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Dos cuentos de Federico Germán Bruno

viernes 6 de noviembre de 2015
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El rey de las ratas

Posiblemente te arrepientas cuando veas mi cuerpo descender a la fosa, cuando veas el esfuerzo sobrehumano que hagan los encargados para bajarme con las cuerdas a tres metros bajo tierra. Posiblemente —un instante antes, el último— toques mi frente, con un leve asco, envalentonada con los solemnes tules que imparte el luto, y halles mis sienes completamente frías, resecas, dando la pauta del ciclo perdido, mirando aquel muñeco de trapo, con sombras de falso resquemor colgando de tus ojos. Entonces, por si acaso, recuerda traer contigo todas tus oraciones, todos tus pentagramas, tus estampas, tus talismanes, tus cruces; recuerda que en el mundo de abajo necesitamos a veces estar bien seguros de nuestra condición.

Seguramente dirás unas palabras a los que nos visiten y te acomodarás las gafas por más que no haga falta. Dibujarás como puedas una sonrisa, que proyectarás en otras sonrisas de lástima, y la pegarás delante de tus dientes. Extenderás tus finas manos como el Pantocrátor, con tu cabecita ladeada y los pies juntos, apretando las nalgas, como si cerrando orificios evitaras el derrame de tu alma.

En el fondo, yo también tendré ganas de morir, después de todo. Te ayudaré haciéndote creer que mis hábitos son cada vez más rutinarios, más compulsivos, más rígidos.

Pasarás caminando luego, con la levedad del aire por delante de las coronas, y con una mano emularás los contornos de los lirios, de las calas, de los jazmines. Vaya si te conozco, querida. Brindarás una mirada de profundo desconsuelo a todos los que conoces y olerás los aromas de los ropajes de los otros, cuando se unan en un fraternal abrazo y te besen las mejillas chamuscadas de pésame y rocío. Recibirás en tus manos un ramo de flores blancas, otro de flores rojas, y los apretarás contra el pecho, simulando aflicción.

Verás. Ya verás. Verás que quienes tiendan tu mano apretarán tus dedos y, seguramente, te harán sentir el anillo que conservarás hasta que mueras, tal vez por culpa. Muchos vendrán de buena fe, pero tú los desdeñarás a todos, los aborrecerás en lo más profundo de tus entrañas por el mero hecho de ser mis amigos, por compartir mis opiniones, mi compañía, por beber de mi copa, por mofarnos de tu risa bataclana.

Entre el coche fúnebre y la ceremonia recordarás a cada instante los tormentos causados por la ignominia y la desconsideración, el engaño y el desamparo. Verás mi mano blandirse pesada sobre tu rostro, con la rapidez y el filo de un látigo. Verás mi cuerpo descender a la fosa y dirás: “Hete aquí al rey de las ratas”, y por dentro todos tus órganos se distenderán de placer. Henchida de breve lujuria, recitarás junto al obispo los cánticos de despedida.

Ya puedo verlo todo. Ya puedo olerlo todo. Permanecerás por demás atenta a las lisonjas del joven Dardo. Le sonreirás como a mí nunca me has sonreído y, no te preocupes, creo entender el porqué. Él siempre te ha amado a escondidas pero yo no lo he permitido. A partir de aquel día en que ambos se crucen en el entierro estarás libre de sentir por él lo mismo que él siente por ti. Pero sólo a partir de aquel día, en que calzarás el negro absoluto desde las bragas hasta las gafas. Y debajo, tu piel de ave magullada se estremecerá.

Seré, con el paso del tiempo, un recuerdo amargo. Luego de que te hayas vuelto a casar con el joven Dardo volveré a aflorar a la superficie de tu ser, abriéndome paso, dolorosamente, entre los poros de tu carne vejada por el tiempo y por los golpes.

Un buen día estarás cabalgando por los campos de heno y (sin quererlo) verás en la cara de placer del joven Dardo mi sonrisa nefasta, mis ojos salidos, mi saliva reseca, cubriéndome los labios. Acariciarás a aquel monstruo en su cabeza y notarás que las hebras doradas del cabello de Dardo han vuelto a ser los nódulos de grasa de mi calva.

Querrás detener el tiempo, volver a arrepentirte como te arrepentirás al verme en el cajón, y pensar que si fui el rey de las ratas podrás volver a repensar qué rumbo tomarás a partir del día de mi entierro.

Comenzará todo nuevamente, despacio, con vaguedad.

Volverás a acariciar mi frente con cariño. Dejarás pasar de largo las palabras halagadoras del joven Dardo. Sentirás, en cambio, un poco de culpa, de hastío, sopesarás internamente qué es lo que más conviene, si decirle a todos que has sido la asesina, o si preferirás decirles —a aquellos que te mirarán fijo en ese preciso momento— que me hallaste muerto bajo un puente. La lluvia, a quién le importa, tranquilamente podrás omitirla. La lluvia no es más que una forma complementaria de dar lástima. Buscarás algún objeto que te resguarde del remordimiento inevitable y querrás volver a nuestra casa, meter la cabeza en la ducha fría, y luego enredarte en las sábanas, arañándolo todo.

No sabrás ya, si el entierro será una fachada o si hubiese sido conveniente que la que haya muerto hubieras sido tú. No sabrás responder ante el tribunal si escondiste pruebas o si te confundiste al aseverar que mi cuerpo estaba completamente desnudo o completamente vestido.

El preludio de un crimen lleva mucha más preparación que eso, cariño; es la acumulación de causalidades, de tensiones, de dichas, de éxitos, y tú no eres más que una pobre desalmada. Eres incapaz de torcer los designios del juez o, al menos, desviar su vacilación.

Por eso, querida, y por tanto más, deberás, hasta el fin de tus días, soportar mi asedio, soportar mis respiraciones, mi olor anciano, el resplandor de la escupidera de bronce al costado de la cama, los resplandores dentro de la escupidera, mis costumbres, mis uñas, mis sudores, mis cintos, las palabras soeces que tanto te marchitan.

Pensarás que tienes todo el tiempo del mundo. Atravesarás una vez más el portal de la ilusión. Te preguntarás si el joven Dardo es capaz de manejar el automóvil, aquel bólido naranja con baúl gigante. Te preguntarás si el joven Dardo es capaz de figurarse el tormento que tanto te aqueja, que te saca arrugas, que encanece tu pelo, que en todo te avejenta.

Te preguntarás si él se preguntará si tú quieres matarme. Tal vez estés en lo cierto.

Quizás algún día, cuando yo me quede oyendo la radio en la habitación, y tú salgas a hacer las compras vistiendo tu pollera ajustada y perfumada con aromas de peluquería, logres azuzar en Dardo el fuego de la conflagración, de la venganza, de la justicia.

Seguramente, ambos trazarán un plan. Un plan perfecto. Puedo visualizar tus ancas en las rodillas de aquel jovencito. Tú llorándole en el pecho, él acariciándote la melena, abrazándote toda en derredor.

Luego procederás a acercar (como sin quererlo) tu boca a la suya, y respirarán por uno o dos segundos el mismo aire. Si es lo suficientemente hombre, las manos de Dardo recorrerán los mismos senderos que yo cuando me viene en gana. Pero no te aflijas por mí, querida, te dejo toda todita a él.

Por las noches la rata oye la radio, querido”, le dirás con tu mejor voz de urraca. Eso. Eso sí. Me dirán La Rata. Que La Rata esto, que La Rata lo otro. Será una manera elegante de deshumanizar a la víctima, y cuando hayan logrado su cometido, creerán haber dado muerte a un roedor. Sólo nosotros tres sabremos cuál es mi nombre en clave.

¡Ah! querida… es todo tan, tan predecible… tanto, que no pasará más de una semana en que ya no podrás siquiera mirarme fijo a los ojos. Allí, en el despertar de tu flaqueza, sabré cuándo llegará mi hora.

¿Lo ves? Es tan fácil.

Pero descuida, que yo te daré un empujoncito, una ventaja, un resuello. En el fondo, yo también tendré ganas de morir, después de todo. Te ayudaré haciéndote creer que mis hábitos son cada vez más rutinarios, más compulsivos, más rígidos.

Por las noches, desde las nueve hasta las doce, la rata oye la radio, querido”, le dirás con tu mejor voz de urraca, pero ahora acentuarás los bordes de tus párpados moldeando una mirada felina, audaz, frunciendo los músculos de tu rostro para parecer más inteligente que antes, para hacerle creer al pobrecito de Dardo que tienes todas las variables bajo control. Entonces, Dardo te preguntará (en el fondo es un buen muchacho) si estás segura con lo que quieres hacer, y tú le dirás que sí, convencida de que una escoria como yo merece acabar de cualquier manera, de la forma que sea, pero ya, ya, ya mismo.

Dardo reflexionará por un instante, cabizbajo. Hablará un poco acerca de un desfiladero, abriendo la boca de costado, y tú oirás algunas palabras alusivas al puente de Pernambuco y sus barrancos. Entonces suavizarás los gestos, demostrando que en el fondo tu esencia es pura espuma, y pisoteando el miedo que constantemente te consume, repetirás sin saber de qué se trata, la palabra barrancos, y Dardo, tomándote de ambas manos, pasará a explicarte el plan.

Llegará aquel día en que no me dirijas más la mirada, y me veré empujado a vislumbrar el nacimiento de tu nueva vida. De seguro aquel momento llegará pronto, tal vez, después del desayuno, tal vez, después de que te haya golpeado, tal vez, después de que hayas vuelto de la peluquería. El mundo es un abanico de opciones, y yo estaré atento a cada paso en falso, aunque dejaré a conciencia que me captures.

Procurarás lo siguiente. Como primera medida cuidarás que sea de noche, preferentemente en mis horas de radio. Al final llegará el momento en que, echado boca abajo en la cama (babeándolo todo, con aquella lengua degenerada), tú te acercarás regodeándote como una gata, y pasándome el dedo por la espalda procederás a ahorcarme con una almohada. Yo no pondré resistencia alguna, más bien trataré de morir sonriendo, apretado bajo el peso de tus nalgas y tus manos y tus carnes, hasta el punto en que mis jadeos se confundan con carcajadas, y tú, querida, hasta el último momento no sabrás si estoy vivo o estoy muerto. Ni que decir cuando un espasmo, o un reflejo, mueva mi cuerpo en un sacudón breve: ahí volverás a ahogar un grito felino y arremeterás nuevamente con la almohada.

Al rato llegará Dardo en su flamante automóvil anaranjado. Las luces de la cuadra reflejarán sus brillos en el pulido de su capó, en las puertas, en el techo.

Tú irás a recibirle, y cuidarás de abrir la puerta lo mínimo indispensable como para que él pase de costado. Te preguntará si está todo listo, sin haber terminado de cruzar el umbral. Vos le dirás que sí y te le echarás a llorar, nuevamente, en sus pectorales. De hecho habrás aguantado el llanto hasta aquel preciso instante (verdaderamente patético, querida, verdaderamente patético). Entonces, Dardo te apartará a un lado y querrá ir a echar un vistazo para largarse cuanto antes de nuestra amada y bendita casa.

Dejarán la radio encendida para que parezca que adentro hay gente. Dardo flanqueará nuestro lecho al igual que tú y me mirará de frente, como miran los hombres (te dije que Dardo es un buen muchacho), diciéndote “buen trabajo” y tú, apoyada en el umbral, deshaciéndote en lágrimas, no sabrás si sentirte una piltrafa o una víctima que ha hecho justicia por su cuenta.

Dardo traerá el coche y lo estacionará de culata en el porche. Abriendo el baúl, te indicará cuándo será el momento preciso para cargar a la rata, metida en una bolsa de rafia.

Tras haber arrastrado entre ambos mi voluminoso cuerpo hasta el baúl, tendrán unos cuarenta minutos de viaje para descansar y discutir si alguno de los vecinos ha visto algo o no.

La posición de Dardo será por demás optimista y vos, querida, qué puedo decir de vos, no pararás de llorar en todo el viaje, pensando que aquel será el último paseo que haremos juntos, y claro, yo estaré en una posición un tanto incómoda, hasta que Dardo se detenga en medio del puente de Pernambuco, cerciorándose de que no haya otros autos cerca; hasta que tú no te animes a bajarte, por miedo vaya a saber uno de qué, hasta que Dardo haga el esfuerzo, él sólo, arrastrándome desde el baúl hacia el vacío; hasta que mi cuerpo ruede por las barrancas del puente, precipicio abajo; hasta que la rafia se enganche con una raíz y se desgarre; hasta que mi cuerpo desnudo ruede como un desecho hasta la base del puente; hasta que un auto frene en la banquina y se bajen dos desconocidos y miren mi cuerpo blanco, magullado, sucio, con las órbitas salidas y la boca abierta; hasta que Dardo vuelva a intentar subirse a su automóvil naranja, pero ahora le sea imposible.

Hasta que tú, querida, te des cuenta de que habiendo tomado el volante y arrancado sola, dejando en plena madrugada y en la mitad del puente al único hombre que te soporte en este mundo, hayas cometido el desacierto más imbécil de tu vida.

 

Ronda que vueltas

El vagón pareció deformarse tras la sacudida. Con él, también flameó la imagen de Sedna, de Eris, de Vidal, tomados de la mano, mofándose de la decrepitud y las flaquencias de Horacio.

…ronda que vueltas das, tus francas manos villanas, enjutas, oyendo los pies con los dedos, arrastrarse en un cordal sin fin…

Aguafuertes de casas grises que no provocaron más que tristeza ahondaron surcos vagos en los ojos de Horacio, que se quedaron adheridos al vidrio grasiento. Al despegar su rostro de la ventanilla no los tenía más consigo.

El tren se hamacaba en la tarde soleada de mayo. Horacio sintió el regocijo de los rayos de la tarde quemándole la punta de la lengua, evaporando la saliva sus dientes. Enfrente suyo, Eris y Vidal solicitaban su clemencia, acariciándose con fruición, desanudando insultos ponzoñosos, riendo ebrios, montándose, lamiéndose, frente a un avergonzado Horacio, quien apretaba los labios por la mortificación.

Más tarde, frente al tren detenido, se formaría en el andén la mitad de una ronda; en el centro bailarían dos guardias y un policía, los tres mirando hacia abajo.


Horacio se acomodó el sombrero, bajándolo sobre su nariz. Eris y Vidal ahora bailaban la ronda a unos centímetros del suelo. Vidal lo contemplaba a Horacio, desafiante, con aquellos ojos vidriosos, de rata, que más que ojos, bolas profundas, como si alguien las hubiese hundido con un taco de billar adentro del cráneo.

Horacio pudo sentir el raspado leve de la imaginación en sus patillas, en su barba a medio afeitar, tal como si los pensamientos manaran de un agujero en su cráneo; aseguró su maleta con los tobillos y se cruzó de brazos. Imaginó cómo sería yacer con Eris y se sumó a la ronda, en la que luego reemplazó a Vidal por Sedna.

…ronda que vueltas das, con un centro simulado, que se eleva sobre el juego: risas, chanzas, correrías…

El tren se detuvo con otra deformación que encastró a la perfección con la deformación del arranque. Horacio se agachó para ver en dónde estaba, pero ningún cartel saltaba a la vista. Enfrente suyo se sentó un soldado; cambió el aire, el polvillo, el tufo a encierro. Cambiaron los sueños de Horacio, cambiaron las casas de la ventanilla y las líneas que trazaban. Sus ojos, sin embargo, permanecían pegados al vidrio, como una fina película que era posible quitar con los dedos. Sobre su frente volvió a bajar el sombrero, y se cubrió hasta la nariz.

Simuló dialogar en la biblioteca, de hombre a hombre, con Vidal; probó con mentirle, con arrebatarle aquella sonrisa de cómplice, de incómodo relleno. Representó una escena donde Eris dejaba a Vidal para irse con él, arrebujarse gimiendo en sus brazos, y nuevamente solicitar su perdón. Horacio detenía el avance de Vidal, mostrando aquella palma discreta, prudente, pedregosa. Vidal quedaba deshecho. Su mano parecía absorberle las fuerzas, ser el núcleo de un torbellino que le aspiraba las palabras, los pensamientos. El silencio lograba, por fin, apretarle los sesos y borrarle aquella mueca de burla.

Luego sería el turno de Eris. Eris haciendo la ronda con Horacio, y Sedna —con manos sueltas, en el medio—, oficiando de eje, un eje vedado al cual ambos se acercarían, pero jamás llegarían a tocar.

Horacio acomodó mejor las manos en los bolsillos del saco. Un triángulo de frío se filtraba por sus muñecas. Sus rodillas temblequearon. Se imaginó yaciendo con Sedna. Un placer reconfortante se hamacó junto al coche del tren que ahora tomaba una curva a toda velocidad y hacía mover el cráneo suelto de Horacio, obligándolo a cabecear sucesivos no… no… no…

El soldado lo seguía mirando. Horacio sentía el relieve de su rostro cetrino traspasarle el paño del sombrero, buscando su aliento. Cada tanto Horacio incluía al soldado en la ronda. Se preguntaba si en su vida había tenido oportunidad de matar a alguien.

El tren redujo la velocidad, suavemente. Un pitido estridente resonó al costado de la puerta. Al lado del soldado se sentó una niña, y al lado de Horacio, su madre. Entre ellas se traspasaban y acomodaban bolsas y abrigos.

—¿Qué estación es esta? —preguntó Horacio a la mujer.

—Temperley —contestó la dama.

Horacio agradeció y calculó mentalmente cuántas estaciones más le quedaban.

…ronda que vueltas das, dime quién me ama; ronda que a derechas vas, no marees más mi alma…

Horacio estimó que haberse impuesto pacíficamente a Vidal no lo libraría de las represalias, del desquite originado en un hombre mentido para sí, hurtado de sí mismo. La estabilidad emocional de Eris, sus besos, sus favores, estarían directamente ligados al desenlace de los hechos: era sumamente necesario matar a Vidal. Arrojarlo a las vías. Aparecer en el andén enfundado en el sobretodo con el diario bajo el brazo; disimular una pitada al viento, doblando el espacio en el vacío de la brasa; bastaría con mirar el reloj principal para enardecer sus recelos, para cubrir con su aceite las pieles diamantadas de Eris y Sedna, destrabar en su entrecejo el beso de las dos mujeres, con el último resabio de ira.

Vidal aguardaría el tren como todas las mañanas. Miraría con aquellos ojos saltones, de roedor, hacia la lejanía, como tantos otros roedores. Horacio estaría irreconocible, embozado tras el diario, como un boceto, presta la mano y presto el brazo, inquietándose bajo el sobretodo. La espalda de Vidal se mostraría plena frente a él, incitándolo al pecado, al empellón, a tirarlo a las vías, uno, dos, a lo sumo tres segundos antes del arribo del tren.

Habría luego la zozobra, había los gritos, la confusión, el chirrido de las ruedas metálicas rayar contra las vías; los hombres corriendo a pedir auxilio, tomando sus sombreros con una mano, las mujeres desgarrarían gritos de impotencia, bramidos que harían salirse los pechos por la boca.

Dentro del tren, los pasajeros sentirían un alboroto inusual; masas de gente zumbando como avispas rabiosas, algún guarda quebrando el aire viciado del pasillo, y los curiosos succionando luz solar a través de las huellas dactilares apoyadas en los vidrios.

…ronda que vueltas das, dime hasta dónde llego, copia que te copia, dime de qué lado quedo…

Más tarde, frente al tren detenido, se formaría en el andén la mitad de una ronda; en el centro bailarían dos guardias y un policía, los tres mirando hacia abajo. Un perro marrón metería el hocico rugoso entre las pantorrillas de los hombres, pero luego sería pateado.

El otro lado de la ronda continuaría adentro del vagón. En un lazo de manos con manos, de hombros con hombros, un soldado apreciaría el accidente por la ventana, con ojos empapados de efervescencia; una niña preguntaría a su madre, dando tirones de falda, por qué tanta gente apiñada miraría hacia abajo.

Ya no un descanso, o la imaginería inocente de un hombre cobarde. Horacio sentiría un tumulto de piernas encumbrarse en la escalera progresiva de sus rodillas. Las manos, besos y candores de Eris y Sedna se disolverían en su ceño afiebrado.

Horacio ajeno a todo, ajeno hasta de sí mismo, al fin se desperezaría, quitando su máscara de sombrero, y vería al soldado, a la niña, a su madre, imprimir nubes de aliento húmedo y opresión, en la ventanilla del tren detenido.

Federico Germán Bruno
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