τρυφερή προϊστορία / Prehistoria de la ternura
Mi abuela se fue convirtiendo en dinosaurio, así que pretendí protegerla.
Rugía por hambre. Callaba y bajaba su mirada cuando quería caricia.
La desmemoria puede cuidarnos momentáneamente de lo que somos incapaces de entender, dijo papá la mañana del primer rugido. Quizá hablaba de su vieja, aunque él desconocía la situación.
Inventé viajes para que la familia no se enterara, de noche construía jaulas a medida. Leí libros de paleontología para imaginarme todas sus transformaciones.
En las madrugadas, al ritmo de jadeos, aceleraba la escritura de correos a paleobotánicos reconocidos para programar dietas. Abuela, come, que estos platos me los preparaste tú en mi infancia.
Ninguno se atrevió a responderme ni Elena comió mis creaciones. Tuve que cazar por mi cuenta. En su mirada todavía la reconocí durante años.
Creí que sólo otro meteorito podría asesinarla. Me planifiqué para cuando yo falleciera. Lo que empezaría siendo un jardín para ella, se hubiera convertido, el día de mi muerte, en laberinto hacia su libertad eventual.
Gracias al catálogo universal de criaturas prehistóricas identifiqué cada uno de los dinosaurios que Elena Naireth fue. Y así ensayamos noche a noche su camino para huir. A los meses escapó. Vería mi tristeza en la mirada o habrá imaginado que también podía matarme ella en alguna ocasión que la comida no la dejara satisfecha.
Ahora lo que hago es viajar. Desenterrando fósiles de sus hermanos transcribo lo tanto que ella anheló.
Incólume Carrasco
A sus espaldas la detestaron contemporáneas por machista. En realidad todas cantaban con copetes de laca sobre engaños.
Junto a coros rocambolescos entonaban pavosas. Adolescentes se apasionaban gracias a tales fracasos de Eros.
Antes que de sus curvas, Gloria se servía más de dolor y gritos para triunfar. Su histrionismo liberaba oídos a la par de los orgasmos. Intrigaba la quietud del cuerpo engalanado en escena.
También la armoniosa ejecución de su banda la subió a números uno. Y las drogas los llevaron a los desnudos infiernos del sentimiento.
Todo eso importó poco cada vez que Gloria hilaba a asistentes en éxtasis que sólo ahí sentían. Esas noches se tocaba imaginando agradecida a sus escuchas. Durante fantasías bailaban en la soledad de sus habitaciones al ritmo de dulces desgarros.
Mírenla tan narcisa ella, bromeaba Vikki, su amiga más querida cuando le detallaba intimidades.
Tuvo una trágica muerte, como toda persona exitosa. Un disparo de su amante más rabioso o una bebida envenenada por un fanático; los periódicos prefirieron ponerse creativos antes que de acuerdo.
Nadie lo imaginó, se la había comido un animal. Las envidiosas lo habían soltado hace meses del bestiario municipal para rastrearla con olfateos. Cuando se encontraron y él la secuestró, Gloria Carrasco fue dilatando su funesta al domarlo con música en la cama.
Los vecinos ignoraban los rugidos por estar enroscados de jadeos. La noche en la que desafinó, Gloria cantó su última. La policía no buscó rastros. En YouTube hay grabaciones callejeras de esas fechas con música parecida a su voz.
Queda su melodía cuando canta la fanaticada. La bestia deambula todavía bajo hechizo. En su corazón laten vengativas notas de La Carrasco. También las culpables la extrañan ahora que no tienen de quien despotricar.
Las caras de Sandy
Sandra cambia de cuerpo siete veces al día. Ha logrado vivir setenta años sin que nadie, aparte de su vieja, se entere de todas sus andanzas. Antes cada mutación le dolía más. El tiempo transcurre diferente para ella.
De niña su mamá tuvo que enviarla de Dordoña a Mar del Plata. Ambas entendieron la necesidad de tal sacrificio y así lo expresaban entre cartas y envíos mutuos de dinero.
En vez de consultar a médicos que le indicarían a madre e hija cómo vivir; leyeron y miraron su entorno. Así las dos aceptaron lo inexplicable.
12 am
Cuando ella se despierta ya es monstruo. Después de tantos años, adolecer es el paso previo a cepillarse los dientes mientras se mira al espejo, nada más que eso. Sale del edificio evitando ruidos.
Apenas alucinación para borrachos y trabajadores nocturnos, en la calle está atenta a los relojes de la ciudad. Para camuflarse viste una túnica negra y deambula por parques solitarios. A veces ha temido matar a quienes la ven. Antes, salen despavoridos.
A las 3 am se encamina al zoológico. A medida que transcurre esta hora humana, su cuerpo adquiere rasgos de orangután. Cuando es biológicamente clasificable como tal está en su jaula. La comparte con otro de su especie.
4 am
Los orangutanes no suelen ser solitarios. Y como el otro ejemplar conoce de y sufre su ausencia, acaricia a Sandra a los pocos minutos de haber llegado. De ser cierto que la memoria brinda la certeza de un nombre, es ella quien recuerda después las caricias y las pulgas que le saca su pareja de celda.
Los cuidadores del zoológico los bañan a las 6 am. Y bien que le cae a ella. Impensable usar la ducha de su casera, así que esta limpieza profunda le brinda la mayor dicha del día. Ya cuando el reloj frente a la jaula indica las 7 am, ellos se han ido y ella salta la reja. Se guinda en el apamate cerca del muro y corre a la iglesia Nuestra Señora del Carmen.
8:08 am
Quizá el férreo catolicismo de mamá me haya convertido en esto, pensó una vez. Cada tanto padece su familia materna durante las mañanas. Eran mujeres de rezos fervorosos, misas diarias y procesiones por dentro. Es la transformación más abrupta y discreta. Las lágrimas se las arreglan para salir de sus ojos cuando los creyentes se paran afligidos frente a ella.
Al menos los peligros de una estatua católica son pocos. Ni las cagadas de paloma quedan en el cuerpo de Sandra cuando, pronto, sea una persona de acuerdo a los criterios biológicos. Oye y olvida muchas promesas incompletas de los feligreses.
12:01 pm
Casi siempre llega tarde al café con su abrigo de hurón. Son las horas menos cambiantes del día y nadie la espera excepto las camareras. Hasta ese momento en su estómago sólo hay semillas, bananas, peras, naranjas e insectos. Y agua, mucha agua.
Narra a los demás comensales sus años de laburante. Nadie le creería sus otras vidas, así que éstas se las escribe sólo a su mamá. Ella le responde horrorizada por los imprevistos hormonales y capilares. Quiere protegerla y no sabe cómo.
Precisamente a las 3:30 pm envía por correo postal la última misiva que le escribió. Esta transición es la más difícil. Duele más lo parecido, aun si hay décadas de diferencia entre ambas Sandra.
4:02 pm
A ella le gustaría decir que disfruta estas visitas. Se siente la calma y Mariano, el paciente que ella cuida, da pocos problemas a sus casi 95 años. En realidad le gusta su mirada. Le recuerda a Alberto, el ex esposo con quien tuvo sus mejores momentos de vida.
Fue el único hombre que la conoció por completo. Supo de transformaciones y quiso amarla siendo cada una de ellas. Soportó hasta la zoofilia. Las horas monstruosas de Sandy, como le llamaba con cariño, lo dejaron en el hospital. Falleció meses después por causas desconocidas.
8:08 pm
El primer cliente de la noche eyacula en medio de gemidos performáticos. En ocasiones como esta con su vestido lila, Sandy quisiera tener sus garras de medianoche. Podría cortarle el miembro a aquellos que creen hacer todo con ese. Ella de todas maneras suele disponerse a otras dinámicas. Goza bocas, manos, espaldas, cuellos recordando sus lados salvajes.
Tampoco puede ponerse muy erótica. A fin de cuentas buscan placer. Muchos de ellos sólo quieren huir de sí mismos. Así que por quince, veinte minutos y tres mil pesos sólo se puede pedir la belleza más fugaz.
11:57 pm
De acuerdo a nuestros relojes, Sandra sólo duerme doce minutos al día. En su organismo éstos representan aproximadamente doce horas. En sueños ignora en qué se transforma y nunca los recuerda completos. A veces se despierta unos minutos antes de lo habitual, cuando ya sus pezuñas crecen para otra madrugada callejera.
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