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Desafiando la oscuridad

martes 6 de septiembre de 2016
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Pensaba que al cerrar mis ojos los monstruos saldrían reptando debajo de la cama, y brotarían de la oscuridad como grotescos seres de una película de terror de medianoche. Por eso no me gustaba cuando ma apagaba las luces, y tenía que taparme con la sábana, imaginando lo que en el exterior podía estar tramando alguna criatura dracúlea con dientes de sierra. Por la mañana se lo decía, pero ella de igual forma apagaba las luces en la noche. Por esa razón aprendí varios trucos para sentirme seguro: colocaba mis brazos hacia abajo, protegiendo lo que más pudiera del torso, porque lo consideraba un área en extremo cosquilluda y sensible, un área que debía resguardarse a toda costa. Luego pensaba en lo rica de la melcocha y su capacidad para tomar diversas formas en la boca, el olor a pudín de los tabaquitos de chocolate, la consistencia de los muñecos de dulce al morderlos, los blancos pastelados cascarudos, y el legendario Banana Split… clásicas delicias que siempre estimularon mi ambición. Pero a veces todo era inútil y no me quedaba más que dar un salto gimnástico desde la cama hasta el interruptor. Bajo ese día artificial sí podía iniciar un corto trayecto al sueño, aunque casi nunca duraba porque ma tenía maneras insospechadas de darse cuenta de mis delitos. Abría un ojo, percibía una faz lumínica que escapaba del dormitorio y se levantaba de inmediato. Sus cholas de goma mojadas por debajo producían un microchirrido parecido al idioma de los roedores; entonces con su índice hacía clic sobre el interruptor y retornaba la oscuridad.

Un día papá dejó de enviarnos cartas. Y la promesa de que vendría para esa Navidad no se cumplió. Y tampoco la siguiente ni ninguna otra.

Un desafortunado día, ma me mostró una mancha amarilla sobre la cama. El olor del orine era tan potente que me hizo lagrimear. Pero aquellas oportunas lágrimas de cocodrilo me dibujaron como un pequeño arrepentido por su fatal descuido. Creo que por esta razón me salvé de una tunda, y sólo dijo que estaba preocupada porque había descubierto que no dormía. Que durante toda la noche le pedía repetidamente la bendición hasta poco antes del amanecer. Y que sospechaba que mi incontinencia se debiera al miedo, porque sabía que regularmente desocupaba mi vejiga antes de ir a la cama. Por tanto no había otra explicación sino el terror a la oscuridad. “Hijo mío, el único que puede ayudarte es Dios”. Le pregunté si ella conocía a Dios, y dijo que sí. Que siempre hablaba con Él durante el día o en las madrugadas. Imaginé a Dios como el viejo cartero que a veces le tocaba la puerta dejándole cartas y paquetes. Su rostro se iluminaba como si un familiar regresara de un largo viaje. Abría las cartas, los paquetes, y se iba en lágrimas. En una ocasión me dijo que era papá el que enviaba esas cartas con saludos desde Miami, que le estaba yendo bien y que volvería para Navidad.

Esa noche, otra vez lleno de terror, me arrodillé y le pedí a Dios que, por lo que más quisiera, me quitara el miedo. Cada vez que platicaba con Dios tomaba más confianza y pedía muchas cosas. Por ejemplo, que papá regresara para que ma fuera otra vez feliz, porque no soportaba verla llorar. Pero ese silencio que había luego de cada plática me hacía sospechar que quizás Dios no quería ser mi amigo. Que tal vez no le agradaba por ser tan cobarde por la noche, o por llorón. Pero a pesar de que nunca respondía ni escuchaba su voz, me sentía bien. Había algo mágico en esos momentos en que le hablaba.

Un día papá dejó de enviarnos cartas. Y la promesa de que vendría para esa Navidad no se cumplió. Y tampoco la siguiente ni ninguna otra. Recuerdo que ma dejó de sonreír y yo también. No se esmeró como otros años con las hallacas, o en los preparativos de la fiesta de Noche Buena, y yo tampoco a soñar, ni jugar. Como a mediados de enero llegó otra carta con una estampilla de Miami. Antes de que lograra leerla, ma la guardó en su cartera. Dijo que era de una vieja amiga que también vivía en Miami, pero yo estaba seguro de que era de papá. Por eso me escurrí por la noche para tomarla de la cómoda, abierta y húmeda con sus lágrimas, creo que eran sus lágrimas y no simplemente agua. La carta sí era de papá. Decía que lamentaba no poder regresar, pero que ahora tenía una esposa y dos hijos qué proteger. Que la vida era tan impredecible como el viento, y que nadie podía saber qué sería de su vida al voltear la esquina. Me parecieron frases rebuscadas que escuchaba siempre en los comerciales de la tele. En fin, la carta concluía diciendo que nunca nos olvidaría, y que quizás en un futuro cercano trataría de visitarnos pero no podía prometerlo. Volteé y vi a ma dormida. Una especie de tormenta interna me revolvió el estómago, mi pecho y especialmente el corazón. Pensé en llorar, pero en vez de eso una rabia fue creciendo dentro. No podía entender cómo un padre podía abandonar una familia y luego conseguir otra, y seguir viviendo tan facilito. Como si una parte de su vida pudiera borrarse como lo hace mi maestra con las frases del pizarrón. Imaginaba cómo sería aquella familia de Miami. Seguro eran rubios, de ojos azules y hermosos, como la gente que sale por televisión. Aquellos que siempre son felices y no dejan de sonreír. Una familia más inteligente, mejor educada, perfecta.

 

Una vez escuché que vivir es la mejor manera de sanar tu pasado o remediarlo.

Por la mañana, después del desayuno, ma me abrazó. Me dijo que sabía que había leído la carta. Pero que sin importar lo que habían visto mis ojos, no le guardara rencor a papá. Que mi padre sería mi padre por siempre. Yo sentía mucha rabia y esa petición, en ese preciso instante, era casi un imposible para mí. Ma me abrazó más fuerte. Me dijo que todo se lo contara a Dios. Que ella y yo seríamos suficientes para ser felices en la vida. Sin odios. Sin estériles resentimientos.

Se me quitaron las ganas de comer y de ir a la escuela, de jugar, o ver la tele. Dejé de hablar con Dios. Deseaba que mi vida se convirtiera en un eterno sueño sin despertar por las mañanas. La maestra vino a visitarme tras una semana de ausencia. Una semana en que tuve pesadillas estando despierto. Ma le contó mi drama y ella me invitó a comer helado. Me dijo que nunca conoció a su padre porque se fue siendo muy pequeña. Que le hubiera gustado tener una foto o un recuerdo de él como yo lo tenía del mío. Que tuvo que crecer así, viendo a los demás niños disfrutar del amor y la protección de un padre. Sin embargo, la vida sigue y ahora tenía la oportunidad de ser, si no la mejor, por lo menos una buena madre. Es verdad, pensé, una vez escuché que vivir es la mejor manera de sanar tu pasado o remediarlo.

Cuando la maestra partió me sentí mejor. Ma lo notó y me dijo que el Señor actuaba por caminos misteriosos para sanar el corazón. Yo le dije que había intentado ser amigo de Dios, pero que Él nunca respondía. Ella sonrió. “Ya te ha respondido, hijo, sólo que no te has dado cuenta”. “Nunca he escuchado su voz, ma”. “No siempre responde como uno quiere. A veces lo hace con hechos. O es que no has notado que ya no le temes a la oscuridad”. Guau, me había dejado sin palabras, en realidad tenía razón. Ahora, cuando ma apagaba las luces, no pensaba que los monstruos saldrían. No me tapaba con la sábana ni escuchaba sonidos extraños ni veía sombras. Sólo me hundía en un profundo sueño hasta que amanecía. Y podía ver la esperanza emerger y posarse en el cielo como un inmenso globo amarillo, que fortalece el alma y te ayuda a seguir viviendo, y seguir amando. Fue así que pude dejar de lado las frases atroces de aquella carta, y evocar al padre de los buenos momentos. Aquel que una vez estuvo con ma y conmigo, dentro de esta casa de los recuerdos.

(Este cuento ganó el Turpial de Oro, galardón de la Sociedad Venezolana de Arte Internacional, SVAI. Fue publicado en la revista Yelmo y Espada, Nº 46, agosto-septiembre de 2014).

Axel Blanco Castillo
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