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Retazos II: 2011

sábado 3 de septiembre de 2016
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Jueves 27 de enero

El otro día, mientras caminaba en el Parque del Este, me pregunté si estas palabras, en vez de ser un diario, son una escritura al margen de los días. Qué de lo cotidiano se puede gestar en un cuaderno de notas escritas en la calidez de la casa. ¿Acaso mi palabra puede imitar el movimiento de los días, su ritmo pasajero e irrepetible? Es mi intención. Es mi pretensión. ¿Los días transcurren, acaso, según como los escriba? Una escritura de los días amoldará la interioridad como si se tratara de ocupar una casa, habitarla. Escribir, hablar incluso, es habitar: darle forma natural a nuestra memoria. Al final, esta será una escritura del día a día mientras la grafía de mis gestos esté atenta a los gestos cotidianos.

¿Vuelvo más cercana mi escritura si la asumo frontalmente, desde el nombre, como ser otro?

Por ejemplo, desde el comienzo del año he estado escribiendo una palabra o una frase corta en cada fecha del calendario; una palabra que haya asociado con esa fecha en particular, sea porque la englobe, porque haya sido repetida a lo largo del día o por alguna otra casualidad cuajada en palabra. Ha sido un ejercicio de atención al lenguaje, me ha mantenido atento a lo que ocurre y a lo que hago, lo que me rodea y lo que se mueve interiormente, cauteloso a no etiquetar el día por el simple descubrimiento de la palabra “precisa”. Se trata, no de condensar el día en lenguaje, sino acercarlo más a mi memoria. Tal vez el ejercicio funcione más por la actitud que demanda de mi parte que por el resultado en sí, más atento a la esencia evocadora del lenguaje que a su firmeza de clasificación.

 

Jueves 7 de abril

Ayer (qué lejos resuena el ayer escrito en un diario donde las impresiones deberían escucharse como un hoy continuo), en el transcurso de la tarde, estuve fantaseando la heteronimia como un descubrimiento que me ha seducido como lector desde que me acerqué a Pessoa (y que se ha profundizado con los años) y que ahora me seduce como escritura. Me pregunté cómo sería afrontar este diario, por ejemplo, como la escritura de otro. ¿Vuelvo más cercana mi escritura si la asumo frontalmente, desde el nombre, como ser otro? Probablemente la intimidad indeleble está con otros cuerpos, pero no deja de gestarse en cada página en blanco que va siendo escrita. Fantaseé escrituras virtuales, correos entre escritores sólo de nombre, sin cuerpo asible y, por efímero, me atrae continuarlo, al menos en el pensamiento y la imagen, por ahora.

 

Martes 12 de abril

“Hay imágenes que me pongo a fantasear mientras leo o veo ciertas películas. No me sueltan. Tú eres una de estas imágenes. Tú. Dormido, jugando, callado, riéndote, fumando, desnudo, manejando, pegui, bravo, tomando café. A ratos me distraigo y me pongo a recordar y a leer conversaciones nuestras. Es tonto, pero temo enamorarme de una imagen de ti y luego me doy cuenta de que es una de las maneras de acercarme a ti”.

Transcribo con la precisión (¿equivocada?) de un literal un mensaje que le acabo de mandar. Me doy cuenta de que, de entrada, quedan fuera de estas palabras las imágenes que yo tengo de él. Quien lea este mensaje no imaginará su manera particular de ser sino una imagen vaga brindada en cada gerundio y participio hecho adjetivo, encubrimiento de mis imágenes más profundas. Habría que aspirar “fumando” para acercarse más a su manera de fumar. Y aun así quedarían por fuera sus ojos entreabiertos cuando aspira el humo. Habría que susurrar el “durmiendo” para ver su aparente sonrisa mientras duerme. Pero dónde quedaría la respiración de todo su cuerpo en ese susurro. Habría que decir “desnudez” para sentir el arrebato de su piel sin ropa, pero faltaría la ternura del diminutivo para hablar de su calidez. Cada fonema remite a una impresión que conjuga toda su imagen. Pero volvemos a las mismas palabras para resguardar la intimidad, aunque en el fondo descubra, casi por casualidad, que hoy se cumplen meses (cuatro años y siete meses: cincuenta y cinco meses) desde que nos conocimos. Habría que imaginar cada segundo y cada minuto sin él para descubrir que no han sido suficientes meses con él.

 

Viernes 22 de abril

El almuerzo de hoy parece un concierto de carrasperas, aclararse la garganta para no afrontar la ironía, callarse para que el silencio soporte lo que nosotros no soportamos, bajar la mirada para que el sabor del pescado frito y las papas sea suficiente, reducir la compañía de los gestos a su intención y que la pequeñez de la rutina, siempre aparente, compense nuestro egoísmo. El (des)concierto de hoy es un almuerzo para las gargantas agotadas.

 

Miércoles 4 de mayo

Llueve. Hablamos entre ironías e indirectas. Las esquivo para no aumentar la tensión. Llueve y, aquí, sin agua, intento bañarme. La puerta carcomida, el silencio que lo desnuda todo y la cena por comer. Llueve aquí dentro del carro sin manejar. Vengo todas las semanas, en la noche, al sótano para prenderlo un rato, religiosamente, pero sin confesión más acá de este silencio que me recuerda las cosas por hacer, lo que he hecho a medias. Llueve y esta casa se desmorona en descuidos y odios que, a fuerza de que nuestros cuerpos soporten la falta de confianza entre nosotros tres, las cosas se deterioran por nosotros —haciéndonos creer que no somos nosotros los que nos deterioramos. Llueve pero más nos empapa el silencio.

 

Martes 10 de mayo

Es impresionante cómo cambian nuestro corazón y nuestro cuerpo, demasiado rápido para la parsimonia con la que trabaja nuestra mirada. Así, como impresiones que resuenan pero de las cuales apenas escuchamos el murmullo del último eco, hace unos meses, acompañando a Ya. en su camioneta mientras íbamos a dejarle un dinero a su amiga J., pasamos por una urbanización de casas, ella me comentó que tenía el presentimiento de que nosotros terminaríamos viviendo en una casa. Sus palabras se quedaron en mí como aquella tarde resplandeciente y fresca (¿o era el aire acondicionado de la camioneta que estaba encendido?). Fue sólo este domingo en la noche que volvieron a resonar sus palabras cuando, mientras pasábamos por el Country Club, me dijo: “Yo tengo el presentimiento de que voy a terminar viviendo en una zona de Chacao”. El nosotros se deshizo en yo, la casa se hizo vaga como una incertidumbre (aunque precisa por lo angustiante de la ausencia) y aquella tarde anocheció sin siquiera permitir faroles para iluminar esta soledad.

 

Lunes 23 de mayo

Es a través de las casualidades que nuestra mirada le devuelve la vida interior a las cosas. Es a través de ellas que nos descubrimos como imágenes de la naturaleza.

Un ventarrón azota las calles, los transeúntes son otras hojas desperdigadas lejos de sus árboles. La lluvia, más que cada una de sus gotas, es el rumor que oprime el corazón por lo que se ha acumulado a lo largo de los días.

A lo largo de la mañana del jueves un terrible virus fue inutilizando la computadora hasta que en la tarde no fue capaz de iniciar sesión alguna. Esta inutilidad pareciera peor que la sufrida por el cuerpo atravesado por la enfermedad. Sin soporte de la información, el virus borra para siempre lo que parecía una certeza: archivos, carpetas, documentos. La escritura en computadora desaparece con más facilidad que la escritura impresa o a mano. O, al menos, su fragilidad está más expuesta. Y, aun así, la impresión desarmante, entre angustia y ansiedad, que deja esta pérdida, es similar al desmoronamiento de esta casa. Deterioro lento, pero no por esto deja de ser visible. Siempre supimos qué gestos nos desgastaron, qué palabras nos aislaron, cuándo nos hicieron falta abrazos, cuál silencio era de complicidad y cuál de tensión. La incomunicación es un virus que se instala en nosotros como una rutina que ralentiza el entendimiento, un archivo que nuestra mirada observa con desconfianza, que deja de abrir y el deterioro se vuelve un olvido que desatiende las cosas.

Acaso fue un virus del pensamiento lo que se instaló ayer en mí mientras atardecía; impresiones y vaivenes que recurrían en mí con precisión, pero de texturas y sensaciones tan diversas que me confundía. Me sentía cansado de las mentiras, egoísmo, tergiversaciones y reproches que descubrí entre nosotros como familia en estos días. Me sentía cansado de pertenecer a ellos, de que estas mezquindades nos hagan ciegos de nuestras pequeñeces. Me sentía tan resguardado del afuera, del azul resplandeciente del cielo, de las nubes como pinceladas de sombras inconstantes, esparcidas por una respiración jadeante; aridez entre la vital vastedad de lo sencillo; guardado como un objeto atesorado al que le robamos su carácter elemental de instrumento. Me sentía tan anhelante de A. Me acosté. Vi tan claramente y deseé desnudez, nuestra sinceridad, silencio de palabras en un abrazo, en caricias, en llanto. Sentí la cama y el sueño, único lugar nuestro. Lloré: mi deseo no era suficiente para tenerlo allí junto a mí, mi claridad me hacía más frágil y caprichoso. La claridad me reconciliaba con él, hacía de mis imágenes y mis pensamientos, nuestro cuerpo. El cuerpo me estremecía, me imaginaba deseo hasta serlo. Pero ser deseo sin el cuerpo amado es como reconocer el sueño antes de despertar. Dormí, apenas resguardarme en el sueño.

 

Viernes 27 de mayo

Acudes, emocionado, a estas hojas. Estás consciente de que has acumulado días porque quedas escrito. Buscas una imagen, una palabra siquiera, en torno a la que gira el día. Pero regresas aquí consciente de tu propia fragilidad, de tu indiferencia, de tu pequeñez, de que podrías desvanecerte si esta conciencia no callase tus voces, tus anhelos, tus temores, tus alegrías. Esta apelación que me llama en segunda persona, pero que no me nombra, que me toma prestado para quebrantar las seguridades del día.

 

Domingo 5 de junio

¿Habitar es renovar cada cosa en su día a día, en su movimiento de deterioro que implica darse cuenta de que cada día es una sombra efímera de las cosas, o es vigilar que todo permanezca o parezca igual?

 

Jueves 16 de junio

Llueve. Un ventarrón azota las calles, los transeúntes son otras hojas desperdigadas lejos de sus árboles. La lluvia, más que cada una de sus gotas, es el rumor que oprime el corazón por lo que se ha acumulado a lo largo de los días. Soy esta agua estancada que se inquieta por el despido de Al., que corre, fluye por una canaleta, no por mucho. El murmullo de la lluvia arrulla. Es sólo un engaño. El cuerpo no se moja como la tierra. Se empapa. Sólo nos arrulla el engaño de que todo pasa. Olvidaré la sintonía de esta lluvia más íntima al cuerpo en cama. Olvidaré el juego del cronómetro cuando tú y yo nos amamos. Lo olvidaré para hacerlo parte de mi cuerpo. Así como olvidaré las lágrimas y la lluvia de esta y cualquier despedida o despido.

Justo ahora garúa. El rumor sobre el techo de zinc suena como un fervor. Cada vez que llueve la catástrofe es una amenaza de la imaginación, una espera guarecida en una parada de autobús, una intimidad que gotea en el silencio de la cama. Tu mirada y mi voz son los órganos que sólo laten cuando el cuerpo nos conjuga, nos vuelve deseo.

 

Lunes 11 de julio

De repente, apenas y a ratos, se me antoja ver el extravío de la cédula, perdida la semana pasada, como imagen o metáfora de la crisis que está desmoronando nuestra casa del cuerpo, no este apartamento de paredes desconchadas, puertas que no cierran y goteras reiterativas, no este apartamento que llamamos casa para evadir lo que nos desaloja, sino esta imagen del cuerpo inquieto por las equivocaciones posibles e insospechadas detrás de la sinceridad, la carencia más que de privacidad, de intimidad, y el sentimiento que envejece, no por el deterioro natural de las cosas, sino por el descuido de la indiferencia. Qué nos distingue ante el egoísmo de querer salir huyendo de aquí, Ya.

 

Sábado 13 de agosto

Me pregunto si soy este nido de larvas que vi en el libro El retorno del rey ayer. Esto que tanto me asqueó, me retuerce ante esta pared en la que escribo; esto que vivió en mi cuarto, ¿vive en mí como imagen del desmoronamiento en mi familia? ¿Soy estos libros desperdigados, comidos por el deterioro y todavía por leer?

 

Lunes 12 de septiembre

“Nos vamos siempre con las ganas de quedarnos”, dijo Al. yéndonos de Chichiriviche de la Costa. Y de verdad que todos habíamos pasado un tremendo día. Lo supe volviendo a visitar la casita de Tarma con A., J., Sim. y Al., con la sensación de placer al compartir esta casa, aunque abandonada, con A., quien no la conocía. Lo supe buscando un short de traje de baño para A. y encontrando uno para cada uno. Lo supe al ver a Sim. tan relajado bañándose en el río, jugando con perritas y nadando nervioso en el mar. Lo supe esperando, en la noche, a que A. y Ja. regresaran de la licorería. Sentí una llenura, una certeza de que A. me brinda un lado de la vida que más nadie, ni yo mismo, puede darme. Si yo fuera capaz de dármela, extendería ese “brindis” hacia los demás. Pero aquella sensación, mucho más íntima que lo evocado por la palabra “aquella”, que supera el nudo en la garganta cuando él me excita, que me hace más frágil que cuando me abraza, es de saber (saborear, en principio) la generosidad y la alegría de su cuerpo. Él me hace generoso y cuando no lo soy, es apenas una excusa de crueldad.

Lo supe en la piscina cuando me contó por qué Al., De. y él se llamaban sirenitos, mientras jugábamos a aguantar la respiración. Lo sé: soy otro con él.

 

Martes 27 de septiembre

¿Soy esta cena de carpaccio aderezado con tomate, queso y ajo, y esta tortilla de pasta? ¿Soy estas lágrimas en el túnel diciendo que ya no pertenezco al rollo familiar sino al mundo que me forjo —y del que me decepciono— día a día? ¿Soy este orgasmo que acaba el placer y despierta lo que no soy capaz de ser fuera de cama? Soy mis detalles, sus detalles, casi nunca la continuidad de ellos. La continuidad es una ilusión apenas.

 

Martes 25 de octubre

“—Qué rico escu…

—Qué rico hablar contigo”.

Cómo puedo, con esa grafía cotidiana, reflejar el encanto en lo simultáneo de un gesto.

 

Jueves 27 de octubre

Hoy, cuando esperaba por el toque de Los Parafónicos, la banda donde toca C., esperando en esa mesa que encuadraba mi soledad dispersaba mis esquinas hacia donde enfocara mi atención (dos parejas bailando tango, gente conversando, prueba de sonido), en fin, esperaba la música como esa mesa por sus esquinas, cuando “The Lion Sleeps Tonight” puso a todos a seguirla con diversos gestos. Me pregunté si la música es el eco en coro de un alivio: que somos capaces de distanciar nuestra voz de cualquier tristeza o alegría para expresarla y hacerla/nos audible/s.

 

Juego de espejos: empieza la necesidad de trabajar en el espacio íntimo. Hacerse un espacio es una tarea de la necesidad.

Miércoles 2 de noviembre

El discreto encanto de lo pequeño: compartir dos episodios de Seinfeld con V.. El jugo de níspero, el arequipe, el parque, el tiovivo, el columpio, los árboles cercanos, las fotos.

Por más que enumere lo pequeño, su maravilla está en el gesto de V. que lo hace único. El juego de su voz, entre ternura y severidad, casi un juego nasal.

 

Lunes 5 de diciembre

Anoche hubo una profunda sensación en la rutina de cerrar la librería con Gr. Sí, fue la última vez que compartiría el día de trabajo con ella. En mi apresuramiento (iba a visitar a A.) y en su retraso (ordenando los libros de la vitrina) veo cómo estamos situados ella y yo ante la librería. Hubiera querido una disculpa y, sobre todo, un agradecimiento. Gr. me enseña, sin hablar, sino con su mirada aguda. Me enseña a pesar de esta, mi torpeza, que atrasa su ida una vez más.


Al. está en la azotea arreglando el cuarto de las cosas guardadas. Juego de espejos: empieza la necesidad de trabajar en el espacio íntimo. Hacerse un espacio es una tarea de la necesidad. El sofá-cama, el puf, el apartamento de La Guaira, las cajas con sus libros en la azotea. Que nunca falte la delicadeza con el espacio íntimo, N., no ironices el caos que no eres capaz de contener. Todos acumulamos, si no objetos, gestos de nuestro sitio vital.

 

Martes 20 de diciembre

Pimentones pelados, pollo y salchicha horneados, cocteles con vodka, jugo de naranja y granadina. Y A.

Mi terquedad había podido desanimar estos días del fin de semana. Que si por qué no me avisaste antes la hora del almuerzo. Que si olvidaste nuestra celebración. Que si la discusión entre K. y Gr. me decepcionó.

Acepté mi malestar. Lo comenté a medias. Lo asumí como una discordancia “cósmica”, entre burla y seriedad. A costas de no incomodar tiendo a volverme invisible.

Esta levedad me permitió celebrar más su cumpleaños, olvidar lo arisco que estaba aquel miércoles y convertirlo en estos placeres que satisfacen por su cercanía, porque somos nuestra intimidad. Somos este ponqué de manzana y canela que compartimos.

 

Sábado 24 de diciembre

Me cautiva tu manera de dar. Me hablaste de que todo el trabajo del año es una cosecha para guarecerse en diciembre y tú eres un ejemplo de lo que es dar. No dudaste esta tarde. Cualquiera pudo haberlo visto como despilfarro, pero era saber(se) entregar, entregado.

Eduardo Elechiguerra
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