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Crónica de un crimen

martes 3 de noviembre de 2015
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Mr. H es un hombre común que vive de manera común en su común y ordinaria casa cuadrada de color amarillo melón; con su adorable familia. Por la mañana levanta su cuerpo, le da un beso a su linda esposa, que es chiquita y redonda como un chanchito. Mr. H dobla las cobijas con especial esmero, mientras ella baja a preparar el desayuno, que es el mismo todos los días.

Mr. H se da un baño, come algo, ve a los niños, se despide con otro beso y se va al trabajo. Toma un bus azul y se mezcla con el resto de seres comunes vestidos a rayas iguales a él; va escuchando un grito por acá, una confidencia por allá; nada de qué alarmarse mi querido lector. Llega al trabajo de escritorios alineados con primorosa simetría. Realiza diligentemente las tareas; las mismas operaciones, el mismo jefe, gordo y gruñón que le llama inútil desde aproximadamente quince años. Al mediodía, la maquinaria de su cabeza entra en pause, sale a comer la misma comida que se repite cada semana en el restaurante de la esquina. Regresa y a vuelta del compás, otra vez a trabajar. Al caer el sol sale del trabajo, camina calle abajo, coge un bus igualmente azul y regresa a casa como siempre.

Ignorado se sentó a escuchar a Wagner, la verdadera música; algo imposible, si sólo dejase de llorar ese niño, repetía en su cabeza.

Por la noche cambia el traje por un pijama y duerme boca arriba con los ojos abiertos. De vez en cuando sale en familia de compras; paga con su alma; la va dejando en pedacitos, mes a mes, compra fantasía y abalorios de cristal. Buen vecino, un ejemplo a seguir. Así son todos los días de Mr. H, sin sobresaltos, sin variaciones. Qué vida tan maravillosa, no podría ser de otra manera.

Este mes, sin embargo, ha sido diferente; ha estado agitado, movido con ascensos del personal. Pero no se me adelante, Mr. H no fue ascendido; al contrario, le han echado; así como lo lee, le han despedido sin un céntimo aduciendo que no es necesario, que la máquina que le han encargado que compre de China es más optima y más eficiente que él. Sin embargo, Mr H es un hombre de fe, cree firmemente que conseguirá un nuevo y mejor trabajo, quién se negaría a darle trabajo a alguien que gusta de vestir a rayas, con camisa almidonada y pantalones de azul profundo. Convencido de su idea positivista va feliz a casa.

Los días pasan y Mr. H no consigue trabajo, no puede sostener la mentira por mucho tiempo; las cuentas se acumulan y la hipoteca de casa está vencida, su queridísima esposa vive peleando todos los días con él, hasta del aire que respira; paciencia, se repite una y otra vez, el lunes será mejor. Mientras tanto se prepara para mañana; el día del señor, cuando saldrá de cacería, su deporte favorito. Alista la escopeta, las balas, hasta el ridículo sombrero está listo. Se acuesta y un día pasa en pos de otro.

¡Amanece!

Se levanta de un brinco, cambia de ropa; de pronto, su amantísima esposa empieza una perorata que no logra entender; grita como loca sobre algo relacionado con una tubería rota y ese niño que sólo llora. Le aturden, quitándole la paz y las pocas ganas. Dígame usted, ¿qué haría en este caso? El día comenzó agitado. Mal encarado baja a grandes zancadas; él bramó también, aunque minimizado por los gritos de la mujer, su voz se perdió en el trinar de los platos. Ignorado se sentó a escuchar a Wagner, la verdadera música; algo imposible, si sólo dejase de llorar ese niño, repetía en su cabeza. ¡Ding, dong!, llaman a la puerta, los suegros que decidieron llegar de pronto y desde la entrada comenzar una descarga de elogiosos improperios: que era inútil, inservible, y todos aquellos insultos que usted mi querido lector quisiera agregar, estarán bien.

Decide irse de una vez por todas, para qué esperar más tiempo. Sube pacientemente dándole la espalda a todo el griterío, agarra su escopeta, sus balas y el sombrero. El niño sigue llorando cada vez más alto; incontenible, harto de tanto llanto, camina hasta su cuarto; le pide que deje de chillar; sin embargo, el mocoso llora más alto.

Como por encanto la sinfonía sale de la nada, emergiendo de su cabeza. El tiempo se detiene; era como si se le hubiese metido toda la orquesta dentro de él, no había más ruido, sólo música; todo había quedado en silencio, levanta su brillante escopeta y hace ¡pum!, una vez, unas dos veces más, chispas de caramelo brotan de la cabeza del niño que por fin deja de llorar. Todo en cámara rápida, con él en el centro; él bajando las escaleras, él llegando a la cocina, los suegros corriendo, la mujer gritando un sonido mudo, todos cayendo, goteando serpentinas de colores. Fue como etéreo, pura magia, sinfonía de colores vivos e intensos tonos rojos… flotando salió de casa.

Varios vecinos quisieron intervenir y también cayeron como fichas de dominó, una tras otra. Fue realmente divertido, subió al carro, llega a la fábrica donde le reemplazaron por aquella tonta máquina que muele a balazos; y de pronto allí estaba; su gordo y horroroso jefe con su más estúpido traje a rayas, mirándole con cara contraída, entendiendo aquello que no podía ser entendido. Mr. H alza nuevamente su escopeta como el director de una gran orquesta y hace ¡pum!, nuevamente. Camina despacio mientras la sinfonía acaba y nueve vidas también, más una ridícula maquina. También hubo algunos heridos, pero esos en esta historia no cuentan, no son noticia. Cansado llega a la cafetería, toma una taza de café, se sienta en una mesa cualquiera, respira, suspira; algo parecido a una sonrisa se dibuja en cara. Levanta su lustrosa escopeta, y hace ¡pum!… por última vez.

Rafael Garrido Garrido
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