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Interior 8

jueves 10 de marzo de 2016
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Las sesiones son todos los domingos. Básicamente se junta un grupo de personas y yo les doy un recorrido por mi departamento de soltero, donde exploramos la rara disposición de los objetos del lugar mientras que su dueño no está.

Aunque sea inevitable experimentar una combinación de ternura y extrañeza al adentrarnos en ese entorno, tratamos de proceder con un método neutral, objetivo, se diría antropológico. La finalidad del proceso es entender las motivaciones que orillan al habitante de ese lugar para hacer las cosas de cierto modo: dibujar círculos inacabados en el pasillo que lleva al baño, poner una sombrilla abierta sobre sus borradores de escritos o guardar un peine para perro lleno de pelos blancos en un lugar inaccesible, en lo más alto de un librero.

Lo primero que hacen es mirarme el rostro, deseando encontrar aquella mueca de complicidad que les indique que todo está en orden, que el hombre se ha ido.

Deducir, también, por qué sobre una mesa no hay más que bolsas de plástico que aún conservan la forma de los objetos que envolvían. Como si aprovechara el mobiliario no para colocar ciertos objetos, sino para atiborrarlo de sus envoltorios, de sus meros rumores. Sea como sea, los objetos que pudieron haber contenido no están a la vista. La señorita del paliacate en la cabeza dice que a ella más bien le parece que aquel hombre padece una suerte de indecisión para ocupar definitivamente el espacio, una falta de entrega. Entonces otra señora del grupo, la que lleva una cangurera, le responde. Ella cree que tanto la mesa como el departamento en general deben ser un mero trámite, un espacio que el dueño solo habita transitoriamente como requisito material para su cuerpo, y que una vez que ha llegado a su casa con un nuevo objeto, la bolsa ya no le sirve más y lo deja sobre la mesa, para luego llevarse el objeto a esa otra dimensión en la que el dueño debe estar ahora.

Aclarar, por otro lado, por qué en su escritorio personal todos los libros y cuadernos descansan bajo una capa de objetos misceláneos. En otras palabras, por qué toda su colección bibliográfica y sus apuntes, que juntos podrían dibujar la personalidad de quien los manipula, se esconden bajo un caparazón más bien impersonal de folletos, cajas de focos y escuadras rotas.

Entonces algo ocurre. Un joven mira el cajón de suéteres que ha estado abierto desde la tercera vez que vinimos (por lo que ya debe de llevar al menos siete meses así). El muchacho coge un suéter azul con coderas cafés. Todos los demás se alarman. Desde un principio estaba claro que uno de los requisitos inviolables para poder participar en la expedición era no tocar nada.

El muchacho, todavía con el suéter en las manos, como listo para meterlo en el cajón, dice que el suéter estaba a punto de caerse. Luego me voltea a ver. Entonces todos me miran también. De alguna manera yo soy el responsable del lugar.

Podría tomar la decisión de expulsar al chico, pero en estas últimas sesiones he pensando en tantas cosas, y me viene a la mente lo que dijo la señora de la cangurera sobre la otra dimensión y pienso en que tal vez, en efecto, cualquier modificación puede pasar desapercibida para el dueño, porque en realidad no le importa. Nada de ese lugar le importa. De hecho, ni siquiera sé si vaya a regresar. Si alguien me lo preguntara no sabría qué responder.

 

A pesar de que han pasado varios meses desde el incidente del suéter, veo que los asistentes no han dejado de interesarse. Cada domingo están aquí. Cuando voy a la cocina, todavía en pijama para preparar café, escucho que ya hay unos cuantos formados afuera. Me baño, desayuno y entonces les abro. Saben que la expedición sólo será posible si el dueño del departamento no está. Por eso, lo primero que hacen es mirarme el rostro, deseando encontrar aquella mueca de complicidad que les indique que todo está en orden, que el hombre se ha ido. Entonces comienzan a pasar, me van saludando y caminan ansiosos a la sala.

Esta vez la señora de la cangurera me ha traído una caja con higos. Le agradezco. A veces me han regalado pepinillos, calcetines o inciensos, lo hacen como muestra de agradecimiento o de complicidad o de ambas, pero sobre todo porque saben que al traerme obsequios les corresponderé con información adicional.

Voy al cajón de los cubiertos y vuelvo con una nota para la señora de la cangurera, entonces la lee para sí misma:

“Por lo que a mí respecta, sólo soy capaz de vivir y de pensar en una habitación donde todo es producto de la creación y del lenguaje de unas vidas profundamente diferentes a la mía, de un gusto opuesto al mío, donde no se pueda encontrar nada que me recuerde a mi pensamiento consciente, donde mi imaginación se exalta sintiéndose zambullir en las profundidades de una personalidad extraña”. M. Proust.

Todos se sientan en la sala, los que no han alcanzado lugar permanecen de pie apoyados sobre los respaldos de los que sí. Antes yo solía aprovechar este momento para decir unas palabras. Pero ya no le veo sentido. Solía preguntarles cómo se sentían en este momento de las expediciones. Ahora, en parte no quiero saber sus opiniones porque temo que no sean las mejores. Desde hace varias semanas sus rostros ya no parecen emocionados. Siguen viniendo, pero ya no es lo mismo. Tal vez se cansaron de que todo se estanque siempre en meras suposiciones, de que no se llegue a esclarecer ninguna teoría concreta. Comprendieron que después de cierto punto ya no pueden entender el comportamiento del sujeto. Y en cierta medida, lo mismo me pasa cuando de repente descubro que llevo horas aullando como perro o cuando me doy cuenta de que estoy orinando sentado.

Entonces suben a mi habitación. Un grupo comienza a debatir por qué en la cama hay un frasco de pepinillos vacío, cobijado como un bebé, mientras que otros se cuestionan por qué parece que ese sujeto colecciona inciensos sin prender.

César García Campos
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