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Verdad y belleza en la poesía de Antonio Mora Vélez

sábado 30 de enero de 2016
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"Los jinetes del recuerdo", de Antonio Mora VélezNo se trata del empleo de la actividad poética como una forma de la adivinación. (Los romanos y griegos —Sófocles entre estos, y Platón— así lo creyeron. Por eso, las Musas como explicación del fenómeno, que Occidente ha interpretado como un mito sin trascendencia, cuando es todo lo contrario, ni mera ficción y sí con trascendencia: las Musas para olvidar la memoria de la cuotidianidad terrenal, cundida de sombras, para recuperar, en cambio, la visión del “topos uranos” o lugar celeste, alias la revelación científica, filosófica o poética). No, no se trata de eso, sino ahora de reescritura para la recreación de mitos, dogmas, valores arcanos, cósmicos, científicos, dados. Y de recrearlos desde la convicción y el talento que le asisten a un profesional estudioso y maestro en el oficio, como es Antonio Mora Vélez, cuyo título de doctor omito, para que esto no suene a lambonería.

Cuando Máximo Gorki fue nombrado ministro de Cultura o de Educación en la Unión Soviética, asumió la tarea de recuperar, con los remiendos del caso, la tradición clásica, para el servicio del nuevo hombre soviético. Y así lo adelantó. La estética marxista-leninista, para bien o para mal, es de estirpe aristotélica, con su ingrediente marxista-leninista, por supuesto. Y vaya zancadas enormes las que dio aquella cultura, de cuyos frutos nos nutrimos muchos, y aún. Acá no hacemos nada parecido, por andar posando de posmodernos o de estar inventando el agua tibia o “de regreso de donde no hemos ido”. Ojalá —dicho de paso— que el posconflicto se convirtiera en un encuentro fecundo entre nuestra cultura chambona y chueca con aquella de la URSS, cuyas Academias de Ciencias y de Artes fueron el innegable esplendor de éstas a escala mundial. En fin…

El caso es que el poeta-ensayista y filósofo esotérico don Antonio Mora Vélez reenciende el fuego sagrado con su obra Los jinetes del recuerdo, poemario en el cual se unen dignamente la belleza y la verdad. “Vino viejo en odres nuevos”, a fe que necesario para que el tronco sacro, arcano, vetusto y sabio, reverdezca y ojalá dé frutos, si hubiere oídos para escuchar y ojos para leer.

Esta sabiduría poetizada cumple la necesaria función de poner la atención en aquellos valores que han sido el alimento milenario de tantas culturas.

Al Mineducación y a cada maestro que se respete se les llena la boca con la carreta de la necesidad “de formar en valores”, mientras cada día se extiende y profundiza más la corrupción en Colombia y el facilismo en la formación educativa, cuando no la enseñanza aberrante y torpe de la lengua, si se trata de la nativa, no de las extranjeras. Y el bello mensaje bíblico de las iglesias católicas y cristianas se queda en las iglesias, recinto en el cual todos, sin excepción, compiten en santidad. Pero (iba a decir de dientes para afuera) al salir se quitan la piel del cordero y todos vuelven a sus andadas. No es, pues, suficiente enseñar la bella palabra sacra o cívica, sino dar el paso al Osar y al Hacer. No puede seguir la discordia o la grieta entre las buenas intenciones, el discurso bonito y la conducta que lo contradice. Hay que enseñar valores, pero, con ellos, el “valor” de la actitud consecuente.

El fuego sagrado (rectitud, honestidad, veracidad, pulcritud, elegancia, integridad, amor y armonía, excelencia, compasión, amor al prójimo más que a uno mismo, equidad, libertad, igualdad, fraternidad, abnegación, respeto y no sumisión…) es cosa de todos los días, de todos los tiempos, que hay que estar soplándolo para que no se apague, para quitarle el polvo, para que se avive y se convierta en conducta cuotidiana de las comunidades en sus distintos estamentos y escenarios.

Hace daño estar percibiendo todos los días el discurso hipócrita, perverso, de los falsos profetas, del parlamento o de las aulas y las iglesias, predicando lo contrario de lo que sus comunidades hacen. Si la rectitud se convierte en ejemplar o ejemplarizante, cuestión de todos, la excelencia comunitaria se vuelve asequible, algo normal y no excepcional, con la inherente alegría que su conducta suscita.

(En honor a la justicia, la Iglesia Católica es una institución que ha avanzado, de manera notable, mucho, en los últimos tiempos, al punto de haber abominado y pedido perdón públicamente por todo aquello que fuera ocasión de persecuciones y de iniquidades cometidas en nombre de Dios. Los invito a aplaudir y reconocer merecidamente tal actitud de la Iglesia).

De otra parte, caigamos en cuenta, de urgencia, que el nuevo hombre de hoy se está degenerando por obra del atragantamiento e indigestión de los medios masivos de comunicación y de la globalización. No que esos signos de la época sean malos en sí mismos, sino en su uso desmesurado, sin el contrapeso que les dé equilibrio. Y no está bien en absoluto que el ser humano crezca acostumbrado, fascinado cual zombi, con la personalidad propia de un ser de ninguna parte, sin saber —complacido— dónde está parado. El ser humano tiene que perseverar en su propósito de SER, como paso previo y condición para LLEGAR A SER. Enseñar en el VALOR de que SER ES MÁS IMPORTANTE QUE LLEGAR A SER (maestro, ganadero, comerciante, abogado, geólogo, médico, ingeniero, político…). Si el ser ES, conjura, de paso, el riesgo de la masificación, del anonadamiento, de la inutilidad, del gregarismo o servilismo, de la esterilidad mental, que lo está llevando a ocuparse solo en cómo no pensar por su cuenta, valido de la Web y de la globalización, pero con mengua grave de su identidad, de su aldea y de sus costumbres patrias, locales y nativas.

Digo, pues, para no alargar el cuento, que, por ello, esta sabiduría poetizada cumple la necesaria función de poner la atención en aquellos valores que han sido el alimento milenario de tantas culturas. Por virtud del instrumento poético, el conocimiento vetusto adquiere una atención nueva y se hace provechosamente asequible al lector actual. Sería deseable que, al modo de la lectura de alegorías, de cuentos, de parábolas, la pedagogía repare en instrumentos como este, acompañándolos de las sencillas explicaciones que sean menester. Desentrañar la verdad recóndita de los mitos y leyendas es tarea amable para todos y una ocasión admirable para juntar las generaciones alrededor de ellos. Me refiero a Los jinetes del recuerdo, de Antonio Mora Vélez.

Otto Ricardo-Torres
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