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En busca de SAE-242

jueves 23 de mayo de 2019
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Se despertó en su apartamento al mediodía, aunque parecía de noche. Sonaban tiros en la calle, como lo hacían habitualmente a altas horas de la madrugada. Aire frío entraba por la ventana mal cerrada.

Sin levantarse de la cama acercó su cabeza hacia la pared, la cual daba a la calle, y pegó su frente a la misma, tratando de invocar alguna de las balas perdidas que iban y venían para que termine con su sufrimiento, asegurándose de que impacte primero en ella para evitar que la bala revolotee en el apartamento y dañe algún mueble.

Se despertó horas después, con la cabeza helada. Por un momento pensó que capaz que había muerto. Sin embargo, no parecía entrar luz multicolor de neón, de los carteles de afuera, por ningún agujero nuevo en la pared.

La parte de ella que quería morir sabía bien que con la llamada perdería la batalla.

Se levantó.

En su mesa de luz había un papelito dado vuelta, el cual iba y venía hacía días, sin nunca elegir un hogar, un mueble o ropa. Parecía querer decirle algo a la distancia, cada vez de alguna forma distinta con cada doblez distinto que agarraba.

Se lo había dado Susana, una antigua amiga y vecina, varios días atrás.

—Samanta, tenés que conseguir ayuda. No podes seguir así —decía el mismo.

El papel, si bien era una publicidad para una línea telefónica de ayuda, “Aires de Esperanza”, lo único que parecía decir era aquella frase, una y otra vez.

La garantía del cien por ciento de efectividad en la ayuda brindada, publicitada en varios medios, no ayudaba en nada. La parte de ella que quería morir sabía bien que con la llamada perdería la batalla. La empresa parecía haber aprendido mucho con tanta clientela que surgió después de estallada la guerra nuclear, las inundaciones y las nubes violeta que se instalaron sobre todos y todo.

De todas formas no se daba cuenta pero su mano estaba cada vez más cerca del celular.

—¿Hola? —dijo, sin hacer eco alguno en el apartamento. Por un momento dudó si había pronunciado palabra alguna.

 

En un edificio en las afueras de la ciudad, en una oficina que parecía haber quedado olvidada de una serie de reformas, como si de un quiste arquitectónico que no hace falta remover se tratase, el reloj marcaba las cinco y cuarto de la tarde. Una foto de una familia genérica lo observaba en su rutina cada día. Al principio le dio pereza cambiarla, pero con el tiempo la misma se ganó un lugar en la oficina. A su entender, si no tenía una foto mejor que esa para poner no hacía falta cambio alguno.

Recordatorios en papeles varios, colgados y pegados a las paredes lo rodeaban. De alguna forma tenía miedo de olvidarse de las cosas, o más bien, de quién era.

Excepto su nombre.

Sabía bien que no lo iba a olvidar ya que lo llevaba en su etiqueta, pinchado a su buzo: Juan. Ya no se lo sacaba porque el agujero en el buzo que le había hecho era muy grande.

Sentía como si estuviera trabajando en la línea de ensamblaje de una fábrica.               

Era un engranaje más.

Una araña borracha, que teje telarañas de ideas, día y noche, una arriba de la otra, sin correlación alguna entre ellas. Su único imán que no lo dejaba que pierda la cordura era una foto de una esquina, en la cual había dado su primer beso, años atrás. En la misma no aparecía él ni su antigua mujer, sino personas desconocidas, caminando en una calle conocida.

Una cosa que con el tiempo aprendió fue que odiaba el hecho de que, independiente de lo que hiciera, siempre su trabajo salía bien. Sentía que esa no era forma de vivir.

Sus ganas de irse de ahí para nunca volver y el miedo aparecieron al mismo tiempo, una tarde en la que descubrió el secreto detrás de la efectividad de la empresa. Nunca entendió del todo cómo él no había sufrido el mismo destino que todos los que llamaban.

Esto no quiere decir que tuviera problemas del ego. Él tenía bien claro el papel insignificante que cumplía, o más bien, el papel insignificante que podría llegar a cumplir si se rebelaba contra las máquinas.

Las llamadas eran redirigidas a él sólo cuando todos los demás call-centers estaban ocupados. Capaz que esa era la única ventaja de trabajar en una oficina olvidada

—Hola —respondió.

Una voz delicada parecía penetrar de a caricias los agujeros del tubo de plástico del teléfono. Como si detrás de cada uno de los nueve orificios hubiera una niña perdida entre las sombras.

 

Se dio cuenta de que si los problemas de ella se podían solucionar, también los suyos. El tema es que eso no iba a poder ser.

Los problemas de Samanta le hacían recordar mucho a los suyos. Cada segundo, las palabras que intercambiaban parecían estar agarradas de las manos unas de las otras, a punto de caer por un precipicio. Cada frase parecía garantizar que el brazo se mantendría firme unos segundos más. Cada punto en común parecía traerla un poco más hacia arriba.

Al igual que él, ella parecía haber tenido un vínculo muy fuerte con sus abuelos. Le contó sobre sus épocas doradas, jugando en la casa de ellos, siempre alrededor de una fuente que habían instalado en el jardín antes que naciera. En la misma, ocasionalmente pájaros pasaban a tomar agua y cantar.

                                                                            

Se dio cuenta de que si los problemas de ella se podían solucionar, también los suyos. El tema es que eso no iba a poder ser.

Se prendió una notificación en su pantalla: “Clon a un minuto de llegada”.

Hizo clic en el programa que hacía tracking del mismo y le vio el rostro, filmado desde un dron. El hecho de que la primera vez que la vio fue en su versión clonada y no humana no pareció importarle. Lo único que hizo fue darle la energía que necesitaba.

—Samanta, escucha bien lo que te voy a decir. Tenés que salir ya de tu apartamento. Salí por la ventana y baja por la escalera de servicio, y no sueltes el celular.

Hubo una pausa.

 

Samanta pareció atorarse con sus propias palabras. De alguna forma su cuerpo comenzó a moverse, haciéndole caso a Juan, sin entender del todo qué estaba pasando. A fin de cuentas, su voz era la que la estaba ayudando a decidir vivir en primer lugar.

—¡¿Seguís ahí?!

—Sí —respondió.

Se escondió en una esquina de la cocina y le pidió que le repita lo dicho.

Antes que diga algo escuchó un sonido metálico discreto que parecía estar jugando con el pestillo de la puerta, hasta que el mismo se cayó sobre la alfombra.

Corrió mientras la puerta comenzaba a abrirse hacia la ventana de la cocina, y salió a la escalera de emergencia.

—¡Ya sé qué hacer, voy a la comisaría!

—No, ahí no es buena idea. Ella también va a pensar hacer eso.

—¿Ella?

—Tu clon.

Juan miró la foto arriba de su computadora y se quedó pensando un segundo.

—Anda a la esquina de 21 de Setiembre y Roque Graseras.

Mientras se ponía el abrigo y salía al encuentro no demoró en darse cuenta de que todos los recordatorios que plagaban su oficina lo habían trancado todo ese tiempo, recordándole quién no quería ser, impidiéndole ser quien en verdad quería. Corrió mientras la llamaba de su celular.

En la calle, la pesada humedad parecía amplificada por las luces multicolor que lo rodeaban de los comercios y edificaciones nuevas, levantadas después de todas las catástrofes. Todo debía ser mejor que antes, pensó, más nuevo y limpio, pero de alguna forma no lo era. Sentía que esa noche podía hacer algo al respecto.

A pocas cuadras del lugar escuchó un dron volando. Lo vio, volando despacio enfrente suyo, casi pegado a la pared de un edificio. Con el camuflaje activo, parecía más bien un efecto de las luces de la calle y publicidades de los carteles en 3D. Como si los colores de la imagen que promocionaba una nueva bebida con sabor a ananá se ondularan por un momento, mientras una discreta ola pasaba.

La vio asomarse de entre el marco de un edificio y corrió hacia ella. Si bien demoró unos segundos en confiar, ella también salió a su encuentro, entregada a todos los acontecimientos que la rodeaban, necesitada de un espíritu guía que la ayudara a encontrar su salvación. Nunca se había sentido tan viva. Juan parecía distante con la mirada, mientras buscaba sin éxito al dron.

Ni bien se encontraron en un abrazo, un sonido de disparo sonó, haciéndola desmoronarse sobre él. Juan miró a su alrededor sin poder ver ninguna máquina.

Mientras la veía irse, llevándose el cuerpo para reparaciones y reprogramación, Juan le vio en el antebrazo un número identificatorio: SAE-242.

Empezó a temblar mientras trataba de mantenerla de pie, como a una muñeca que se le rompieron algunas articulaciones y le faltan piezas. Cuando dejó caer la cabeza hacía atrás, muerta, notó que el lugar de impacto de la pistola había sido en el cuello.

Sin embargo, no había sangre.

De su cuello se asomaba un agujero, dentro del cual le pareció ver cables y chispas, revoloteando como si estuvieran haciéndose a la sartén, mientras su cabeza empezaba a retorcerse descontrolada y los ojos parecieron por un instante prenderse fuego y apagarse enseguida, dejando cualquier sueño humano o robot desvanecerse en las cenizas. Mientras tanto, hélices sonaban majestuosas arriba suyo. El dron bajó al nivel de su cabeza y pareció tomar fotos de ambos mientras el clon se la arrebataba de los brazos.

Mientras la veía irse, llevándose el cuerpo para reparaciones y reprogramación, Juan le vio en el antebrazo un número identificatorio: SAE-242. De alguna forma no parecía mala, sólo parecía estar haciendo su trabajo. Cómo él. Al menos hasta esa noche. A ella no pareció importarle quién era, como si supiera que no era amenaza alguna y que en cualquier momento iban a coordinar una visita a su casa, sin problema alguno. Pasó a su lado como si fuera invisible.

A pocos metros se detuvo.                                                 

Una fuente artificial instalada en la puerta de una galería pareció llamarle la atención. Se quedó mirándola, con la cabeza algo inclinada, estirando su mano hacia la misma, mientras el agua, si bien era un holograma que cambiaba de color con cada ángulo distinto de sus dedos, parecía refrescarla de alguna forma. El peso de Samanta, recargado sobre su otro brazo, no parecía molestarla en lo más mínimo.

No vio pájaros sobrevolar la fuente, pero sí vio en la misma una relación paternal. No parecía ser sólo el recuerdo de sus abuelos, sino el encuentro con los ancestros de la propia máquina. El control de los elementos, siguiendo determinados flujos estipulados, siempre con total precisión, completamente ajeno a sus alrededores, truene o llueva. Cambiando de color, sin importar qué opinaran el sol o la luna al respecto y siempre con la misma temperatura.

Le pareció que se quería limpiar las manos.

 

Cuando volvió a su apartamento, se tiró en el sillón del living y se puso a pensar. Se dio cuenta de que de pronto él no era la mejor versión suya, capaz de superar todos sus problemas. Además, si los superaba, de alguna forma quería hacerlo en conjunto con ella, sin importar cuál de sus versiones era ya que sólo le importaba la versión original en la cual estaban basadas. Su propia versión original tampoco lo había ayudado hasta ahora. Se le ocurrió que de pronto a Samanta la convicción mecánica de un robot era lo único que le faltaba para superar sus problemas y lograr todo lo que siempre soñó.

 

Cortó el teléfono y se quedó esperando, mirando fijo la pared.

En la misma había escrito, como un recordatorio, pero no de quién era, o quién había sido, sino de quien quería ser: “Buscá a SAE-242”.

Andrés Mora
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