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Ejército de gatos para protección de los ratones

domingo 12 de junio de 2016

Los gatos entraron a su vida con engaño; les metieron en la cabeza la necesidad de tener protección: ¿y si viene un ejército poderoso y los toman prisioneros a todos?

Parece increíble. Toda la población del hermoso país convertida, así de pronto, en manada de roedores; las casas, con la profunda oscuridad de lúgubres nichos, son las cuevas para ocultar su podredumbre; las calles de la ciudad semejan los pasillos lúgubres y solitarios de tétricas prisiones, por donde hay que caminar para conseguir un asqueroso pedazo de queso. El cielo azul, con infinita bondad en su grandeza increíble, ve con extrema tristeza cómo se arrastran todos por la tierra, con la cabeza gacha, por donde los jefes se lo permiten. Las familias diezmadas, con el miedo carcomiéndoles las entrañas, aceptan sumisas la cretina voluntad de su gobierno, quien decide por ellos sobre quién debe morir o qué ideas deben expresar. Las trampas asesinas los acosan por todos lados, los caminos se estrechan cada día más, la presión es grande. Lo más extraño, lo inaudito, es que sus jefes no son de su especie; son felinos que en los ojos tienen estampada la astucia, el ansia de sangre y de poder. Y claro, no están en el gobierno porque todos ellos, los ratones, así lo deseen; están dirigiendo a su pueblo simplemente porque son más fuertes, porque tienen garras increíblemente asesinas que les sirven como armas mortales. Pobrecitos los ratones. Se dejan manejar como rebaño sumiso por su pastor, que los empuja y que los jala y decide lo que deben o lo que no deben comer, lo que deben y lo que no deben beber. Es inconcebible su espíritu apagado, su voluntad doblegada, su triste resignación ante la fuerza. Pero no siempre han sido iguales; ha habido ratones grandes que han querido conducir al rebaño por senderos llenos de luz; por senderos de esperanza, de esos que desembocan en el mar de la felicidad, pero han fenecido en el intento por el servilismo de algunos ante los gatos que son pocos y que sin la ayuda de roedores vendidos no podrían gobernar. Es inconcebible: millones de ratones gobernados por unos cuantos gatos; unos cuantos cientos de ratones facilitándoles la labor a los felinos.

La vida antes de los gatos era hermosa. Todo era trabajo, alegría, amistad; abundaba la comida, las medicinas, y sobre todo existía libertad. Todos los ratones recorrían su país de arriba para abajo con la cabeza levantada; no existían las trampas con quesos engañosos, ni tampoco los felinos asesinos; y por las ventanas de sus casas entraba el sol esplendoroso con alegría que henchía sus corazones. Pero los gatos entraron a su vida con engaño; les metieron en la cabeza la necesidad de tener protección: ¿y si viene un ejército poderoso y los toman prisioneros a todos? ¿y si los vuelven esclavos? ¡No! Ellos necesitaban de quien los protegiera y los gatos estaban dispuestos a hacerlo. Formarían un ejército para salvaguardar a todos los roedores de posibles invasores; sólo tendrían que darles de comer y tratarlos bien en lo que ellos se preparaban; sí, así fue como nació el “Ejército de gatos para protección de los ratones”. Y los roedores comenzaron a perder su paz; a perder la comida, la libertad, a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres. El “Ejército de gatos para protección de los ratones” se hizo del poder por la fuerza, matando a cuento roedor intentaba oponérsele. Comenzó a dirigir al país llevándolo al caos; a imponer sus decisiones, inconsultas con la opinión popular, no del todo sensatas por la pobreza de sus conocimientos, por el divorcio profundo con los sentimientos nobles. Los roedores organizaron sus partidos políticos e iniciaron la lucha franca y decidida para recuperar su país; sin embargo los artificios de los gatos, la fuerza bruta que acumularon, las trampas para ratones, los quesos envenenados, los centros de tortura adecuados en lugares estratégicos, fueron minando uno a uno los focos de resistencia; los líderes fueron asesinados a las claras, a plena luz del día con todo lujo de fuerza, o desaparecidos en horas de la madrugada cuando fueron sacados por comandos especiales del ya tristemente famoso “Ejército de gatos para protección de los ratones”. La juventud ratonil elevó su voz de protesta, organizó comités, hizo huelgas, expresó sus pensamientos de manera clara y espontánea, pero fue golpeada, duramente arañada, mordida, vapuleada. Los felinos organizaron grandes masacres y abandonaban cientos de cadáveres en los barrancos. Las familias estaban desconcertadas, mutiladas. La libertad de expresión de antaño se fue perdiendo; el trabajo comenzó a escasear, el estudio fue empeorando…

Ahora, sin líderes, con hambre, con profundo dolor en todos los hogares, el país de los ratones es una lástima. Parece un rebaño ciego al que se empuja hacia el abismo; es un conjunto de roedores sin voluntad, con el espíritu muerto. El “Ejército de gatos para protección de los ratones” ha hecho su obra. Sin embargo, se sabe que la resurrección de los ratones va a llegar; que tiene que llegar. Se necesita un levantamiento de espíritus, un resurgimiento de la voluntad, un “Ejército de liberación ratonil” que derrote al nefasto y tristemente célebre “Ejército de gatos para protección de los ratones”.

Antonio Cerezo Sisniega
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