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La guayabera

jueves 24 de marzo de 2016
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Al Suls

Esa tarde en el juzgado Marina estaba lista para finiquitar con una firma su vida junto a Arturo. El papel afirmaba mutuo acuerdo, pero para ella no había mayor certeza de que la principal causa del divorcio es el matrimonio. Hay que añadir que la unión civil había sido puro trámite: llevaban cuatro años cohabitando en su pequeño departamento en el centro hasta que la beca del Conacyt para estudiar un posgrado en el extranjero añadió una cláusula en letras chiquitas que estipulaba una cuota mayor para las personas casadas. No lo pensaron dos veces y se lanzaron aún cubiertos de arroz a Guatemala: ella a construir en la ciudad donde se encontraba el Acueducto de la Pinula, él a mirar por primera vez de cerca a la Bolitoglossa daryorum a quien tantas noches de su vida había dedicado.

 

Comenzó a surgir de en medio de sus entrañas un ligero cosquilleo de enojo cuando vio que su esposa le censuraba el uso de la prenda.

Cuando en México se enteraron de la separación, todo el mundo perdió la cabeza. “¿Te vas a separar de Marina? Pero si es tan inteligente, tan inocente, tan femenina”. “¿Cómo que vas a dejar a Arturo? Él fue el primero de su clase y es tan espontáneo y gracioso?”. “Pero si los dos compartían el sueño de viajar a Guatemala. Pero si ella ama tanto las edificaciones guatemaltecas como él ama cada anfibio endémico de la Sierra de las Minas”.

El problema de Marina y Arturo no era que no amasen vivir en Guatemala juntos, sino que algo en medio se les interponía. Desde su llegada a la capital todo había comenzado a derrumbarse por una mala decisión: Marina pensó que sería buena idea obsequiarle a su esposo una guayabera.

 

“Te verás increíble con ella en el Departamento de Ciencias”, le dijo con su voz aniñada mientras él se veía al espejo sonrojado. Marina nunca se imaginó que a partir de ese momento él no usaría otra prenda que la guayabera.

Los primeros días le parecieron algo así como un gesto amoroso. “No se la quita porque yo se la regalé”, pensaba con una sonrisa que le dejaba un sabor a miel en los labios. “Es como el príncipe que siempre soñé”.

 

En su memoria aún estaba aquel primer encuentro que los había unido. Ambos participaban en un coloquio de estudiantes sobre urbanización y ecología. Él presentó un paper sumamente preocupado por la devastación en la fauna por el creciente desarrollo habitacional en el departamento de Baja Verapaz. Ella exponía su propuesta de viviendas ecológicas en Salamá. Parecían mandados a hacer. Al final de la clase él se acercó para pedirle algunas notas sobre su trabajo. Ella se sintió halagada de que su proyecto final recibiera tanta atención.

“Yo también estoy trabajando sobre Guatemala, pero su fauna”, con una sonrisa amable que opacaba los pantalones guangos y la camiseta de Snoop Dogg.

“Sí, Guatemala… me encanta”, dijo ella, hablando un poco al aire.

No supo cómo, pero en ese momento se asentó aquello que les uniría en adelante, ya que lo que había comenzado como un examen final para la clase con el arquitecto guatemalteco, habría de ser en adelante más que el área de su especialización, el motivo recurrente de su amor.

 

“Arturo, dame la guayabera para que la lave”.

“No, mi amor, la estoy usando”.

“Pero ya está bien cochina, tiene una semana que no te la quitas”, y el uno se convirtió en dos, y tres, hasta que el asunto dejó de ser llevadero.

 

Sin embargo, hay que aclarar que Arturo no quería molestar a Marina. Él simple y exclusivamente gozaba de usar la guayabera en sus expediciones a la Sierra, además, Marina siempre le recriminaba lo mal vestido que andaba; pero ahora, cuando fotografiaba de cerca las patitas de las salamandras o registraba los colores de sus manchas no podía pensar en mayor satisfacción que saber que aquello lo hacía revestido de esa camisa. Estaba seguro de que el anfibio sólo se dejaba atrapar los días que él la llevaba puesta. Amaba la prenda porque se la había dado su esposa y porque le traía buena suerte. No había malicia en ello. No obstante, comenzó a surgir de en medio de sus entrañas un ligero cosquilleo de enojo cuando vio que su esposa le censuraba el uso de la prenda. ¿Cómo se atrevía a criticar que él amara tanto usar un regalo que ella misma le había dado? ¿Qué era, un obsesivo, un supersticioso? ¿No lo somos acaso todos? Y en su mente aparecían progresivamente los pequeños detalles incómodos que Marina tenía y que Arturo jamás se había atrevido siquiera a mencionar.

 

En primer lugar, estaba la continua preocupación de Marina por su peso. Al menos una vez al mes se le veía haciendo un detox de agua con miel, o alguna otra extravagancia. Él la apoyó los días que intentó llevar una dieta estrictamente crudivegana e incluso fue a recogerla al despacho el día que se desmayó por exceso de ejercicio. Ni una palabra. Ni una queja. Ni el menor rastro de regaño por exponer a ese nivel su vida por una obsesión que él encontraba estúpida.

“Así como a ti no te gusta mi guayabera, a mí no me gustan tus estúpidos moños rosas, ni tus playeras de Mickey Mouse y mucho menos el pinche video en el que te grabaste cantando la canción de Frozen”, pensaba Arturo cada vez más molesto. Porque viéndolo bien, su única extravagancia era usar una guayabera todos los días. ¿Qué mal le traía al mundo? En cambio su mujer exponía su vida y además era, estaba seguro, la mayor fan de la compañía más imperialista y culera jamás creada. Porque desde antes de ir junto a ella al altar, él sabía que unía su vida con una mujer inteligente y atenta, pero también a una niña que había decidido estudiar arquitectura para al menos diseñar los castillos que desde la más tierna infancia había soñado habitar, una niña incapaz de hacer a un lado su inseguridad y orgullosa de poseer la más dulce de todas las personalidades.

 

Aunque bueno, tan inocente no había sido el biólogo. Los primeros días no se quitó la guayabera por una cuestión de suerte. Pero con el paso del tiempo y la suma de reclamos de su pareja el asunto se volvió un tema de autoafirmación, como la pelea que los llevó finalmente al juzgado:

“Quítate la guayabera, Arturo, está muy sucia y así no te vas a acostar aquí”.

“Ya, amor”, le contestó mientras se cobijaba.

“Nada de amor, Arturo, tienes tres días usando eso, me da asco”. El tono se volvió más agudo progresivamente. A él le perforaba los oídos.

“Ya, no voy a pelear”, totalmente cubierto giró y jaló las cobijas para cubrirse en posición fetal.

“Te la quitas o me voy”, dijo, ya fuera de la cama. Arturo atinó a reírse. “Dime”, la voz se volvió más fuerte y contenida. “Te la quitas o me voy”.

“Ya, Marina”.

“¡Me tienes harta! Con tu camisa sucia, y no sólo eso es sucio, me dejas un desorden en la cocina, en el cuarto, todo el tiempo nada más pensando en tus animalitos esos. Te la vives en las nubes. No le bajas al baño cuando vas en la mañana, no sabes aplastar correctamente la pasta de dientes, y si me acuerdo de otra de tus asquerosidades te la digo en un momento”, gritó la mujer mientras arrancaba y rasgaba con su manicura lila la guayabera de sus pesadillas.

“Chingada madre”, se miró el pecho desnudo y rasguñado.

“¿Me estás hablando así a mí?”.

“Sí, puta madre”…

Lo que ocurrió a continuación sólo fue un enorme listado de malas palabras, el llanto de Marina, quien jamás en su vida ha pronunciado una y la interminable serie de noches que pasó en el sillón. Le costó ir a ver el estreno de Intensamente, cuatro cajas de chocolates y tres visitas al centro de la ciudad para que su mujer le devolviera la palabra. Sin embargo, y después de ese acto de violencia, la cosa ya parecía totalmente perdida.

Marina estaba segura de que la guayabera era la gota que había derramado el vaso. Había tolerado todo. Había aceptado irse a vivir con él a pesar del enojo de sus padres. Había renunciado a su sueño de casarse con un vestido como el de la Cenicienta y lo había cambiado por una firmita en el registro civil. Le había querido a pesar de no tener ni dónde caerse muerto, de ser fodongo, de estar siempre rodeado de animales, ella, que sufría alergia hasta de los peces beta. Él era todo lo contrario al guapo caballero que cuando era joven estaba segura el destino habría de reservar para ella. Y lo había aceptado con el pretexto del amor. No podía concebir que en algún momento hiciera a un lado lo anterior por esa palabra. Sí, era un buen tipo: la escuchaba hablar largas horas, participaba en cada una de las actividades en las que ella se interesaba, incluso la llevaba a la cama cuando por accidente se quedaba dormida sobre uno de sus planos. Pero no podía seguir más. No iba a aceptar que esa camisa llena de lodo y excremento de anfibio se internara en el territorio de su sueño.

 

Después de la pelea, concluyeron que aunque pudieran hablarse no podían seguir viviendo juntos. Marina pidió permiso en el despacho que la había contratado y regresó a México a estar con su familia. Arturo continuó sus investigaciones en la Sierra, al grado de no pisar el departamento por semanas. Eventualmente la solicitud del divorcio llegó a su cubículo y la vuelta a su país fue inminente.

 

Aun ahora, las pocas veces que Arturo mira el televisor y haciendo zapping aparece una película de Disney, un escalofrío le recorre la espalda y le aleja por meses de su sillón. Y cuando Marina llega a ver en las noticias algún priísta trasnochado que porta una guayabera, le invade no sé qué cosa en las mejillas y se le aprietan los puños. Y aún así, cada quien desde su trinchera mira el cielo y agradece el sueño de vivir en Guatemala.

Monserrat Acuña Murillo
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