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Inventario de pasajeros en la Chontalpa

martes 21 de junio de 2016
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I
Las miradas

Las miradas de ambos personajes poseen una extraordinaria peculiaridad. Tienen hondura y discernimiento. Los dos catan sus propios espectros en el espejo de la córnea del otro. Así que no encuentran dificultad alguna en mirar y juzgar la realidad con sus propios ojos como con los del otro. En los tiempos de la confrontación, cuando a uno le apresura conocer la veracidad en el otro, le es suficiente asomarse al borde de su rostro para mirarle adentro de sus ojos café-oscuros, como buscando en cada parpadeo los signos de su propio corazón.

 

La bicicleta es su transporte preferente y determinado. Salen de su casa, y por un instante se escrutan las miradas.

II
El adiós

Por las mañanas se levantan muy temprano para asistir a la faena. Están uniformados con sus utillajes de trabajo. Se encaminan a la parte exterior de su vivienda, se miran a los ojos en sincronía y se preguntan con recriminación estoica para sus adentros si es justo permitir que su camarada tenga que hacer lo mismo todos los días. Entonces, sin mencionar ni una palabra, se les ve mover sus labios por unos cuantos segundos en la continuación de sus diálogos interiores. “Lo que hay que hacer para garantizarle a la familia el bocado del día”, dicen los dos al mismo tiempo y en una armonía digna de fijarla en las notas musicales de la partitura del afecto.

Salen de casa y, a una relativa distancia de la entrada, aún se mira a una mujer que se acomoda el cabello, que le cae como mechones de brocha en su frente triangulada; también a más de tres infantes que guindan dormitantes y enmarañados de una hamaca a huecos y decolorada.

 

III
La bicicleta

La bicicleta es su transporte preferente y determinado. Salen de su casa, y por un instante se escrutan las miradas y, de pronto, antes de sufrir el sacrificio del otro —dejarle ir sólo— los dos toman de prisa las posiciones del conductor y del pasajero en la bicicleta de tipo turista.

El conductor, siempre sujetando con una de sus manos las gazas del morral de las empanadas de queso, o de las pepitas fritas y tostadas, contra el manubrio. Al de la parrilla normalmente le toca sostener el termo con la pócima de pozole dentro, en forma de pelota o, a veces, sólo con agua y azúcar para batir algún brebaje una vez llegados a la parcela familiar.

 

IV
La ruta

La ruta que recorren es inalterablemente la misma cada día. Primero, al salir del hogar, una vez montados en el vehículo de dos ruedas, toman la dirección de la derecha; luego, al final de unos cientos de metros, giran de nuevo en torno de la derecha. Esta vez pedalean unos tres o cuatro kilómetros y, a esa distancia, se les ve voltear por tercera vez hacia la misma orientación hasta que después de unos dos kilómetros rompen la tendencia del camino contoneando hacia la izquierda y, entonces, logran entrar por un camino blanco con la figura de una culebra por sus innumerables hélices.

Es ese el pasaje que los llevará de la mano para perderlos en su hacienda. En ella desaparecen por largas horas, sumergidos en el delirio de esos matorrales, esas dos almas devotas de sí mismas, el padre y el hijo —al final de la tarde, cuando ya se disponen abandonar el terreno, el viaje de regreso es con exactitud el mismo, sólo se revierten los giros.

 

V
El montículo

El montículo que les da la bienvenida previo a la parcela tiene también su excentricidad. Un tanto antes de llegar a la propiedad se encuentran con una loma que se extiende a lo largo de esta parcela. Se establece frente al predio como de un metro de altura aproximado, y como por seis de ancho y unos cien de extenso. Hace muchos años, en el salinato, Pemex les perforó todo el canto de su finca, “porque como aquí cae la línea de nuestras exploraciones, tenemos que cavar todo este lado”, le dijo el ingeniero al padre en ese entonces; “nuestros gasoductos son seguros, inoxidables, incontaminables”, terminaba aquél al tiempo que sacaba de su tablón de notas un documento que hacía a este iletrado campesino acreedor de una “indemnización por contaminación de tierras en trabajos de Pemex Exploración y Producción” y que por lo tanto debía leer y firmar.

El otro pasajero era muy pequeño y, por su parte, inocentemente observaba sentado desde un tronco seco de cedro al hombre del casco blanco y vestido de pantalones caqui y de camiseta gruesa tipo chaleco con el logotipo de Pemex a la altura del pecho izquierdo, y avistaba cómo este zumbón iniciaba el juego del gato con su padre; le recordaba a su tío, quien siempre era el que abría el famoso juego adelantándose a dibujar una equis en el centro y, así, terminaba sagazmente rematando a todos.

Consecuentemente, todos los días el padre y el hijo, en la mañana que abandonan a la esposa y madre de cuatro hijos, todos los días, montados en la bicicleta cortan este montículo en un revuelo de chancleteo y de rudo pedaleo. Es, de hecho, el último jaloneo para lograr subirlo y bajar de un golpe exquisito, sin requerir de un impulso más, pues contiguo al descenso —que inspira unos quejidos al chofer, y unas risotadas al pasajero—, en la mera falda de repecho, se crea una fuerza de gravedad que les basta para recuperar la velocidad disminuida por el impulso de la subida e internarse en ese recinto bucólico.

 

VI
Las dos ciudades

Las dos ciudades contempladas desde el aire es otra gran sensación. Además del sobresalto de la subida de la loma, hay otros efectos que por lo general experimenta más el hijo por ser éste de carácter alborozado y, además, porque es quien más toma la posición del pasajero. Precisamente, a menos de un kilómetro de distancia de la heredad específica, se erige esa ciudad amurallada de medio kilómetro de diámetro aproximado, con la forma de un círculo. Este emporio aún existe, es conocido desde años atrás como la “Batería Norte”, que es la sobredicha planta de separación de crudo de Pemex, ubicada a la orilla de la carretera Cárdenas-La Venta, en Tabasco.

Mágicamente, cada vez que el padre sube el cerro, ya conquistado el centro de la loma, el hijo, en medio de esos efectos de suspenso, torna su mirada entre risas e inflexiones hacia la izquierda para examinar de reflejo, en un segundo y en la misma conmoción, el interior de esas murallas del oro negro. En ese primero de dos segundos de conquista en el altozano advierte mejor los grandes barriles de almacenaje, megagasoductos, oleoductos, edificios y otros indicios de actividades petroleras de primer mundo.

Entonces, es aquí que en el segundo dos, justo antes de que la rueda delantera comience a encaramarse en la rampa para el porrazo descendente, su mirada se repone de golpazo hacia el frente para contemplar las copas endebles de los árboles frutales, los troncos pelados de árboles fenecidos por inoculación de raíz, algunas matas de naranjas con frutos desproporcionados, y otros entreclaros de milpas macilentas recién brotadas en su prado familiar, esta otra ciudad amurallada hacia donde con fuerza y gran velocidad los arroja la bicicleta.

Oveth Hernández Sánchez
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