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Aullemos
(sobre Lobos, de Vicente Forte)

domingo 8 de noviembre de 2026
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Vicente Forte

Vicente Forte (Venezuela). Escritor, guionista y artista visual. Es autor de los poemarios La bestia que es la palabra (2012) y Pájaro azul (2015), y de la novela Lobos (Oscar Todtmann, 2026). Su obra abarca la literatura, el cine y las artes visuales. Es autor del mediometraje Deconstrucción y ha publicado en revistas y antologías de América Latina y España. Obtuvo el Diploma Superior en Educación Mediática y Comunicación Política de Clacso y Canal Red. Actualmente cursa una Maestría en Escritura Creativa en Unir México.

Lobos (Oscar Todtmann, 2027), de Vicente Forte, es una novela que se despliega como una historia cacofónica, fragmentada y orbicular en la que un escritor intenta procesar una serie de úlceras psíquicas a modo de traumas y misterios del pasado. Explora la desaparición de Juan González Mora, un niño que se esfuma durante una excursión escolar un martes funesto de niebla apretada. Mientras el autor teclea frente a la pantalla, la frontera entre su realidad, los recuerdos y las ficciones se desvanece. El relato avanza entre incisos, al estilo de un guion de continuidad, dentro de un plató surrealista de televisión o en las fronteras de una obra teatral (fuera y dentro) de la conciencia en donde convergerán capas temporales, psicológicas y emotivas.

En el texto que revisa el pasado, Juan se ha extraviado en la montaña y la búsqueda culmina en una tragedia cuando un helicóptero de rescate se estrella, cobrando la vida de un grupo de personas. Los padres, Julia y Martín, sufren de un deterioro irreversible: abren un bar llamado El Ancla (psicológicamente, un guiño muy inteligente a la compulsión freudiana) y viven una existencia marcada por una espera lóbrega y estéril sin la conexión superadora del a posteriori, ese Nachträglichkeit o revisión de la memoria desde el presente. Por otro lado, la madre consulta a una vidente que le asegura que el niño está detenido en un tiempo donde los martes duran para siempre. En el presente, el protagonista (que es a la vez un escritor, un adulto y un niño perdido) padece una enfermedad que se manifiesta en unos ganglios inflamados sobre el cuello, son unos latidos que como pequeños tumores prefiguran el aullido o la forma o el pelambre o los colmillos de los lobos. La novela se convierte así en una paradoja temporal donde el creador y las criaturas se funden en el mismo laberinto de aprensiones, ojerizas e incomunicación que actúan como escudos contra una ominosa desmemoria.

“Lobos”, de Vicente Forte
Lobos, de Vicente Forte (OT Editores, 2026). Disponible en Amazon

Lobos
Vicente Forte
Novela
Oscar Todtmann Editores
Caracas (Venezuela), 2026
ISBN: 979-8257729584
174 páginas

El miedo atraviesa toda la obra no como una emoción pasajera, sino como una presencia física y ambiental, es una niebla que lo va carcomiendo todo. Lo familiar se vuelve extraño, al modo de algún secreto que nos llega en sueños pero que olvidamos al despertar. Así se transforman el círculo familiar y la cotidianidad de una casa en una cadena de espacios amenazantes, a lo The Twilight Zone. La memoria, frágil y caleidoscópica (ese “loboscopio”), sostiene algunas identidades que no son más que otros decorados de utilería: las personas aparecen como fragmentos de historias que intentan mantenerse unidas con el engrudo escolar de los repasos más incongruentes. Tanto el padre como la madre y el propio escritor cargan con una culpa irreparable; el fracaso se asume como la condición natural del ser humano, frente a la perfección de unos objetos más enteros que los seres humanos o de los autómatas ficticios que vencen por nosotros. El acto de escribir se revela entonces como un ejercicio de supervivencia y, al mismo tiempo, como una forma de sobrellevar la muerte: los silencios custodian a los personajes en un ciclo eterno al que se van resignando ad aeternum.

La estructura de la novela es rupturista, convergente y reiterativa, claramente marcada por técnicas cinematográficas, dramáticas y de cierto teatro del absurdo, con referencias explícitas al universo de David Lynch. Se va entretejiendo por capítulos numerados, acotaciones escénicas, fragmentos de foros de internet, recortes de periódicos ficticios, testimonios incompletos de vecinos y letras de canciones. Su desarrollo, al ser rítmico, pero no lineal tradicional, nos enfrenta a saltos cuánticos, repeticiones obsesivas y escenarios teatrales desmontables (lo mejor de la arquitectura efímera visual: habitaciones sin paredes, risas enlatadas, luces cenitales, fundidos a negro y Time Code incompletos) que sugieren que la historia se reinicia una y otra vez, a las 3:33 de la madrugada.

En el centro de este laberinto se encuentra un protagonista poliédrico: ese narrador —¿el Escritor / el Niño / Juan?— que, en plena crisis, asienta la historia del niño perdido en la montaña y del adulto enfermo que posiblemente esté soñando la historia. Todo lo contado, asimismo, parece representar la culpa y la necesidad de nombrar el terror para no desaparecer frente a él. Julia, la madre, encarna el origen, la omnipresencia asfixiante y el panóptico (comparada al Ojo de Saurón): figura protectora y, a la vez, monstruosa y devoradora en las pesadillas del niño, finalmente consumida por la tristeza de la pérdida y el cansancio que apareja la vigilancia. Martín, el padre, aparece como un hombre quebrantado por la incapacidad de proteger; su figura se distorsiona hasta convertirse en el “lobo” de una dinámica familiar disfuncional y de constante resaca. Cash / Cashimoth transita entre ese ser (compañero de colegio que escucha voces) y una entidad siniestra que habita en la mente y en las zonas oscuras de la casa. Egotrón y Kroko, salidos del imaginario japo del niño (robots y lagartos/kaijus televisivos), a su vez operan como metáforas lúdicas de la lucha entre el bien y el mal, enlazadas con el refinamiento artificial y la aberración omnipresente.

Las referencias culturales atraviesan la novela de forma constante. El marco estético se arma de escenarios oscuros, personajes enmascarados y risas enlatadas. Egotrón y Kroko remiten a robots gigantes y monstruos de la animación japonesa. Aparece incluso un anuncio ficticio de Nexi Phrenol (“Mente perfecta para un mundo imperfecto”). En el soundtrack incidental, el padre se acompaña de mariachis que cantan fragmentos de “El rey”, de José Alfredo Jiménez. En uno de los capítulos se incluye la letra de “Hikari to Kage no Hate” (“El límite de la luz y la sombra”), interpretada por una voz limpia llamada Hikaru y estructurada como un opening de anime. En español esa canción recuerda a Lady Oscar, ambigua historia que fue prohibida por introducir un mundo sexual alternativo y de pulsiones eróticas mucho antes de la marea LGBTQ+. El modelo del teatro, por su parte, infiltra la escritura a través de didascalias, actos numerados, cambios de luces cenitales o telones y decorados de cartón piedra. Como apuntáramos arriba, la arquitectura efímera también abriéndose espacios en la narrativa enmarañada en la pelambre de los lobos.

 

Finale

Vamos con una catarata de recuadros sin revelación ni cortes de nota; aquí haremos las siguientes equivalencias de balance y proporción: disparadores de intuición a lo Daniel Dennet, sin spoilers:

Una suma no es una ecuación, pero sin duda concentra la narrativa en algo más que una fórmula.

Un plató, un set, una puesta en escena y un miedo crean una claridad aditiva.

Una madre más un cuchillo y unos calmantes ejecutan incrementalmente cada sumando.

Papá es el lobo que prohíbe todo menos el miedo.

Cada escritor es un recuerdo más un teclado y una gula.

Robot es igual a hombre al cuadrado, menos fracaso.

Un héroe es un Scrander por un posible factor de venganza mecánica.

Victoria es igual a robot por velocidad y sorpresa.

Escritura es igual a miedo por máquina de escribir entre papel y Tippex a la ene potencia.

Kroko no es Land of the Lost, pero puede ser primo de la rana de Murakami, ya que mamá es igual a la noche menos Kroko.

El escritor contiene a todos los monstruos, así como los conejos son porciones de un menú.

La cordura no es más que un loco que no ha sido secuestrado.

Corregir es despertarse de un sueño en donde también se escribe.

Hámster no es conejo ni roommate; es pichón de Ocupa.

Una jaula que huele a calamares rellenos es un universo conejo.

Una pea sin ranchera es como un Tolkien sin diccionario élfico.

Hikaru canta frente a Kroko, a pesar de que los hombres hagan máquinas a partir de los aullidos.

Las voces son discípulos con mentes en eco.

¿Se ha mudado un niño nuevo al vecindario de la muerte?

¿Quién le abre los agujeros a la tierra de los cuentos?

¿Ha llegado para quedarse la niebla como puerta corrediza?

¿Cada punto de sutura es un fruto del árbol de la vida?

Juan tiene en La Ilíada una nueva biblia para Edmundo Dantés.

Y se pierde, se extravía, para encontrarse en las páginas de algo que se usaba para algo más que para que el loro dejara su reguero. Ese algo era el periódico, y como un marchante viejo ya nadie puede saber qué era lo que vendía.

Al perder la hospitalidad se cierra el bar que se lleva la sed.

Eso es Lobos: dentro de la chistera del mago que es copa suficiente para el traspapelo. Todo pasando a la vez como en un cuaderno de Bioy Casares y de Borges:

Pasado, presente y futuro.

Como profecía, ofrenda y probabilidad.

Esto es Lobos.

Aullemos.

Joaquín Ortega
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