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Cuatro cuentos de Alejandro Barrón

jueves 28 de enero de 2016
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El inspector

La mujer bajó ceremoniosamente por las escaleras hasta llegar a los torniquetes. La falda que llevaba puesta, aunque era de cortes decentes, la obligaba a caminar con sensual parsimonia a través de los pasillos. En el andén había pocas personas, y éstas esperaban con ansiedad a que el gran gusano anaranjado saliera escupido. Miraban hacia el hoyo negro como si al mirarlo apresuraran la marcha del tren. La mujer se dirigió hacia el extremo reservado exclusivamente para las de su especie y que éstas no tuvieran altercados con los hombres al momento de abordar. A esa hora no había división rigurosa, pero ella mantenía la costumbre de ir hacia ese lugar, como atendiendo una especie de costumbre pavloviana.

Ella detuvo su andar y dirigió la mirada hacia el túnel, como todos los demás. De pronto sintió escalofríos en la nuca que terminaban precipitándosele a las nalgas, y esos escalofríos le causaban escozores en la zona oscura e innombrable de su anatomía. Comenzó a sentirse ansiosa, el metro seguía sin llegar. Volteó hacia atrás y notó la presencia de un hombre que la observaba fijamente. Profundamente. Lascivamente. Era una mirada penetrante que la dejó más turbada que cualquier otra mirada en su vida.

El hombre entonces comenzó a rondarla en silencio y guardando la distancia reglamentaria; de cuando en cuando le daba alguna indicación escueta.

La mujer entonces, en actitud retadora, le sostuvo la mirada por unos cuantos segundos, como dejándole claro que estaba enterada de la situación; que ciertamente le era incómoda, y le dio la espalda nuevamente. Comenzó a murmurar palabras que involucraban peregrinas situaciones edípicas con la madre de alguien.

Una vez terminadas sus letanías, la mujer trató de tranquilizarse. Sin embargo, repentinamente comenzó a sentir pellizquitos en el glúteo menor, en el mayor, en la unión de sus polos carnosos, como si tuviera un ejército de hormigas asquilines atacándole sin tregua. La mujer volteó nuevamente hacia el hombre, entre molesta y nerviosa:

—¿Qué me ve? viejo cochino…

El hombre, un trozo escuálido metido en un gastado traje dos tallas más grandes que él y que esgrimía una mirada pesadísima hacia las carnes de la mujer, repentinamente salió de su trance.

—Le hablaré a un policía y verá lo que es bueno, hijo de su… —la mujer buscaba en su bolso gris el gas pimienta que seguro había dejado en su bolso verde.

—Señora… —dijo el hombre malhumorado—, le ruego que no entorpezca mis labores, no sea inconsciente y grosera; las cosas que hago requieren de concentración y precisión totales.

—¡Pero si usted no está haciendo nada!

El hombre frunció el ceño y su cara se enrojeció:

—¿Que no hago nada, que no hago nada? ¡Tome mi tarjeta! —y le extendió un cartoncillo amarillento y arrugado.

La mujer leyó con desconfianza y en silencio: Rómulo Cabriota. Inspector de culos.

Algo no le cuadró en lo que ponía la tarjeta, y volvió a leer, saltándose el nombre del sujeto: Inspector de culos.

Sabía que existían inspectores de sanidad, de policía, de calidad, delegacionales, de zona, escolares, fiscales, pero… ¿inspectores de culos?

—¿De culos? —preguntó la aturdida mujer—, usted me está tomando el pelo.

—De hecho, mi querida señora, le estoy tomando medidas; sus carnes se acercan al 1.6, y francamente eso me parece impresionante, pocas veces me topo con estas cifras…

La mujer quedó desconcertada, el hombre comprendió al instante y se adelantó:

—Me refiero a que su culo, señora querida, se encuentra a unas milésimas de ser perfecto. Sublime. Los montes de la felicidad que usted se carga están prácticamente cualificados para alegrarle el día a cualquiera. Estoy muy conmovido, en verdad…

La mujer se ruborizó. Los ojos del hombre estaban al borde del llanto:

—Mi trabajo es arduo; hay días difíciles en los que tengo que inspeccionar culos fofos, caricompungidos, enojados, asimétricos, lacerados y violentamente magullados, pero en cambio suele haber tres o cuatro días al año, como hoy, en que me topo con culos respingones, hermosos, coquetos y alegres como el suyo, que me hacen recobrar la fe en mi trabajo. La felicito, señora.

El hombre sacó un pañuelo y se lo pasó furtivamente por los ojos.

Pobre hombre, está loco, pensó la mujer.

—Su culo, señora mía, me recordó a las gigantescas bolas de helado de vainilla que solía lamer con singular alegría, durante mi infancia.

—Perdóneme, en verdad lo siento, qué desconsiderada he sido, su trabajo es una verdadera proeza…

—Y que lo diga, ¿Puede ver la cicatriz en mi ceja izquierda? Mi trabajo es riesgoso. No sabe las veces que he estado al borde del linchamiento. En la universidad solían advertirnos del peligro eventual que significaba ser un mirón profesional, pero la realidad siempre anduvo tres pasos delante de la teoría… ¿Ya vio cómo tengo de partido el labio inferior? Mi labor es incomprendida y vilipendiada.

—¿En verdad estudió para mirón profesional? —la mujer se mostraba cada vez más interesada por la historia del hombre.

—Claro que sí. Y, modestia aparte, fui el mejor de mi generación. Gané durante dos años consecutivos la prestigiosa medalla Voyeur Passionné, otorgada por la Sociedad de Libidinosos de París.

La mujer quedó muda de la impresión. Su prejuicio hacia el hombre la hizo avergonzarse de sí misma. El hombre quedó en silencio, regocijándose en sus viejas glorias.

—Bueno, ¿qué no estaba trabajando? Qué tonta soy, lo estoy distrayendo: ¿necesita usted hacer más anotaciones acerca de mis pompis? —la mujer se puso de perfil.

El metro pasó tres veces, pero ella no lo abordó: sintió muy suyo el deber civil de ayudar al señor don inspector a terminar con su trabajo.

El hombre entonces comenzó a rondarla en silencio y guardando la distancia reglamentaria; de cuando en cuando le daba alguna indicación escueta: cruzar ligeramente las piernas, erguir la postura o moverse el cabello a un lado para calcular la caída columna-huecos de venus-coxis.

Mientras tanto la mujer experimentaba hormigueos y pellizquitos en las nalgas y piernas, en la nuca, en los lóbulos, en los hombros, y no podía evitar sonreír.

Repentinamente sintió que entre sus piernas algo extraño se fraguaba, se mordió los labios para no hacer ruido alguno, y helos ahí: espasmos que en muy contadas ocasiones había experimentado, que le nublaban la visión, le provocaban temblorina en las piernas y muy buen humor.

Volteó hacia el hombre, que se hallaba cabizbajo en el rincón.

Sudaba una fría gotaza y su respiración era agitada: tenía una erección. El hombre estaba terriblemente apenado.

—Discúlpeme señora, estas cosas no me suelen suceder…

—Pobrecillo, ¿puedo hacer algo por usted? Necesitará que alguien lo acompañe a casa, ¿dónde vive usted?

—Me hospedo en el hotel de la vuelta… No se moleste…

—No no no, permítame. ¿Qué clase de ser humano sería yo si lo dejo a merced del mundo cruel con su detalle a flor de piel?

Lo tomó de la protuberancia como quien toma la mano a un niñito para llevarlo al tan ansiado paseo.

Se encaminaron tranquilamente hacia la salida.

El metro pasó por sexta, por séptima vez.

 

La más bella

La mujer más bella que he visto tenía el rostro lacerado por un severo caso de acné. Ella solía regentear el mostrador de la pastelería que me quedaba de paso cuando iba al trabajo. Y, como era la mujer más bella que he visto, es claro que me enamoré perdidamente. Pero ella nunca se enteró.

Su cara estaba cubierta por un antifaz de volcanes a punto de hacer erupciones de pus. La imaginaba por las noches frente al espejo, reventándose con dedicación religiosa cada maldita pústula.

Era la mujer más bella que había visto. Y también la más triste del mundo.

No soy asiduo a los postres, pero con tal de estar cerca de ella algunas veces entraba en la pastelería y compraba cualquier cosa. La mujer más bella plantaba cara a todo aquel que la encarase. Era la más triste, pero también la más valiente.

Era mi oráculo diario: si la veía al pasar, sería un buen día. Si no, no.

Soñaba con ella dormido y despierto. Soñaba que tomábamos la brisa del mar de Melilla desde el Baluarte de la Concepción, y que le quitaba como velo de novia la plasta de mierda que tenía en la cara.

Ella sabía que su rostro era un jardín secreto cubierto por un enramado casi impenetrable.

Una mañana no la vi, ni a la siguiente, ni a la siguiente. Experimenté una desesperación silenciosa como nunca la había sentido.

¿Dónde estaba la mujer más bella? Empacó sus pústulas en una maleta y se fue al lado oscuro de la luna, quizá.

Temí por ella, y busqué su rostro apagado en las necrológicas de los periódicos sensacionalistas:

“Mujer con caso severo de acné aparece colgada en el baño de su casa”.

“Mujer con el rostro desfigurado es encontrada flotando en el Canal…”.

“Mujer se tira de puente peatonal…”.

Nada.

¿Se la habrán comido las ratas en alguna callejuela maloliente? ¿Se habrá degollado a sí misma al ver que sus pústulas se multiplicaban conforme pasaban los días?

Sólo sé que detrás de esa máscara de campo de guerra estaba escondida la mujer más bella.

 

Una mujer exquisita

En una cantina del centro tenemos a un hombre con la mirada perdida —qué digo perdida—, ahogada en el vaso con whisky, saboreándose los labios; que piensa: “Es un instante mágico el momento en que sale el sol, en que los pájaros se arremolinan en las fuentes, en los cables de luz, la gente sale de sus casas, de sus cuevas, de los muladares donde han pasado la noche, solos o acompañados… Yo tengo una bella mujer esperándome en casa”.

Algo recuerda, seguramente pensando en Alejandra, que le excita. Siente que algo se le endurece apretadamente entre el pantalón y la ingle. Sus ojos brillan tras el segundo trago. Y sonríe saboreándose los labios. Entre las manos tiene un montón de hojas desarregladas, el hombre no repara en darles orden, puesto que cada hoja es un tomo independiente, una obra maestra arrancada del seno de su mente, que vende de café en café, de bar en bar, en las calles. El hombre es un poeta.

El poeta es un hombre, con hambre, y es precisamente esa sensación lo que le excita más. El saber que llegando a casa una Alejandra le estará esperando para dar remedio a las demandas de su vientre.

Al fondo, alguien ha puesto una canción en el cuadrafónico destartalado. Y suena estridente y gangosa una pieza harto ya conocida y coreada torpemente por los más borrachos, el poeta repasa la letra en su mente, esbozando una sonrisa irónica que bien pudiera emitir un halo sardónico: Pasarán más de mil años, muchos más / yo no sé si tenga amor, la eternidad / pero allá tal como aquí / en la boca llevarás sabor a mí.

En su cabeza retumban tintineantes y brillantes las últimas palabras: “En la boca llevarás sabor a mí”… Recuerda los besos de Alejandra, sus labios rebosantes de vida, los que éste adora morder hasta verles brotar puntillos rojos como si fueran cabezas de agujas bien clavadas en la carne. Y morder sus brazos, sus piernas, sus mejillas, morderle el pubis y arrancarle juguetonamente uno a uno los pelillos.

El endurecimiento viril ha cesado, el hombrepoeta apura el trago y sale del lugar tarareando la canción que le ha recordado la espléndida cena que le espera en su modesto apartamento de la calle del sol.

En los próximos minutos, hombrepoeta estará a la mesa desmenuzando un pedacito del amor que Alejandra le ha prodigado.

La policía entrará en tropel, obligándole a replegarse. Hombrepoeta se lanzará por la ventana, partiéndose la cabeza pero no la vida. Será llevado al hospital sin apenas haber terminado de cenar.

En las horas siguientes, la policía encontrará el tronco de Alejandra dentro de un armario, las otras partes cortadas en trozos serán halladas en el refrigerador, mientras que el antebrazo se hallará recién frito en la sartén.

 

Debut y despedida

Mi carrera en el infame oficio de la escritura comenzó cuando a la sazón contaba con seis o siete años. Apenas había aprendido a leer y a escribir. Era un mal lector, y escribir me provocaba la misma emoción que los jarabes para la tos o las inyecciones. El recuerdo es nítido: estoy solo en el salón de clases, con un cuaderno cuadriculado y un lápiz —o un bolígrafo de contrabando—, la maestra está en su escritorio, esperando ¿qué?, no lo sé, tal vez a la llegada de mi madre para hacerle comentarios acerca de mi actitud apática hacia los demás infantes.

Y entonces comencé a escribir:

“Testamento numero 456. Yo —mi nombre— le eredo a mis ermanos miz jugetes. A mi familia le dejo miz tezoros y un saludo”.

Muy interesada ante mi primera creación, la maestra se acercó hasta mi lugar para admirar aquella prosa destructora y terminante. En cuanto leyó aquella cosa, arrancó la hoja y se la llevó.

—Vaya —pensé—, habrá estado muy bueno…

Y pronto, ante la repentina popularidad de mi escrito, regresé al cuaderno:

“Testamento numero 645. Quiero ser enterrado junto a mis avuelos, y que…”.

La maestra nuevamente se acercó a mi lugar, y leyendo mis palabras, arrancó la hoja, también.

Fue acaso el interés tan repentino que ella demostraba lo que me hizo inclinar por las letras, seguí escribiendo:

“Testamento numero 564. No me entieren mui profundo porque le tengo miedo a lo oscuro. No yoren mucho y visiten mi tumba de ves en cuando…”.

Fue un éxito arrasador mi tercer testamento. La maestra sin leerlo me lo arrebató. Esa sí que era una verdadera fanática. Enseguida me quitó el lápiz y cerró mi cuaderno de un manotazo, me llevó de la mano casi arrastrando frente al pizarrón y ahí estuve algunos minutos en silencio mientras ella escrutaba cada palabra de mis escritos.

Llegó mi madre con Luigi de la mano y mientras yo guardaba mis cosas para largarme de ahí, la maestra le mostró mis escritos. ¿Había escrito eso sin la influencia de nadie? ¡Claro que sí! La maestra había estado presente cuando di a luz aquellos monstruos…

Mi temprana afición por las letras se apagó en el momento aquel en que mi madre me lanzó su mirada chispeante y con la cabeza baja me hizo una señal para que la acompañase. Camino a casa no hubo preguntas sobre cómo me había ido en la escuela, ni noticias acerca de lo que comeríamos. Mi madre estaba callada porque había escrito mi primera obra maestra y desgraciadamente no había llegado a tiempo para ver eso con sus propios ojos. A la hora de la comida ambos, padre y madre, me regañaron por haber escrito esas cosas, por haber asustado a mis compañeros escribiéndoles sus testamentos y después haber escrito los míos. Por negarme a salir del salón a la hora del recreo. Por haber llorado como desquiciado, diciendo que toda mi familia estaba guardada en mi mochila y que tenía un pánico tremendo de que se ahogaran ahí dentro.

Mis padres no eran asiduos a imponer castigos, pero sí a los regaños cuando eran necesarios. Así fue como me enfrenté por primera vez a la censura. Y lo cierto es que yo era un niño muy sensible ante la crítica. A los seis o siete años comencé mi accidentada carrera como escritor, pero fue a esa edad también cuando rompí con ella por primera vez.

Dejé de escribir.

Alejandro Barrón
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