“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Zapa

sábado 13 de noviembre de 2021

A José Antonio García

Zapa ha querido revelar la totalidad de sus secretos a sus compañeros. Lo ha intentado por las noches en partes durante el parloteo cuando los cortacaña ya están sobre sus catres o petates sobre el suelo contándose cuentos de terror y sus aventuras con mujeres.

En ocasiones espera a que alguien que cuenta una aventura de esas que desatan las carcajadas a toda la casa termine su historia para entrar de golpe acaparando la atención de todos y conozcan de lleno la suya.

Sin embargo, como ya han escuchado en muchas ocasiones retazos de su discurso, nunca falta un cortacaña que lo impreque en cada intento por esclarecer su identidad entre ellos, le respingue y satirice su ilustrísima descendencia de progenitor revolucionario e hija de hacendado chol. Pero, para él y los demás, esa historia es el producto de un ensueño de jornalero agotado.

Zapa lo sabe muy bien. Por eso, cada vez que intenta revelar su estirpe, su huella paternal, se excita con sobresalto.

En mil novecientos treinta y ocho, Lázaro Cárdenas ordenó una revisión minuciosa de los archivos del registro civil y se halló entonces un dato interesante, entre otros: que el caudillo Zapata había procreado un hijo varón con la hija de un ilustre y renombrado hacendado cafetalero, don Genaro Ciembalas, quien vivía en las altos de Tumbalá.

Zapa lo sabe muy bien. Por eso, cada vez que intenta revelar su estirpe, su huella paternal, se excita con sobresalto; cuando el cortacaña lo interrumpe para burlarse de él, se le escucha un feroz chirrido de dientes, se le mira en un estado de precipitación tan mal que al final de este cuadro se golpea la cara con las palmas de su mano, maldiciendo la afrenta y consumiéndose en su propia bilis. Amanece.

El día ha transcurrido entre acoplos de gavillas, traslados con cabos, conteo de tonelajes por cabeza, la tarde no ha demorado en aparecerse y entonces regresan a la galera. Otra vez se encuentra en estado de ensoñación. Tendido en su petate piensa que es hora de armar su propia Revolución entre los cortacaña. Su padre, Emiliano Zapata, no soportaría los pisoteos.

En tensos momentos de mofas de toda la galera sobre él, mira a su padre al frente acomodándose el sombrero, deslizándose los bigotes puntiagudos y con “ojos que te vieron ir” lanzándole una advertencia de algo; luego lo ve salir airoso meneando la cabeza sin despegarle los ojos saltados.

Ahora está tendido con las piernas alargadas, una encimada en la otra, como dos cuerdas entorchadas en una. Sus brazos, también cruzados. Su rostro amoratado muestra dos enormes ojos y unas cuencas demacradamente cadavéricas. Ha estado así por casi una hora.

Por su parte, los cortacaña no han entrado a dormir, siguen afuera encaramados sobre las ramas de unos árboles caídos silbando a las muchachas que pasan por la calle como pájaros del anochecer sobre los árboles.

Zapa aprovecha a pensar. La Revolución la puede comenzar esa misma noche. Piensa en las herramientas de la zafra que se guardan en la bodega junto a la galera. Su padre tenía hartas agallas, podía incitar las emociones y hacerse de aliados al instante.

A la vez, piensa en la riqueza que ostentaría la casa de su padre. De seguro en el testamento aparecía su nombre. Imaginaba que en el guion decimoquinto o decimonoveno se leía:

Lego a mi hijo ilegítimo, Emilio Zapata Ciembalas, mil hectáreas de cultivos de cítricos con dimensiones concretas catastrales, la Casona de los caudillos del sur, el treinta por ciento de las pesetas de oro depositadas en custodia y los derechos de mi nombre para ser usufructuados a su conveniencia.

Zapa era inmensamente rico, un genio en hacerse de armamento al instante. Todo era cuestión de posesionarse. “Tal vez las cláusulas de patrimonios revolucionarios de Cuautla han estado en espera de mi aparición y reclamo para ser consumadas, tal vez mi estadía en Cárdenas es escala y no destino­”, piensa.

El color natural de su piel se rehúsa a volver. Su risa es más energúmena. Exhala un profundo aire de superioridad. Espera ese día en que los cortacaña caigan en la cuenta de que hay un descendiente de caudillo entre ellos y que su vuelo se dé de forma natural.

En eso está cuando le sobrevienen menguas en la motivación en el momento en que hace un recuento mental de la cantidad de años que se carga, de la miseria en que ha vivido toda su vida y la mala suerte que ha tenido con las mujeres; también recuerda cuando bajó de Tumbalá a Yajalón a enlistarse en un programa para emigrar del estado como cortacaña.

El enigma está resuelto. Todo es cuestión de decidirse. La victoria está augurada.

Y como si se tratara de un enigma, de una señal de algo, abandona sus pensamientos actuales para concentrarse en interpretar una batalla que libran diez lagartijas contra una araña en el techo de la galera.

Las mira batallar y al cabo de unos segundos emite unas risotadas como si estuviera engullendo buches de agua cada segundo al observar que una de las lagartijas pasa al lado de la defensiva araña y comienza a dar señales míticas de algo con determinación a las otras nueve. Todas las lagartijas ovacionan la actitud determinante de su fuerte líder.

El enigma está resuelto. Todo es cuestión de decidirse. La victoria está augurada. Pero aún sigue mirando al techo. Las nueve lagartijas, como si recibieran órdenes superiores, se esfuman por las grietas y los agujeros del techo de cartón, sólo se quedan frente a Zapa la valerosa lagartija y la dominada araña. Vuelve a la ensoñación.

Ahora observa excitado cómo lo que parecía una especie de encuentro bélico por dominarse el uno al otro se torna en una escena lasciva. El pequeño lagartito se acerca a la araña, pasan unos segundos y se acerca aún más. En ese instante, se abre paso entre las piernas del arácnido y la monta. Permanecen inmóviles por casi un minuto, después comienza un forcejeo de excitación y atracción. La preña.

A la mañana siguiente, antes de la salida del sol, en plena zafra de ese año de mil novecientos setenta y seis, se le ve salir al sexagenario de la galera e internarse en el denso y frío sereno que cubre las calles; en su espalda lleva enrollados su maletín y su petate, su sombrero puesto y los huaraches asegurados en los broches.

Zapa, sin dar cuenta a su cabo y su jefe de galera, se dirige hacia el paradero de los autobuses de ejidos colectivos. Está decidido en ir a Cuautla. Había entendido que a veces los sueños para descifrarlos era preciso perseguirlos.

Oveth Hernández Sánchez
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