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Dos relatos

domingo 24 de abril de 2016

El jazmín de mis desvaríos

La esquina de mi dormitorio se ve engalanada con la belleza de la flor. Es un jazmín blanco, oloroso, de cinco pétalos soldados por la parte inferior a manera de embudo, con fruto en baya negra y esférica que compré en el mercado. De repente se convierte en una dama que se mueve con dulzura hacia mi cama moviendo rítmicamente las caderas, la sonrisa a flor de labios mostrando el brillo de los dientes y, más abajo, refulgen sus pechos cual botones de la vida invitándome a beber. Me yergo sobre el codo apoyando la mano en mi cachete y quedo frente al botón que identifica su sexo, del que fluyen vapores que halagan mis sentidos. Cuando la blusa cae me levanto, la tomo por la cintura y bebo de sus labios despertando claramente mis sentidos. El sostén ya no sostiene nada. Ha quedado relegado en una silla y los pezones que apuntan duramente hacia mi vida se erizan esperando la caricia de mi lengua que los recorre sin prisa preparando la succión. De repente mis manos estrujan las dos protuberancias que dan forma a un lindo culo, mientras mi boca busca los manjares ofrecidos arrancando con los dientes los botones que ocultan el sexo apetecido.

El agua fría recorre los recovecos enfebrecidos de mi cuerpo sin conseguir doblegar la fuerza templada que me angustia.

Ya sus ropas no cubren más su lindo cuerpo. Son despojos esparcido por el suelo. Mis dedos se enredan en su pelo, mi boca se solaza con sus labios y su lengua. Mis manos tiemblan en busca de su sexo y mi asta apunta firmemente al universo antes de sentir en ella la finura de sus labios y su lengua que la recorren toda, la chupan y la besan cuando mi boca está ya en el punto culminante de su sexo.

Desnudos en la cama mi corazón galopa y se embelesa cuando su sexo siento sobre el mío que sube y baja con rítmico vaivén, mientras mis manos temblorosas recorren las hermosas protuberancias de sus pechos. De repente soy yo el que galopa enfebrecido azuzado por sus gritos, oyendo el retintín en mis oídos. Cuando veo ante mis ojos la forma de su culo e investigo raudo el punto rosado que palpita, se abre, se cierra como pidiendo una caricia, acerco mi asta dolorosa que late y busca en las profundidades el inmenso placer de la existencia, festejado con sus gritos y el gozo desmesurado que su cuerpo al arquearse manifiesta. El estallido final esparce sobre ella la esencia de mi vida y me levanto presuroso con el asta dolorida, buscando el baño para arriar el fuego encendido que me agobia.

El agua fría recorre los recovecos enfebrecidos de mi cuerpo sin conseguir doblegar la fuerza templada que me angustia. Salgo del baño con la toalla colgada del irrefrenable deseo, cuando escucho los pasos de mi esposa que regresa del mercado. Juntos logramos derrotar la potencia de la vida.

 

El viudo

Voy a ser sincero. La vida se me presentó siempre agradable: paseos, viajes, conocimientos, mujeres, y cuanta cosa se nos pueda ocurrir. Al final, cansado ya de tanta parranda y de un ir y venir desenfrenado, decidí asentarme: busqué mujer.

Este fue el premio final de mi existencia; o al menos, así pensaba yo. Porque, ¿qué voy a decir de esta unión, de la belleza que me fue concedida por esposa, si tornó mi vida en un destello inconcebible?

Al principio nos dedicamos a pasear. Nos largamos a conocer todo cuanto pudimos, enfrentándonos siempre como uno solo a todas las experiencias que se nos presentaban. Ah, recuerdo la belleza de los parajes que constituían el entorno de la finca; el baño cotidiano entre el río de agua cristalina que bajaba cantando de la montaña. No quedó recoveco alguno por el que no transitáramos juntos, agradecidos siempre con la oportunidad de compartir y de llenar nuestras almas de existencia.

Cada detalle, cada situación, cualquier acontecimiento, me la recordaba.

Así llegamos al período de la fecundidad: al momento culminante en que nos perpetuamos. Ah, qué satisfacción procrear uno, dos, tres hijos, y verlos crecer con aquel ansia de conocimiento, de aventura y de ilusión que de nosotros habían bebido. Pero no todo es alegría. Yo no sé si la vida, por haberme dado tanta felicidad, decidió golpearme de esa manera: arrancarla de mi lado como si fuera cosa vana, dejándome a mis años con una soledad indescriptible. Es cierto que mis hijos eran ya todos unos profesionales; que habíamos tenido el éxito que todo padre desea para sus herederos, pero su partida me golpeó como nada en la vida. La muerte de mi mujer me dejó estupefacto, sin saber qué decir o qué hacer, y con un dolor más grande que el universo mismo.

Ni qué decir de los días que se sucedieron. No salía de mi asombro. Cada detalle, cada situación, cualquier acontecimiento, me la recordaba. Por las noches permanecía con los ojos abiertos y veía desfilar uno a uno todos los momentos de felicidad; en el trabajo, durante el día, actuaba como un autómata. Ya no compartía con los amigos las juergas de fin de semana, y los días transcurrían como si no tuvieran luz. Para nada valían las fiestas, la comprensión y el cariño de mis hijos, las tertulias en la oficina. Cada vez me hundía más en aquel pozo del que, pensé, difícilmente saldría.

Al cabo del tiempo reparé en los vecinos. Me di cuenta de mi inconsecuencia pues mientras ellos trataban por todos los medios de hacerme olvidar, yo permanecía indiferente, sumergido en la telaraña de mis pensamientos. Fue así, como de repente, cuando la vi por primera vez: los ojos grandes, iluminados, y el esbozo de una sonrisa; la seguí con la mirada cuando se retiró, y entonces pude apreciar la belleza de sus formas. ¿Cómo había sido posible que antes no reparara en ella? Bueno, la verdad, sí la había visto, pero… en esos tiempos sólo tenía ojos para mi mujer.

A partir de esa primera vez, comencé a verla más seguido; nuestras miradas se cruzaban de vez en cuando, y principié a darme cuenta de que una ilusión se estaba apoderando de mí: me vestía mejor, anhelaba las horas de la tarde para verla, el trabajo ya no se me hacía tan monótono…

Un buen día me saludó. Sentí que el corazón me palpitaba tan acelerado, que iba a salírseme del pecho. Sobre todo con aquel “buenas tardes, don Juan” que le salió del alma. Casi no podía creerlo, pero ahora nos saludábamos siempre; mas no encontraba la manera de hablarle. Lo sabía, sentía que no le era indiferente, pero quizá por ser vecina, por el qué dirá la gente, o por simple timidez, las palabras no me salían. Tuvo que ser ella quien tomara la iniciativa; una tarde en que paseaba con sus dos hijos y el hermoso perro que los cuidaba, se detuvo frente a mí, y aquella manera de saludar, de reír, y la caricia de sus palabras, llenaron mis oídos: “Necesito hablar con usted, don Juan, pues últimamente lo he visto muy decaído. Es verdad que pasó por un trance difícil, pero la vida es linda y usted todavía puede sacarle buen provecho”. “Claro, le dije, claro, cuando usted quiera…”.

Al final, quedamos de vernos en su casa al día siguiente. No cabía de emoción; no pude dormir ni trabajar. Mente y alma las tenía puestas en aquella mujer que venía a ser como un nuevo sol para mí; ahora sí, volvía a ver la vida linda… y qué fácil había sido.

Dos horas antes de la cita me bañé, me rasuré y saqué el frasquito de loción que tanto me gustaba. El corazón me latía apresuradamente. Llamé a la puerta. Cuando abrió, su enorme belleza iluminó el día: “Hola”, dije tragando grueso… Me invitó a entrar.

Ya en la sala, cómodamente sentados, comenzó a hablar. Los niños no estaban, o dormían. Todo lo había preparado bien. El único testigo era el perro, que descansaba en un rincón y de vez en cuando me veía. Yo sólo escuchaba la música de sus palabras y la observaba toda: de la cabeza a los pies. La verdad, no tenía nada feo y olía a una fragancia exquisita, tentadora. Era como una flor abierta al rocío de la mañana.

Últimamente lo he visto muy solo, dijo, y decaído. No me gusta verlo así (va bien la cosa, pensaba yo para mis adentros). Yo quiero ser su amiga, ayudarlo en lo que sea posible para que vuelva a sentirle sabor a la vida (el corazón me palpitaba más fuerte y todos mis sentidos de hombre comenzaron a despertar. Tragué saliva, sin poder hablar).

Usted necesita compañía, prosiguió, y yo estoy dispuesta a dársela. Quiero hacer todo lo que pueda para que usted no se sienta solo (ya estuvo, pensaba dentro de mí, y sentía los más profundos deseos de abalanzarme sobre ella). ¿Verdad que necesita compañía, don Juan?

Sssí… pude balbucear con un sonido ronco…

Casi me muero del susto cuando, con un gesto encantador, me dijo:

Entonces, don Juan, ¡le regalo mi chucho!

Antonio Cerezo Sisniega
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