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Crónica de encuentros y adoquín

martes 11 de agosto de 2015
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Si tan sólo Mateo no hubiese decidido pasar por Fidel a su departamento en Santa Mónica a las 2:45 pm y yo no hubiera tomado un camión a las 3:00 pm para encontrarnos todos en el Mercado de la Cruz a las 3:49 pm, con excepción de Rodo, quien llegaría quince minutos después, para que luego fuésemos nosotros los que comiéramos los últimos diez tacos que quedaban de la venta del día en los tacos de chamorro. Si eso no hubiese pasado Marcel no se habría quedado con hambre a las 5:11 pm y no habríamos decidido ir por un agua de fresa a los licuados, retrasando a Mateo el tiempo suficiente como para estar todavía junto a nosotros cuando la entrevistadora del Diario de Querétaro se decidió a tomar el teléfono para llamarlo y confirmar su cita a las 5:30 pm. Si Fidel no hubiese estado con nosotros, Mateo no habría decidido cambiar el lugar de encuentro a Plaza de Armas con la intención de ofrecerle un aventón a nuestro amigo, quien estaba esperando una llamada que le diría la dirección donde se celebraría la fiesta de despedida de una amiga suya. Si su amiga no hubiese decidido comprar un boleto de avión que partía con destino a Alemania el día siguiente, Fidel no habría estado vestido ese día con la camisa que su madre le regaló en su trigésimo cumpleaños y entonces no estaría listo para ir a la fiesta ni habría estado esperando la llamada, y en consecuencia no habría accedido a acompañar a Mateo hasta el restaurante donde había acordado la cita a las 5:30 pm. Tampoco habrían esperado juntos quince minutos a que la entrevistadora llegara, sentados frente a la fuente del Marqués, del lado donde está el perrito al que el tiempo le ha desgastado la patita izquierda. Si ella hubiese llegado puntual no traería en la bolsa de su falda la pluma Parker que le regaló su abuelo el día en que descubrió que su vocación era la del periodismo, ni habría olvidado en el buró de su cuarto los accesorios con los cuales combinaría su vestimenta: un anillo, un par de pulseras doradas y dos aretes de circonios. Si no hubiese llegado quince minutos tarde, Mateo no habría tenido tiempo para recibir una llamada a las 5:44 pm que le anunciaría que tendría que asistir a una junta en el Palacio de Gobierno a las 6:10 pm y Fidel no habría tenido entonces que saludar a la periodista y explicarle que el Doctor estaba atendiendo una llamada importantísima, pero que en unos momentos estaría con ella. Si no la hubiese saludado, entonces ella no hubiera pedido permiso para sentarse ni habría ordenado una cerveza con el pretexto del calor del clima queretano y entonces Fidel no habría pedido una 1906 y ante la negativa de su existencia, no habrían descubierto que ambos preferían la oscura por el sabor a caramelo quemado que una cerveza morena suele tener. Si la llamada de Mateo no se hubiese prolongado durante diez minutos, Fidel no habría sabido entonces que el nombre de la periodista era Rosario, ni habría tenido tiempo de notar el taheño molote que coronaba su rostro. De no haber pasado esto, entonces no habrían podido hablar de la triste historia de Manuel Acuña ni habrían sabido que el Nocturno a Rosario era otro gusto en común que compartían, ni habrían, pues, mencionado también a Petrarca, ni a Dante, ni Bocaccio, ni sabrían que ambos habían estudiado italiano en la misma academia de idiomas sólo que con un año de distancia. Si Mateo no hubiese pedido una limonada ni bromeado acerca de Fidel, Rosario no habría tenido oportunidad de entender el humor de ese par de extraños amigos, que a veces parecían incomprensibles para la gente de alrededor que no entendía por qué bromeaban con preguntas acerca de la ontología de la vida y entonces Fidel no habría tenido tiempo de escuchar a las 5:53 pm por primera vez la risa de Rosario y tampoco habría tenido ocasión de pensar en que se parecía al estallar de una burbuja. Si el teléfono de Fidel hubiese sonado en ese momento, mientras la risa de Rosario inundaba el restaurante, entonces el músico de Chucho el Roto no habría tenido la oportunidad de tocar Bésame mucho y Fidel no habría escuchado por segunda vez en su vida, pero esta vez en boca de Rosario, que ésta era la canción en español con más versiones grabadas. Pero como el teléfono no sonó, Fidel pudo escuchar a Rosario no sólo decir eso, sino también pudo verla hacer su trabajo y entrevistar con maestría a su amigo el asesor del diputado. Si el teléfono de Mateo no hubiese sonado por segunda vez en esa hora, Rosario no habría tenido tiempo de percatarse de que nunca preguntó el nombre de Fidel y entonces no habría tenido oportunidad de sacar de su bolsillo la pluma Parker que la habría retrasado en su salida justo para escribir su número de teléfono y su nombre Rosario Jáuregui con una caligrafía que a Fidel le pareció un retrato de Rosario en clave alfabética, pues en los puntos de sus íes podía encontrar los lunares que trazaban un mapa desde el cuello hasta su boca y en sus jotas el largo de sus blancas piernas que parecía se estremecerían con facilidad ante el primer contacto. Si Mateo no hubiese tenido que ir a la junta en Palacio de Gobierno, la entrevista no hubiese durado solamente cinco minutos y Rosario no se habría ofrecido a caminar junto con ellos hasta el lugar. Si Mateo no se hubiese ido Fidel no habría escuchado a Rosario manifestar su deseo de otra cerveza a las 6:17 pm; de no haberlo escuchado, Fidel habría contestado el teléfono que le daría la dirección exacta en donde celebrarían a su amiga. Pero como escuchó con claridad decidió apagar el teléfono y caminar junto a ella hasta el amparo de una mesa que casi siempre les esperaba en algún bar en donde ordenaron, por segunda vez, una cerveza oscura. Si la cerveza hubiese sido sólo una quizás Rosario no se habría animado a hablar sobre la difícil relación con su padre y entonces no habrían comenzado a hablar sobre la familia, esa extraña figura que sobrevive, que supervive a pesar de lo diferente que son uno de otro, no habrían hablado sobre las letras, sobre la comunicación y el amor; y entonces no se habría convertido en la conversación más íntima que Rosario había tenido en siete años y esas cinco horas no habrían parecido apenas un par de minutos. Si Querétaro no hubiera visto llover a las 11:37 pm los taxis habrían pasado aguzados, intentando atrapar con velocidad a los transeúntes; por el contrario, por la lluvia los taxistas corrieron a refugiarse a sus casas y Rosario, entonces, tuvo que caminar hasta su hogar en Carretas. Si Rosario no hubiese ido a pie, Fidel no habría tenido la oportunidad de acompañarla y no habrían aplazado su despedida hasta la puerta de madera rosa que anunciaba la llegada al lugar, ni habría visto que el color de las mejillas de Rosario era, cual reflejo de su puerta, del color de la tibieza y que su voz tenía el sonido de la dulzura. Si no hubieran estado en el umbral de la puerta de la casa de Rosario, que por cierto era una casa blanca y familiar, no habrían tenido entonces ese primer abrazo, repentino y confuso (como pasa con casi todos los primeros abrazos), ni habrían rozado por primera vez sus labios, ni finalmente culminado la noche en un beso intenso. Pero, ¿bastará decir que la noche terminó en un beso intenso para contar lo que ahí ocurrió? Aquel abrazo tímido e inesperado que reactivó la memoria corporal de Fidel y que le hizo buscar el primer amanecer del mundo en el fondo de aquella mirada, fue lo que los llevó a ambos a sentir en ese instantáneo roce de sus labios, como si el tacto se acabase de inventar. Fueron unos segundos, unos centímetros, los que momentáneamente les separaron de esa experiencia de la propia finitud que tiene lugar cuando dos personas se besan. Ahí, cuando la humedad de una lengua que ha elegido el silencio para acompañar con complicidad furtiva un mordisco que a ambos les produjo un casi místico dolor sabroso, fue que no sin cierta admiración antigua y con aroma a perfume viejo, redescubrieron lo que era dibujar sobre la piel una sonrisa con el pincel de la propia piel. Ahí en una suerte de venganza contra el tiempo, contra la desgracia, esos mínimos segundos que se volvieron eternos gracias a que los dos hicieron de sus labios su cuerpo entero, la imposible brevedad que circunda cada beso les otorgó el armisticio que ocurre cuando dos que se tocan se quedan simultáneamente sin aliento. Ocurrió, pues, la apología del enano, ese quien por primera vez, después de años de sinsentidos, regresa a casa midiendo tres metros de alto, con el corazón hinchado, con el alma exorcizada de mujeres ingratas y la certeza de que esta vez el chico besó a la chica al final de la noche.

Si no se hubieran besado en el umbral de la casa de Rosario, ésta no hubiese recordado que había dejado en el buró de su casa el anillo que su prometido le había dado apenas una semana atrás. Y en Querétaro no habría continuado lloviendo hasta formar esos diminutos riachuelitos que se adivinan en el empedrado de las calles de adoquín que adornan la ciudad.

Monserrat Acuña Murillo
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