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Dos relatos

sábado 16 de julio de 2016

Nacimiento complicado

Bajé corriendo las escaleras, salí dando un portazo por el apuro y, mientras me acomodaba, me llegó como eco el grito de fastidio de mamá. Viajaba con don Arturo en su viejo automóvil, iba aterrado dados mis pocos años y por apenas conocerlo ni siquiera lo tuteaba. La ruleta familiar había girado para elegir entre sus miembros a los que emprenderían la aventura. Si bien sabía que era un pariente, nuestro frondoso árbol familiar me desconcertaba y nunca terminé de entender a qué rama pertenecía.

Tenía abuelos con hermanos y primos al igual que mis padres. Pululaban los tíos y primos verdaderos junto a los apodados así por no ubicar su genealogía, y algunos de todos estos, para completar el berenjenal, tenían hijos. Precisamente, nuestra misión tenía que ver con el embarazo avanzado de la prima Clarita.

Nadie me explicó nada, pero escuchando escondido detrás de las puertas entreabiertas, parece ser que la comadrona se quejaba de que el bebé venía “de cola” y, por el tono, deduje que eso no era nada bueno. Dos veces lo había acomodado tras mucho trabajo y el muy diablo se giró nuevamente poniendo en peligro su alumbramiento. Esto me asustó y entendí que parte de nuestro objetivo era sagrado. No dejaría de traer agua bendita para santificar al satánico bebé de Clarita.

Cuando la vi seleccionar los ingredientes, no pude más de la angustia y le conté que el niño quizás fuera infernal y le pedí que hiciera el té con agua bendita.  

Partimos temprano, en cuanto hubo luz suficiente; sin embargo pareció que jugábamos al pimpón con las calles de la ciudad ya que tropezábamos una y otra vez con ellas: que la una era contramano, que la otra un callejón sin salida, y por las demás regresábamos al principio. Lo miré fijo a don Arturo evaluándolo. ¿Sería tan viejo que la ciudad había cambiado tanto?

No. Me dije interiormente que las dificultades se debían al maleficio de ese demonio que nos impedía salir en pos de nuestro objetivo, de modo que le conté todo a Arturo y con la confianza de mi oficio de monaguillo le indiqué que rezando dos padresnuestros y un avemaría romperíamos el sortilegio. Yo los recité con la voz aflautada por la emoción en tanto que él movía sus labios en silencio mientras conducía. Quizás sólo fingió murmurar, riendo para sus adentros, pero al fin tomamos la ruta buscada.

Era tan remoto nuestro destino que llenó el tanque de combustible en la primera estación de servicios que encontró. Aprovechamos también para comer unas galletitas (en la necesidad ni siquiera habíamos desayunado) y tomar una Coca-Cola, bueno…, yo tomé y al rato debimos parar de urgencia en el camino para, con bochorno, regar los pajonales de la banquina oculto tras las puertas abiertas del vehículo en prevención de que pasara alguien.

Después la vergüenza se me pasó, pues también nos detuvimos por agua para el radiador que la evaporaba soplando, amén de cambiar una cubierta pinchada por el esfuerzo. Por fin, tras muchos kilómetros de distancia (¡cien!), llegamos al mediodía al pueblo de San Javier y, preguntando aquí o allá, ubicamos a doña Adelaida. La misma era una especie de partera decana de la región y con seguridad nos podría sugerir alguna cura o consejo para el caso que nos ocupaba. Después de esperarla más de una hora, llegó de sus visitas, nos hizo pasar y Arturo le relató el encargo de la otra partera. Con una sonrisa para relajar nuestra ansiedad, nos indicó que le contestáramos a ésta que una hora antes de poner en posición al niño le diera de beber a la futura madre un té de hierbas que ella misma nos prepararía.

Cuando la vi seleccionar los ingredientes, no pude más de la angustia y le conté que el niño quizás fuera infernal y le pedí que hiciera el té con agua bendita. Me miró seriamente y con una reconfortante palmadita en la mejilla me dijo que ella todo lo preparaba con agua bendita. Dándose vuelta abrió un grifo común de agua, llenó un jarro y lo puso a calentar. Cuando advirtió mis ojos de desconcierto, me aclaró riéndose que ella, para abreviar, hacía bendecir directamente todo el tanque de agua del lugar.

Regresamos al atardecer. Arturo esperaba que entrara en casa para seguir, pero salió mi hermanito y con gritos de excitación nos indicó que todos habían corrido a la clínica Santa Inés junto a la parturienta. Salimos disparados para allá, el automóvil se transformó en un noble corcel y yo en un caballero que ayudaba a las princesas. Nada pudo el oscuro contra nosotros. Yo sentía brillar el frasco con el té de agua bendita y tal era su poder que todas las calles se hicieron rectas y ni una sola esquina debimos doblar.

Al llegar, junto con los frenos se oyeron mis pasos que corrían; llevaba en alto el frasco sanador como una antorcha milagrosa que alejaba a las tinieblas. Ni sé en qué piso me atajó papá y escuchó mi historia balbuceada con ahogo, también con una semisonrisa preocupada me revolvió el pelo con cariño y, orgulloso, me agradeció como a un hombre adulto la dedicación y responsabilidad demostrada, pero había llegado tarde y el bebé había nacido por una operación cesárea.

Me condujo hasta una habitación cuya puerta tocó muy despacio, apareció la madre de la prima que, puesta en conocimiento por papá, me permitió pasar para ver al niño y me recomendó silencio pues la joven dormía exhausta. El niño era precioso, rosado y, gracias a Dios, no tenía cuernos ni pezuñas, aunque por las dudas le mojé toda la cabeza con el té de agua bendita.

Volví a casa caminando contento y silbando, relajado tras el episodio vivido. Aunque no pienso contarle al cura Romero del agua bendita ni del sopapo con que me sacudió la cabeza la mamá de Clarita.

 

Agua

El viento me lastima, usa como arma tus gotas. Empapado, aún con el equipo impermeable puesto, me golpea con su retumbe el trueno. Con la mano defiendo mis ojos y estoy pendiente de cada relámpago de ese cielo donde, titánicas, luchan las nubes grises, lo espero con desespero. Perdida toda orientación, necesito saber desde dónde me buscan tus enormes olas, pues debo enfrentarlas con la proa y a toda potencia para que no me traguen.

No lo logré. Me agoté durante horas girando loco el timón y sin darme cuenta, en un instante, me invadiste traicionera. Aferrado a un madero, fuimos un juguete de tus olas. Vino la noche y se fue. Lo comprendo ahora mirando el amanecer mecido por tu superficie tranquila que te devuelve a mis pensamientos.

Agua clara, agua limpia, dulce o salada. Caes en torrentes, cataratas y lluvias. Subes como vapor y en nubes esperas con paciencia volver. Existes, generosa, en todas las formas de vida de este planeta. La flora y la fauna te reconocen como su origen y compañera. Te reciclas permanentemente a través de ellas, bebida por bocas o por raíces, has visitado cada célula durante millones de años. Tu presencia tan vasta ha transformado en azul la vista de la Tierra.

Me hice remero, pescador y grumete. Entretejí mi existencia con tu soledad.  

Entiendo entonces la ansiedad de tus ríos, de tus lagos y de tus nieves. Es tu instinto de madre que intenta proteger a esa tierra seca y estéril de la que el mundo mineral te separó cuando ambos eran jóvenes. Ahora sé que antes de nacer ya me enamoré de vos en la bolsa materna.

Siguiendo mi sino de hombre, permanentemente me atraías. Cuántas veces disfruté de tu risa asordinada mientras como torrente jugabas con cada piedra o sorteabas las rocas y alegre seguías como espuma. Nunca me perdía las lluvias, siempre dejé que tus gotas besaran mi rostro y abriendo la boca te bebía como un premio celeste. Con la vergüenza de domarte, te usé sin descanso en canillas, mangueras y caños.

Cuando te conocí como mar me supe perdido. Ese horizonte infinito, tu superficie cambiante y la magia de las olas que, desde entonces, rolan en mi mente como un murmullo siempre distinto, fueron el canto de sirenas que con su locura me hicieron buscarte.

Me hice remero, pescador y grumete. Entretejí mi existencia con tu soledad. La tierra tan tiesa y la humanidad distraída se esfumaban. Se perdían en la distancia igual que se pierde lejana la costa.

Mercante al fin, perseguí tu horizonte, recorrí los océanos y con asombro conocí algunas de tus innumerables facetas. Huyendo de cada puerto que tocaba, perdía horas apoyado sobre el barandal de la cubierta y mis ojos con obsesión te aprendían.

A veces me divertían los delfines, que juguetones e incansables nos acompañaban durante días. Otras, eran los peces voladores que me maravillaban batiendo febriles sus aletas en cada salto. Vuelvo a ver, reverente, emerger a las ballenas. El tiempo transcurre más lento y el enorme animal sigue elevándose. Parece ya que su altura no tendrá límites y entonces se congela allá arriba. Como si lo talaran cae, el agua crece a su alrededor y en un hueco profundo lo vuelve a cubrir. Parece agradecer los aplausos por el espectáculo cuando su gran cola se inclina y nos despide feliz.

Recuerdo curioso de día e intranquilo de noche las extensiones de témpanos. Recuerdo sus mil formas distintas y cómo admiré tu arte de escultora. Cómo líquido has tallado incansable al hielo produciendo formas que la mente ni siquiera puede imaginar, pero que, sin embargo, por ser tus hijos las reconocemos en nuestros sueños. Con el frío que cala hasta mis huesos y me abate, mi locura olvida y perdona tu furia.

Me acunas como al principio. Mis dedos congelados se sueltan, ya estás en mis pulmones inertes, me hago pesado y me hundo. La luz va menguando lejos y me entrego por fin a tus brazos.

¿Será tu rostro el de mis sueños..?

Carlos Caro
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