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Encuentros casuales contados en catorce actos

jueves 28 de julio de 2016
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I

9:00 pm

¿Cuál es el sonido más fuerte que se escucha cuando todo lo demás ha callado? Uhmm, lindo slogan. ¿De qué será?… La noche es como otra noche más. Llego a mi esquina, prendo un cigarro (de los de nombre gracioso), doy una pitada. Aguardo… Hace frío… me quito la chaqueta… hace frío. No importa, lo que no se muestra no se vende. Ahí están esas, mejor me doy una vuelta. Un carro se acerca, sonrío ligeramente mientras acomodo mi cabello hacia atrás con una mano. Se detiene. Me hace una señal, juego con la cadenilla que cuelga alegremente de mi pulsera. Camino despacio, contoneando mis caderas… arrojo el cigarrillo.

—Un hola, papi, ¿cómo estás? ¿Qué haces tan solo? ¡Claro que tengo los muslos grandes! como te gustan, papi; soy bien mulata.

Con eso es suficiente. Después pregunta mi nombre (coquetamente le doy el primero que viene a mi mente), acordamos el precio por una hora de placer, subo mirando por el retrovisor (esas perras ya deben estar criticando), el carro arranca… de pronto algo suena atrás, parece un choque, algo grave. Él sonríe, mientras acaricia mi pierna y dice con voz empalagosa:

—Tranquila, nena, solo son borrachos que conducen rumbo al infierno…

 

II

8:30 am

El día amaneció como todos los días en casa del pastor Abelardo. Tan gris como el atuendo de los hermanos de la “Orden de la Santísima Iglesia de los Penúltimos Amaneceres de Nuestro Señor Juno”. Pronto llenarán con fe y devoción las bancas de la iglesia. Mientras tanto, el pastor Abelardo arregla su corbata, tararea un cántico al padre superior; abajo su esposa, que luce un fantástico morado en el ojo derecho por osar contradecir al marido, sirve el desayuno. Él baja y se sienta a la cabecera de la mesa; la mujer al otro extremo, tiembla callada la aprobación del amo. Pero como capricho del señor, el apacible rostro del buen pastor se torna roja, se retuerce en ridículas formas y levanta su mano en furia sentándole una bofetada a la mujer. El café no estaba lo suficientemente caliente. Ella, pobrecita, se excusa, le dice que la culpa es de él, por la demora en bajar, mientras limpia la mesa con una mano y con la otra cubre su mejilla roja.

—Ya vas a ver, mujer, si sigues así te pudrirás en el infierno. ¿Oh, padre, porque no me tocó una mujer como Lili? Ella si era santa, no como tú —mientras grita y vocifera, coge la Biblia y desde el umbral de la puerta vuelve a gritar—. ¡Mala la hora que te saqué de ese antro, ese convento de perdición! Sal de una vez, que llego tarde; pero mujer, qué esperas para arreglarte, pareces andrajosa.

Así, sin más ni más, llegan los esposos al templo. El pastor se aparta de ella como quien sabiamente se aparta del perro con sarna. Sube al podio, observa a sus corderos que esperan calladamente sus palabras llenas de amor y paz. Respira hondo y profundamente, comienza la arenga sobre el bien y el mal: les habla del amor entre las parejas, de la unión familiar y todas esas cursilerías propias de los conservadores. Acto seguido ordena una fila y, con voz en cuello, expulsa demonios, locos y enfermos mientras extrae de sus bolsillos los tan preciados diezmos-dólares (que no sólo de oraciones y velas vive la iglesia). Después y sin prisas comparte el pan y bebe unas copitas de buen licor. Y para finalizar el acto arremete contra homosexuales, prostitutas y toda cuanta criatura de dudosa reputación exista en el mundo; condenándolos por siempre al infinito averno y a un rotundo etcétera.

Una mujer, ya entrada en años, se acerca a él. Quiere consejo.

—Padre, tengo una duda.

El buen pastor le mira de reojo fingiendo una sonrisa.

—Dime hija, ¿qué inquieta tu corazón?

La mujer baja la voz a un nivel bastante discreto; no quiere ser oída por las beatas, que se dan con ganas golpes en el pecho mientras censuran al prójimo.

—Padre —dice la mujer—, no entiendo una cosa. Usted dice que yo debo amar a todos mi hermanos y siempre darles el perdón en mi corazón, pero también dice que debo odiar a todos los que practiquen el amor que no tiene nombre. Entonces, padre, ¿cómo puedo amar a mi hijo y odiarlo al mismo tiempo? Perdóneme, padre, pero usted es un ¡hipócrita! Porque explíqueme, ¿cómo yo puedo amar a un borracho que manejando mata a ocho personas, y debo odiar a mi único hijo cuyo único mal ha sido ser una loca irremediable?

El buen pastor, que no entiende de analogías, y menos a ese nivel, pregunta con un aire inocente:

—No entiendo, señora. ¿Si usted se explica mejor?

La señora amablemente responde, con la respiración apretada en el pecho y los ojos vidriosos.

—Pues es bien obvio, homosexual y para colmo de males de izquierda.

Mi querido amigo, imagine por un momento el cuadro. El buen pastor, sintiéndose burlado, insultó a aquella señora de mil modos posibles, condenándola al infierno, le llamó blasfema y mil cochinadas más. La mujer que de por sí ya estaba aturdida por la sorpresita que le dio el hijo en la mañana, ahora con la expulsión de la orden había quedado peor, así que decidió caminar sin rumbo, sin destino, sólo caminar hasta donde sus pies le llevaran.

 

III

2:45 pm

La mujer del pastor, que por cierto se llama Elena, llegó a casa sola, como casi siempre; miró todo alrededor con una extraña sensación de paz, sabía que no vendría esa noche. Él le dijo que tenía una reunión de algo que realmente a ella no le interesaba mucho. Caminó por el corredor de la casa hasta llegar al cuarto, se quitó aquella ropa fea, siempre obligada a utilizar esos espantosos vestidos, si por lo menos fueran más coloridos, pero nada. Se miró en el espejo, se tocó, no con ese morbo, sino más bien como quien de pronto recupera la vista. Una risa leve emergió de adentro; tocó su morado que le acompañaba desde hace algunos años y de pronto le vino la idea.

Lo primero que hizo fue ir a la cocina, abrir la despensa y sacar una botella de licor, se sirvió un trago que tomó de golpe y otros cuatro más que siguieron el mismo ritmo. Cuando ya estuvo bastante mareada o alegre (para el caso es lo mismo) rio con ganas de su gran ocurrencia, no tuvo que pensarlo mucho, le vino como si nada: entre el morado, el dolor del golpe y esa extraña visión de un cuervo en su jardín. Lo primero que hizo fue vestirse. Por primera vez en años arreglaba su cabello y ponía algo de maquillaje sobre ese rostro; fue al garaje, cogió un recipiente, agarró las llaves de la casa y sin más salió.

 

IV

8:30 am

—Ahora cómo se lo digo… Bueno, se tiene que enterar de alguna forma, antes que otro venga y ¡zuas! se lo suelte sin consideración alguna. ¡Sí! Se lo voy a decir de una vez. No, mejor no… aguanto un poco más, todavía hay tiempo.

—Hijo, ya está listo el desayuno, baja a comer; apúrate que tengo que ir al templo. ¡Ya sabes que no me gusta llegar tarde! —dice la madre mientras termina de arreglar la mesa.

—¿Y ahora qué hago? ¿En qué lío me he metido? ¡Padre, si existes ayúdame, por favor!

Oscar baja corriendo las escaleras. La madre le advierte que baje caminando, que no corra. Él llega hasta donde ella. Está empapado en sudor, le tiemblan las manos; la madre pregunta si está enfermo, él le mira a los ojos, tartamudea un poco, respira hondo.

—Madre, me gustan los hombres.

Se escucha cómo el plato se estrella contra el suelo y con ellos el cuerpo inerte de Donna, la madre de Oscar…

 

V

6:30 pm

—¡Muñeca, qué curvas! —gritan los obreros de la construcción al ver pasar a Madame Satá; ella contonea sus noventa kilos dentro de su apretado vestido de lentejuelas rojas que resaltan enormemente su piel negra y sus enormes ojos verdes.

Camina descuidadamente hasta llegar a su cuarto, le queda poco tiempo para arreglarse y salir. Se quita la ropa y de inmediato a la ducha, enjabona todo su cuerpo, comienza la delicada tarea de los afeites. Después de una larga y eterna hora de agua fría, sale, prende la grabadora, pone un disco, y como un perfecto ilusionista su metamorfosis da inicio.

Envuelve sus largas piernas en una apretada media nylon con encajes; un corsé que le llega hasta el pecho y una faldita de cuero negro; todo esto lo remata con un sobretodo igual de cuero negro y tacones altos. Luego una larga peluca de ensortijados cabellos; una pulsera de oro que posee como gracia una larga cadenilla, único accesorio y por supuesto el maquillaje, ingrediente infaltable y así, sin más. Ya está lista Madame Satá.

El sol se oculta; la tarde muere con prisa, Madame Satá toma su cartera, sale.

 

VI

6:45 pm

Donna camina por la ciudad distraída entre llantos y arrebatos de locura. No sabe cómo reaccionar; por un lado está el fuerte amor que siente por el hijo y por el otro una religión que le dice que debe odiarlo hasta la muerte. Mira al cielo buscando una respuesta que no llega, y siendo franco es medio complicado comunicarse con el de arriba. No hay Internet o servicio de llamada larga distancia, así que Donna sigue caminando perdida entre su mente y sus lágrimas y la noche cae presurosa. De pronto regresa a la realidad, descubre que no ha comido desde que salió en la mañana y lleva caminando largas horas; está cansada, decide volver, es mejor estar en casa que en la calle y con tanto peligro. Tal vez consiga la respuesta allá; gira sobre sus pasos desenredando el camino andado.

 

VII

7:00 pm

La buena mujer del pastor visiblemente ebria llega por fin al templo; espera afuera mientras ve cómo los colaboradores terminan de arreglarlo todo para mañana, que será otro día igual a hoy. Pero ella esconde algo, aguarda pacientemente, no tiene prisa. Sigue tomando ese licor que resbala por su garganta como fuego liberándola de algo que la ha atormentado durante tanto tiempo. Está feliz, pone algo de música, suena bien, la tararea un poco. De pronto se acuerda de algo que la tiene incómoda, busca dentro de su cartera y saca de ella una pequeña Biblia de bolsillo, y un recuerdo abrupto viene a su mente. El día que el buen pastor le pidió su mano, fue en una tarde de abril; ella era joven y guapa, se acuerda cuando él llegó a buscarla a la tienda de ropa donde trabajaba y cómo se arrodilló con esa pequeña Biblia en la mano jurando amarle eternamente. Fue así al principio; después vinieron los golpes, llegaron a su casa sin avisar y se instalaron para siempre en su rostro. En el templo era vista como torpe, lenta, y de esa explicación deducían esos morados que asomaban todos los domingos sagradamente. Miró aquella pequeña Biblia y la arrojó fuera de sí. Ahora sí estaba cómoda.

 

VIII

7:15 pm

Oscar recoge sus cosas, se va de casa. Ha llamado a un amigo y éste le ha dicho que se quede con él hasta que solucione los problemas con la madre. Le escribe una linda carta donde cuenta lo mucho que la ama, pero que no se siente culpable por lo que es y si quiere que vuelva tendrá que quererle tal como es.

 

IX

8:25 pm

Madame Satá se detiene en una licorería, pide al vendedor una botella pequeña de licor barato, una caja de cigarrillos que guarda dentro de su cartera. Paga y sigue su camino, va pensando si tendrá suficientes clientes o tendrá que volver a casa sin un centavo.

 

X

8:30 pm

El buen pastor tiene más de cuatro horas en el bar de don Pippo, ha tomado mucho alcohol. Sus ojos bailan al ritmo de las cadenillas que cuelgan de los pezones de las nudistas. Pero su apetito esta noche va más allá, quiere algo diferente, llama al mesero, paga lo consumido y se va.

Donna sigue caminando, ya le duelen los pies y aún le falta mucho para llegar al dulce hogar; el sol se ha ido. Hace frío, se detiene a descansar un poco cuando, sin querer, mira cómo el buen pastor sale del burdel, prende su carro y se marcha como si nada. “¡Hipócrita!” es lo único que le viene a la cabeza y como por iluminación ve que todos sus problemas se aclaran; revitalizada toma nuevas fuerzas y renueva su caminata.

 

XI

9:00 pm

Ya es de noche y el frío es terrible. Oscar toca una puerta, aguarda en espera que abran la puerta invitándole a entrar, ésta se abre y del otro lado está un joven de cuerpo musculoso que lo mira con una gran sonrisa. Al entrar se besan con algo de melodrama posmodernista; Oscar comenta que la casa es bonita y por causalidad está cerca del templo donde suele ir su madre. A continuación se acarician y se disponen a hacer el amor.

Mientras Oscar y su amigo retozan en idílicos actos sexuales, libidinosos y lascivos, la buena mujer del buen pastor sale del carro; bastante mareada tropieza a cada paso; en su mano lleva un recipiente de gasolina con el cual rocía todo alrededor del templo. No le preocupa que le vean, a esa hora todos están en sus casas, por la calle no hay nadie, así que con toda calma va ejecutando su venganza. Busca un encendedor pero no fuma, maldice por no fumar, sin embargo, recuerda que el carro tiene uno, así que va hasta el carro y lo toma con mucha dificultad; se para en la entrada principal y después de varios intentos inútiles lo arroja, por fin lo logra.

El fuego hace lo propio, las llamas se levantan rápidamente. La buena mujer del buen pastor, al ver cómo el fuego avanza, decide partir, alejarse lo más pronto posible. Corre hacia el carro, las llaves se caen, no logra meterlas y encender el vehículo, suena una alarma. Algunos vecinos gritan; por fin el carro arranca, acelera…

Donna se encuentra bastante cansada, los pies le duelen terriblemente; lamenta no haber traído su cartera, claro que con la noticia de la mañana salió tan perturbada de casa que realmente olvidó todo, pero ahora estaba realmente cansada. Está caminando por el puente, abajo se ve mucho movimiento. Hay muchos travestís caminando de un lado a otro; se toma un descanso apoyando su cuerpo en la baranda.

Ve cómo una mulata altísima camina con tanta sensualidad que los carros le pitan al pasar, la mulata saca un cigarrillo que fuma lentamente; Donna ve cómo un carro le hace señas y la negra se acerca introduciendo medio cuerpo por la ventanilla. Ella quiere ver más pero desde donde está no puede, se inclina un poco más, pierde el equilibrio… cae.

 

XII

9:20 pm

La mujer del pastor, que ya no es tan buena, conduce de forma descontrolada, un ataque de risa se ha adueñado de ella de forma algo ridícula. Estuvo a punto de estrellarse varias veces, ingiere más licor; con una mano se limpia la boca, va por la avenida cuando escucha en la radio que un templo religioso está ardiendo en fuego y para males ha estado cerca de un depósito de pólvora del ejército. Que el fuego está arrasando ya con dos barrios enteros y se cuentan por cientos los muertos.

La noticia cae sobre la mujer como una jarra de agua fría; el mundo se detiene, no logra reaccionar ante lo que acaba de hacer. (No sabía, cómo saberlo). Fue tan grande el impacto que no se dio cuenta cuando atropelló a la mujer que le cayó del cielo. Los travestís que estaban allí salieron corriendo. La mujer no logró controlar el carro que se estrelló contra las columnas del puente matándola de inmediato. Por otro lado un carro de color negro, desatendiendo todas estas liviandades, parte sin darse por enterado de lo sucedido a pocos pasos.

 

XIII

9:10 pm

Oscar se agita sobre el cuerpo de su amante cuando de repente siente un fuerte olor como a quemado. Logran cubrirse a medias con una sábana, ambos caminan por toda la casa pero no ven nada, no logran identificar de dónde viene ese terrible olor que los deja sin aire; Oscar siente que algo anda mal, escuchan unos gritos afuera y ese olor, ese constante olor a chamusquina. Oscar siente miedo, su amante corre a buscar algo de ropa, Oscar se viste presurosamente, corren hacia la puerta. Al abrirla lo último que escucha es el sonido de la pólvora al estallar. Realmente no se puede decir que voló, es más parecido a desintegrarse, no quedó nada de él ni de su amor, ni del barrio donde estaban. Desaparecieron cuatro cuadras en una sola noche.

Los bomberos llegaron con sus carros rojos y sus mangueras, incluido el perro, pero nada lograron, el fuego seguía avanzando por ese lado de la ciudad.

 

XIV

9:30 pm

Él se bajó primero. Fue hasta la recepción mientras encendía otro cigarrillo. Lo vi venir caminando con paso rápido; llevaba en su mano las llaves del cuarto y unas cuantas cervezas.

–Es mejor que nadie me vea, no es por ti, mami, lo que pasa es que soy un personaje público. Tú sabes cómo son estas cosas —dijo el buen pastor mientras miraba a ambos lados del carro.

Asentí con la cabeza mientras le decía:

—Por supuesto, mi amor, que entiendo, y no te preocupes, yo soy muy discreta, lo mejor que hiciste es ir tú, así no saben quién es tu acompañante. ¡Eres un hombre muy inteligente!

Él sonrío como un idiota, totalmente complacido por mi comentario. Después salimos del carro y caminamos hacia adentro, prendí la luz, me dio un beso en el cuello. Habló de algo con la fe y una ridícula esposa que estaría esperándolo despierta en la cama mientras él se divertía conmigo. Yo por mi parte me acosté en la cama, tomé una cerveza que bebí de una sola, acaricié sugerentemente mi entrepierna y él, como lobo viendo carne, se abalanzó sobre mí.

Decidí que él sería el próximo. Me dijo que le hiciera el amor y, como quien tiene mejores cosas que hacer, me desvestí y le mostré mi preciosa pieza de veinte centímetros, él solito se puso boca abajo esperando la embestida. Empujé mi cuerpo sobre él mientras deslizaba suavemente la cadenilla de mi pulsera por su cuello. Apreté y apreté cada vez más fuerte. Los músculos se tensaron, pataleó mucho. Yo dentro, entrando en éxtasis; él luchando con la muerte hasta que por fin, arañando a la nada, tratando de aferrarse a una vida que no estaba interesada en él, dejó por fin de respirar.

Me vestí lo más pronto posible, tomé su cartera y salí disimuladamente de aquel hotel; no me importaba que lo encontraran tirado. Nunca me vieron entrar. Ya está madrugando, pero no importa, la noche ha sido buena. Siempre vale la pena mandar al infierno a un bastardo de esos.

Madame Satá caminó hasta llegar a su barrio en los albores de la mañana. Contempló la ciudad, vio cómo a lo lejos aún las llamaradas seguían ardiendo; se acordó de la cartera de su víctima, sacó todo el dinero y lo demás lo arrojó a la basura. Prendió un cigarrillo que inhaló suavemente como si fuese el último de su vida; a su mente vino el recuerdo de aquel slogan y lo tuvo claro, conocía la respuesta de sobra… Era el silencio, era tan obvio; lo único que queda cuando todo lo demás ha callado… El silencio.

Rafael Garrido Garrido
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