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Las gemelas de Boedo

domingo 14 de febrero de 2016
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Cuando Claudia apareció en noviembre jamás me imaginé que había vuelto a Buenos Aires para suicidarse. Luego de veintiocho años sin vernos, me sorprendió su visita sin aviso, pero preferí no averiguar la razón. Después de la muerte de mamá, era lindo tener compañía en casa. La acomodé en el cuarto azul, y se quedó casi un mes conmigo. Claudia y yo éramos gemelas. Las gemelas de Boedo, nos llamaban en la escuela. Mamá nos crio sola luego de que su novio la abandonó. Claudia partió para España al terminar la secundaria. Se había casado y vivía en Madrid con un español. No había tenido hijos. Las cartas que nos mandaba habían ido disminuyendo con los años. Yo me quedé cuidando a mamá.

Me contó que se había separado hacía unos años y que su marido le había dejado un departamento y una pensión de quince mil euros mensuales que le alcanzaba para vivir y darse algunos gustos.

Fue raro verla en la puerta de casa, parada frente a mí. Fue como verme en el espejo. Estaba vestida igual que yo: blusa blanca y pollera hasta la rodilla de color oscuro. Siempre habíamos tenido el mismo tipo de cuerpo, bastante busto y cadera, poca cintura. El pelo gris nos caía idéntico, lacio con raya al costado. Lo primero que hice fue mirarle los pies, y me eché a reír nerviosa:

—¡Qué lindas sandalias, Clau!

Claudia calzaba un talle menos que yo y por eso conseguía sandalias y zapatos más bonitos. Yo calzaba cuarenta y tenía que resignarme a lo que encontrara. Los zapatos eran mi debilidad y siempre la había envidiado por eso. Gracias a nuestra semejanza, en la adolescencia más de una vez nos habíamos hecho pasar una por la otra; nunca nadie lo había notado. Yo me encargaba de terminar con sus novios y ella rendía los exámenes por mí. Sigo maldiciendo el día en el que se me ocurrió ocupar sus zapatos otra vez.

Así fue como durante su visita de noviembre compartimos los mates, las salidas al mercado. A Claudia le gustaba cocinar paella así que empezamos a invitar a mis amigas de truco a comer. Poco a poco nos fuimos acompañando en el silencio y algunas noches ella compartía algo de su vida madrileña. Me contó que se había separado hacía unos años y que su marido le había dejado un departamento y una pensión de quince mil euros mensuales que le alcanzaba para vivir y darse algunos gustos, como el viaje que había hecho en otoño a París con una amiga. Yo me quedaba escuchando sus palabras mientras apoyaba mis brazos en el mantel de plástico floreado de la cocina. Soñaba despierta, hasta la hora de ir a dormir en que despegaba mis brazos de aquel plástico caluroso y volvía a la realidad de Boedo.

Ese mes fui feliz. Tras su muerte decidí dejar mi soledad y embarcarme en mi última aventura. Ya nada me ataba a Buenos Aires y en Madrid me esperaba un departamento y una pensión con la que podría vivir bien. Estaba segura de que ella, donde fuera que estuviera, me lo permitiría. Así fue como, sin despedirme de nadie, partí a Ezeiza con los pocos ahorros que tenía. Dejé todas mis pertenencias. Aunque no había pensado mucho todo el asunto, viajé con las cosas de Claudia, sus documentos, su cartera de cuero marrón, sus llaves, su valija con olor a humedad y la poca ropa que había traído. Estaba contenta con la idea de un nuevo comienzo.

Cuando el taxi me dejó en la calle Del Clavel al seiscientos, la fachada de edificio gris descascarado no se parecía en nada al edificio estilo francés de cuatro pisos del que me había hablado ella. Me quedé un rato largo en la calle mirando la puerta de hierro. Subí los pequeños escalones y abrí con la llave. La segunda llave con una marca roja dio vuelta la cerradura. Apenas entré había un largo pasillo oscuro y una escalera a la izquierda. Alguien gritó desde el fondo:

—¿Quién es?

Quieta y en silencio pensé qué sería conveniente hacer. No respondí. Aún debía practicar el acento. Antes de que pudiera tener mis pensamientos en orden, apareció del pasillo una señora robusta con delantal sucio y ruleros.

Mi corazón latía con fuerza. Dejé mi valija en el piso.

—Volví, soy Claudia.

Me miró con desprecio de arriba abajo y se quedó mirando mis zapatos.

—Qué más da… Me debes el alquiler del mes pasado.

Sabía que dudaba de mí pero estaba decidida a probar mi plan. Me quedé quieta en el quinto escalón, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo. No tenía mucha plata. ¿Cuánto sería el alquiler? Subí al primer piso y vi cuatro puertas. Todas cerradas y mi llave no abría ninguna. Un hombre malhumorado salió a ver qué pasaba. Saludó inclinando la cabeza y desapareció de nuevo. Subí al segundo piso y la tercera puerta abrió. Me encontré con un cuarto oscuro, con una cama sin hacer, una mesa de luz con un par de libros. En el cajón había una foto de mamá y yo en el club social de Boedo. Abrí la ventana y, aunque el sol brillaba, vi un paredón cubierto de sogas flojas y ropa colgada. Abrí el ropero y el mismo olor a humedad de la valija impregnó el cuarto. Solo encontré poca ropa vieja. Me senté en la cama a llorar. La vida de ella parecía más precaria que la mía.

Cuando me desperté me di cuenta de que me había dormido vestida. Alguien tocaba la puerta y la abrí apenas.

Apareció la mujer del día anterior, miraba hacia atrás para ver si estaba todo en orden.

—Ayer no bajó a comer —dijo—. Esta mañana vinieron preguntando por Claudia, ¿está segura de que usted es quien dice ser?

Mis piernas se aflojaron y me pregunté si sería la pensión de los quince mil euros o el ex marido. Sin dudarlo se lo confirmé con la cabeza.

—Como usted guste. A mí no me importa si es usted o su hermana pero alguien debe pagar el alquiler. Yo no le creo, pero si insiste con esta historia le aviso que la policía preguntó por usted. No quiero problemas, ¿me entendió?

Y sin decir otra palabra cerró la puerta y se fue.

Me tomé las manos y miré alrededor. Todo era muy raro, no entendía por qué la policía la buscaba o por qué motivo Claudia, un mes antes, se había tirado abajo del tren. Empecé a buscar en los cajones, en los estantes, pero no encontré nada de valor. No había fotos de su ex marido. Salí a la calle a tomar aire. Sentía angustia en el pecho. Encontré un bar a pocas cuadras y entré. El encargado me trajo otro café al darse cuenta de que se había enfriado y no lo había tomado.

—Este es de la casa, tome tranquila.

Su sonrisa me calmó, pero yo me conocía y mis lágrimas no tardaron en salir. Sentía una extraña melancolía por Boedo, por mi cocina y su mantel de plástico, la gotera de la canilla del baño y mis cosas. Había dejado todo, hasta mi identidad. Quería volver.

Volví a la pensión y la señora de ruleros me invitó a pasar a la cocina.

—Yo conocí a su hermana. Era muy callada y reservada. ¿Por qué se hace pasar por ella? —dijo mirándome a los ojos.

Yo agaché la cabeza y me mordí las uñas sin mirarla. Me comí el pellejo del meñique hasta que sangró. Paré. No sabía si podía confiar en ella. Claudia nunca la había mencionado. Ahora, sin pasaje y sin plata para el alquiler, me sentía acorralada. Tocaron el timbre y la señora salió a abrir la puerta. Lo que quería era volverme a Boedo así que tomé coraje decidida a contarle la verdad. Cuando volvió a la cocina estaba escoltada por dos policías que al verme me preguntaron:

—¿Es usted Claudia Balcarce?

No respondí. Quedé petrificada en la silla mirando la hornalla encendida. Un oficial sacó una foto del bolsillo de su uniforme.

—Es ella.

Me tuvieron incomunicada tres días. Me acusan de homicidio por envenenar a mi marido. Mi celda en el Centro Penitenciario Alcalá Meco tiene un colchón en el piso con un olor a pis que da náuseas. Ya no puedo estar de pie, los zapatos de Claudia me aprietan y las ampollas me sangran. El juicio es en una semana y mi única visita es la del abogado de oficio que me enviaron de unas oficinas del Estado español. Dejo los zapatos del otro lado de la reja y mis pies marcan una huella de sangre por el piso. Repito sin cansancio que no soy Claudia, pero ya nadie me cree. Descalza, me abrazo a mis pies y escribo mi nombre en la pared. El guardia lo lee a su paso. Me mira y se lleva los zapatos.

Marisol Genoud
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