Mi primer día en moto vino acompañado de una prueba de fuego: un pinchazo a las 7 pm en terreno de nadie. Tragar saliva y apretar las nalgas fue lo primero que vino a mi mente ante la sensación de indefensión que produce convertirse en el perfecto blanco en una noche tan negra como la de hoy. Gracias a la providencia y a un “gruero” mitómano, que por celular engañaba con descaro sobre su ubicación a varios clientes que lo llamaban desesperados, llegué a un taller casero en alguna callecita oscura de la populosa Petare. Allí me atendió Alfredo, un gordo bonachón que se reía de todos mis chistes, por muy malos que éstos fueran. Cabe destacar que cuando estoy nervioso me pongo ocurrente, y cuando estoy aterrorizado me convierto en todo un saltimbanqui.
Primer strike: suena su teléfono. “Pedro no está”, responde consternado, “anda en el velorio de Álvaro. Sí, anoche lo mataron para robarle la scooter aquí en la esquina”. Sudé frío al mirar la escena del crimen y a mi scooter con el caucho desinflado. Segundo strike: dos tipos se acercan. El mecánico suspira y entorna los ojos. “¿Ya está lista la burra, goldo?”, pregunta desdeñando por completo las buenas noches que acabo de darles. “No, brother. Estoy resolviéndole la emergencia a este pana”. Ambos me miran con rabia, como si yo fuese el padre indolente que los abandonó al nacer. “Claro, lo atiendes a él primero porque tiene real”, reclama acariciando un bulto sospechoso que se nota debajo de su camisa. Me cuesta tragar saliva o contestar. Así que me limito a ofrecerles una sonrisa que más bien parece un esguince en mis labios. El aire se infesta de insultos, mientras espero la oportunidad para explicarle a los malandros que soy un “pelabolas”, sin ninguna intención de vulnerar su derecho a ser atendidos con presteza, pero prefiero callarme y encontrar una vía de escape, tal vez corriendo en zigzag. Alfredo se levanta y, con una determinación inusitada, manda a los dos elementos al carajo. Espero el fogonazo, pero, para mi tranquilidad, simplemente se marchan y le advierten que vuelven en media hora. Exhalo y miro a Alfredo como si mirara a Iron Man. Ahora que lo pienso, más bien parece un troll. Tercer strike: me entregan la moto y ahora tengo que cruzar una de las ciudades más inhóspitas y hostiles del mundo, casi a la media noche, con el agravante de no saber manejar una motocicleta. Tomo una avenida principal, de la que sería imposible recordar su nombre. Dos motorizados se acercan y recorren dos semáforos, pegados a mi lado. Sentí que me olían como unos predadores que identifican a su presa. Irresponsablemente aceleré y los dejé atrás, sin preocuparme por una caída. Finalmente llegué a casa, con el cuerpo entumecido y revisando los calzones, por si acaso se me escapó alguna metáfora.
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