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Río abajo

sábado 19 de marzo de 2016
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El cuerpo, ya hinchado, flotó sesenta kilómetros antes de quedar atrapado en las raíces de un guayacán al borde del río. Parecía tranquilo, como si estar muerto fuera tan simple como flotar en el agua. Eso mismo pensó Nevardo cuando lo vio, boca arriba y con los brazos y piernas extendidos en forma de estrella.

Venía río abajo también. Al salir de casa prometió regresar con pescado suficiente para comer y vender. Pero no consiguió mucho: tres doradas pequeñas convulsionaban por última vez en la canoa cuando encontró al cadáver en el río, atrapado en las raíces del guayacán.

Esa misma noche Nevardo soñó con un río brillante donde cientos de muertos le hacían señas para que entrara al agua.

Nevardo vio al muerto en el agua y no se asustó. Todo lo contrario, fue su primera felicidad en mucho tiempo; sonriendo saltó de la canoa. Con medio cuerpo bajo el agua, se acercó al muerto, acarició su cabeza y le dijo “amigo”. La última persona a la que le dijo amigo le respondió con un puño en la cara. “Yo no soy amigo de bobos”, le gritaron antes de ser pateado en el suelo. Con el muerto no pasó eso. Lo miró a los ojos —abiertos y brillantes por el agua— y volvió a sonreír. De la canoa sacó una cabuya y amarró al cadáver unos metros abajo, en un clavellino enorme con sombra suficiente para esconderlo. Para estar más seguro, buscó ramas y hojas que dejó encima del cuerpo, a manera de cobija.

Al regresar al pueblo amarró la canoa al muelle y caminó hacia su casa. Una vez dentro dejó las tres doradas sobre la mesa de la cocina, a la vista de la madre. La vieja, diminuta y negra como el río cuando no hay luna, miró los pescados y no dijo nada. Él tampoco habló. Se escondió en su cuarto, con la puerta cerrada con tranca, encendió una veladora, se arrodilló en el suelo y rezó a San Rafael por su amigo. Esa misma noche Nevardo soñó con un río brillante donde cientos de muertos le hacían señas para que entrara al agua.

 

Al día siguiente hizo sol, pero la tierra de la calle estaba pegada al suelo por culpa de una lluvia nocturna. Sobre ese piso él corrió descalzo hasta encontrar la canoa. Igual a una serpiente, el río se movía lento. El color a tierra revuelta brillaba por culpa del sol mientras él buscaba al muerto entre las ramas y flores del clavellino. Seguía flotando allí, bajo la sombra del árbol. Le dijo “hola, amigo”, y soltó la cuerda que amarraba su cuerpo a la orilla. Una vez libre, jugaron a carreras de nado; cada vez que competían, él le permitía al cadáver una ventaja de varios metros. Cuando ya el cuerpo parecía irse río abajo, Nevardo aleteaba los brazos y lo alcanzaba rápidamente. Lo traía de vuelta al clavellino, remolcado de un brazo, y luego volvía a soltarlo.

El juego se repitió varios días como una continuidad perfecta. Por desgracia el agua lo pudre todo muy rápido. La misma tarde en la que la piel del muerto empezó a deshacerse en jirones, varias lanchas con hombres de rostros cubiertos cruzaron el río. “Bobo, ¿qué lleva ahí?”, preguntó el único de los hombres que tenía el rostro descubierto. Por poco lo ven jugando con el cadáver. Cuando oyó el motor Nevardo escondió a su amigo bajo él. “Nada señor, solo un tronco para nadar”, contestó antes de que el hombre escupiera al río y diera la orden de seguir.

 

Cayó al suelo varias veces antes de llegar al sitio en el que debería estar la canoa. El río o alguien debió llevársela porque no había nada allí.

La puerta de la calle estaba cerrada con candado. “¡Te quedas aquí!”, gritó su madre antes de guardar las llaves de la casa entre sus senos. Cuando llegó la noche, el pueblo seguía sin luz. Bajo la puerta y los bordes de las ventanas Nevardo veía la oscuridad y el silencio del pueblo interrumpidos únicamente por gritos y motocicletas de alto cilindraje. Al fondo, muy suave y como compañía de los ruidos, el río se repetía sin parar.

Después de varios días, la noche pasó. La puerta volvía a estar abierta y afuera el paisaje no era más que un diluvio. La calle era un charco extendido alrededor de casas de un piso de alto. Nada, salvo los árboles de plátano, parecía querer levantarse del pueblo. Bajo los techos de las casas los perros dormitaban esperando el fin de la lluvia y Nevardo, en el pórtico de su casa, parecía uno de ellos. Pensaba en su amigo cuando al fin prestó atención al río. Rugía con fuerza, como si arrastra piedras y no agua. Llovió tanto que el río era una sola fuerza descomunal, impropia para la tranquilidad de un muerto. Le dijo a su madre que debía ir a pescar. “Te vas a ahogar”, contestó ella cuando él empezó a correr bajo la lluvia. Cayó al suelo varias veces antes de llegar al sitio en el que debería estar la canoa. El río o alguien debió llevársela porque no había nada allí. Entonces volvió a correr río arriba, cayendo cada tanto por culpa del lodo, siempre por la rivera, atento a los pedazos de madera que bajaban por la fuerza del agua. Y corrió hasta que encontró el clavellino y una vez allí pensó en arrojarse al agua y cruzar el río para salvar a su amigo, pero al acercarse a la orilla pudo ver que bajo la sombra del árbol solo el agua revolcada parecía esperarlo.

Miguel Castillo Fuentes
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