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Buscando a Mercedes

jueves 22 de octubre de 2015
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Era difícil discernir entre ellas cuál era la muñeca. En ocasiones, la intensidad de la ausencia en los ojos llegaba a ser comparable. En la primera, largas piernas plásticas envueltas en satén, la miraba tendida en el horizonte. En la segunda, Mercedes, mi tía abuela, el torso jorobado sentado sobre el sofá rojo, orientado hacia la izquierda, la mirada, concentrada también en un punto lejano. En aquella ocasión, Mercedes dio cuenta de nuestra presencia tan sólo después de haber recibido nuestro beso en su mejilla. Le preguntó a mi madre si había sabido de mi abuela y de mi padre, y de cómo se encontraba la nena. “¿Cuál nena?”, le respondió mi madre. “La tuya”, agregó Mercedes. Me apresuré a asegurarle que era yo la niña de la cual hablaba, y ella, como en cámara lenta, luego de alinear su rostro con el mío, auscultó las írises de mis ojos en busca de una memoria trampolina.

Tal vez este fue el comienzo. Habría desarrollado un pequeño temblor en las manos; se tornarían algo rígidos y lentos sus movimientos. Quizás perdía el equilibrio con mayor frecuencia. Lo cierto es que nadie notó la enfermedad estableciendo residencia poco a poco en Mercedes. De su cerebro vino a apoderarse la enfermedad de Parkinson.

Tal vez la identidad de un individuo no sea más que un simple puente apostado entre dos personas.


Arrodillada junto al sofá rojo, colocaba mi oído derecho justo al lado de los labios de Mercedes con la esperanza de escuchar mejor lo que murmuraba. En esa posición permanecía durante el transcurso de mi visita a la casa de envejecientes donde residió Mercedes durante los últimos años de su vida. No sería demasiado injusto decir que ya casi nadie le prestaba atención cuando hablaba. “Es que ya no es la misma”, decía mi madre, quien había dejado de referirse a mi tía usando el tradicional doña, título deferencial otorgado a los envejecientes en la cultura puertorriqueña. Para mi madre, la mujer frente a nosotros era una impostora, un ente extraño que había venido a usurpar el lugar de mi tía abuela.

Al contemplar los ojos de Mercedes hubiese jurado estar observando la misma presencia que reconozco en cualquier otra persona consciente. Ante la duda de otros, sin embargo, me preguntaba si era posible que tan sólo anduviera inventando a mi tía, siquiera porque aún recordaba cómo era. ¿Cuánto de la identidad de una persona, me preguntaba entonces —y todavía— está asociado a su memoria, en especial durante la enfermedad?

Treinta por ciento de las neuronas en la llamada sustancia nigra del cerebro de Mercedes desaparecieron antes de experimentar siquiera las primeras señales de la enfermedad, indicaban los artículos de ciencia. A cinco años de su diagnóstico, cincuenta por ciento de sus neuronas habrían muerto y, de acuerdo a algunos investigadores en neurociencia, cada año siguiente, mientras planchaba sus vestidos o cocinaba, mientras asistía a la iglesia, mientras conversaba con su comadre, otro siete por ciento de sus neuronas perdía, inevitablemente, la batalla contra la enfermedad.

De modo cognoscitivo yo era capaz de entender la devastación causada por la muerte y degeneración de tantas células y estructuras cerebrales: la pérdida de información es avasalladora. Emocionalmente, si tuviere mérito hacer la distinción, me resultaba difícil aceptar que Mercedes desapareciera un poco más con el paso de los días. No resultaba fácil aplacar la incomodidad de saberme una pequeña pieza de materia de tres libras de peso meramente: un cerebro ambulante, y vulnerable. Contemplando a mi tía, a menudo escapaba un suspiro de mis labios, un suspiro sordo de ansiedad y desamparo, no tan distinto al que debe haber sido emitido por muchos luego de que el galeno William Harvey declarara, en 1628, que el corazón no es más que una bomba de sangre, en vez de la máquina creadora del espíritu humano que todos vivían convencidos de que era.

Los investigadores en neurociencia han explorado el interior de cerebros que padecen la misma aflicción que el de Mercedes. Saben bien que durante las enfermedades de demencia, de manera similar a lo que ocurre durante el envejecimiento normal pero de modo magnificado, las células cerebrales perecen. Las conexiones entre ellas se deshacen, borrando en el proceso todo lo que sus interacciones habrían construido alguna vez —memorias, personalidad, información, motivaciones. El acto es tan destructivo como el movimiento de las olas de un tsunami sobre una villa costera. Todo lo destruye a su paso. El cerebro puede soportar dicha pérdida durante años y, sin embargo, al cabo de la pérdida suficiente de células, la comunicación normal entre las restantes se obstaculiza, previniendo el envío usual de sus mensajes electroquímicos. Este principio refleja una verdad esencial sobre el funcionamiento del cerebro, tanto el de Mercedes como el nuestro. Durante la década de los noventa, cuando Mercedes aún estaba conectada plenamente a la vida, su mente ostensiblemente intacta, un científico de nombre Marsel Mesulam propuso que el cerebro se organiza en redes a gran escala. La actividad de las diversas áreas que lo conforman depende de las conexiones existentes entre estas últimas, de sus redes celulares, tanto locales como distantes. Decía Mesulam que un insulto físico al cerebro, por ejemplo, una enfermedad como el párkinson o el alzhéimer, es capaz de desestabilizar estas redes. Mesulum tenía razón, se sabe hoy día. Cada enfermedad degenerativa desencadena un patrón de muerte celular capaz de dañar una red particular y específica. Es como si la mente de Mercedes, el antes intrincado ovillo neuronal, hubiese estado deshaciéndose lentamente; como si los puentes que unen las partes de una ciudad unas a otras, no sólo colapsaran sino también dejasen de existir. Con el tiempo, los bloquecitos neuronales que constituían su cerebro, y todas esas redes —marcadores y transportadores de memorias, y quizás, escultores también, en su charla unos con otros, de lo que hacía que Mercedes fuera Mercedes— habrían desaparecido.

“Eres la tía más hermosa del mundo”, le decía. Mercedes sonreía, y una muestra de incredulidad asomaba en su rostro al hacerlo. “¿Yo?”, me preguntaba seguido, como había hecho siempre cada vez que alguien le regalaba un piropo. En ella todo era fragmentos de lo que había sido, de aquello a lo que llamamos personalidad y que el paso de la enfermedad transformaba en algo nuevo. En momentos como aquel me preguntaba si lo que escuchaba era sólo una réplica engañosa, un artefacto elaborado por mi conciencia, la lucha de mis neuronas por recordar a Mercedes, tejiendo mi propio cerebro en cada esfuerzo, y a partir de hilos sueltos y discontinuos, la tela que más se asemejara a la memoria que había almacenado alguna vez sobre la textura de su voz, la calidad de su risa.

La enfermedad de Mercedes era aislante. La sumergía en mundos pasados a los cuales no teníamos acceso. Era por eso, quizás, que quienes la interpelábamos la juzgábamos perdida. A veces me parecía intuirla buscando su camino de vuelta a casa. La confusión en su rostro me provocaba imaginarla en una pequeña cabina de teléfono escuchando voces familiares al otro lado del auricular, sospechando la presencia física de los interlocutores al otro lado de la puerta, intuyendo la presencia del umbral sin poder girar la manija que habría caído sin remedio. Escuchándola, luchaba por colocarla en contexto sabiendo imposible el ejercicio pues no era yo el único repositorio de sus memorias.

“La gente vieja tiene pesadillas todo el tiempo, de cosas que son extrañas”, decía. Era el universo caótico que habitaba Mercedes, y ella, intentando ensamblar sentidos, centímetro a centímetro en una habitación que ya no comprendía. Quizás, en esencia, no fui tan distinta en ese entonces a lo que debió haber sido un anti-Coperniano en su momento: aun conociendo lo que descubre la ciencia, aceptaba los comentarios de Mercedes como demostraciones cabales e indiscutibles de que algo en ella era capaz de reconocer su propia ausencia, algo que no era posible comprobar. “La gente vieja es niña, porque no sabe muchas cosas, pero con las que sabe no puede hacer nada”, decía, sonando como siempre. Aún está allí, me repetía a mí misma, aún andacompartiendo el mundo conmigo.

Tal vez lo que determina lo que llamamos identidad, no sólo durante la enfermedad sino siempre, se trate no de la habilidad de un individuo para recordar, sino del recuerdo con el que se haya acurrucado a sí mismo en la memoria de otro. Así, Mercedes no fue simplemente el producto de su propia conciencia de ella misma, sino de la mía también, en cohesión a la suya. Quizás lo que supe de ella, lo que de ella grabó mi cerebro en sus neuronas, en sus propias redes y los enlaces entre ellas, es tan sólo otra creación de las muchas que soy capaz de hacer, y que acepté y acepto hoy como Mercedes. Ella, una identidad que su enfermedad alteraba continuamente y mucho más rápido de lo que alcanzaba yo a recrearla. Es posible que “Mercedes” se encontrase contenida dentro de mí; que existiese como parte de mi identidad. Tal vez la identidad de un individuo no sea más que un simple puente apostado entre dos personas.

Me remontaré al momento en que la miré por última vez, deseando que quedara algo así como una unidad de conciencia incondicional, indivisible, capaz de permanecer intacta sin importar lo fragmentado o interrumpido que estuviese su entorno. Cuando le aseguraba a Mercedes que la amábamos, ella sonreía. Me aseguraba entonces que siempre me querría, que me recordaría. Entonces invocaba la bendición de la que ella era creyente. Yo, mientras tanto, confiaba en que algo de ella permanecería, aunque biológicamente no fuera esto plausible. Decidí en aquel momento último, durante el cual nuestros ojos se aferraban unos a otros sin dejarse ir, que aun cuando el mundo la asumiera perdida, y si estuviera verdaderamente desapareciendo, lo mejor que podía hacer era escuchar lo que en ella sí quedaba, en honor a todo lo que de ella habitaba aún en mí.

Iris Mónica Vargas
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