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Los Morris

sábado 16 de enero de 2016
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La pava comenzaba a ensayar su singular silbido de advertencia cuando la delicada y envejecida mano la rescató del tenaz halo de llamas.

Los pequeños dedos, rematados en uñas prolijamente recortadas, se deslizaban apacibles entre los utensilios de la cocina. Por aquí tomaban una taza floreada y la colocaban en la fuente de madera labrada. Por allá arrebataban de la alacena unos tarros con sacos de té, azúcar y, finalmente, con masas y galletas dulces.

Una vez vertida el agua en la reluciente tetera y transcurrido el tiempo necesario para que se forme la infusión, todo era cargado por esas manitas arrugadas y cansinas.

Envestidos en pantuflas de peluche, los cómodos pies se trasladaban lentamente, como pidiéndose permiso. La silueta de la anciana se dibujaba en sombras sobre la pared, describiendo el gracioso vaivén de su andar. ¡Qué avenida interminable aquella que separaba la cocina del living! ¡Parecía eterna!

Ya concluido el viaje, reposaba dulcemente la bandeja sobre la diminuta mesa ratona y se sentaba en el sillón de terciopelo verde.

Impregnados de un silencio sepulcral, el señor y la señora Morris ocupaban sus puestos frente al televisor. La anciana se encargaba del té y de acomodar las masitas, en tanto su marido —como de costumbre— se esforzaba en permanecer indiferente.

Primero dejaba caer dos cucharadas de azúcar en la primera taza, y la llenaba hasta el tope con sumo cuidado de no derramar ni un milímetro del líquido. Luego, agregaba al pocillo restante tres medidas de edulcorante y vertía la bebida hasta la mitad. Colocaba, más tarde, las masitas y las galletitas al alcance de la mano. Finalmente, con un suave llamado, prorrumpía en el armónico ambiente:

—Ya casi es la hora. ¡Apúrate que va a empezar!

El llamado parecía perderse en los recovecos de la gran casona. De pronto, el cálido estar se convulsionaba en un grito desagradable:

—¡Ya voy!

La voz resonaba en las paredes oscuras haciendo eco en la sala.

A pesar de estar acostumbrada a aquellas desagradables réplicas, idénticas con el devenir de los años, la señora Morris se exaltaba al oírlas. Un frío le recorría la espalda y la piel se le erizaba de improviso.

Los pasos resonaban sobre el piso de madera como el cuero de un tambor viejo, remarcando en cada estruendo la dilatación incesante del tiempo. Cronológicamente avanzaban uno tras otro los sonidos huecos de los sigilosos pasos hasta detenerse, ceremoniales, ante el sillón de cuero reforzado. Entonces, el anciano se dejaba caer en el cómodo asiento y encendía el aparato eléctrico dejando el volumen a un nivel casi imperceptible para el oído humano. Era su programa favorito. No había tarde que aquel singular ritual no se llevara a cabo.

La señora Morris permanecía a considerable distancia de su esposo, sin animarse a hacer el más leve susurro para no perturbar el ambiente fúnebre que la envolvía. Imaginariamente, se entretenía divisando figuras en las manchas de humedad que destilaban los muros cerca del techo o contando, una vez y otra, las tablas que conformaban el piso a su alrededor.

Todo era apacible al menos por dos horas. Lapso durante el cual el señor Morris permanecía absorto en la maraña televisiva sin realizar otro acto que el de llevar la taza de té a su boca y consumir alguna que otra masita. A intervalos regulares, que generalmente coincidían con los cortes publicitarios, lanzaba una mirada a su esposa que luego retiraba inexpresivamente. Por ella, la anciana concluía que el té estaba demasiado caliente o demasiado frío; que no le gustaban las galletas; o simplemente que era un viejo renegado e insensible (conclusión a la que arribaba con mayor frecuencia).

Así, a pesar de estar casada durante más de treinta años —o tal vez por ese motivo— la señora Morris llevaba una vida solitaria. Su insolente compañero, una vez concluido su entretenimiento, se dirigía a su estudio y se encerraba allí hasta la hora de la cena. Luego de comer se retiraba a dormir no sin antes protestar y culpar a su pobre esposa por algún que otro problema sin importancia, aunque la anciana no hacía caso a los infundados reproches del viejo.

Muchas veces la invadía la nostalgia de los tiempos pasados. Recordaba su juventud, su vitalidad. Su incontrolable impulso vital que la había llevado a cometer tantas pasionales aventuras. Y al hacerlo, reafirmaba aquella época en que bastaban las ganas y el ideal (tan lejano ahora). No cesaba de preguntarse dónde estaba eso que añoraba, al tiempo que observaba —entristecida— sus manos soñadoras. Sentía dilatarse el fuego que antaño bañaba las orillas de su pecho.

Al ver a su esposo sumido en la nefasta aberración de los años, no lograba entender cómo había sucedido todo. Él, que era como el viento al bailar, con visible dificultad podía ahora transitar los pasillos de la casa sin agitarse. Él, que desafiaba cíclopes con su sonrisa, guarda sus dientes en un vaso con agua que rara vez cambia. Él, que gozaba en los placeres de la carne y de la noche, no podía ahora mantenerse despierto por más de ocho o nueve horas sin que el sueño lo desmayara con su soplo inmortal.

Ella, como él, no había hecho más que acumular años. Unos tras otros. Cada uno más pesado que el anterior. Y las pupilas que antes deshacían cielo y tierra hoy no se encuentran, más bien se repelen como imanes de igual carga.

Así pasaba su vida, entre recuerdos y soledad, entre sueños y realidad, creyendo ver en su angustia el silencio que precede al huracán.

Muchas veces había sentido ese amargo sabor, quizás demasiadas veces, esa nerviosa sensación de comprender la inexorable y definitiva embestida de los años maltratando la existencia. Llegando a temer, más que la muerte futura, la vida presente que se empecinaba en resistir. Pues así, en tales circunstancias, la señora Morris aborrecía ese don vital del que carecen los muertos.

Ese sofocamiento constante que inundaba de infelicidad sus días la apremiaba aún más que el pensamiento de una desaparición inevitable y cercana. ¿Cuántas veces se sintió desaparecer en aquel océano infecundo de años? Su devenir en el mundo en poco se diferenciaba de las lunáticas sombras que vagan sin rumbo buscando refugio de las asesinas luces; o de las hojas huérfanas que el otoño arrebata y el invierno se encarga de extraviar con sus pulmones de alaridos y misterio.

Aquella tarde se deshacía en desgarradores diluvios. La infranqueable bóveda celeste parecía haber abierto sus compuertas y el cielo se estremecía. Los relámpagos desgarraban la penumbra de la noche con fulgores de blanquísima claridad. Los truenos resonaban en los rincones y el mundo parecía estremecerse bajo aquella impensada pero arrasadora tormenta.

En la casa, como de costumbre, se dejaba oír un silencio aterrador.

En el living se divisaban dos inertes figuras. Impregnados de un silencio sepulcral, el señor y la señora Morris ocupaban sus puestos frente al televisor. La anciana se encargaba del té y de acomodar las masitas, en tanto su marido —como de costumbre— se esforzaba en permanecer indiferente.

Una vez terminados los quehaceres rutinarios, la señora encendió el televisor. Sin embargo, algo desacostumbrado y temerario surgió por un impulso que emanaba del fondo de su pecho. “¿Qué pasaría si cambio de canal?” —se preguntó de improviso la anciana. Su osadía le permitió materializar su pensamiento. A pesar de ello, el viejo no se inmutó.

Ella, por su parte, ya no se extrañaba de aquel silencio —aunque aún le causaba cierto escalofrío que a veces la movía a poner el programa habitual. Ya hacía más de un mes que aquella rutina odiosa y asfixiante había cambiado. Aunque en sí misma su relación con el señor Morris no había variado en lo sustancial, podía divisarse una extraña mueca de felicidad en la avejentada faz de la anciana.

Un trueno ensordecedor se dejó escuchar en la lejanía. En ese preciso instante, el anciano movió levemente la cabeza como esquivando la mirada. Con absoluta tranquilidad, la señora Morris depositó su taza de té en la mesita, se acercó a su esposo y tiernamente acomodó la fría calavera en la antigua posición. Luego subió el volumen del televisor y perdió la vista en una enorme mancha de humedad en forma de puñal.

Hugo Javier
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