gálvez Martos) - miércoles 28 de octubre de 2026 - Nido de tordo (extractos) - lunes 11 de julio de 2016


