Cómo hablar con uno mismo
Cuando era niño,
vi a un vagabundo hablando solo.
y eso me dio tanto miedo
que nunca quise hablar conmigo mismo
para no terminar viviendo en la calle.
Ahora vivo en una casa
con cuatro paredes y un techo,
pero no sé muy bien quién soy.
Soledad y silencio
son unas de las pocas cosas
en este mundo
que, mientras más estoy con ellas,
menos las entiendo.
No comprendo la relación
entre estar triste y sonreír...
las personas más tristes que conozco
son también las que más sonríen.
Siento que cuando sonrío
le estoy enseñando mi alma
a quien sea que me vea.
y creo que por eso se alejan
cuando me ven sonreír.
Estoy pegado a mis sábanas
como si fuera un pájaro atrapado
entre las ramas del árbol que lo vio nacer,
mientras su madre espera por él
para que se ponga fuerte
y puedan volar juntos
a algún lugar mágico
en otra parte del mundo.
La diferencia conmigo
es que, si yo logro separarme de mi cama,
no tengo a nadie que me espera,
ni algún lugar a donde ir.
Detesto que me hagan preguntas sobre mi vida,
sobre mi pasado o sobre mi futuro.
Tampoco me gustan las preguntas
sobre la vida de los demás,
o sobre política,
trabajo o deportes.
En general,
prefiero que no me pregunten nada,
porque no puedo evitar hablar de mí mismo
en cada respuesta que doy.
Nadie me pregunta jamás cómo estoy,
o qué está pasando en mi vida,
y mi mente aprovecha
cada oportunidad que tiene
para decirle a todos
que no nos está yendo bien.
Nunca he querido ser una carga para otros
y es por eso
que siempre me he hecho cargo de mí mismo;
el problema
es que no tuve nadie de quién aprender
y me he estado cuidando
de maneras que ni siquiera sé
si son correctas.
Mis oídos están sangrando
porque se cansaron
de escuchar a mi boca decir
que todo lo bueno que pasa en el mundo
no es para mí.
Mi boca dice cosas
como si supiera que un día
la felicidad fue inventada para todos,
pero no para mí...
y cuando por fin hay un poco de esperanza
empieza esta boca necia
a recitarme recuerdos e ideas
que me quitan la poca alegría
que llego a tener.
Necesito un control remoto
para apagar todos mis pensamientos
con sólo un botón...
o al menos,
poder bajar el volumen
a todo lo que pienso,
y así poder ponerme a hacer cosas productivas
sin distraerme tanto.
No quiero contaminar el planeta
y es por eso que no tiro mi basura,
y dejo todos los malos pensamientos en mi cuerpo,
aunque últimamente he empezado a sentir
que estoy sucio por dentro.
Saldré a las calles a dar un paseo largo,
y diré en voz alta todo lo que me aqueja
para dejar que todo vaya saliendo
y que mi cuerpo pueda empezar
a sentirse limpio.
Sólo espero
que si la gente me ve deambulando
y hablando solo,
se acerquen a ayudarme,
a ver cómo estoy,
en lugar de asustarse y esconderse
como lo hice yo de pequeño.
Ahora
Cada que veo el cielo
pienso en qué bonito sería volar,
pero sé
que de tener alas,
inventaría cualquier excusa para no hacerlo.
Una vez conocí a alguien
que amaba tanto el cielo
que le ayudé a construir un par de alas.
Cuando estuvieron listas,
la vi colocarlas en su espalda,
y volar como si las nubes fueran su casa,
mientras yo me quedé solo
sin nadie que me ayude
a construir las mías.
Tuve amores
que mantuve en mi mente
más tiempo del que puedo recordar,
personas que, al irse,
me dijeron que ya no querían sentirse solas.
Así descubrí
que la soledad soy yo.
Las personas somos
como una galería de arte.
Algunas con viejos amores que dicen hola,
otras con recuerdos bellos que nunca empolvan;
unas son abiertas al público
y comparten lo que llevan dentro,
mientras que las hay con candado
para que nadie sepa lo que guardan.
La suerte, el amor y la felicidad
son las únicas cosas
que no se pueden encontrar
en el lugar en el que se perdieron,
pero hay algo mal conmigo
porque sigo buscando todo lo que se me ha ido
en el mismo sitio
en el que me dijo adiós.
Tenía mucho miedo de los cambios
porque pensaba que la felicidad
no me iba a reconocer
si algún día decidía volver,
pero ahora entiendo
que a la alegría no le gusta
vivir en el pasado.
Dicen que la vida
está siempre en nuestras manos
pero en ese momento
tengo muchas responsabilidades.
Me gusta tanto el cielo
que quise aprender sobre las estrellas.
Compré por error un libro de astrología
y terminé deprimiéndome
porque descubrí
que las estrellas me odian.
Me dijeron que necesitaba aterrizar
y dejar de pensar tanto en el cielo,
así que practiqué el acto
de estar en el presente.
Estoy aquí, y aquí, y aquí.
Aquí también,
y allá.
Y allá.
Y más allá.
Estoy en todas partes.
En todos los sitios en los que uno puede perderse.
Desarrollé el hábito de multiplicarme
para poder estar en todos lados,
y dejé pedazos de mí mismo
en los lugares en los que estuve.
Hoy sé
que esa fue mi peor estrategia
para sentirme vivo,
porque lo único que conseguí
es sentirme incompleto todo el tiempo.
Un día tiré mi pasado.
Lo puse en un bote grande,
en la calle,
para que se lo llevara el camión de la basura.
Creí que así aprendería a amar el presente,
más bien,
empecé a extrañar lo que se fue.
Y mientras veía hacia atrás,
y le decía adiós a todo lo que dejé,
noté que cada gesto de despedida
me despegaba del suelo.
Volar es, entonces,
aprender a soltar.
No sé cuál va a ser mi nuevo nombre
ahora que me deshice
de esta versión de mí mismo
que siempre estaba triste.
Daré paseos por la ciudad
y veré los rostros de gente que solía conocer,
y los edificios por los que pasé
me recordarán momentos que he vivido,
y todos ellos
—la gente, los lugares,
los viejos amores que surcan los aires—
me verán y se preguntarán
qué habrá sucedido
con la persona cabizbaja que yo solía ser...
aquel al que más de una vez
confundieron con la soledad.
Pero no me pasó nada,
solamente seguí adelante.
Porque la felicidad no está en entender la vida,
ni en tenerlo todo en tus manos,
sino en vaciarlas,
y convertirlas en alas.
Meteorología
Desde hace un tiempo,
los meteorólogos me odian
porque me robé el horizonte
y lo puse en mi cuarto
para poder verlo todos los días...
y ahora,
allá afuera,
el sol ya no tiene donde ponerse.
Desde aquella tarde,
esta melancólica ciudad vive un día eterno
sin puestas de sol ni amaneceres,
y la gente triste no tiene hacia donde mirar
cada vez que quiere consolarse con la luna.
Yo pensaba
que con tanta luz que hay allá afuera,
la calma que perdí hace mucho
iba a encontrar el camino de vuelta a casa,
pero sigo tan ansioso como antes,
y eso me hace pensar
que mi paz no está perdida...
sino que simplemente
quiso irse.
Cada día que paso encerrado,
me convenzo más
de que lo normal sería salir a buscar,
entre las multitudes,
algo que me dé paz...
pero no puedo,
porque cuando se fue la calma,
se llevó consigo
mis ganas de salir de casa.
A mi alma le aburre el encierro
y aprendió a salir de este cuerpo sedentario.
Le gusta tomar paseos
por esta ciudad llena de luces,
y regresa
para contarme
lo que pasa allá afuera.
Me cuenta que la gente vaga por las calles,
desesperada,
sin saber qué día es;
me dice, también,
que los que anuncian el clima en la tv
están perdiendo la cordura
porque no han podido
predecir nada últimamente.
Supongo que empiezan a saber
cómo se siente ser yo.
Nada regresa a mi mente
una vez que lo he olvidado,
así que cada tanto
recuerdo mi infancia
porque me odiaría
durante toda la eternidad,
si acaso le permito a esta cabeza mía
olvidar cómo se siente reír
sin tener que fingirlo.
Desde hace tiempo no puedo ver nada
porque mis ojos
desarrollaron la habilidad
de ignorar todo aquello que necesito,
y ahora estoy completamente ciego.
Cuánta soledad hay aquí...
se siente verdaderamente mal
cerrar mis ojos
y ver recuerdos que no puedo tocar.
Y se siente aún peor,
abrirlos de vuelta,
y saberme solo.
En este cuarto hay un horizonte vacío
que no sabe de días ni de noches,
y yo me convertí en alguien
que se olvidó de dormir...
pero pude aprender a soñar despierto
para pasar horas imaginando
que la ansiedad y yo
aún no nos conocemos.
Hace poco vi en la tv
algo sobre conectar con la naturaleza,
y obtener de ella la felicidad
que a veces nos falta.
Planté un árbol en mi sala
para tener alguien a quién abrazar
cuando me siento solo,
pero recientemente empecé a notar
que el árbol se está poniendo triste.
Abro las ventanas de vez en cuando
para que este horizonte cautivo
que tengo guardado
sienta un poco de aire fresco,
y cada vez que lo hago
cae la lluvia allá afuera,
como si toda la tristeza
que sale de mi habitación
afectase gravemente al ambiente.
Una vez me dijeron
que de todo lo malo sale algo bueno,
y aunque por mi culpa caen diluvios allá afuera,
me quedo tranquilo
porque sé que, al menos,
cada vez que abro la ventana,
estoy haciendo el clima
un poco más fácil de predecir
para los meteorólogos.
Roto
Tengo tanta tristeza acumulada
que tengo miedo de hablar
y que ésta salga de mí,
llenando de melancolía habitaciones enteras,
e infecte a todos los que la vean...
por eso prefiero quedarme callado
aunque la gente me hable.
Mi excusa para no hablar
es que hay cosas que se dicen mejor
con silencio y una sonrisa,
o que soy el tipo de persona
que prefiere escuchar lo que los demás tienen que decir,
pero una de las verdades
es que tengo mucho miedo de decir algo
que a nadie le interese escuchar.
Debe haber un lugar especial
para todo el desperdicio
que arruina nuestras vidas,
un sitio grande y espacioso
en donde puedas poner todo ese tipo de cosas;
esos pensamientos,
esos recuerdos...
para poder decirle adiós
y liberar nuestros hombros
de todo el peso que cargan.
Lo único que me da miedo sobre esta idea,
es que tengo tan poco amor propio
que soy capaz, en un momento de tristeza,
de romperme en pedazos,
lanzarme a ese lugar,
y encerrarme ahí por siempre.
No hay nada en el mundo entero
que me mantenga callado con más fuerza
que mis ojos llorosos,
y es que hablar mientras sollozo
me resulta imposible...
es como tratar de explicar mis sentimientos
mientras me están destrozando.
Nunca he sido muy bueno
para concentrarme
en varias cosas a la vez.
Cosas como llorar y hablar,
amar y reír,
dudar y existir.
Tengo que decidir entre una y otra,
y últimamente prefiero callarme
para intentar escuchar lo que mi mente y mi corazón
tienen por decirme.
Mis mejillas se han transformado
con el paso de los años
y ahora parece que tengo ríos en mi cara,
ríos en donde puedes navegar
o sumergirte en todo lo que siento.
No conozco a una sola persona
que no haya llorado nunca;
toda la gente que conozco
ha pasado al menos un momento en silencio,
como yo suelo hacerlo,
pensando que, tal vez,
deberían darles un uso distinto a sus manos,
uno que no sea
estar constantemente limpiando sus rostros
de todas las lágrimas
que salen de sus ojos.
Son mis ojos un par de fuentes
que alguien olvidó apagar,
y el agua fluye interminablemente
como protestando por tanto descuido.
Las lágrimas llenan la habitación
justo como la lluvia lo hace con los lagos,
y parece que soy una nube
que no quiere que el mundo sea un lugar tan seco.
Pero ya no me preocupo,
porque he aprendido
a dominar el arte de mantener la calma
en medio de una tormenta...
aprendí a respirar bajo el agua,
y ya no puedo ahogarme.
Estar en silencio
mientras me escucho a mí mismo
se ha convertido en una manera
de seguir adelante.
He estado quieto durante tanto tiempo,
sonriendo mucho
como para no preocupar a nadie,
que ahora tengo miedo de hablar
porque siento que voy a molestar a los demás
y eso hará que me odien.
Mis pensamientos brincaron fuera de mi cabeza
y salieron corriendo,
aterrorizados,
como si toda la tristeza que tengo adentro
los hubiera espantado
y quisieran irse a un lugar
con un poco más de alegría.
Desearía saber cómo silenciar mi mente,
así como silencio mi boca,
para no tener que escuchar a mi cabeza
decir tantas cosas malas de mí.
Alguien me dijo que inhalara lo bueno
y exhalara lo malo,
pero eso sólo contribuye
a la contaminación del aire.
Un día me di cuenta
de que podría practicar el amor propio
porque me gustan las cosas rotas
y yo estoy partido en pedazos como cristal olvidado.
Y cada uno de esos pedazos
es una
de las tantas cosas
que no me atrevo
a decir.
Diluvio
Mi abuelo se sentó en la misma silla toda su vida,
diciendo las mismas cosas
y contando los mismos chistes.
Tenía historias diferentes para cada persona.
A mí,
me contaba sobre el día en el que nací.
Solía decir que aquella vez,
el clima estaba malo
como nunca se había visto antes,
que llovió tan, pero tan fuerte,
que mi nacimiento se pospuso
para que los doctores,
y mi madre,
y él mismo,
pudieran ver cómo el cielo se caía a pedazos.
Me decía que es por eso
que no me gusta cuando llueve,
porque me siento abandonado.
Pero eso no es del todo cierto...
yo me siento abandonado todo el tiempo.
Mi abuelo disfrutaba bromear sobre política.
Solía decir que la diferencia
entre los políticos y los vagabundos que viven en la calle
es que a unos les damos más dinero que a los otros.
Siguió bromeando sobre política
aun cuando yo empecé a trabajar en ese mundo.
“Tengo que trabajar
para que tú tengas tu salario”,
me decía.
Pero yo creo que estaba orgulloso.
Una vez,
me dijo que yo era igual a mi padre.
Pero mi padre es igual a él,
así que, a fin de cuentas,
lo que eso significa,
es que yo soy igual que mi abuelo.
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