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Dos poemas de Andrés Mora

lunes 22 de julio de 2019
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El ardor de la piña

El recuerdo olvidado,
la piña que cae del árbol
envidia al caracol
por lo lento de su pasado.
En un olvidado campado,
clama, en el ardor del fuego,
la forma que le da su juego,
o que la pise un becerro,
o que la tiren a un perro,
y sentir el aire luego.

Las ramas asoman sus tallos,
mirando algún sol nadar,
tratando de recordar,
mientras el sol cuece sus callos.
Y con el cantar, los gallos
disimulan su cortejo,
mientras las ramas del viejo
se alejan de la alfombra;
de polvo es la sombra,
donde había un mueble añejo.

Queda una sombra caliente,
una historia sin terminar,
un tallo que no se quiere cortar,
de madera que sigue ardiente.
Mientras la raíz fuerte miente,
la rama asoma su brazo,
sin miedo a un hachazo,
sin ocultar su pasado;
un cuerpo embalsamado,
negado de un último abrazo.

 

La polilla y el nogal

Gotas de agua y recuerdos cristalinos
reposan sobre una hoja perenne.
Mundos separados de brillo compartido,
que se transmiten entre los vecinos.

Telarañas que protegen del viento como bosques de centeno,
mientras una polilla busca en la luz su canción,
arrastrando consigo el polvo de tanto recuerdo ajeno.

Puentes colgantes de seda cristalina,
telarañas sobre aguas comunes de la orilla vecina,
preguntas que le sacan el sudor a las piedras y sedimentan una finca sola,
preguntas que terminan por hacerle los agujeros al queso gorgonzola.

Cuando un pájaro se encuentra con una lombriz u oruga
y ve reflejado en su iris el brillo olvidado sobre la cornisa;
cuando una mosca se queda atrapada en una telaraña
y al verla bien no le queda más que morir con una sonrisa.

Tallos que lo único que quieren es
estirar las manos y evadir la muerte.
Ceniza de una vida que se parte en pedazos
porque el fuego arde muy fuerte.

Lo único que quiere una planta perenne es vivir
y convertirse en el polvo que fortalece el suelo
para los inviernos por venir.

Pero sólo queda un rastrillo abandonado
como si no quedara pasto en ningún lado.

Y sólo queda un abanico sin hojas de metal
que no da más fresco que la sombra
de lo que queda del nogal.

Pero hasta una hoja seca color jerez
para los vientos y da sombra
porque sabe que al guardarse las preguntas
mantuvo la niñez.

Recuerdos apurados de pintura barata
como si el enfrentamiento con la muerte
sea como la venta de una casa;
se olvidan que la pintura descolorida
es la evidencia máxima de vida vivida.

Andrés Mora
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