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No hay más remedio

sábado 13 de febrero de 2016
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—¿José Eusebio? —preguntó alterada.

—El mismo, mi señora —respondió como sin fuerzas y le estrechó la mano.

Lo guio al interior. Luego de ascender el caracol de empinados escalones, sus sesenta y dos años se le presentaban como la amenaza siempre latente que se negaba a aceptar. Los lentes empañados y la camisa empapada de un sudor pastoso eran más que evidencia del fin de su primavera; el invierno le acaecía con incómodas fatigas y extraños espasmos, punzantes jaquecas y dolores lumbares. En el quinto piso, frente a la puerta de la habitación que la mujer luchaba por abrir, aprovechó el reposo para asomar sus peludos dedos al interior de una billetera, digna imitación de cuero, y extraer, no sin cierta dificultad, un pequeño pañuelo esmeradamente doblado. Abanicó su frente y la totalidad de la cara con el cuadrado de tela, se rascó la calva, suspiró, se acomodó la camisa de rayas rojas y le inquietó la demora en la apertura de la habitación.

Tropezando, como dos adolescentes que se atreven a robarle un par de segundos a la eternidad, las dos sombras se alejaron por el corredor sin separarse.

—He debido traer el juego de llaves equivocado —anunció la mujer, al mismo tiempo que escudriñaba entre el bolsillo de su delantal.

—Si me permite, puedo echar un vistazo a la cerradura.

—No hace falta, no se moleste, en un minuto estoy con usted.

La mujer se balanceó escaleras abajo, era evidente que conocía cada centímetro del caracol. Hasta con los ojos vendados habría descendido hábilmente, cual felino. Pasó la espera mientras contemplaba la caída de la tarde por una diminuta ventana que relucía al final del corredor. El cielo se pintaba de una gama de tonos violetas y naranjas que consiguieron captar su atención. Recordó los atardeceres en su natal pueblo, el sol reluciente a la orilla de la hondonada, el olor del eucalipto aplastado por sus zapatos. En esas remembranzas nostálgicas se debatía cuando sintió una mano que le halaba de la chaqueta.

—Doctor, ¿se encuentra bien? He conseguido abrir la puerta, sígame por favor.

—En un momento la alcanzo —respondió nuevamente como sin fuerzas.

Se limpió un amago de lágrima que aniquiló de un solo frote. Aferró el maletín a su pecho, en un gesto de entera indefensión, y se dirigió por el corredor hasta la habitación. Siguiendo a la mujer detalló su espalda, el pelo recogido en una balaca de la que proliferaban bucles castaños ondeados tras cada paso. Observó la suave cintura que a pesar de los años se empeñaba en conservar su buena forma. Quiso imaginar cada detalle de esas piernas que suponía exquisitamente agradables al tacto, pero que a la vista quedaban completamente vedadas tras un largo vestido de seda verde, plegado más allá de la rodilla.

El cuarto entero expelía un moribundo olor a nicotina, a orines. Sólo atinó a colocar el pañuelo entre sus fosas nasales, pero ni siquiera así el hedor disminuía. La mujer se disculpó. Se le veía notablemente apenada. Se acercó al hombre y de un solo susurro, una sola respiración, dijo:

—No ha querido dirigirme la palabra desde hace ya una semana. Se la pasa ahí tumbado, con el cigarrillo encendido en la boca todo el santo día. Como podrá notar, ni al baño se digna a ir.

José Eusebio miró alrededor de la cama, desparramados en el suelo caían un sinnúmero de platos con restos de comida adheridos hasta la sequedad, vasos desplomados, hojas de diarios destrozados y algo que llamó su atención: unas esferas de tamaño mediano distribuidas por toda la alfombra.

—Ya sé que es casi insoportable el olor y el estado de todo esto —continuó susurrando la mujer—, pero cada vez que intento levantar un plato, abrir las cortinas o emprenderla con cualquier labor que permita poner en su lugar todo este caos, me veo atacada por una de estas cosas, que ni la menor idea tengo de dónde salen, ni qué carajos son.

La mujer se agachó y acercó a la mano dispuesta de José Eusebio una de las bolitas. La sintió resbalar por la palma de la mano, una sensación de asco se apoderó de todo su ser; era una masa redonda untuosa, de frágil consistencia, parecida a la carne cruda. La soltó en apenas pocos segundos, pero no faltó nada para que el vómito le acometiera ahí mismo. En un acto de concienzuda valentía o monumental estupidez, acercó la palma de la mano a su nariz y fue como si acercara a su olfato una muela podrida. Palideció. En un acto de concienzuda sensatez o forzada supervivencia, cogió a la mujer del brazo y la llevó a la puerta de la habitación. De nuevo en el corredor, alumbrados por la fatigada luz que subía de los pisos inferiores, se miraron a los ojos por vez primera.

—¡Pero qué putas estaba pensando! ¡Yo soy médico! ¡No soy exorcista, ni chamán; no domo bestias, mi señora!

Abatida, la mujer agachó la cabeza y llevándose las manos al rostro, intentó suprimir el embiste de una serie de sollozos que le llegaron desacompasados, desesperados, como si fueran a ahogarla. El hombre se acercó con sentimiento de culpa y la rodeó en sus brazos. Peinó delicadamente los bucles castaños que ondeaban en esa espalda comprimida por la aflicción. La mujer lo abrazó con fuerza y juntó el rostro mojado a su cuello. José Eusebio se estremeció ante el cosquilleo cálido que producían esas gotas salinas al deslizarse por su cuello, rodeaban sus huesos e iban a desplomarse panza abajo. Se sintió inseguro, pero se entregó a la confusión. De culpable pasó a sentirse extrañamente excitado y ese bulto que se fue formando encima de la pretina de su pantalón, en vez de apenarlo lo enorgullecía. ¡Era la primavera en apariencia perdida, que volvía a florecer! Fue precisamente ese dulce sabor de orgullo masculino con que se saboreó, el que creyó le daba licencia para realizar una inspección que se moría por hacer. Bajó las manos hasta esa cintura esbelta que momentos antes había contemplado y —¡cómo no hacerlo!— se sumergió en la urgencia de buscar calor por debajo del vestido de seda verde, allá donde ahora la imaginación cedía al aplastante peso de la realidad; en efecto, las piernas eran exquisitamente agradables al tacto.

Tropezando, como dos adolescentes que se atreven a robarle un par de segundos a la eternidad, las dos sombras se alejaron por el corredor sin separarse. La mujer con una mano en la cabeza de su amante y con la otra entre el bolsillo del delantal, hurgaba en busca del esquivo juego de llaves. Entraron a un cuarto oscuro con dimensiones idénticas al del enfermo, pero con la agradable variante de no expeler ningún olor y de estar completamente vacío. Las horas se desplomaron sobre sus cuerpos y para cuando el paroxismo los encontró, el hombre, el viejo, el médico, José Eusebio Quintanilla, reparó en algo. Como un gorgoteo continuo, una realidad tan tajante como una cuchillada, sintió lo que algunos llaman una percepción extrasensorial. Justo ahí, mientras se divertía entre la complacencia de las piernas abiertas de su amante improvisada, tuvo una certeza. Penetraba a una hechicera.

¿Cómo asegurar tan fútil aseveración, cómo fundar la certeza, jamás sentida, en algo tan descabellado? “Hechicera eres, Hechicera eres, Hechicera eres, Hechicera eres…”. Se lo repitió hasta la saciedad, aun incluso en sueños. La noche se le alargó incomprensiblemente, pero sentirse abrigado por el cuerpo desnudo de la mujer a su lado lo reconfortó.

—¿José Eusebio? ¿Me escuchas? ¿Jooosé Euseeebiiiooo?

El sueño es un soplido que lo extingue y lo seca por dentro. Cuando despierte habrá de convertirse en un esclavo. La mujer se deshace de las sábanas. Se estira al borde de la cama. Es un gato negro de ojos luminosos que observa la quietud, el vacío de un infeliz mientras arropa la desnudez de su carne maldecida. Lo mira por última vez y brinca a la alfombra para ir a escabullirse entre la oscuridad de la noche eterna.

Cuando tiene un destello de conciencia ese que fue, el que alguna vez entró al edificio a prestar sus servicios de médico, no tiene cómo expresar el daño que le han hecho. No tiene completa movilidad de su cuerpo. No come ni bebe. De hecho no siente hambre ni sed, a pesar de que le acometan unas ganas irremediables de mear. Cuando eso ocurre no tiene reparos, se mea entre las mismas sábanas que parecen no cansarse de absorber cada día su cristalina humedad. Está también la cajetilla de cigarrillos, la que alguien, sin que él se dé cuenta, coloca sobre la mesa de noche. El tedio le gana y solo traga enteros los meandros del dios tiempo con esos remedos de Gauloises que alguien le obsequia. Cuando la puerta se abre y alguien intenta traspasar el umbral, sabe que solo hay una cosa que puede hacer: despellejarse, desgarrarse, arrancar un poco de esa piel bajo el vientre que comienza a pudrirse, hacer una bolita de carne y apuntarle al enemigo. No hay más remedio.

Jhonatan Duquino Rojas
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