XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Una jornada bien empleada

martes 6 de octubre de 2015

El señor H. asomó su perfil afilado por el marco de la puerta y, en un tono entre solemne y lacrimoso, le comunicó a su secretaria que en la próxima hora y media no deseaba ser molestado.

—¿Está claro, Gladys? —acentuó con énfasis las palabras—, que se entienda, no estoy para nadie, no importa la gravedad o la urgencia. Espero que quede claro —la miró fijo como tanteando su ascendiente, y en un segundo su rostro fue engullido por la oscuridad del cuarto, mientras sus últimas palabras permanecían suspendidas en el vacío.

En esta pequeña oficina apartada del mundo, usted y yo, dos seres anónimos y desinteresados, estamos contribuyendo al progreso y al bienestar general.

Gladys no alcanzó a responder y se quedó inmutable contemplando el cuadro que pendía peligrosamente de un clavo en la pared. Era un autorretrato de su jefe, cuyos ojos parecían escudriñar toda la habitación. Ya estaba habituada a las excentricidades de su superior. Hacía más de un lustro que trabajaba en la oficina y, desde el primer momento, nadie había pisado el lugar ni llamado por teléfono. Cualquier otra persona se habría al menos planteado la situación como extraña, pero no estaba en la personalidad de Gladys cuestionarse demasiado las cosas. No tenía además motivos para quejarse. La paga era decente y gozaba de un ocio y tranquilidad absolutos. Su única ocupación era regar una planta que se hallaba en el alféizar de la ventana, siempre al borde del precipicio.

Durante una hora y media, el señor H. permanecía en su despacho con la puerta cerrada como un animal en su cubil. La oficina se sumergía en una especie de letargo y sólo se oían los sonidos que se filtraban de los edificios lindantes. La única constancia del paso del tiempo era el goteo persistente de una canilla. Gladys se acoplaba a la situación y aprovechaba la pausa para elaborar las fantasías que se desarrollaban en su fuero interno. Sentía predilección por las historias románticas, lo que satisfacía con dosis excesivas de revistas de chimentos y de novelas de amor.

De golpe, la puerta se abría con brusquedad haciendo tambalear el precario equilibrio del cuadro, y el señor H. emergía como salido de un sueño. Permanecía rígido y con el ceño fruncido como maratonista aguardando la señal de partida, y en seguida reanudaba su rutina, la cual consistía en recorrer la oficina a paso acelerado realizando figuras geométricas imaginarias tales como triángulos y rectángulos y, a veces, los días más excitantes, diseños romboidales y cuadrangulares. Sorteaba obstáculos con la agilidad de un atleta olímpico. Daba la impresión de que hacía cálculos mentales, movía los labios y de cuando en cuando decía un número en voz alta.

Las paredes y el techo del despacho se hallaban revestidos de espejos, lo cual hacía que se reprodujeran hasta el infinito los movimientos del señor H. provocando la impresión de mil personas marchando en direcciones opuestas.

Mientras realizaba sus movimientos, fijaba su mirada en el retrato, cuyos ojos parecían seguir aprobatoriamente los pasos de H. Interrumpía sus caminatas de repente, como si se le hubiese acabado la cuerda, y se asomaba a la ventana a contemplar con una mezcla de tristeza y melancolía a la planta.

—¿Sabe, Gladys? —sentenciaba H. casi susurrando—: el secreto para no dejarse aplastar por la rutina es crear pequeños hiatos, cesuras o pausas. Momentos en que se interrumpe lo que se estaba realizando y cobramos así conciencia de nuestra humanidad. Hay que intentar por todos los medios posibles no caer en la alienación.

—Muy cierto, señor —contestó Gladys con tono admirativo, al tiempo que le cambiaba el color de pelo a la heroína de su fantasía, una muchacha sencilla que llegaba del campo a la ciudad a triunfar en el rubro de la moda, pero que en seguida experimentaba en carne propia la envidia y el rencor de sus colegas, no tan agraciadas y naturalmente proporcionadas como ella.

—Sí —continuaba H.—, es importante ser un ente productivo y generador de bienes y servicios que permitan que la rueda de la maquinaria social siga girando. En una época debo confesar que fui revolucionario. Creía que era menester combatir el sistema desde todos los medios posibles. Hoy tengo la firme convicción de que cada individuo tiene una función en esta sociedad. Piense en nosotros, por ejemplo. En esta pequeña oficina apartada del mundo, usted y yo, dos seres anónimos y desinteresados, estamos contribuyendo al progreso y al bienestar general.

—Claro, señor —asintió Gladys mientras recortaba una figura masculina de una revista de chimento, y se imaginaba posibles desenlaces para la historia romántica que había ideado esa mañana.

Por la ventana entraban los últimos rayos del sol y la plantita comenzaba a languidecer y a mostrar su palidez de ocaso.

—Todos los días —continuaba categórico el señor H.—, de ocho a cinco de la tarde, cumplimos nuestro mandato. Nos despertamos cada mañana con el optimismo de los valientes y afrontamos el duro trabajo de la vida con estoicismo y valentía —ponderaba H. mientras realizaba movimientos giratorios sobre su propio eje con tal velocidad que parecía que saldría eyectado por la ventana. Parecía un trompo. Gladys clavaba sus ojos de muñeca sobre la corbata a lunares que, con la rapidez del giro, se enroscaba peligrosamente sobre el delgado cuello del señor H. y producía colores psicodélicos y un efecto hipnótico que la sumía en un sopor parecido al sueño.

De golpe se despabilaba y miraba a su jefe con una mezcla de resignación e indiferencia, y evaluaba en su interior cómo realizar el viaje desde su silla hasta la cocina sin colisionar con el señor H. Optaba finalmente por desplazarse al compás de su jefe haciendo también ella sus figuras sobre la alfombra, de modo que para un observador objetivo habrían parecido dos marionetas contorsionándose en una danza macabra, cuyos hilos estuvieran en manos de un artista desquiciado. Al final llegaba hasta la cocina y medio jadeante decía:

—¿Quiere un café, señor?

—En un minuto, Gladys. En un minuto. Debo aún finalizar tres figuras.

Y así, el señor H. reanudaba su marcha sobre la alfombra dibujando círculos y cuadrados imaginarios, con la satisfacción que sólo experimentan aquellos que tienen la certeza de haber contribuido, un día más, al progreso y al bienestar general.

Luciana Binolfi
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