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Seis palabras

sábado 27 de febrero de 2016
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Tú no me viste porque yo solo era una anciana que no querías ver.

Habían pasado ciento cincuenta años de su muerte, tantos años, y el recuerdo… había fotos, recortes, cartas, vídeos, partes robadas de su intimidad. Sumergirse en la vida privada de otra persona siempre es algo extraño, especialmente si se trata de un muerto, es como un soplo amargo o un robo en la oscuridad. Entrar en sus recuerdos, crear una memoria en la que sus recuerdos estarán integrados en una parte que serás tú y también el otro. Será un otro de fotografías, palabras y voces, fundido entre otros recuerdos, por eso te dolerá cuando no esté, cuando no puedas tocarle y te alegrarás pensando que nunca estuviste sola.

 

Llegaste al edificio casi sin aliento, con la respiración entrecortada por la carrera pensando que llegabas tarde, pero Juan llegaba todavía más tarde, te quedaste apoyada en la esquina del edificio mordiéndote las uñas, te impacientaba esperar de pie, Juan llegó a los dos minutos, te dio dos besos y subisteis las escaleras del edificio; entrasteis en la exposición del poeta escritor, y sus ojos te asombraron, sus ojos redondos te asustaron, para ser una fotografía estaban demasiado vivos, te preguntaste cómo un hombre muerto podía tener unos ojos tan vivos y la idea te dio miedo. La idea de las líneas fluctuantes e infinitas. Se lo contaste a Juan y él se rio, te dijo que todas las miradas están muertas, las de los vivos y las de los muertos, eso no te gustó, por eso no lo escuchaste y continuaste recorriendo la exposición, las frases no te llamaron la atención pero reconociste que las fotografías las habían escogido bien, había un audio con la voz del poeta escritor, te sentaste en el sillón, te pusiste los cascos, sonreíste al reconocer una voz familiar, una voz profunda, tranquila, una voz de erres arrastradas y de acentos mezclados; y la voz que había viajado tiempo y espacio, la voz que vivía al mismo tiempo en varios lugares habló, no era importante lo que decía pero sí lo que había detrás. Las líneas viajando directamente hacia el infinito. Y allí sentada escuchando la voz me viste, me miraste cuando cruzaba la sala de un lado para otro, pero en realidad no me quisiste ver, por eso no me viste, pero yo lo recuerdo y por eso sé que me viste sin querer. Tú continuaste recorriendo la exposición y yo mirándote porque ahora sí que te había visto, al verte no me di cuenta del todo, pero en realidad sí. Así que te seguí mirando, viendo lo que veían mis ojos de veinticinco años, tus ojos. Te miré mientras recorrías las imágenes y las frases, sabiendo lo que pensabas y lo que sentías y tú no me viste porque yo solo era una anciana que no querías ver.

Ahora dudo que te viera, que fueses real, y pienso si no fue más que una ilusión o más bien un delirio.

Juan te dijo que llegabais tarde, tú dijiste que ya casi estabas, él te esperó sentado en un sofá mientras tú en las palabras, las frases… acabaste y los dos dejasteis la exposición. Yo me quedé como petrificada, sin poder reaccionar porque habían pasado cincuenta años, porque en el centenario de la muerte del escritor poeta tenía veinticinco y no podía ser, pero un hilo invisible me tiraba, y ahora de nuevo las líneas viajando en el espacio, o quizás en el tiempo, y yo sentía que tenía que seguirte, aunque yo claro no me lo creía, porque no era posible, porque no podía entenderlo. Aun así te seguí, solo para comprobar que estarías en el bar de la esquina tomando una cerveza con Juan, Marta y Pau, que siempre tomaba tés porque las bebidas frías le rasgaban la garganta. Aunque ya lo sabía me sorprendió, porque no era posible, pero allí estabas tú sentada con Juan, Marta y Pau, y yo sin creerlo todavía, estaba allí plantada mirándote con todo el peso de mis años, a ti que solo tenías veinticinco, viviendo como si no hubiese ocurrido ya, como si toda mi vida no hubiese pasado, pero sí, yo sabía lo que sentías en ese momento. Y aun así no lo creía, podía estar soñando, o podrías ser una alucinación, sabía que en cuanto me fuera no existirías más, que el punto se habría desvanecido y tú ya no serías más que en el pasado. Pasé delante de ti, tú me miraste, yo me paré, y entonces lo viste, claro que no te diste cuenta al momento porque yo solo era una anciana pálida y arisca y su cara te dio miedo porque era rígida e indiferente, sus ojos eran opacos como un muro de piedra negra y tú que eras yo lo viste, y yo que no lo podía ver lo vi porque antes era tú. Supiste que te mirabas a ti misma, también supiste que no podía ser. Yo me paré frente a ti sin decir nada, tú me diste tu pañuelo con tus iniciales bordadas, el pañuelo que la abuela te regaló en tu santo, tu mano blanca sin manchas me lo entregó porque sabías que necesitaba una prueba, como entregando un trozo de ti y tus ojos verdes brillaron, todavía sin muros, yo lo cogí y me fui. Sabía que te dejaba con una inquietud por dentro, como una pequeña larva que nace en la oscuridad y va creciendo y en algún momento decide moverse ciegamente, pero tú contenta riéndote con ellos, y Pau siempre tan sensible.

Ahora dudo que te viera, que fueses real, y pienso si no fue más que una ilusión o más bien un delirio, un delirio de muerte que bien podría ser de vida, de una posibilidad, porque todo lo que vivo es pasado y el pasado es recuerdo, y cómo podría saber yo que no te fabriqué, cómo podría saber yo que efectivamente estuve allí, e incluso ahora me pregunto si algún día fui tú, si algún día tuve veinticinco años, si realmente tuve un pasado o quizás otro pasado que no el tuyo, cómo podría saber que no he nacido hoy. Y aunque lo dudo estoy segura de que te vi, de que eras yo, de que viví lo que tú estabas viviendo. Y ahora tengo tu pañuelo, pero ya no sé si siempre lo tuve y de nuevo surge la duda y me pregunto si lo que recuerdo fue o no. Y ahora que lo pienso veo a Juan, a Marta, y a Pau, sentados en la terraza del bar, riñendo porque Marta, siempre tan brusca, y yo y Juan, pero tú no lo ves. Yo me giré cuando me iba con tu pañuelo, me giré y lo que vi fue el rojo de tu pelo rizado, con todas las partículas alrededor, moviéndose lentamente, casi invisibles, por doquier, como el tiempo, como las líneas en el espacio.

Octubre 2064

 

—¿Quién era esa? —preguntó Pau con su cara de niño curioso. Ella se quedó pensando de qué conocía a esa anciana. —La conozco, pero no sé de qué… —intentó averiguar de qué la conocía, pero no llegaba a conectarla con nada. —¿Por qué le has dado el pañuelo? —le preguntó Juan conociendo el valor de ese pañuelo. —No sé, no lo he pensado, simplemente tenía que dárselo —dijo encogiéndose de hombros. Cuando contestó sintió la necesidad de girarse, lo hizo pero la anciana ya no estaba. De repente notó un peso enorme en la cabeza, como si alguien tirase de un hilo fuertemente sin mover nada, de fondo escuchaba el sonido de la voz de Pau, hablando sobre el hielo y la rigidez en la cara de la anciana y el metal que añadió Juan, y ellos continuaron hablando. Pero ella sintió un martilleo en su mente, unas palabras no escritas pero ya grabadas aparecieron fuertes y pesadas, formaron una frase que nunca más recordaría. Cogió el bolígrafo y en una de esas servilletas de bar lo plasmó, y todavía ardía cuando lo dejó escrito sobre la mesa del bar, y tan solo eran seis palabras.

Caterina Morante i Espasa
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