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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Desde el retrovisor

sábado 5 de septiembre de 2015
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Ya habían dado dos vueltas por las callejuelas siempre abarrotadas de Los Palos Grandes. No lograba encontrar la dirección del restaurante donde el psiquiatra, pese a estar de copas, había accedido a recibirlas brevemente. La cosa era seria. Un nuevo ataque de pánico cercano a la media noche, y ella, la verdad, ya estaba agotada.

La hermana mayor, una característica meramente cronológica, yacía en el asiento de atrás. Pálida y ojerosa. Cansada, lo mismo de rabiar que de llorar. No quiso tomar la pastilla, como casi siempre. Esta vez, con el paso de las horas, la crisis parecía arreciar. Ella deseaba, desde el fondo de su paciencia finita, que el psiquiatra la convenciera de hacerlo. Ya sumaban tres las noches de sueño espasmódico. Con un proceso de divorcio encima, una niña de 10 años, cuatro perros, trabajo extra y una casa llena de separaciones, la carga era pesada. Entraba el segundo mes desde que había tenido que llevársela a su casa.

Mientras estacionaba frente al bendito lugar pasó un mensaje de texto al psiquiatra. Demoraba. Buscó vigilarla a través del retrovisor, pero el espejo le devolvió la imagen de aquella niña temerosa de siete años que, acurrucada en la cama, no se bajó de ella en todo un día, porque “mi prima me dijo que el piso tiene ojos”. Parpadeó varias veces tratando de espantar el recuerdo. Volvió a intentar enfocar la vista, pero sólo encontró de nuevo el rostro de pánico de su hermana —ahora a los nueve años— aquel día en el que ella misma se encerró en la oscuridad del clóset de los juguetes, y esperó y esperó y esperó, alrededor de dos horas, sólo por el placer de asustarla y gastarle una broma. “¿Quién puede creer que el piso tenga ojos?, ¡por favor! ¡Pareces tonta!”.

Las llamaban “las morochas” y no era para menos. Pese a que su hermana le llevaba un año y un mes, siempre vestían iguales. Qué curioso. Ella jamás habría ahorrado creatividad, ni la posibilidad de escoger ropa diferente, de haber tenido dos niñas. Pero su mamá sí. De todas formas era inútil tratar de igualar mediante la ropa a dos personas tan diferentes. También les decían “la compota” y el “espagueti”; chistes crueles y malos de los tíos pasados por alcohol frecuente, en juergas infaltables los fines de semana. Como buena compota, ella estaba más nutrida y sacaba además media cabeza de ventaja en estatura. A la hermana, espigada y de cejas más que pobladas, parecía que siempre la faltaba la salsa. Con todo, disfrutaban enormemente en la sala de juegos donde se encerraban a fantasear desde la mañana hasta caer la noche. Ahora era diferente. Si los tíos vivieran, el espagueti habría dado paso a “el esqueleto” y la compota a un consomé sin sal. Rondaban los cuarenta años y la barajita del divorcio la tenían repetida.

El psiquiatra se sentó junto a su hermana en la parte de atrás. Conversó. Despegó sus párpados inferiores con el pulgar. Todo rojo. Finalmente la convenció. Entró al restaurante de nuevo, y regresó con un vaso de agua, que le acercó junto a la pastilla. Dio la vuelta y se colocó junto a la ventana de ella. Pretendió hablarle con la misma discreción que sería posible en medio de una discoteca. “Hay que tener mucha paciencia”, volvió a decirle. “Cuídate de mencionar el nombre de lo que tiene. Le provocaría más ansiedad en este momento. Ya sabes, las paredes tienen oídos”, dijo, y se marchó a seguir embriagando toda su cordura, como si la hermana ya hubiera superado el tema de un piso que tiene ojos y lo ve todo.

María Elena Lavaud
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