Ella miraba al animal moteado que la mantenía acorralada en un rincón mientras emitía una risita aviesa, burlándose de su presa al percibir ese delicioso olor, el maravilloso aroma del miedo.
La joven apretaba fuertemente el cuchillo tras su espalda. Respiraba agitadamente, y sudaba a mares. Sentía que se iba a desmayar. Advirtió que la muerte, lo más temido por la mayoría de los seres humanos, estaba a punto de llevársela al más allá. Sus ojos se inundaron de lágrimas cristalinas.
No quería morir, no quería, y menos de una forma tan terrible como ser devorada.
Los ónices de la bestia no dejaban de observarla y, divertida por lo que veía, no logró evitar dibujar una sonrisa en su horrible hocico, que mostraba la hilera de afilados dientes, y que emanaba como una cascada repulsiva esa llovizna de baba.
Ella pudo notarlo, y el odio la invadió de tal manera que quiso abalanzársele y matarla prestamente. Sin embargo, cuando la miró fijamente, muy, pero muy fijamente, hasta poder distinguirse en el reflejo de la profunda noche de sus ojos relucientes, alcanzó a contemplar el horror de su propio rostro cuando la mirada pétrea de la hiena se convirtió en la suya.
El pánico no le permitió gritar, sólo dejó caer el cuchillo que escondía a sus espaldas, y se quedó paralizada al ver a su alter ego desnuda, mirándola con una sonrisa malévola.
Ésta se acercó a su oído con lentitud.
—¡Boo!
Ébano despertó, sobresaltada. Sudaba frío, y su corazón latía furiosamente, pero de inmediato dejó la calidez del lecho y corrió hacia su escritorio. Tenía que escribir rápido antes de que esa musa la abandonara.
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