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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos cuentos

• Jueves 3 de noviembre de 2016
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Las máquinas

Apoyado sobre una bolsa de arpillera con sus pies sobrevolando la fría agua, lo observó en acción.

El dron, autómata en su manejo, una vez que los receptáculos flotantes de la bahía estaban llenos de residuos extraía su contenido, llevándoselo para su posterior depósito en un contenedor gigante de basura ubicado en la otra punta del puerto.

El cambio había llegado. Como una ola que por momentos a Ricardo, en sus sesenta y cuatro años, le parecía que lo iba a tragar y escupir despatarrado en la orilla.

En el camino de vuelta a su casa hacía tiempo ya que ni siquiera podía ver para afuera de la ventana. El tren bala lo mareaba mucho. Se limitaba a observar sus botas sobre el plástico casi alienígena del tren, contemplando el desgaste que tenían por su porte y el contraste que éste hacía con el piso blanco, eterno e infinito que lo rodeaba sin esfuerzo aparente. Se ponía a pensar en todas las historias que conllevaba esa mugre, esa erosión del cuero mientras que el blanco parecía no tener historias ni necesitarlas, y esto último era de lo que más le hacía desconfiar de las nuevas tecnologías.

Se acostó a mirar el sol escondido entre las nubes, distrayéndose con el largo recorrido de un dron que cortaba el cielo como una cometa. De repente lo vio hacer un movimiento brusco y perder velocidad.

Lo observaba también con simple y llano miedo, miedo de que un día ese plástico lo iba a rodear por completo, a él, a la fábrica en la que trabajaba y a todos los que conocía, convirtiéndose todos en la mugre que yacería en las botas de los robots.

No era el único que se preocupaba. Su hijo, si bien ya era independiente, compartiendo mates le había contado que en varios países ya estaban empezando a automatizar la labor de los policías de tránsito, camioneros y hasta los panaderos.

—¿Los panaderos qué tienen que ver con esto? —había preguntado en shock.

—Eso fue lo que escuché. Esto abarca hasta a los panaderos.

Un día, sin embargo, todos sus miedos se terminaron. El despido de la fábrica de procesamiento de pescado de un colega joven con hijos lo hizo sentirse culpable de su aún vigente puesto y después de media hora de deliberar con el estómago tenso renunció sin más remedio.

El estómago sin embargo no se le volvió a abrir. Sus amigos le llevaron a la casa puré instantáneo, nuggets de pollo y hasta gelatina de su color favorito, el azul, pero no hubo caso. No comió ese día, ni los dos días siguientes.

Con las pocas fuerzas que tenía arrastró del fondo de su casa una vieja canoa hasta la bahía y se largó a hacer su último paseo.

Al rato, con los remos descansando a su lado, se acostó a mirar el sol escondido entre las nubes, distrayéndose con el largo recorrido de un dron que cortaba el cielo como una cometa. De repente lo vio hacer un movimiento brusco y perder velocidad.

Cada vez más cerca de él parecía intentar prender sus hélices sin éxito, hasta su inevitable caída sobre las tablas de madera de la canoa a sus pies.

Cuando lo tuvo en las manos se dio cuenta de que no era tan distinto a él. Piezas colgando de cables maltrechos como órganos, chorros de aceite como de una vena reventada y chispas esporádicas salpicando intentos fallidos de sinapsis mientras lo veía lentamente apagarse, y fue recién ahí, en esa tarde de julio, que se dio cuenta de que él estaba muerto.

 

Interludio en vitamina D

Por horas permaneció inmóvil contemplando la gran puerta. Una tímida ranura permitía que el temido calor entrase sin pudor, haciéndola sudar y sudar.

Se preguntaba si volvería a verlo alguna vez. El momento en el que habían hablado parecía distante.

—¿Te leo tu fecha de vencimiento y vos me leés la mía? —le había preguntado ella.

—10 de setiembre del 2016 —respondió—. ¿Y la mía? —preguntó tímido.

A lo lejos le pareció verlo por un instante; el color tan vívido de la frutilla en su bolsa lo delataba.

—8 de setiembre del 2016 —respondió luego de una pequeña pausa.

—¿No es hoy? —inquirió mientras ella trataba de cambiar el tema de la conversación.

A juzgar por la velocidad con la que la fruta había desaparecido, uno podría jurar que estaban haciendo licuados.

La manteca parecía haber presenciado la desdicha de todos a su alrededor innumerables veces, casi como una maldición.

De repente hubo luz. Al salir al abrumador calor sintió como si se le cortara la respiración.

En una suerte de quirófano la apoyaron sobre el mármol mientras sacaban de un cajón una gran tijera.

A lo lejos le pareció verlo por un instante; el color tan vívido de la frutilla en su bolsa lo delataba. Desde la basura parecía observarla en agonía.

Se dio cuenta horrorizada de que el fin de ambos había llegado.

—No limpiaste el vaso —se oyó retumbar a lo lejos.

Como dos estrellas rebeldes destinadas a existir separadas por toda la eternidad chocaron por un segundo.

Andrés Mora

Escritor uruguayo (Montevideo, 1989). Trabaja como administrativo en un banco y estudia contaduría pública. Ha publicado el libro de cuentos Las venas de Tristán Narvaja (2016).
Andrés Mora

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