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Crónica de un tatuaje

martes 9 de febrero de 2016
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El incienso estaba encendido para aplacar el olor a yerba. Yo estaba trabado, pues mi debilidad me indujo a hacerlo para disminuir el dolor. Will sería mi tatuador. Ya había impreso una bella mariposa en la espalda de mi novia, y yo llevaba impreso su dolor. Ahora quería una calavera en mi tobillo, pero sin sufrimiento. El escenario estaba preparado, nos encerramos en un cubo y éste parecía descender a gran velocidad por las profundidades del océano. Claro, el humo del incienso, ascendiendo en forma de burbujas frente a un espejo que reflejaba una pared azul, creaba este efecto en mi mente alienada.

Will también fumó yerba, ya era tarde y estaba cansado, propuso encender el equipo a todo volumen con la canción “El pirata cojo”, de Sabina. Lo cual aumentaba el ambiente psicodélico. Mientras preparaba la tinta nos contaba su experiencia en Curazao, donde había vivido y estudiado. Hablaba bien en inglés y chapurreaba el holandés. Mientras ponía el croquis con aceite en mi tobillo, largo rato nos habló sobre la sintaxis de la imagen y el arte de tatuar. Yo estaba abstraído meditando cómo ese personaje podía tener aquel nivel de cultura. Una vez el taladro hubo tocado mi piel, mi pensamiento se centró en el dolor instantáneo que destempló todas las fibras de mis nervios. Sentí cómo un cuchillo, al rojo vivo, se insertaba en mi carne al tiempo que sentía cómo agujeraban mi hueso.

Siempre que la ocasión lo permite, y me descubro el tatuaje, las personas se quedan mirando mi tobillo con repulsión.

La aguja perfora la piel a una velocidad de tres mil veces por minuto; primero perfora el nivel superior de la piel, llamada epidermis, y deja la tinta en la capa de la dermis. Esta capa es más estable y asegura que siga existiendo el tatuaje. Los grabados en la piel se han utilizado desde tiempos neolíticos, principalmente como actos religiosos. En 1991 se encontró una momia neolítica dentro de un glaciar de los Alpes austroitalianos, con un conjunto de tatuajes en la muñeca izquierda, dos en la zona lumbar de la espalda, cinco en la pierna derecha y dos en la izquierda. Esta momia es conocida como Ötzi, el Hombre del Hielo. Se especula que fueron hechos como práctica mágico-curativa (una especie de acupuntura), pues se determinó que sufría de artritis en esas zonas. Muchas culturas indígenas utilizaron el tatuaje como parte del ritual de paso. En la actualidad los tatuajes son populares; sin embargo, aún existe en muchos países el estigma social conforme a las personas que los tienen.

 

Los habitantes del piso de arriba estaban molestos por el olor a marihuana e hicieron una llamada. Enseguida la guardamos, porque siempre era una bolsa grande la que reposaba en mis piernas. Al instante llegaron dos hombres y pensé: “Mierda, la policía”, pero era un amigo del artista que venía con un chico de unos escasos 17 años. Lo recuerdo con jeans rotos, botas de tela negras y pelo sobre su cara cubriendo uno de sus ojos. ¡Vaya confusión! —me dije.

Aunque sentía cómo una máquina de coser agujeraba mi tobillo, mi cara no reflejaba ni un ápice de dolor. El taladro, como así se le dice a la máquina, evoca a una de costura y funciona de una manera similar. Las máquinas del tatuaje consisten típicamente en una aguja esterilizada, un sistema que provee la tinta a través de ella, un motor eléctrico y un pedal que permite al artista controlar la velocidad. A veces la máquina se trababa y Will hacía fuerza para romper la piel. El muchacho, que aún estaba allí, contaba que venía de Bogotá y que también era tatuador, y enseñó un tatuaje de un “Hello Kitty” rosa que él mismo se había tatuado en el antebrazo. Dijo, también, que quería tatuar todo su cuerpo él mismo… y enseguida Will le aconsejó que era más sensato dejar que muchos artistas “rayaran” su cuerpo, si en realidad quería aprender el arte.

Yo no dejaba de contar los múltiples piercings que el novato tenía en su labio inferior; estaba absorto en su imagen, era escuálido y evitaba mirarme directamente. En ese tiempo yo estaba en la universidad, tenía el pelo largo y me vestía de una manera muy informal, al estilo grunge, tampoco debía dar buena impresión cuando me tatuaban una calavera en el tobillo. El chico revelaba cierta incomodidad o timidez ante mi presencia e intentó romper el hielo afirmando que en esa parte debía doler mucho, y al obtener, por respuesta, una onomatopeya mía, se turbó. Supongo que creyó que quería lanzarme a darle puñetazos. No podía adivinar que a esas alturas yo estaba en otro mundo.

Al finalizar la sesión no sentía dolor alguno. Un poco de plasma sanguíneo bajaba por mi pie y Will me puso vinipel y me recomendó usar dermaskin crema. El efecto de la yerba había casi desaparecido y me despedí de los presentes con un caluroso apretón de manos.

 

Siempre que la ocasión lo permite, y me descubro el tatuaje, las personas se quedan mirando mi tobillo con repulsión. No las culpo, muchas de ellas están acostumbradas a las imágenes de hombres agonizando en cruces y les causa horror una calavera. En nuestra cultura existe un prejuicio conforme a los tatuados y aunque hoy soy profesor de literatura y mi presentación ha cambiado, siento placer y orgullo de mostrar mi tatuaje. Este representa para mí deseos, filosofías y un amor. Es la expresión máxima de mi juventud. Y estoy seguro de que cuando llegue a viejo (si llego) me libraré del mal de olvido que sufren las personas cuando cruzan el misterioso umbral en el que se llenan de prejuicios, añoran sus viejos y “sanos” tiempos y entran en modo de querer controlarlo todo.

Miguel Ángel Pérez
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