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Tallado de vírgenes

viernes 16 de septiembre de 2016
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El hombre mira la puerta de su taller y le parece que crece hasta hacerse inmensa. Ahora las medidas no irán justas y no hará falta que los cargadores tengan cuidado con los bordes; la figura pasará sin miedo, imponente, respetable a los ojos de las cuatro mujeres que han decidido no perderse la broma o la locura del carpintero. Está anocheciendo, hará falta poner velas. El hombre llama al chaval del Antonio, que está aprendiendo con él. “Coge las velas del almacén, las pequeñas, y colócalas en línea rodeando la imagen, y entra por la puerta de la casa”. El joven asiente y corre. La puerta del taller sigue cerrada, y parece achicarse con la entrada en la noche. La imagen pasará estrecha, rozando los topes, pero seguirá imponente. Las mujeres miran hacia el taller y luego le miran a él y cuchichean. El hombre cierra los ojos y se acuerda de las velas. Las velas… El hombre abre los ojos y se acerca a las mujeres. “Hoy no”. Entra a la casa, paga a los cargadores y se van éstos.

—¿Hoy tampoco, Mario?

Mario se despide y se acuesta. “¿Hoy tampoco, Mario?”.

Mario la recuerda con las mejillas ardiendo.

“¿Hoy tampoco, Mario?”.

“Apréndete mi cara, Mario. Cierra los ojos. Tienes que aprendértela bien si me vas a tallar”. Le guía la mano por la frente, su nariz en punta, sus labios, su cuello.

Ella no tiene ahora mejillas, la sal de la tierra las ha quemado y no tienen color. “No, hoy sí”, y besa a la niña antes de hacerse mujer.

La niña tiene los ojos febriles, toca la madera con cuidado de no quitar el polvo.

—Es preciosa.

Los ojos miran desde la imagen a los ojos del hombre.

—Algún día te tallaré a ti, en cuanto crezcas un poco. La Virgen tendrá tu sonrisa.

—¿Me tallarás hoy?

—No, hoy no. Cuando crezcas un poco.

La niña se da la vuelta y le agarra la mano. Aprieta sin dulzura, pero la mirada es cálida y concentrada.

—Hazlo hoy.

—No…

—Hazlo hoy, Mario.

La niña le llama por su nombre. Él ayer no la conocía apenas y hoy le llama por su nombre. No sabe qué responder. La mano le aprieta como con ira, pero a la vez sonríe, sonríe con timidez pero con fuerza.

—No, hoy no puedo.

“¿Hoy tampoco, Mario?”. “No, hoy sí”.

La niña de la Dolores vuelve al día siguiente. “Me manda mi madre a ver cómo va el mueble”. “Dile a tu madre que lo acabaré cuando pase la Semana Santa. Tengo que acabar la Virgen primero”. “Dime, Mario, ¿por qué la Virgen no tendrá mi sonrisa?”. Mario coge una sábana y tapa la imagen. “¿No ves que ya la tiene?”. “No es cierto, Mario. No me mientas, ni siquiera sabes cómo sonrío”. Mario se acuerda de la sonrisa de la niña: los labios se tersan ligeramente, no saben aún si van a llorar o gritar, se tersan hacia abajo y las comisuras se rebelan y se inclinan hacia arriba, como las curvas de un oleaje bravo, y se abren apenas, dejando entrever unas piezas desiguales pero perfectamente labradas de madera de roble blanco. Él algún día la tallaría, pero hoy no. “No es cierto, pero algún día lo haré. La Virgen tendrá tu sonrisa y navegará con ella por el pueblo, por el río, y todos la seguirán, andando en sueños, y será como un faro para todos los perdidos”. La sonrisa se revela en la imagen. “Hazlo hoy”. “No, hoy no…”. La niña se queda mirando el relieve de la imagen bajo la sábana, como un espejo emborronado de ella misma. “Adiós, Mario”.

“Adiós”.

La Virgen del Río es preciosa, y recorre las calles de Covazarza en procesión. Un año más todas las mujeres le dan la enhorabuena y piensan que son las modelos de la sonrisa de la imagen.

Tras la Semana Santa la niña vuelve. “Me manda mi madre a ver cómo va el mueble”. “Dile que hoy mismo empezaré con él”. La niña busca la imagen bajo la sábana y no la encuentra.

—Fue preciosa, Mario. ¿Dónde está?

—Se quedará en la iglesia hasta el año que viene.

—Hasta que me quede yo el año que viene… ¿Verdad, Mario?

Mario no sabe qué contestar y baja la mirada. La niña se acerca y le coge la mano. Se la acerca a su cara. “Apréndete mi cara, Mario. Cierra los ojos. Tienes que aprendértela bien si me vas a tallar”. Le guía la mano por la frente, su nariz en punta, sus labios, su cuello. Mario abre los ojos y se encuentra con la carita roja de la niña, aparta la mano. “Cuando te talle te llamaré, pero todavía no”. La niña mira de reojo y se va. “Adiós, Mario”.

“Adiós, niña”.

Mario recibe la visita de la niña. “Dile a tu madre que ya terminé el mueble”. “¿Entonces hoy ya podrás tallarme?”. “En realidad…”. Mario imagina cómo moldearía la nariz. “En realidad tengo trabajo, niña”. “No soy una niña”. La de la Dolores se enfada y baja la cabeza. “No, perdona. No lo eres…”. “No lo soy, lo dices porque no te gusta mi sonrisa. Te parece que mi sonrisa es horrible”. Parece que la niña va a llorar. “No llores, por favor”. Mario mira a su alrededor, baja las persianas y se quedan a oscuras. “Espera, hace falta poner velas”. Entra a la casa y vuelve con una caja de velas; las coloca en línea en torno a ellos. “Si quieres que te talle tendré que tomar tus medidas… ¿quieres?”. La niña le coge la mano y se la coloca en los labios. Mario acaricia la piel, se queda con el continuo y cada rugosidad diminuta. Lija la madera con sus manos callosas y apunta los contornos con un carboncillo. La madera respira, es necesario que esté bien oxigenada para que quede flexible y resistente. La mano callosa baja delicadamente hacia el borde de la troza, ya están los rasgos de la cara. Coge una capa de barniz y la unta en círculos por las mejillas, la extiende para que no se queden pliegues ni burbujas, y se retira para ver el resultado. La madera se descorteza, se desviste de la rugosidad y queda la albura, blanquecina, pálida y suave, y el artesano la trabaja con las manos, a fuego para que se moldee. El olor de la madera se extiende y embriaga hasta saturar el resto de olores. La madera se va curvando y crujen las fibras que van quedando perpendiculares, y entonces la pieza se astilla y una parte se funde, y el olor es aún más poderoso, y ahora, en el momento más frágil, es cuando se dobla la madera al paso de las manos del artesano, quedan impresos los dedos en la superficie, y la madera se contrae, se dilata, y ahora queda en reposo. La madera tiene que reposar para quedar sin marcas nuevas, sin que se rompa la forma, respirando lentamente hasta un último suspiro con la capa de barniz. La imagen aparece con una sonrisa de la que Mario se siente orgulloso.

“¿Hoy tampoco, Mario?”, le pregunta el Antonio. Mario no ha empezado a tallar la Virgen de ese año. La niña se casa. Él no la va a tallar. Ella no le mira por la calle. Se avergüenza, se pone con las mejillas rojas y ni siquiera volvió a decirle que se tenía que casar. Y él estaba tallando su sonrisa en un trozo de madera y se enteró donde el José, como cualquier cosa. “La niña de la Dolores se casa con D. Manuel, era cuestión de tiempo”. Y él pagó y con la navaja destrozó la sonrisa, “adiós, niña”.

“Han matado a la de la Dolores, señor”, le dice el chaval del Antonio. ¿A quién? “¿A quién?”. “A la de la Dolores, no la han encontrado, pero el Paco, el borracho, lo gritó antes de que D. Manuel le diera una paliza, y la chavala no aparece. Yo creo que ha sido el niño rico ese, eso decía el Paco”.

Y Mario empieza a tallar la Virgen, la termina y rasga sus mejillas, y pinta el pelo terroso, la piel grisácea, e imagina a la niña en su saco amniótico de barro, y lija la piel suave para picarla. Habla con el párroco y le cuenta lo que ha pensado, pero no está de acuerdo y vuelve a su casa, y pica un poco más las mejillas. Y lo mismo al día siguiente como ocurrirá bajo tierra, y entonces decide hacer el paso y avisa a Covazarza, y hay demasiada gente, y está la Dolores y decide no hacerlo: “Hoy no”, les dice; y cada día sigue descortezando las mejillas, y vuelve a decidirse por el paso y avisa de nuevo a Covazarza, y Covazarza le responde con cuatro mujeres que han decidido no perderse la broma o la locura del carpintero, y se hace de noche y la puerta se achica y aún no sale.

De lo que se siente orgullo es de la poderosa sonrisa, una sonrisa curva, en ondas como el bravo mar, brillante por la madera de roble blanco que forma las perlas debajo de la madera cobriza.

“Hoy no”.

“¿Hoy tampoco, Mario?”.

Mario se despierta a la noche y se acerca a casa del Antonio.

“No, hoy sí. Dile al niño que llame a los cargadores y en una hora todo listo en mi casa. Que les diga que cobrarán el doble”. Y Mario y el Antonio vuelven conversando a la casa del primero.

—¿Cómo que hoy sí?

—Porque es de noche, y mañana no se verá ni su carita, Antonio. Hoy es la última noche, y Covazarza conocerá su sonrisa.

El Antonio le sigue preocupado. Llegan al taller de Mario donde se reúnen los porteadores y las cuatro mujeres de la tarde. “Enciende las velas, chaval”. El chaval vuelve a la calle para decir a Mario que está todo listo. Mario se acerca a la puerta del taller y la descorre. Una débil luz ilumina la cara de ocho hombres que cargan la imagen. Mario les guía, con cuidado, y salen a la calle. Los pasos torpes se acostumbran y cargan la Virgen por las calles de Covazarza, encabezados por Mario y seguidos por las cuatro mujeres, el Antonio y el chaval, que con un influjo sonámbulo siguen la procesión de la muerta. Mario, en el recorrido, mira hacia atrás para contemplar las cuencas vacías de la madera grisácea, manchada, pero de lo que se siente orgullo es de la poderosa sonrisa, una sonrisa curva, en ondas como el bravo mar, brillante por la madera de roble blanco que forma las perlas debajo de la madera cobriza, que parece reflejar aún más la hondonada que eran las mejillas ardientes ahora quemadas por la sal de la tierra.

Alguien despierta y oye pasos, descorre las cortinas y cree ver al carpintero, en procesión, guiando a la Muerte, Santa, Virgen.

Gerardo Carrera Castaño
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