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Shift. Enter… Miedo

viernes 8 de abril de 2016

Conseguí una vieja PC con Windows 98, el 10 de octubre del 2010. Una semana después, la arrojé a la basura y esto, que puede parecer poco importante, también es casi increíble.

Subía lo escrito a mano y lo guardaba en mi máquina; horas después, al querer retomar lo escrito, sólo estaba en la memoria de aquella maldita PC el tercer capítulo… nada más.

Cuando comencé a esbozar mis primeros cuentos e historias de escritor aficionado, lo hacía en forma manuscrita, en borradores que se llevaban horas de mis noches y con luz escasa, el brillo de mis ojos cansados. Mi esposa, fiel y devota silenciosa de aquellos oscuros escritos, consiguió en una feria de trueques esa antigua computadora para mí, en pleno auge de otros muy adelantados dispositivos móviles… Pero que igual me servía magníficamente para los propósitos futuros. Yo sabía que aquella máquina usada podría tener algunas fallas. Un teclado con teclas que se pegotean, un espaciador roto… La mía padecía un extraño mal. Apenas comencé a usarla, todo se me hizo más prolijo y práctico. Al mismo tiempo, no dejaba de garabatear el resto de mi novela con bolígrafo y en un bloc de notas. Fijando ideas nuevas y personajes más macabros, los que en el tercer capítulo… se negaron a avanzar.

Tal como lo escribo y tú lo lees.

Ocurrió la primera vez, unos días después de haberme acostumbrado a esta tecnología. Eran las once de la noche, luego de precisar la acción y los escenarios, tecleando frenéticamente, no pude continuar, por el dolor de cabeza y el hormigueo en mis ojos. Dejé todo para el día siguiente. Al tratar de releer en la pantalla del monitor el cuarto y quinto capítulo, me encontré únicamente con el tercero… En las hojas de mi bloc borrador figuraban las correcciones necesarias, frases tachadas, párrafos rehechos y la salvedad en una esquina de las hojas de que ya el texto en cuestión había sido subido a la computadora. Al parecer no se grabó, quizás no guardé bien lo escrito. Sin embargo, yo estaba seguro de haberlo “pasado”…

A duras penas releí otra vez los capítulos pero, desconcertado, creí mejor comenzar de nuevo cuando se me pasara el enojo conmigo mismo. Fue inútil. Al día siguiente me ocurrió lo mismo, y esa tarde también. Subía lo escrito a mano y lo guardaba en mi máquina; horas después, al querer retomar lo escrito, sólo estaba en la memoria de aquella maldita PC el tercer capítulo… nada más. Consulté durante dos días a un técnico. Éste la revisó minuciosamente, inclusive escribió algunas frases y horas después agregó otras, todo muy normal. Técnicamente estaba perfecta, quizás yo no lo hacía bien. Probamos y efectivamente mis escritos, mi novela, no pasaba del tercer capítulo. Ni aun cuando el extrañado reparador lo intentó. El cuarto y quinto capítulo no se grababan. Mi futuro como escritor se había estancado en el tercer capítulo. Ningún editor me creería. Ni yo mismo. Ni mi esposa, que al principio se reía y luego se asustó…

 

Desarmé la computadora y quedó escondida en un rincón del garaje, con otros trastos viejos. Charla y disgusto mediante con mi esposa, surgió allí que quien se la había vendido en la feria seguro conocería a su antiguo dueño, quien, a su vez, quizás sabría por qué no grababa bien o sabría cómo hacerla funcionar mejor.

Nos enteramos así de que perteneció a otro escritor con veleidades similares a las mías, quien, obsesionado y terco, creyó poder torcer la aparente “voluntad propia” de la demoníaca máquina, tratando de repararla mil veces y lo que es peor aún, queriendo comenzar una y otra vez un “cuarto” capítulo de su inconclusa novela…

La policía se llevó todas las hojas, sin clasificarlas, a fin de guardarlas como parte de las pruebas y usarlas en encontrar razones a tamaño horror.

Fastidiado, nervioso, paranoico, acosado por las deudas y su editor, quién al final se hartó de sus… “estúpidas excusas” y le abandonó a su suerte, se refugió en consejos de médiums y curanderos. Llevado al borde del desquicio, una noche de octubre se suicidó sin haber terminado su pretencioso escrito, del cual se encontraron decenas de ellos garabateados en papeles viejos, cartones, diarios y hasta en las paredes de su propio cuarto con pintura de diversos colores. Todo sucio y salpicado con… ¿sangre..? El encabezado decía… “Tercer capítulo”.

Nunca se supo en realidad si lo que aquel escritor quiso expresar era de buena calidad literaria.

La policía se llevó todas las hojas, sin clasificarlas, a fin de guardarlas como parte de las pruebas y usarlas en encontrar razones a tamaño horror. Precintadas prolijamente, desaparecieron la noche siguiente de los estantes del salón de evidencias en el Destacamento Policial.

Nunca se volvieron a encontrar… hasta hoy. Acabo de imprimir copias nuevas de ellas antes de deshacerme definitivamente de la vieja computadora, la cual miro a veces, sucia en un rincón y a la que quisiera reparar. Darle algo de vida…

Pero tengo miedo. No sé qué hacer con este “Tercer capítulo”. Ni siquiera me atrevo a leerlo. Es muy fácil entrar a la locura, lo difícil es tratar de discernir luego cuál es la salida…

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