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Poemas de Isidoros Karderinis

miércoles 10 de febrero de 2016
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Cementerio abandonado

Paseando por el cementerio abandonado
Contemplando los delgados cipreses
Cimbreándose al otoñal soplo del viento
Mirando los monumentos rotos
Con sus nombres casi borrados
Recordaba las imágenes desvanecidas de un pasado
Que se ha ido.

Me inclino a cortar un puñado de flores silvestres
Que han brotando por doquier sobre la tierra húmeda
Un manojo de ortigas me enseña sus dientes
Un lagarto se arrastra sobre el muro de piedra grisáceo
Un cuervo da vueltas por el cielo medio oscuro
Escucho los gritos ahogados de un futuro
Que se acerca.

Todos nos convertiremos en monumentos rotos.

 

Padre, me escuchas

Padre, me escuchas
Te has ido
Y ha oscurecido el cielo
Las gigantescas nubes
Arrastran llorando
Sus pasos
Los pájaros no vuelan
Se han escondido en los bosques
Y las espesuras
El sol cansado
Se ha inclinado en su almohada
El mar negro
Y hosco
Ha desechado
Su sobriedad
Los montes sombríos
Se han cubierto de su nívea
Manta
Los campos tristes
Han necrotizado
Como cementerios
Abandonados
Los ríos crecidos
Blanquean de rabia
Los lagos se han helado
Como la sonrisa en los labios.

Padre, me escuchas
Te has ido
Y la ciudad se ha vuelto gris
Los tejados exhalan
Humos negros
Los balcones derraman
Amargas lágrimas
En las aceras resbaladizas
Las calles desiertas
Entregadas
A su desesperación
Los castañeros por las esquinas
Afligidos
Se calientan sus manos
Las estatuas de las plazas
Desnudas
Tiemblan de frío
Los parques melancólicos
Con árboles azotados por el viento
Que se inclinan
En el cielo negruzco.

Padre, me escuchas
Te has ido
Y en el pecho del dolor
Hunde el pico sin cesar
El buitre.

 

Loro perdido

Por las anchas calles de la inmensa ciudad
Voy buscando un loro que he perdido.

Las palabras que brotaban de su pico
Hacían florecer las curvas ramas de mi alma.

Ahora no escucho en parte alguna su voz humana
El ruido de las ruedas la ha cubierto por completo.

Y la vara brillante del sol estival
Golpea sin piedad sobre mi cuerpo moreno.

 

La llegada del amor

Los dorados rayos del sol
Disolvieron la negra y espesa oscuridad
Mi alma desvelada se desbordó
Como un violento río crecido
La ardiente canción del amor
Floreció en los labios azules de la aurora
Y una paloma roja me trajo
La carta que espero desde hace años.

Las flores del fresco jardín
Esparcieron sus cálidas sonrisas
Los dulces sueños se aparecen
De entre las hierbas bañadas de sol
El agua pura corrió melodiosa
De las frescas fuentes de piedra
Y en mi corazón magullado
Se cerraron de pronto las heridas abiertas.

 

Los jóvenes del fuego

Son jóvenes valientes en el oscuro temporal
En sus pechos encienden fuegos vivaces
En sus labios fuman cigarrillos fuertes
Su corazón florece como el limonero.

De su frente brota la luz del sol
En sus brazos se apoya la patria
En sus voces se agita todo el cuerpo del pueblo
Su alma es barco erguido en medio de la tempestad.

En sus manos llevan melodiosa guitarra
El mal viento les revuelve sus cabellos
Escriben pintadas en las paredes sucias
Y la muerte terrible no atemoriza en sus ojos.

Isidoros Karderinis
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