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En el salón

domingo 8 de noviembre de 2015
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a M. S.

En el cálido salón iluminado suavemente por la lumbre de una pequeña chimenea y los últimos rayos del día, disfrutando de un precioso momento de recogimiento y silencio, Catalina revisaba sus notas. Desde el largo corredor que conducía a las habitaciones del primer piso le llegaba el sonido de unas frases acaloradas y de una animada conversación; podía oír claramente las voces de Sergio y León que charlaban ruidosamente en la habitación del segundo, sus bromas infantiles, y sus risas animadas que parecían inundar toda la casa. Atraída por el brillo pasajero de un leño que ardía, Catalina orientó su mirada hacia la chimenea y observó el reloj, eran las 9 de la tarde, lo que quería decir que el doctor Alexis arribaría pronto para reunirse con todos según la costumbre establecida, y con la voz grave pero amable que le era característica se sumaría a la de los amigos, llenando las estancias con los ecos de una animada conversación sostenida en el claroscuro que velaba los objetos y los rostros. Un rumor de voces femeninas se dejaba oír afuera, con risas breves y ligeras, pues Helena y Sofía jugaban ahora en el jardín, asustando las últimas mariposas que se detenían revoloteando en el ocaso de ese día veraniego, caminando con sus pies desnudos sobre la hierba seca y tibia, de las que traerían al regresar unas hojas en los vestidos. Catalina pasaba de página en página observando con sus ojos grandes el papel lleno de tinta, acomodándose el broche que sostenía su cabello largo, mientras reía oyendo las conversaciones de los muchachos y los pasos ruidosos en el jardín. Pronto arribaría la noche de verano. León y Sergio se cansarían de discutir y se apresurarían a entrar en el salón buscando el calor de la chimenea y unos vasos de coñac; mientras que descontentas a causa el frío creciente que presagiaba el otoño, dejándose por fin vencer de los mosquitos, Helena y Sofía ingresarían para acomodarse juntas en el gran sofá y taparse con una manta las piernas coloradas. Después de llegar y saludar a todo, el doctor Alexis se acomodaría quitándose su sombrero, en el viejo sillón azul, y detrás de sus lentes cristalinos los miraría con sus ojos brillantes y amables visibles en la noche. Pero todavía restaban al día unos cuantos minutos de sol, y Catalina se apresuraba a revisar sus notas. Su letra, fina y agradable, poblaba toda la extensión de la hoja, y el color oscuro brillante de la tinta parecía dar reflejos a la luz de la chimenea encima de ese papel cobrizo. Largos renglones apretados y sin mucho espacio entre las líneas se aparecían en el trazo seguro que tenía, ligeramente inclinados hacia le derecha como apresurándose en su recorrido, convulsionados casi hacia un escape aparente hacia los márgenes de la hoja. Eran una evidencia de su forma voluntariosa pero contenida de hablar y de escribir. Durante varios días ella se había preocupado de consignar en ese cuaderno los poemas que pronto leería; entre sus libros de notas, en su diario, en servilletas que guardaba en un cajón de su mesa, había ido recogiendo poemas que le parecían agradables y que de vez en cuando recitaba de memoria a sus amigos, entregándose muchas veces a las improvisaciones que le sugería el instante, y ahora buscaba traer todo a su memoria para asegurarse de que transcribía según le dictara su intención primera, y esforzándose en encontrar su voz propia, esa que salía de su boca cada vez que quería decir algo que le parecía conmovedor y quería transmitir con lo que consideraba todavía unas escasas fuerzas. Acostumbrada a expresar sus ideas con libertad y espontaneidad, consideraba la efusión de tales poemas como un apéndice de sus opiniones e ideas, y estaba tan convencida en esas ocasiones, y estaba tan animada por ellas, que raro era que no dominara la atención del auditorio que tenía en el momento cuando se las escuchaba decir. Pero esta vez sentía que debía tratarse de una ocasión especial, diferente a todas esas ocasiones en que había querido manifestar sus versos a otros o se lo habían pedido, y esto la emocionaba de veras: Sergio y León, quienes le habían convidado a la lectura a la que pronto se entregaría, eran además de sus amigos, poetas por su propia cuenta, y los admiraba; ambos habían publicado poemas en revistas literarias y poseían antologías publicadas, y sus nombres, como dos caras de un genio bifronte, se hacían notar en el ambiente cultural del país y ya tenían un cierto reconocimiento en el exterior. Fue para ser capaz leerles, las ideas que poseía en su cabeza, que estaba escribiendo en ese cuaderno; improvisando de nuevo las cosas según la intención que recordaba, como hacen a veces los cantantes y los rapsodas de temas folclóricos al recitar en frente del pueblo sus historias. Y aunque ella pertenecía a un pequeño pueblo, casi una aldea, y había escuchado, de los viejos cantores itinerantes que van de localidad en localidad y de los gitanos, antiguas leyendas y melodías que se le habían grabado en el corazón y la memoria, fue en la ciudad donde empezara a improvisar sus poesías, aunque sin olvidar quizá la naturalidad y la espontaneidad de esos artistas populares. Era en la ciudad donde había querido escribir sus primeras poesías, llenas con el recuerdo melancólico de los ambientes y escenas del pueblo y del campo, de los recuerdos de su niñez, de sus primeras intenciones valiosas, esas que forman el corazón y la mente; habiendo tenido la oportunidad de madurar esa afición en esa ciudad tan rica en eventos culturales, y de entablar conocimiento con otras personas interesadas en la literatura, pero que hacían una poesía tan diferente a la suya, llena de ideas raras y vocablos extraños, que le confundían la mente, pero que de todos modos le conmovían el corazón e incitaban su cabeza, impulsándola a escribir. El diálogo que Sergio y León sostenían había alcanzado un punto álgido, y podía escuchar claramente sus voces apasionadas que parecían extenderse sobre un punto en particular, y de nuevo sus expresiones aisladas poblaban con sus ecos la casa e interrumpían la quietud del salón. Ahora podía recordarlo con claridad. Hace unos meses, en una velada informal de artistas y gente de mundo a donde había acudido invitada por un familiar que conocía sus aficiones literarias, y donde había llamado la atención de todos improvisando la recitación de unos poemas místicos de Hölderlin, después de tener una conversación muy animada con ciertas personas, había conocido a los dos amigos. Desde afuera oía que Helena y Sofía tarareaban una vieja canción de varieté que recordaba también ella, pues la contaban en las veladas, y notó cómo Sergio había cantado en esa ocasión unos Lieder de Schumann, algo más bien raro debido a su salud y voz delicada, y, cuando ella que no lo conocía se había puesto animosamente como bajo acompañante para apoyarle en los pasajes más difíciles, viendo que le faltaba el aliento, sirviéndose de su sonoro acento alemán que le venía de familia pues su madre era alemana, esto le había causado tanta impresión a él que pronto quiso hablarle. Así se conocieron hablando en alemán de esos poetas amados por Schumann y Schubert, tan maravillosamente incorporados en sus composiciones, y al salir del salón había recibió del propio León una tarjeta con la petición de ir donde él para escuchar y leer poesía. En la casa aquella había trabado conocimiento y familiaridad con los demás artistas habituales, y pronto había sentido hallar allí un nuevo hogar; a fuerza de poesías y opiniones llegando a pensar como todos los demás en la verdad de ese dicho de Baudelaire, que un hombre puede vivir tres días sin comida, pero ninguno sin poesía.

A Catalina le gustaba poder conversar e ir a esa casa. Libres de todo convencionalismo y de restricciones de edad o de clase, los pocos contertulios que allí se reunían compartían sus ideas y leían las poesías de otros y de sí mismos; ordinariamente durante toda la noche hasta que llegaba el amanecer, sedientos de impresiones robustas y los conocimientos que recibían con la profusión de la que es capaz quizá solo la juventud, abiertos a todas las ideas que circulaban en esos momentos convulsos de transformaciones y de cambios, pero pretendiendo no dejarse limitar por ellos. Con el tiempo Catalina se había animado a compartirles algunos de estos poemas que venía conservando y que le gustaban, más que nada por el placer de decirlos en voz alta, de la manera que recordaba hacían los viejos cantores de su pueblo; improvisando a partir de ellos según le indicaba su memoria, como esa poeta rusa que, conducida a la cárcel por crímenes políticos, había memorizado todos los poemas que había podido escribir en el baño en una pastilla de jabón, y luego había podido rescribirlos. Escribiendo ella con la misma intensidad. Esto hacía solamente cuando ya había llegado la noche y cobraba confianza en el silencio del momento y se sentía conmovida por la luz a mediana intensidad, por el cielo despejado que veía en la ventana y las estrellas, y parecía que en verdad quería contarle sus poemas a la noche estrellada e inmensa, con esas palabras que luego pensaba que se llevaría el viento, y no quedaría nada, con la transitoriedad de las prestidigitaciones de una gitana o el canto de un trovador errante. Pero no importaba, esta noche cobrarían vida. Concentrándose así en las apretadas líneas de tinta que se esparcían en las hojas, iba de frase en frase y de párrafo en párrafo sumando las impresiones y las sensaciones. En su alma se acumulaban, tomaban fuerza, se elevaban y cobraban consistencia; de suerte que casi podía ver las palabras danzar y cantar frente a sus ojos vivamente encendidos, latiéndole casi que en el pecho. Las palabras se concentraban en ella dejándole un resquemor en la garganta y una música parecía que comenzaba a tocar, los muchachos empezaron a llegar a uno a uno ocupando sus puestos y hacían ruidos variados. De repente la luz se volvió más opaca y el silencio se reconcentró, pues todos estaban esperando; las palabras salieron de los labios de Catalina, por fin, como pájaros que dan sus primeros pasos, y empiezan a volar.

Manuel Bonilla
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