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Babel

lunes 2 de noviembre de 2015
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En la ciudad de espejos doy pasos de ciego,
Recorro anchas calles sin centro preciso que guardan la huella de mis pasos,
Mi atuendo es una copia de otros atuendos, mi corazón se pierde entre oferta y demanda,
En la ciudad de espejos doy mis manos y mis pies al rumbo innato del azar,
Comparo el cuerpo de mi sombra con los espejos deformados que no dan salida alguna a mi repetida imagen.

Me han invitado a una cena pública donde me han servido vino de todos los sabores,
He conversado con estatuas que movían labios y cadera al ritmo de la música,
Me pareció que estaban vivos.

No puedo ver el camino con la luz de lámpara que me engaña,
Sigo un hilo que da vueltas sobre sí mismo en un laberinto imaginado por otros,
Cuando el suelo me encanta en su ajedrez de alternas cifras siento miedo,
Me falta tal vez la moneda ficticia que mantiene la ilusión de los edificios,
Tengo que retroceder porque un perro sin cabeza me ha ladrado en un paso de cebra.

Quiero regresar a casa,
Allí me espera lo conocido que me sirve su mecánico ruido,
Necesito la droga de ese ruido si quiero prolongar la hipnosis de este sueño inventado por otros.

Babel, la Gran Ciudad, no me ofrece más que su preservado vacío,
Al que cada día nutren millones de anónimos empleados que comercian con la mente de los muertos,
Yo he encontrado en mi diario paseo el pozo en el centro de la gran ciudad,
Lo he encontrado sin proponérmelo, sin que ninguna señal me lo indicase.

Me he guiado por el sonido del silencio,
La fuente invisible de la tierra que sabía que yo iba a llegar a su morada,
En una palabra guardé todos los pasos que di más allá de lo sólido, en la vida que quiso respirarme.
Todo era invisible para mí, pero yo vi el pozo ciego donde beben los vivos las aguas de los muertos,
Era líquida tinta de oscura ignorancia sobre papeles blancos vertida para preservar la ilusión de lo no trascendido, de la gran ciudad, la Babel de los muertos.

Supe que vagaba por un tránsito de calles paralelas,
Lo supe sin olvidarlo dentro de mi sueño recién vertido,
Quería encontrar luz en la ciudad que alarga las tinieblas,
Pero sólo pude ver mi propia sombra reflejada en los espejos.

La gran ciudad, Babel, puerta de un cielo que no existe,
Torre de antiguos dogmas cimentados en un miedo a no volver,
Era juego de reflejos que evitaban despertar de un frágil sueño inventado por otros,
Era un anillo o una serpiente que se encierra en sí misma,
Y yo, hablando desde mi cuerpo, la llamé entonces la ciudad sin salida,
Porque en el vino que me ofrecieron sólo encontré embriaguez.

Era Babel el humo de un fuego escondido,
Pero cuando probé el agua del pozo de los muertos,
Mi lengua logró vencer al autor de mi ceguera,
Recobré mi cuerpo perdido en una barrera de visibles mentiras,
Supe que lo que había bebido era la tinta oscura que contiene el tiempo de la nada.

Era la noche que quería encontrar la luz que ocultaba mi cuerpo de enigmas,
Desperté cuando se hizo la luz dentro de mí.
Y ya no vi más la gran ciudad, Babel, la del cielo mentido,
Donde mi corazón estaba perdido y en su sombra confundido,
Entonces te vi a ti junto a mí, a ti, mi vida hecha forma en un cuerpo igual al mío,
Y recuperé mi imagen deformada en los espejos,
La imagen de lo que soy, girando en otras ciudades,
Siendo otros que se mueven buscando otras mil salidas,
Así fue devuelta a mí la libertad vendida en un sueño inventado por otros,
Devuelta la verdad al poema de la vida,
La nada devuelta al todo, a la ilusión que no existió más que dentro de mí.

Juan Manuel Pérez Álvarez
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