XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Cuando accionen las guillotinas

jueves 11 de febrero de 2016
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Días de asco generalizado, esos en que las cadenas se aprietan al cuello y a las muñecas; degüellan lo que se puede, cercenan lo primero que la vista ve. Cuando las penumbras son dueñas y no hay más iluminación que el tenue y rojo fulgor de una bandera de metal colgada sobre las cabezas, como guillotina errante, alejada la función principal, la de cortar cabezas, limitando la muerte al simple Stop de los vehículos.

Un animal chilla, intenta cruzar con el peso abocado a sus tres piernas, dejando en el aire la cuarta, la fracturada.

(Toca pisar el freno para que otros infelices, los de a pie, crucen la calle)

Un infierno que se comprime y que ya no es caluroso sino frío, mitigados los sufrimientos, condensada toda rabia ancestral y reducida a las rendijas de ventilación, otra forma de guillotina puesta, también sobre nuestras cabezas, para que el espacio de condena sea, dentro de todo lo malo, aceptable. Así estamos, así estoy.

(Llegar temprano, cumplir horario, satisfacer la penosa oferta y demanda…)

Con el cuerpo congelado por las ocho horas de desgracia ventilada, la vista cansada por el eterno vaivén de unos papeles que no servirán sino para una pobre utilidad de la gran fuerza privada, salgo de la oficina. El mismo semáforo, o guillotina de colores, me exige que detenga el carro en la misma calle. Es de noche y nadie pasea distraídamente por mi calle, esa misma cuadra que ahora es mía porque estoy envuelto en latón, cubierto de una armadura de fuerza, suficiente densidad para quitar vidas.

(Rojo, amarillo, verde…)

Un animal chilla, intenta cruzar con el peso abocado a sus tres piernas, dejando en el aire la cuarta, la fracturada. El animal no respeta los malditos colores, los malditos tiempos, ¡cruza con su lentitud a través de los varios siglos de civilización… y yo me limito a esperar!

Es un simple perro lastimado, adolorido, que pena como alma humana por las calles. Algunos monstruos de latón, con sus fauces luminosas y obcecadas, me chillan desde atrás, y sobre los monstruos, otros monstruos como yo, que se llaman humanos, y que gritan tanto o más fuerte que sus mascotas mecánicas.

(¡Muévete! ¡Mueve ese culo! ¿Qué esperas?)

Espero que el perro pase, como corresponde, a la otra acera. El perro no pasó, prefirió quedarse, como no corresponde, echado sobre las líneas blancas de cebra o de peatones, ¿alguien encontró similitud entre ambos?, y allí se echó a dormir o a morir o a esperar, en el caso de que estas tres cosas no signifiquen lo mismo.

Salgo del cálido interior de mi animal, chocando con la dulzona noche; ahora los hombres de la cola guardan silencio, no sé bien por qué, en todo caso no me importa. Me libero del saco de pana gris y con él arropo al animal, que ya no es capaz ni de abrir los ojos ni de chillar, y yo incapaz de contemplar la posibilidad de muerte, fallecimiento, abandono. Cargo el bulto sanguinolento y lo acomodo, con la calma de un enfermero, muy poca, en el asiento de atrás de mi carro. Un leve resoplido, como de alma que entra por los orificios nasales, habla de vida.

(Retomo el camino a casa, el animal chilla, quiero gritarle

—¡O te mueres o aguantas, pero decídete! )

Ya en casa, donde es tibio y nada parece hacer daño, me procuro una cena rápida. En el microondas, caliento una hamburguesa que compré hace un par de días y comienzo el sacrílego ritual de arrancarle la poca dignidad post mortem al anónimo animalejo que la franquicia americana me vendió por algo de mueca y dinero. Una vez cubierta la necesidad más básica, la del estómago que cruje entre las tres y las cuatro de la tarde, a las nueve de la noche llamo al primer veterinario que encontré en Internet. Recibo un insulto, he llamado a un especialista algo, bastante alejado de mi cuarto de alquiler… ¡en Lima! Mi siguiente intento se acerca más a la verosimilitud, a lo realizable, pero el veterinario solo trabaja por citas y no existe manera de que un simple y desahuciado animal le saque de su cena familiar.

(Hígado encebollado, arroz blanquísimo, ensalada de hojaldre… leche tibia como sustituto más eficiente del café, que no deja dormir al hombre que, dice el anuncio de Internet, vive por los animales…)

Detrás de mi reflejo —cansado, piel amarillenta, bolsas violáceas bajo los ojos—, encuentro el cajón de primeros auxilios. Cargado con vendajes varios y un frasco de desinfectante, me echo a los pies del animal que sigue respirando con dificultad, la patita totalmente destrozada, un bulto rojizo en el ano, en fin, toda una fiesta de dolor, infecciones y pus, y Aquí estoy, animal, totalmente presto a colaborarte, a ser tu veterinario sin familia, tu especialista y salvador fuera de Lima, pero no me mires con esos ojos que pronto han de comerse los gusanos, Fue solo un chiste, no lagrimees más. Las gasas sobre el pus del ano, intento limpiar la zona adyacente al tumorcito, donde una hinchazón espantosa se me antoja mucho más dolorosa que el bulto, de diagnóstico sospechoso, que bloquea su ano.

(Gasa humedecida, desinfectante, lágrimas. No es momento de pensar

“No te mueras, animal sin nombre, porque eres como yo y si tú te vas me largo yo, aunque no al mismo lugar. Tú al cielo, como todo animal, yo al infierno, como todo infeliz”)

Lo pienso, no lo digo. Mi mano continúa su masajeo, casi mecánico, sobre la zona infesta del culo ajeno. Resoplidos, quejidos, la sangre que no se coagula sino que avanza su lento trayecto hacia el centro de la tierra, en el núcleo, donde van a parar todas las lágrimas de sal y las de sangre, juntitas, aglomeradas a la espera de algo que justifique su existencia.

(Una voz anuncia el comienzo, el documental íntegro de Bakunin, el hijo del más irreparable mal)

Presiono un botón de forma sostenida y el volumen crece y crece hasta que toda palabra se hace grito, casi insoportable, como debe ser. Hace tanto tiempo que espero este documental, la mismísima obra y vida de Bakunin, el hombre, el erudito, y de pronto las luces se apagaron sin aviso ni lecho mortuorio, me vi entre un millón de símbolos inentendibles. A las dos horas desperté. El volumen del televisor me sacó, abruptamente, de mi ensoñación. El documental ha finalizado, me dice la razón, a mi lado el animal duerme sin respiración, ya no hay resoplidos ni llantos ni mucho menos lucha. Su ano sigue ensangrentado, la sangre reseca ha ensortijado su pelaje. Duerme. No despertó con el final del programa, yo sí, también el veterinario en Perú.

(Quiero desear

“¡Un accidente cerebrovascular enluta a la familia de mi querido veterinario, el que vive por los animales!”).

Héctor Luis González
Últimas entradas de Héctor Luis González (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio