XXXVI Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2023

Saltar al contenido

El pequeño perro sonrió

martes 8 de noviembre de 2016

“Ninguna persona merece tus lágrimas,
y quien se las merezca, no te hará llorar”.
Gabriel García Márquez

La primera vez que me dio una paliza, tenía diez años. Faltaron unos billetes de su caja chica y revisó mis gaveteros. No los encontró, pero bajo mi cama había una cantidad apreciable de juguetes. Todos nuevos. Con ese olor a solvente de recién fabricado. Metras, soldaditos de plástico, carros de metal y un Transformers en su caja transparente. Mamá levantó su voz, pero se quedó sin argumentos. Mi botín era una evidencia irrefutable. Cada correazo dejó marcas que duraron por semanas. Me dio sin medida y sin precisar bien el lugar de impacto. Me dio con ese brillo en sus ojos. Como si toda la maldad de la tierra estuviera concentrada en ellos.

No esperó una palabra mía, me dio con la vieja correa de dos dientes.

La prosperidad del negocio trajo un incremento sustancial de sus borracheras. Llegaba al baño tambaleándose, y se quedaba sentado en el excusado por horas. La puerta permanecía abierta y el hedor a excremento llenaba la casa. Mamá lo justificaba de todas, todas. Y él vociferaba desde el trono: “Yo lo que hago aquí es trabajar, carajo. ¿Es que acaso no puedo tomarme mis palos los fines de semana, y de paso echar una cagadita?”.

Fue difícil pertenecer a ese parapeto de hogar que mamá formó con ese imbécil. Ella me decía con tono admonitorio: “Dani, debes ser agradecido con el que te alimenta”. Me molestaba. Quería responderle con eso que punzaba en mi mente. ¿Por qué? ¿Porque me da comida? ¿Casa? ¿Ropa para vestirme? Es el compromiso de cualquier pendejo que se case contigo, mamá. Tiene que asumir que tienes un hijo que debe amar y mantener como suyo. Pero creo que esa vaina era demasiado para él.

 

2

Tenía trece cuando se le evaporaron otros billetes. Fue directo a mí. Yo había olvidado el episodio de los juguetes. Había decidido no hacerlo más. No esperó una palabra mía, me dio con la vieja correa de dos dientes. Era como un antiguo látigo de cuero que envejecía en su escaparate. Esa vez no fui yo. Pero aquella paliza me impulsó a volverlo a hacer. Le quité dos fajillas de cien y compré un radio reproductor. Con el resto adquirí paquetes de cigarrillos, yesqueros y varios tipos de chucherías. Estaba decidido a independizarme. Vendería la mercancía en casa de un pana del liceo. Su madre accedió siempre que ganara un porcentaje. Rifamos el reproductor y ganó uno de los vecinos. Pura felicidad.

Los cigarrillos y el resto de las cosas siguieron vendiéndose hasta que comenzamos a discutir por ganancias. Mis socios pretendían sacar más que yo, con el cuento de que era su casa, y tenían mayor margen de riesgo. Me sacó la piedra la manipulación. Dije que les daría el sesenta por ciento para que confiaran. Pero en el primer descuido, saqué mis vainas de aquella casa. “Mi pana del alma”, por desquite, sopló lo del negocio a mi padrastro. Y volvió a matarme con la correa y esta vez usó sus puños. Esa semana la pasé en cama con el cuerpo tatuado de rectángulos de hebillas, el rostro inflamado, el labio inferior partido, y otras vainas que no recuerdo. Mamá soltó lágrimas de compasión al verme. Se aproximó a mi cama y me dijo: “¿Qué te pasa mijo? ¿Por qué le sigues quitando plata? ¿Quieres que él te mate un día de éstos?”. Mamá nunca supo mis verdaderas razones. Ya no era por plata sino una forma de venganza. Me sentía engañado por alguien que debió ser mi padre y nunca lo fue.

Me convertí en un resentido. La gente comenzó a decir que era un borracho. Que me drogaba. Que estaba a punto de convertirme en delincuente. Pura paja de la gente. Mi salida fueron los bonches, sí, puede que me introdujera de arrocero en algunas fiestas. Puede que me botaran con una patada en el rabo de algunas discotecas. Pero siempre evité las drogas, aún regaladas, con distintos sabores y notas. Cuando infieres que drogarte es una forma de morir. De odiarte a ti mismo. Como seguro ya muchos lo hacen, resuelves que no tienes qué hacerlo. Agarras esa porquería y la arrojas bien lejos de tu vida.

 

3

A los dieciséis años, el pana Fleján y yo éramos como Leo DiCaprio en Atrápame si puedes. Ninguno tenía los jugosos cheques de Leo, pero con la caja chica todo era posible. Su hermano era empleado de banco y tenía un guardarropa casi de boutique. Nos trajeamos de negro Montecristo. Pusimos cara de enigma. Sobrestimamos cada paso de nuestros pies, como si el mundo gimiera por nosotros. Entonces fuimos a donde todos querían ir, a la Roma de Caracas, al Este capitalino. Ya teníamos aspecto de tipos de veinte, así que no necesitamos comprar a los porteros para entrar a los antros. Por ese tiempo la vida era una pulsación suicida. Un reto a las normas establecidas. No hay nada más emocionante que una sensación persecutoria. Saber que alguien en algún lugar te está buscando, pero tú estás lejos de su alcance, saliéndote con la tuya. Cuando mi padrastro revisaba la caja chica, le daba su regular ataque de ira. Me buscaba por las casas chupando latas de cerveza para mantener el control, y no matar a los amigos del pequeño perro. Como claramente lo gritaba en plena persecución. “PAJÚOS ADOLESCENTES, NOJODA, ESTOY HARTO DE ELLOS. PEQUEÑO PERRO, DÓNDE ESTÁS, DÓNDE TE ESCONDES. ESTÁS MUERTO. MUERTO”.

Al regresar a casa tenía a mamá contra la pared. Sus manos comprimían más y más su cuello. “DIME DÓNDE ESTÁ TU PEQUEÑO PERRO, NOJODA. ¿DÓNDE LO ESCONDISTE?”. Ella me vio en la puerta e hizo un gesto con los ojos. Sal de aquí, creo que trataba de decirme. Pero no le hice caso. No iba a dejar que le pegaran por mi culpa. Puse voz ronca para intimidarlo. “¡QUÉ VAINA LE HACES A MAMÁ! ¡DÉJALA EN PAZ, BASURA!”. Volteó la cabeza y sonrió con gesto paranoico, al notarme. La arrojó al piso, como si fuera una de sus mortadelas Giacomello. Cayó mal, se tocaba la columna y tosía, mientras trataba de decirme que corriera. Reuní mis cojones adolescentes y me le planté. Ahora que lo cuento valoro que a los dieciséis ya tenía huevos de adulto. Obvio que me pegó otra vez. Era un tipo de cuarenta y tantos con la fuerza de un odio perpetuo. Pasaron semanas para recuperarme. Busqué el nuevo escondite de la caja chica. Tardé un poco pero la encontré. Fue decepcionante. No tenía un miserable billete. Decidí cazarlo al llegar del trabajo. Él solito me mostraría el nuevo paradero del tesoro. Llegó bizco de alcohol. Se tumbó como saco en el mueble. En esas circunstancias la gente se torna completamente idiota. Me aproximé. Sus párpados estaban como unidos por pegamento. Palpé externamente los bolsillos del pantalón con los dedos y sentí las fajillas. Introduje mi mano y saqué todo. Fue el nuevo modus operandi que apliqué por esos meses.

 

4

Siguieron las rumbas con el pana Fleján. En las Mercedes nos metimos en un antro medio retro. Pedimos tragos, encendimos cigarrillos. Yo era fanático del Marlboro Line o del More. Me gustaban los cigarros que sugerían cierta distinción. Así que imaginen. Dos adolescentes sentados en las mesas de un night club con trajes de gánster, cigarrillos largos y mucha plata en los bolsillos. Podría pasar cualquier cosa por esas sórdidas mentecillas. La gente era medio rara en aquel sitio, sobre todo las chicas. En la pista anunciaron un baile strippers y nos emocionamos. Comenzamos a pitar como locos. “Cuánto tienes”, me dijo Fleján. “¿Crees que podemos pagar unas tipas?”. “Tranquilo”, le dije, “tenemos suficiente, chamo; lo que debemos es elegir bien. No me gustaría ligarme un adefesio”. Anunciaron los nombres de las bailarinas y mi corazón bombeó con fuerza. Fleján señaló su miembro indicando que tenía una erección. Lanzamos carcajadas. De pronto salieron unos tipos forzudos, con trajes de sambas. Fue como presenciar las fiestas carnestolendas del Brasil. Los biquinis acentuaban sus paquetes. “Qué vaina es ésta, chamo, dónde estamos”, grité en medio del bullicio. Fleján salió del antro con un ataque risa. Pagué los tragos y también salí.

Un golpe más y no hubiera recibido el diagnóstico del médico sino el de un forense.

No puedo considerarme un homofóbico a toda ley. Pero no he tenido buenas experiencias con los homosexuales. Un sábado que llegué de trabajar con mi padrastro, me dieron ganas de cerveza. Salí de casa y me introduje en la primera tasca que vi. Tomaba sin pensar bien la cantidad de que disponía en mi bolsillo. Cuando pedí la cuenta no llegaba a la mitad del monto. Me dio un tembleque. El administrador contó los billetes y puso una mórbida sonrisa. Me dijo que fuera a fregar platos y a limpiar el mierdero de los baños. Pero justo en ese momento, el peluquero de mamá llegó con un cuarteto de chicas. Se dio cuenta de mi aprieto y pagó la cuenta. Salimos de allí y le agradecí con un apretón de manos. No me sentía ebrio. Es el efecto de las cervezas, puedes tomar todas las que quieras pero no te tumba del todo. Le dije que le pagaría la plata en una o dos semanas. Nos metimos en el carro de una de las chicas. El marica me rodeó con el brazo y me presentó como su novio. Las tipas comenzaron a reírse. “Qué vaina le dices a las chicas”, le solté. Me dijo al oído que la plata se la pagaría en breves instantes, en un motel. Como percibió mi incomodidad, soltó: “No me provoques, carajito, porque te dejo en medio de la calle. No me cuesta nada decirle a Nancy que pare el carro”. “Te me caíste, chamo”, le dije. “Pensé que eras amigo de la familia o de mamá”. “¿Sabes un secretito? Siempre te deseé. Me gustaba peinarle el pelo a tu mamita porque quería verte. No desaprovecharé la oportunidad de un polvete”. Tocó mi trasero y fue instantáneo el carajazo que le di en la cara. Si no me sacan del carro lo mato. Creí que ese pargo era un buen amigo de la casa. Le conté a mamá pero igual siguió como su peluquero.

Pasé para quinto, pero no estudié más. Las fiestas absorbieron mi tiempo. Mi vida comenzó a perder interés. Fumaba casi cuatro cajetillas diarias. Un viernes mi padrastro llegó y se acostó en el mueble. Esperé hasta escuchar su ronquido. No lo percibí como otras veces pero deduje que estaba hasta las metras de alcohol. Me aproximé e introduje mi mano en su bolsillo. Palpé cuatro gordas fajillas y las halé. Despertó de pronto. Un golpe más y no hubiera recibido el diagnóstico del médico sino el de un forense. Aunque mamá sabía lo que había intentado hacer. Al verme casi desfigurado sobre la cama, el rostro partido en varios lugares, se puso a discutir con él. “No debiste dejarlo así, Carlos”. “Tu pequeño perro se lo buscó”, decía, “que siga robándome, pues…”. “Siempre hay una mejor manera de solucionar las cosas. Podíamos haberlo castigado, pero lo que hiciste va contra los derechos humanos”. “NO, PENDEJA, NO ME HABLES DE LOS MALDITOS DERECHOS HUMANOS. ESA VAINA ES PARA POLÍTICOS Y HOMOSEXUALES”.

 

5

Ingresé a la Marina. La experiencia fue una enseñanza de vida. Y por alguna razón me hizo cambiar. No quiero que se entienda que pagar el servicio militar es como estar en una clínica de rehabilitación. Al contrario, para la gran mayoría de mis cursos, ser soldado implicó iniciarse en un mundo de delitos. Portar uniforme era una licencia para drogarse y traficar. Para follar y llenar de huérfanos el mundo. Para emborracharse y escupir la bilis. Para aprovecharse de alguien o matarlo, si lo ameritaba. Conocí a un compañero que mató al novio de una chica. Fue en la playa mientras jugábamos voleibol. Comenzó a galantear y ella respondió según lo esperado. El novio los sorprendió follando de perritos en la ducha del balneario. Cortó con la chica allí mismo, y siguieron jugando voleibol en la arena, como si nada. Pero era sólo aparentemente, porque por dentro sólo acumulaba adrenalina. Esa hembra tenía un cuerpo único. Cabello rubio corto, piel cobriza. Nadie le quitaba los ojos de encima. El marino besó su trofeo rubio varias veces delante de su ex, y no sólo eso, sino que luego de un buen tiro, la abrazó y le acarició las nalgas. El ex se le fue encima, sus golpes eran asesinos. Le voló los dientes. Uno de sus ojos se le volvió papilla de un golpe y no lo podía abrir. Del tabique salía mucha sangre y se asfixiaba. Arrastrándose en la arena, el marinero sacó de la talega su navaja suiza y se la enterró. El otro sintió un líquido frío que escapaba de su cuello sin control y cayó de inmediato. La chica entró en crisis y pedía auxilio, mientras cinco litros de sangre abandonaban un cuerpo sobre la arena.

La última vez que me emborraché fue en Coro. Amanecí en un basurero, rodeado de perros. La tela de mis bolsillos salidos y sin un billete. Creo que eso me hizo reflexionar. Me vi a mí mismo como un engendro de la calle. Comprendí los riesgos del vicio y sus efectos, no sólo a la salud, sino a la vida misma. Siempre tuve miedo de terminar así. Por eso nunca más probé una gota de licor. Me sentí despejado. Con pleno dominio de mi vida. Ya no me gustaba salir del barco al finalizar la faena. Me sentaba en la proa a mirar cómo el sol apuñalaba el horizonte y la herida adquiría una tonalidad fucsia, que se regaba en el cielo. Era hipnótico. Como presenciar la eternidad. Aquello celestial escondido de los hombres. Claro, de vez en cuando salía al exterior por los mandados del capitán. Pero el tiempo voló cuando ascendí a cabo primero. Cómo lamenté que pasara el tiempo tan rápido. Me tocaba salir del servicio, y no quería regresar a casa y toparme otra vez con mi padrastro y mi triste pasado. Estaba dispuesto a hacer una tregua de paz con él. Me propuse evitar lo más posible los problemas.

 

6

Tenía diecinueve años cuando regresé. Mamá me abrazó y besó, y mi padrastro me saludó entre dientes. En la casa tenían un problema con las muchachas de la limpieza. Las que servían, no duraban. Las que duraban, no querían servir. Tenían meses buscando una que combinara la competencia con las ganas de trabajar. Enganché un empleo en un supermercado. Ganaba poco pero ahorraba. Salía con una cajera medio sifrina y la follaba casi siempre. No pedía mucho y decía quererme. Llegaba a casa y le daba parte del sueldo a mamá. Ella no lo necesitaba realmente. Pero le agradaba notar ese desprendimiento en mí.

Pensé que mi padrastro finalmente me perdonaría y pasaría la página. Creí que había notado mi cambio. Que ahora seríamos una familia más unida, y quizás feliz. Pensarlo fue un gran error. Me di cuenta de que me preparaba trampas. Los viernes llegaba del trabajo y se tumbaba en el mueble. Entreabría sus ojos calculando mi aproximación. Dejaba que las fajillas sobresalieran de sus bolsillos. Fingía sueños profundos, ronquidos largos y entrecortados. Quería atraparme en mis antiguos delitos. Volvió a guardar el dinero en la caja chica y la pequeña llave la dejó en el lugar de siempre. Pero ya no quería quitarle plata para vengarme de sus palizas o su odio inexplicable. Mantuve mi distancia. Me dediqué a trabajar, a disfrutar de mi novia. Iba a fiestas. Follaba. Iba a discotecas. Y volvía a follar. Compraba celulares. Ropa. Zapatos. Condones. Cigarrillos… Y todo lo pagaba con mi sueldo. Cuando él se quejaba para que lavara el carro, lo hacía. Cuando exigía que descargara la camioneta atestada de mercancía, allí estaba. En nada ponía reparos. Ni yo mismo entendía por qué lo seguía ayudando, si ya no tenía que hacerlo. Trabajaba toda la semana y tenía un argumento válido: estoy cansado, coño. Estoy hasta el hueso de la fatiga. Pero en el fondo lo hacía porque todavía necesitaba el cariño de un padre. Ahora entiendo que era por eso…

Pasé cerca, sin dejar de mirarlo. Me reconoció. Pero no levantaría un dedo para salvarle.

Un día llegué del trabajo y mamá dijo algo: “Hijo, por qué lo hiciste de nuevo. Ahora no te puedo proteger…”. En seguida sentí los golpes de un listón de madera. Vi su cara de buldog contra mí. Me dio fuerte en la cabeza. Pensé que se me fragmentaba por dentro. La sangre descendía por mi frente. Pero no sentía dolor. La rabia me anestesiaba. Sacó la vieja correa y dijo: “¿LA RECUERDAS, PEQUEÑO PERRO? SABÍA QUE NO PASARÍA MUCHO PARA USARLA. DIME DÓNDE ESTÁ MI PLATA. ¡DIME, NOJODA!”. Los dientes de la hebilla iban y regresaban, clavándose en mis piernas y abdomen. Mi camisa nueva Arrow se rasgó. Los zapatos se salpicaron de sangre. Mamá se puso en el medio para evitar que me matara. Abrió sus brazos dispuesta a recibir la tunda también. “VETE DE LA CASA, HIJO, VETE”, gritó. Me levanté como pude y salí corriendo. Vi al otro sonreír y a ella derribarse en el piso y llorar.

 

7

Esa Navidad fue dura. Por recorte de personal me quedé sin empleo en el supermercado. Una hermana de mamá me recibió en su casa. Ella creyó mi versión del robo. La consideraba como una segunda madre. Me prestó dinero hasta que encontré trabajo en una agencia de seguridad. No recuerdo si fue el cinco o seis de enero cuando mamá tocó la puerta de la tía. Sus ojos eran dos grandes lágrimas. “Hijo”, dijo con voz quebradiza, “tú no eres el ladrón, tú padre se equivocó. Perdónanos, por favor”. Explicó que su última doméstica resultó cómplice de una banda criminal especializada en robo de casas. Que no se recuperó el dinero de la caja chica, ni las joyas o las otras cosas…, pero por lo menos la policía pudo capturar a los verdaderos delincuentes. Dijo que se sentía feliz por mí, porque yo no era el ladrón. Dijo que se sentía orgullosa porque, finalmente, yo había cambiado.

En un año mamá se divorció de mi padrastro. Nunca me dijo sus razones, pero lo deduje cuando lo vi salir de un hotel con Marlene. Era una de las prostis que solían visitarlo al negocio. La reconocí por las cochinas licras rojas que nunca se quitaba, y su cabello rubio artificial. Eran ya como las once. A esa hora salía cuando no quería redoblar. Lo noté con algunos tragos, pero no tanto para caerse. Me quedé parado detallándolo. Qué vaina iba a hacer ahora. Adónde llevaría a la zorra. Yo tenía que caminar hasta la pensión. Cerraba sus puertas a las once y media, pero quise esperar un poco. Tenía curiosidad. Se aproximó al carro y abrió la puerta. Marlene iba a entrar pero entonces llegó aquel tipo con un arma pellizcada entre su correa y el abdomen. La agarró por un brazo. La mandó a un vehículo al otro lado de la calle. Él no reaccionó. Se quedó justo allí sin moverse. Sin decir una condenada frase. Nunca imaginé verlo tan asustadizo y tan débil. Sus ojos contenían incertidumbre y miedo. Creo que alzó los puños sólo para mantener las apariencias. El tipo le dio una seguidilla imparable de puños y lo derribó. Tumbado en el asqueroso concreto, seguía recibiendo las puntas metálicas de unas botas. Gritaba como niño. Y me hizo recordar mis propios gritos, cuando era yo el que recibía sus tundas. Pasé cerca, sin dejar de mirarlo. Me reconoció. Pero no levantaría un dedo para salvarle. Porque algo tenía claro, se merecía esa vaina y más. Di unos cortos pasos. Me detuve a encender un cigarrillo y solté un humo lento y entrecortado. Sentí una ráfaga gélida y subí el cierre de mi chaqueta. Caminé de largo, inmutable, con una mediana sonrisa en mi boca. Mi pensamiento mantenía la idea de que, en esta vida o en otra, las cosas malas suelen pagarse.

Axel Blanco Castillo
Últimas entradas de Axel Blanco Castillo (ver todo)