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En el malecón

domingo 26 de febrero de 2017
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Florencia observaba con atención las abultadas nubes apostadas en el límite del cielo. Con las manos apoyadas en la baranda del malecón, y el cuerpo levemente inclinado hacia adelante, dejaba flotar los rizos de su cabello en dirección a la playa y las amplias olas del mar. Poco a poco el cielo azul, iluminado en toda su extensión por los rayos del sol claro y limpio como un espejo, se iba cubriendo con grandes nubes de tonalidades rojas y violetas. El sabor salado del mar y el cálido olor de la tierra húmeda inundaban las fosas de su nariz, y el viento reposado que desde la playa subía hasta la altura de la baranda, envolvía su rostro en una suave y fresca caricia. Florencia cerró los ojos e inhaló con fuerza, al mismo tiempo que sentía el débil toque del viento deslizarse por su cuello y rozar su nuca. Un ligero toque eléctrico le recorrió por la espalda: había recibido ya esa sensación abundante, una tarde, junto a aquella misma playa.

El hombre de voz segura pero suave le dio las gracias, quitándose su sombrero raído, y posó la mirada en la dirección que Florencia le señalara.  

Deslizando sus pies descalzos sobre la tierra tibia, sintiendo entre sus dedos la suavidad de la arena, había caminado en compañía del hombre de ojos vehementes como las olas. Velozmente los dos se habían deslizado entre las aguas espumosas, recibiendo la caricia del agua fresca, que continuamente y en arremetidas sucesivas había cubierto sus pies desnudos y sus huellas dispersas sobre la arena. Una tarde silenciosa en la que el sol se perdía lentamente tras el límite de la costa, y el olor a agua salada se confundía con el aroma de sus cuerpos salpicados por la espuma acariciante de las olas. La primera vez que Florencia observó al hombre de los ojos del color de las algas marinas, ella misma caminaba distraidamente viendo a las gaviotas alzarse y descender sobre las tristes olas inquietas. La sombra de su cuerpo, proyectada en una larga columna enfrente suyo, le hacía pensar en el perfil de aquel hombre, recortado, por la luz amable del sol, en la blanca superficie de la tierra.

Un ruido lejano de bocina le hizo recordar el momento en que lo conoció, cuando, al volver la mirada distraída por la llamada del sonido de un barco, el hombre de risa reposada y serena había aparecido tras de sí, llevando una maleta de cuero y vistiendo un roído traje de marinero. Con acento marcado y extranjero le había dicho que se encontraba de viaje, y que, después un largo recorrido por sobre un mar impetuoso e inclemente, habían anclado allí, en el tranquilo refugio de ese pacífico puerto. No conocía nada del país y le preguntaba si había cerca de allí una fonda para calmar su sed y descansar su mellado cuerpo. Florencia, en principio bien dudosa, se sintió sin embargo complacida de su voz y sus maneras, y con los ojos le indicó un local abierto pasando la calle, donde solía gastar ella misma las horas ociosas. El hombre movió su sombrero en señal de reconocimiento y siguió su consejo, caminando lentamente hasta que se perdió en una lejana esquina. Un tiempo después, mientras ella se divertía observando el juego de figuras que las olas dejan sobre la playa desierta, lo había visto venir de vuelta, caminando por el bulevar del malecón en dirección hacia donde estaba ella. Al acercarse, le comentó que buscaba un lugar para hospedarse mientras su barco estaba anclado en el puerto, pues su nave estaba muy dañada por el embate de la tormenta, a lo cual ella contestó que bien podría ir a los hostales junto al muelle, donde pasan los marineros temporarios o arriban los inmigrantes. El hombre afirmó que le agradecía su consejo, pero prefería hospedarse solo durante esos días, y que no le molestaba, de ser necesario, dormir hasta sobre la arena de la playa, bajo la pálida luz del cielo nocturno y las estrellas. Florencia, creyendo que se burlaba de ella, dijo que era esa una tontería como nunca había oído antes y se le rio en el rostro, pero el hombre de mirada ardiente esbozó una confiada sonrisa. Entendiendo que quizá hablaba en serio, Florencia dijo que la escuchara, que a lo que sería una milla de distancia, en el costado derecho de la playa y junto al pronunciado peñón que llamaban de las gaviotas, podría encontrar un paraje tranquilo que ella solía visitar desde niña, donde podría pasar a su antojo con toda la soledad que quisiera. El hombre de voz segura pero suave le dio las gracias, quitándose su sombrero raído, y posó la mirada en la dirección que Florencia le señalara. Y, quizá porque se sentía acalorado o bien muy impaciente, se quitó los zapatos delante de ella, y se dirigió tranquilamente en dirección a la arena, resplandeciente entonces y dorada a causa de la luz del sol. Las gaviotas volaban altas y bulliciosas sobre el horizonte encendido de colores azules y naranjas, cuando el hombre empezó a caminar sobre el perfil estrecho de tierra que conforma la playa, y sobre su erguida cabeza, titilantes y coloreadas con un tono de violeta, colgaban las primeras estrellas. Florencia se sintió intrigada por el ritmo acompasado y constante de su caminata entre la grava y los guijarros sueltos, que no se parecía al andar inquieto de los muchachuelos que juegan allí ni el ritmo saltarín de las pescaderas, y entonces empezó a observar cómo se formaba, sobre la tierra, el fino trazo de sus huellas. Y pareciéndole, porque era curiosa, que los pies de ella eran más pequeños y su andar aún más imponente, se sintió algo intrigada, y empezó a dirigirse hacia las huellas de él, para compararlas con la apariencia de las que ella misma dejaba. Se quitó alegremente los zapatos y cubrió las huellas de las pisadas antiguas con las frescas de sus pies desnudos. Y de tal modo se entregó a ese juego involuntario de reconocimiento y comparación que no se dio cuenta de que empezó a seguir directamente los trazos de él sobre la ardiente y despojada arena. Como gato que con curiosidad se abre un camino en el bosque para cazar un pájaro silvestre, así fue acechando con paso uniforme las largas pisadas del hombre, y comparando las huellas de él a sus mismas huellas. Cuando ya lo hubo seguido por mucho tiempo, y el agua fría de las olas tocaba dulcemente sus pies descalzos y blancos, el hombre se volvió resoluto hacia atrás y avanzó donde ella. Su rostro parecía sereno e impasible, y después de observarla directamente le saludó inclinando su sombrero. En pasos cadenciosos y animosos caminaron así uno delante de la otra, formando un extenso y monótono rastro de huellas dispersas. Largas sombras se proyectaban sobre el suelo caliente y húmedo, siguiendo el movimiento de sus cuerpos ágiles, bañados por las cobrizas luces del sol y las estrellas. Era ya la última hora del día, y el solitario astro empezaba a perderse bajo la alargada línea del mar, encendiendo vivamente las aguas de un sólido color naranja, cuando finalmente llegaron a destino, en el llamado peñón de las gaviotas. Era un pequeño espacio franqueado por grandes rocas escarpadas, donde un oasis de tierra blanca se abría paso en un mar de aguas cristalinas. El hombre de mirada adusta se apostó allí, y sentó sobre la tierra aún caliente, mientras que Florencia, llevada por los recuerdos que le traía el lugar, se puso a andar sobre las aguas, asustando a las muchas gaviotas cercanas, como cuando era niña y no tenía miedos, y en sus juegos era acariciada por el rumor del viento y las aguas. Así fue que pasaron mucho tiempo, Florencia entre las olas y las aves, y el hombre apoyado su cuerpo sobre la playa, con el gorro en la cabeza y con gesto de quien descansa de un largo esfuerzo. Sólo las muchas gaviotas que volaban en el cielo interrumpían el absoluto silencio del ambiente, y desde la lejanía llegaban, apagados, rumores confundidos con el graznido de las aves. Cuando Florencia por fin se hubo cansado de jugar, regresó su mirada en dirección a la costa y avanzó donde estaba el hombre para situarse junto a él. Un viento fresco que soplaba desde las profundidades del mar augusto llegó para sacudir sus cabellos y su vestido, y el sol solamente era una encendida franja naranja sobre las aguas oscuras, que brillaba opacamente sobre su cabello, y en el instante en que lo miró a él, sobre sus pupilas. Ella y el hombre de mirada transparente como el mar cerca de la costa permanecieron sentados y silenciosos en frente de las aguas, observando los últimos rayos de luz morir detrás de las encrespadas olas. Cuando la noche cayó completamente y la playa se sumió en un profundo silencio apenas cortado por el sordo rumor del mar, Florencia dejó de mirar el horizonte, que conservaba un atisbo anaranjado de luz, se levantó con algo de frío, se despidió y tomó discretamente su camino de regreso a casa. El hombre de ojos claros como el cielo despejado vio su alta y alegre figura perderse entre las largas sombras de la arena.

Aquel caluroso día junto al malecón, cuando su memoria le traía impresiones de esa larga e intensa jornada, unos marineros que volvían desde el muelle en dirección hacia el pueblo le comunicaron de paso que el barco que tuvo que refugiarse después de la tormenta se había marchado ese mismo día, y de manera jovial pero adusta observaron que no conocían ni su ruta ni su destino. Después de despedirles, Florencia miró al amplio mar de olas oscilantes y oscuras, y otra vez sintió la suave brisa.

Bien a lo lejos unos barcos parecían confundirse con el horizonte azulado, y el sol gigante y dorado al final del cielo proyectaba una larga sombra sobre las aguas y las embarcaciones pequeñas que surcaban las olas. Animada por el frío toque del viento se incorporó de la baranda; luego de dirigir sus largas manos hacia el punto en que aquellas embarcaciones parecían topar el mismo límite del mar, como señal de saludo, se acomodó el cabello en el sombrero y dirigió sus pasos saltarines y ariscos sobre la playa caliente y húmeda.

Manuel Bonilla
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