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Dos relatos de Mauricio Vélez

sábado 24 de octubre de 2015
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Otra vez peatón

Aquella mañana una sensación extraña hizo que me provocara tomar el autobús en vez de salir en moto. Sin embargo, como de costumbre, suelo desatender esos pálpitos, aunque no sea la primera vez que se traduzcan en alguna desgracia. Seguí así durante la mañana, envuelto en la corazonada, hasta que el destino me hizo una finta para que me tranquilizara: una doña distraída, que se cambió de canal en la autopista sin percatarse de que no estaba sola en el mundo, casi me atropella.

Miré fotos de madres cómplices, sonreídas recibiendo los botines que traen sus hijos. También vi a esas madres sosteniendo ametralladoras, granadas, pistolas y escopetas.

Esto era todo, pensé mientras retomaba la calma y esperaba que mis testículos regresaran tímidamente a su lugar, a la vez que me envanecía de mis dotes de clarividente mientras zigzagueaba entre los carros hasta llegar a Chacaíto.

Salí tarde de la oficina para la librería Lugar Común donde, además del taller de crónicas de Héctor Torres, Salvador Fleján bautizaría su tercer libro: Crónicas inoxidables. Llegué justo para escuchar las palabras del homenajeado y otras personas que le agasajaban: Gisela Kozak, Milagros Socorro, Violeta Rojo y Héctor Torres.

Todo transcurría entre tintos, firmas, felicidad y el “malandraje endógeno” que caracteriza a Salvador. Mientras que tan sólo a una cuadra hacia el norte, cuatro primos se lanzaban a una aventura riesgosa. Venían de Petare dispuestos a iniciarse en la vida criminal. Vestían franelas desteñidas, eran morenos, esqueléticos, no mayores de veinte años, llevaban koalas en las cinturas y, en sus rostros, el miedo de quien sabe que tal vez no haya regreso.

Hicieron recorridos de reconocimiento en la plaza Altamira, se metieron un pase de perico en algún recoveco oscuro y caminaron separados para evitar sospechas. Ya comenzaban a pensar como delincuentes coordinados.

Sólo les faltaba escoger a su víctima.

—Chacao se ha convertido en uno de los municipios más peligrosos —me confesó uno de los policías que más tarde tomó mi declaración—. Lo que pasa es que casi no hay efectivos.

Una pareja conversaba dentro de un Chevrolet Aveo y afuera un amigo libanés, con pocos años en el país, trataba inútilmente de seguirles la conversación en su español de a locha. Lo que sí entendió fue el frío internacional de la boca del cañón de un 38 presionada contra su nuca, que no necesitó traducción.

—Métete en el carro —escuchó una voz y sintió el empujón.

Quedó en el medio, porque a cada lado se le sentó uno de los primos. En el asiento delantero otro empujó a la muchacha para acomodarse a su lado. El último quedó afuera de vigilante.

—Todo ocurrió en no más de cinco segundos —me contó la muchacha, mostrándome el hueco que dejó una bala en el techo del carro mientras nos llevaban a declarar en la División de Homicidios del CICPC.

En la librería ya comenzaba a despedirme. Me ofrecí a llevar a Milagros en moto hasta su casa y, para mi sorpresa, aceptó. Salimos a la calle, junto a Violeta, a quien ya venían a buscar. Seguimos conversando, yo quitaba los candados. Ayudé a Milagros con su casco y justo cuando arranqué el motor, me sorprendió un revólver en el pecho.

—¡Bájate de la moto y no me manotees! —gritaba el muchacho, con voz temblorosa, pero con la determinación de una huida desesperada.

Entendiendo que en este país los quijotes no pasan del primer capítulo, no opuse resistencia y, resignado, miré las luces traseras de mi moto perderse en sentido contrario hacia la autopista.

—¡Ni la cultura se salva! —escuché gritar a alguien dentro de la librería.

A las cinco de la mañana terminaron las entrevistas que nos hicieron los detectives del CICPC, a quienes haciendo honor a la verdad debo describir como corteses y muy profesionales. Estaba aterrorizado. No por lo que acababa de ocurrirme, sino por la conversación con uno de los “petejotas” que me hizo caer en cuenta de la ciudad en la que vivo. Cada día hay bandas mejor organizadas y con armas que sólo existen en la imaginación de nuestras disminuidas policías. Vi las fotos y leí conversaciones en las que estos asesinos de profesión celebran sus crímenes y los contabilizan. Miré fotos de madres cómplices, sonreídas recibiendo los botines que traen sus hijos. También vi a esas madres sosteniendo ametralladoras, granadas, pistolas y escopetas. Me invadió la desesperanza al ver a las futuras generaciones, seguro con dientes de leche, para las que la vida ya no debe valer un céntimo, posando con armamento que seguro utilizarán en un futuro, si es que en realidad existe esa palabra.

La policía de Chacao mandó una patrulla para repartirnos en nuestras casas. Estábamos agotados, la muchacha, el árabe y el chofer del carro, quien para mala suerte de los asaltantes era un escolta en su día libre, posible nieto de Charles Bronson, porque no le tembló el pulso para sacar su pistola de debajo del asiento y disparar siete balas certeras: cinco en el abdomen de uno de los que ocupaba el asiento trasero y dos al que hacía las veces de vigilante, quien tras dar un par de pasos erráticos se apagó sobre una jardinera. Al tercer malandro lo atraparon bañado en sangre, llorando desconsolado sobre el cadáver de su primo menor y el cuarto hijo de puta, el que abandonó a sus camaradas, debe andar paseando en mi moto.

 

Así imagino una película porno venezolana

Suena el timbre. Una mujer voluptuosa se mira al espejo y arregla su cabello. Se quita rápidamente los pantalones y termina abrigada tan solo con una camisa de seda con los tres primeros botones abiertos. Uno de sus pezones alcanza a ver la luz (casi activa la fotosíntesis). Se calza unos tacones altos que marcan cada músculo de sus piernas bronceadas, apenas cubiertas por un suave vello, de esos que provoca lamer a contrapelo. Afuera, un repartidor de pizzas mira con impaciencia su reloj y voltea a ver el cajón de su moto. Sabe que no puede demorar mucho. No por la garantía de entrega a tiempo, sino porque la semana pasada se puso a hablar paja y le bailaron dos medianas de pepperoni con extra de anchoas y una margarita grande, con todo y refresco. Tuvo que reponerlas con sus propinas de todo un mes. “¡El manager es una mierda! Pero siendo más filosófico: ¡la vida es una mierda!”, pensó.

—¿Quién es? —pregunta la mujer, quien se hace la inocente, como si no se hubiese ya “buceado” al muchacho a través del ojo mágico, imaginando lo que ocurriría en su futuro inmediato si llegaba a caer indefensa entre los brazos de caoba del repartidor.

—¡Llegó la pizza, señora!

La mujer abre la puerta, pero en vez de recibir en sus manos el encargo, le señala al muchacho que lo deje sobre el pantry.

—Disculpa —dice la mujer, soplando sus falanges—, es que acabo de hacerme las uñas y hay que cuidarlas, porque como sabes, no hay pintura, ni acetona, ni algodón. Bueno, ni champú, ni acetaminofén, ni carne, ni pollo, ni harina Pan, ni papel tualé.

El muchacho observa con suspicacia que la mujer tiene las uñas descarapeladas y que cierra tras de él la puerta y le pasa doble llave.

—Tampoco hay condones… Aunque yo tengo… —susurra la mujer, a la vez que guiña un ojo.

—Es verdá lo que usté dice, mi señora. Pero tos sabemos pol qué hay escasez. ¿Sí me entiende?

—Claro que sí —responde la mujer, recorriendo con la punta de su índice desde el hombro hasta el antebrazo del muchacho, quien no puede evitar sonreír, porque sabe que lo que viene a continuación es un regalo de Dios entregado en el momento más oportuno; pues su esposa Yusmary acaba de parir su quinto hijo y es la mar de estricta con la cuarentena. Sobran la química y las ganas. Sólo falta dar el paso. Una gota de aceite desciende por el muslo dorado de la mujer—. Todo se debe a que estos malandros del gobierno se robaron los reales y no dejaron para nadie. Además de que acabaron con el Aparato Productivo Nacional —continúa.

—No, mi señora. No crea en pajaritos preñaos. Eso es lo que quieren en el Imperio que uno piense. Lo que pasa aquí es que hay una guerra económica para desestabilizar al gobierno. ¿Sí me entiende?

Al escuchar esto, la vulva anegada de la mujer detiene abruptamente la fabricación de lubricante, al estilo PDV.

—¿Cómo es la vaina? —pregunta indignada la mujer mientras le echa una mirada a un afiche de Capriles colgado en la pared. ¿Tú me vas a decir que el gobierno no tiene nada que ver con lo que está pasando en este país? Mira, mijito, ¡lo controlan todo! Abre los ojos y no digas estupideces.

—Bueno, señora, son mil quinientos sin la propina.

Con la contrariedad desbordada, la mujer busca su cartera y cuenta exactamente mil quinientos bolívares. Ni un céntimo más, porque está segura de que la pizza le va a dar gastritis, luego de haber escuchado tamaña estupidez. Cuando regresa con el dinero no puede evitar que su mirada quede atrapada en el pantalón del repartidor.

Esa sí es una carpa, no como el iglú de mi ex marido, pensó, mordiéndose los labios.

—Ya va. Creo que podemos entendernos —dice la mujer, anteponiendo el placer a sus convicciones—. En este país cabemos todos.

Suelta los billetes y camina hacia él, sintiendo el desborde de sus humedales. Le desabrocha el pantalón y la cámara enfoca un monolito azabache. La mujer se arrodilla lentamente y le baja el pantalón hasta las rodillas, pero se va la luz (¡me c… en Corpoelec!). Luego aparece ella limpiando su boca con el dorso de la mano. Él la hace sentir como una pluma al alzarla con sus brazos tatuados y acostarla sobre la mesa. El salero y el molinillo caen al suelo y estallan en pedazos. No hay tiempo para limpiar ni para lamentarse de que el kilo de pimienta cuesta 2.500 bolos.

Él le abre los últimos botones de la camisa de seda y quedan al descubierto un par de pechos firmes de pezones petrificados, los cuales besa y muerde, haciéndola vibrar.

—¡Quítate la camisa! —le grita ella, desesperada.

Él se arranca la camisa del uniforme y, como en cámara lenta, ella mira desde su ingle hasta sus abdominales de granito, su ombligo, sus oblicuos, sus dorsales que parecen alas. Ansía ver sus pectorales pétreos para devolverle el favor de los besos y los mordiscos.

Queda petrificada, no por la imagen de la perfección hecha hombre, sino porque en cada pectoral está tatuado un ojo de Chávez. Una vez más la fábrica de lubricante cesó operaciones. ¿Quién puede tirar tranquila sintiendo que el culpable de todas las desgracias te mira tan de cerca?

—¡Apeltura las pielnas, mami! —grita él, resoplando.

Se escucha un ruido afuera, como de un motor. El repartidor se levanta y corre descalzo entre los vidrios rotos esparcidos por el piso. Se asoma por la ventana y lleva sus manos a la cabeza.

—¡Coño, me robaron la moto!

Mauricio Vélez
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