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El barrio de la ropa de regalo

jueves 14 de abril de 2016

Los animales enseñan sus dientes para defenderse, y tal vez por eso es que nuestra mejor defensa es una sonrisa sincera.

El día que te encontré por segunda vez tenía muchísimas ganas de verte. Podía sentirlas dentro de mí como una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo entero, desde el pie derecho, subiendo hasta mi cabeza y bajando por el otro lado hasta el pie izquierdo. Es curioso cómo mi cuerpo y mi mente supieron antes que el destino mismo que iba a encontrarte de nuevo, y es aún más curioso cómo podría ser posible siquiera que tuviera los más grandes deseos que alguien pudiese tener de estar con alguien más, si yo pensaba que hasta el día anterior, y el resto de días anteriores, había tenido los más grandes deseos de estar de nuevo con alguien más. Pues sí, esa mañana, justo antes de despertar, me adelanté al tiempo en una carrera contrarreloj, en la cual el tiempo, por ser amo y dueño de los relojes, me llevaba toda la ventaja, pero aun así, contra todo pronóstico, fui yo quien cruzó primero la meta, y ahí estabas tú, aplaudiendo por mi victoria inesperada, festejando el momento en el que, por sólo un segundo, el tiempo estaba detrás de mí. Así es como lo sabía. Así es como estaba seguro de que ese día iba a verte. Así es como mi cuerpo aprendió a electrocutarse para calmarse los nervios. Así es como me comí las ansias de un solo bocado y revolotearon en mi estómago, produciéndome gases. No sé en qué condición, en qué forma o de qué manera, si de noche o de día, acostada, de pie, corriendo, gateando, serpenteando, o haciendo cualquier cosa que te delatara aunque no pudiera verte el rostro, pero yo sabía que ese día te vería.

Era inusual que estuviese más despierto que dormido a las precarias cinco de la mañana, con una sonrisa poco practicada que hacía sentir extraños a los tiesos músculos de mi rostro, dejando expuestos mis dientes para todo aquel que quisiera verlos. Qué raro eso de la sonrisa. De niño tenía una perra que cada que se enojaba estiraba su boca para dejar asomar sus dientes puntiagudos, y nunca he visto a un león o a un tigre enfrentarse a algún similar con el hocico cerrado. Los animales enseñan sus dientes para defenderse, y tal vez por eso es que nuestra mejor defensa es una sonrisa sincera. Por eso precisamente es que estaba sonriendo, porque me estaba partiendo en catorce pedazos, o tal vez más, del miedo. Tenía un pavor por el hecho de que sabía que ese día no sería uno de esos en los que las cosas van pasando como una sucesión de imágenes difuminadas en blanco y verde. No en blanco y negro, porque el negro me gusta. Es un buen color para vestir, y además combina con todo. En blanco y verde, pues me resulta más anormal ver todo en esos colores.

En fin, una vez que cogí mi ropa del armario, aún con mucho nervio por la idea de verte, me vestí y me peiné muy lentamente, porque tenía tanta prisa que no podía darme el lujo de tener que hacer algo dos veces por descuidado, y salí de mi casa sin saber muy bien a dónde dirigirme. En mi sueño de esa madrugada había visto la meta pero no el camino, así que decidí andar hacia la izquierda para cambiar mi rutina de pasos despasados y de andares desandados, y poder así ver el mundo desde el otro lado, ese que para mí siempre ha sido desconocido y, quién sabe, tal vez si variaba un poco los aires que respiraba podría encontrarla sentada en el parque por el que nunca paso, o en la tienda a la que nunca voy porque sólo atienden en uno de los mostradores. Caminé por un buen rato, hasta que me cansé y me detuve, porque no era muy de mí cambiar de aires y mis piernas se habían agotado antes de tiempo. Después de un momento de estar sin estar y de no mover ninguna parte de mi cuerpo, supuse que si me detenía no iba a encontrar a nadie, así que mejor seguí caminando, pero era tal el cansancio que mis pies empezaron a desvanecerse, igual que cuando mi maestra del cuarto grado escribía en el pizarrón hasta llenarlo, y para poder escribir más comenzaba a borrar lo que había escrito. Igual a eso, mis pies desaparecían poco a poco, como si alguien me estuviese borrando, pero por más raro que fuese, no tenía miedo, pues sabía que si mis pies desaparecían era para que me pudiera sentir más ligero, para que pudiera andar de prisa, y para que pudiera cumplir con esa misión que era encontrarte.

Pasaron muchos segundos y por fin llegué hasta un barrio en el que nunca había estado, uno de los seis que formaban pueblo menor, y ahí fue donde vi que ya no sólo mis pies estaban ausentes, sino también mis rodillas y ya sólo quedaban mis muslos y todo lo que está hacia arriba. Para mi sorpresa, en ese barrio al que había llegado no era el único al que le faltaba cuerpo. Había muchos más, y todos se movían desesperados, de un lado a otro, con la mirada ansiosa de ver a quien no podían ver.

Sabía que ahí estarías, algo muy dentro de mí me decía que sería en ese lugar en el que aprendería a encontrarte, pero sabía también que no sería sencillo, que no sería fácil. Seguí moviéndome mientras dejaba de sentir el aire en mis muslos y bajé la mirada sólo para comprobar que ya no estaban.

Ahora sí comencé a preocuparme, ya no estaba tan seguro de si eso era para bien, y en mi cabeza surgieron imágenes mías de anciano, sin piernas, tumbado en una silla, mientras hombres jóvenes pasaban con su pareja de la mano, y yo ahí, sin poder hacer nada, solo, triste y abandonado.

Jamás te encontraría si no me arriesgaba a perder mi cuerpo en el proceso.

La realidad del mundo en el que vivía se hizo acorde a mis pensamientos, a mis miedos, porque al pasar frente a un local de cristal pude verme reflejado, y ya tenía mis muslos, mis rodillas y mis pies, y al voltear a mi lado pude ver el barrio lleno de gente con el cuerpo completo, pero a ti te sentía más lejos.

Ya no existía esa sensación de que te vería. El tiempo me había superado en una carrera de revancha y ahora yo estaba muy cansado, con mis pies pesados y mis rodillas duras, que no podía ni siquiera ver la meta, y menos a ti.

Supuse que estaba volviéndome loco, pues mi mente divagaba entre metas y piernas ausentes, entre barrios extraños y cristales que me reflejaban tal cual era. Jamás te encontraría si no me arriesgaba a perder mi cuerpo en el proceso. Decidido, comencé a andar de nuevo, más rápido, con los ojos de un lado a otro, viendo en cada rincón, en cada pared despintada, en cada rama de los árboles, por si te encontraba en forma de ave, o de hoja, o de fruta que cuelga esperando que lleguen por ella.

Pero no, no estabas ahí fuera, ni dentro de las casas, de las tiendas, ni debajo de las piedras. Puse el lugar de cabeza para buscarte mejor, y ni así logré ver un indicio, una pista, o algo que me dijera que la búsqueda iba por buen camino. Fue hasta que me senté y salí de mi ensimismamiento, para notar que todos los que había visto antes estaban de nuevo incompletos, algunos con medio cuerpo, otros con solo la cabeza flotando en el aire, con los ojos igual de perdidos que antes. Y yo estaba igual, me faltaba cuerpo, mucho más cuerpo que antes. No podía ver mis piernas, mi pecho ni mis manos. Caminé hacia aquel local de cristal por el que había pasado antes y no me encontré. En el lugar donde debía estar yo no había más que aire.

Esta vez no me asusté. Ya sabía yo por dónde iba la cosa. Mientras más te buscaba más desaparecía. No estaba asustado, sólo ignoraba. Ignoraba qué hacer ahora. Dudaba entre seguir buscando o esperar a que llegaras, y fue mientras lo decidía que vi pasar algo extraño frente a mí.

Era como un pedazo de tela. O una textura, no lo sé, el punto es que tenía forma humana y no supe si reírme o correr a decirle a esa persona que su cuerpo se había convertido en una mezcla entre tela de colores curiosos y una pintura de arte contemporáneo, de esas que uno ve y piensa que alguien escupió pintura sobre el papel.

Poco a poco mis ojos fueron superando la sorpresa y vi también a otra persona convertida en textura, en una pintura de bolitas que se asemejaba a un disfraz del día de brujas hecho por una madre con poco tiempo, y junto a ella estaba otra igual, pero ésta tenía mitad cuerpo humano y mitad extraña, y así, uno tras otro, fui viendo personas completamente curiosas, otras que tenían sólo de las rodillas hacia abajo, y otras cuya cabeza era normal y lo demás con la apariencia de papel para envolver regalos.

Muerto de la curiosidad, volví a ver ese local con cristales que ya me había dado varias sorpresas, y no supe si lo que sentí fue pavor o alivio. El cuerpo se me hizo pesado y mi corazón se detuvo por un momento. Ahí estaba yo, podía verme de nuevo, mas ya no era mi cuerpo como lo era antes, ahora yo también estaba hecho una textura, una sucesión de rayas negras y rayas blancas que invadían mi piel, desde mis pies hasta mi cabeza.

El barrio en el que estaba ahora era más extraño que nunca, con gente que no era gente y piel que no era piel. Aún te seguía buscando, así que caminé entre colores y figuras que nunca había visto antes, hasta llegar a lo que parecía ser el final de la cuadra, la salida hacia la ciudad que yo conocía. Sabía que te encontraría pero tal vez no era el momento, no aún.

Una parte de mí creía que, al andar de nuevo entre gente tan normal y siendo yo una serie de líneas, iba a tener dedos apuntándome, voces mencionándome, ojos esculcándome. No fue así, al parecer, todos estaban ocupados en sus vidas de personas importantes y nadie tenía tiempo en reparar en un desadaptado que andaba por la calle queriendo parecer normal.

Aún contigo en mi mente, y después de andar con los ojos muy abiertos sin poder encontrar nada, llegué al café de todos los días, ahí donde me siento mañana tras mañana a terminar de despertarme y decidir si ese día moriré lento o viviré rápido, y fue donde te encontré.

Yo no sabía si estaba vivo, si estaba muerto, o si estaba enamorado.

Estabas ahí sentada, donde siempre, donde todos los días te veía e incluso te saludaba por la cortesía de dar los buenos días, pero nunca te había visto a detalle. No eras normal. Tenías el cuerpo en textura, una sucesión de rayas blancas y rayas negras, como las mías, pero a la inversa. Casi igual pero, aún, así, invertidas.

Tus ojos se clavaron en los míos y pude ver en ellos que te dabas cuenta de que te veía como nunca antes, y que tú me veías como siempre. Fue hasta que me decidí y cambié mi rutina, hasta que perdí la vista que había llevado durante tantos años y aprendí a ver lo que está debajo de la piel, fue entonces cuando te noté.

Ahí, parado, el mundo se nos hizo pequeño, mis rayas y las tuyas encajaban y parecían estar hechas por la misma brocha y la misma pintura, hasta tenían las mismas líneas chuecas en el mismo sitio y de la misma forma. Estar ahí, frente a ti, era increíble. Podía verte a ti y al mismo tiempo ver todo lo que pasaba a los lados.

Todo seguía su curso, mas nosotros estábamos aparte, dentro y fuera al mismo tiempo, guardando un secreto que, aunque lo gritáramos, nadie lo iba a entender. Yo no sabía si estaba vivo, si estaba muerto, o si estaba enamorado. Sólo sabía que te había encontrado.

Anselmo Guarneros
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